Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
10  enero 2013 - abril 2013

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Pandillas como familias sustitutas: una aproximación desde los recuerdos de niñez de pandilleros/as salvadoreños/as  
Mario Zúñiga Núñez

Introducción

En los relatos de vida que he tenido la oportunidad de analizar, pandilleros y pandilleras se refieren a sus organizaciones como “familias”(1). El dato me parece fundamental, dado que introduce en la reflexión el elemento de la socialización primaria como fundamento de la actividad pandilleril(2). Generalmente, cuando hablamos de “familia”, tenemos en mente una estructura de socialización que se basa en la jerarquización y distribución de roles de género y edad a partir de la subordinación generacional(3). Esta distribución se basa en la idea de la familia nuclear occidental, que se impone como estructura ideal en nuestras sociedades. Pero lo que tenemos en las declaraciones de mis informantes es una “familia” basada en el vínculo de una sola generación.

¿Qué ocurre entonces con la familia biológica de estas personas? ¿Cuál es la relación entre la familia biológica y las pandillas? ¿Cómo se vive este proceso en los relatos de pandilleros y pandilleras? El presente artículo intenta dar una respuesta a estos cuestionamientos; para ello se ha estructurado en cuatro apartados: uno inicial, donde se hace la discusión de una serie de categorías como familia, relacionamiento primario y generación, que se explican de acuerdo al contexto salvadoreño actual. En segundo lugar, se presenta la metodología de relatos de vida con la que se recolectaron estos datos y a los sujetos a quienes se entrevistó. El tercer apartado analiza, según las categorías propuestas, los recuerdos de niñez que resaltan en los testimonios de estos/as pandilleros/as. Y, por último, el artículo cierra con una sección de conclusiones.

    1. Conceptos pertinentes para la realidad salvadoreña

Para comenzar a responder estas preguntas debemos plantearnos algunas categorías que nos ayuden a superar la visión clásica de familia nuclear occidental. Esto debemos hacerlo situando las categorías en el contexto específico de El Salvador.

Las relaciones primarias deben entenderse íntimamente ligadas con los procesos de institucionalización. Categorialmente abordaremos estos procesos como primarios (referente a la contención familiar) o secundarios (referente a estructuras que van más allá de la familia, como la escuela, el trabajo, el ejército, etc) (4) en dependencia del núcleo social y el orden intersubjetivo donde se gesten. Y a su vez, estos núcleos sociales podrán manifestarse como oficiales (dependencias del estado y el mercado) o alternativos (5) (guerrilla, pandillas), que expresan la relación de sujeto respecto de la hegemonía dominante en una sociedad. Las cuatro categorías pueden mezclase en todas sus posibilidades: oficial primaria, oficial secundaria, alternativa primaria y alternativa secundaria (6).

Las relaciones familiares se presentan como un tipo de relación primaria (Martín-Baró, 2004:238 y ss). El relacionamiento primario funge como articulador en la socialización de los procesos de institucionalización que vendrán en una segunda etapa (o relacionamiento secundario) (Berger y Luckmann, 1972:164 y ss.). En este proceso el sujeto adquiere conciencia de una realidad objetiva y subjetiva, y busca un equilibrio entre las dos, que se manifiesta como encuentro con “lo otro”. Este “otro” se presenta como diversidad de subjetividades, pero también como ley (7). Mediante el relacionamiento primario aprendemos las formas de mediación con esa subjetividad objetivada. El papel de la relación primaria estará mediado por las imposiciones institucionales que una sociedad desarrolle y por la transmisión de esas imposiciones en la dinámica cultural de las generaciones.

Ahora bien, ¿en qué contexto tienen sentido estas categorías? Veremos a continuación que en los relatos de vida se pondrá de manifiesto una visión generacional de un país que salió recientemente de una guerra civil (1992) (8) y que, progresivamente, se ha insertado en la globalización mediante una administración neoliberal de las relaciones sociales y por medio de la migración de los/as desposeídos/as.

El fenómeno de la migración revela el carácter expulsivo que ostentó históricamente la institucionalización oficial salvadoreña durante el siglo xx. Schnhell (2005:31-33) divide en tres los períodos de migración salvadoreña: el primero abarca de 1920 a 1969 y se caracteriza por una migración rural dentro del país, que responde al poco acceso a la tierra que tiene el campesinado pobre. El segundo período abarca de 1970 (el año posterior a la “Guerra de las cien horas”(9) ) a 1979, y da cuenta de una migración hacia otros países de Centroamérica (especialmente, a Honduras) y una tímida pero sostenida tendencia migratoria hacia los Estados Unidos. Por último, la migración ocurrida entre 1980 y 1991, donde la guerra civil dio paso a un aumento significativo de la cantidad de emigrantes y consolidó definitivamente la tendencia hacia los Estados Unidos. Las estimaciones dan cuenta de que en la actualidad un 28% de la población salvadoreña se encuentra en el extranjero y la mayoría de esas personas está —o se dirige en estos momentos hacia— los Estados Unidos (Schnhell, 2005:35 y ss).

Una estimación conservadora de los censos del país norteamericano afirma que el porcentaje de la población salvadoreña que vive en los Estados Unidos ha pasado de representar un 0,2% del total de salvadoreñas y salvadoreños en 1960, a un 10% en la actualidad. Otras oficinas de censo estadounidenses sugieren datos mucho más abultados, como las encuestas de estatus legal, que estiman un 19,5% (Schnhell, 2005:37).

Entre los años setenta y la actualidad, la cantidad de emigrantes se ha multiplicado de cerca de 75 mil hasta llegar aproximadamente al millón de personas y las estimaciones apuntan que la migración se ha alejado progresivamente de Centroamérica. Mientras que en la década de los años setenta el porcentaje de emigrantes que tenía como destino otros países centroamericanos era de 75,5%, con la llegada de la guerra civil en los años ochenta el rumbo se redirecciona hacia afuera de la región. Con el pasar de los años, estas tendencias se consolidan más y más. Cada vez menos salvadoreños/as optan por migrar dentro de Centroamérica, pasando de un 75% en los años setenta a apenas un rango de 7% al 3% en las estimaciones del año 2000; mientras que la migración fuera de la región crece abruptamente entre las décadas del setenta y del ochenta (justo cuando comienza el conflicto) y se multiplica de forma sostenida hasta llegar a un rango entre 93% y 97% (Schnhell, 2005:35). Todo ello puede sugerir que la crisis de relaciones sociales no solo expulsa a los habitantes de El Salvador sino de la región centroamericana en su totalidad.

Esta intensa actividad migratoria ha impactado decididamente la cultura y economía salvadoreñas. La cercanía de los Estados Unidos que experimenta hoy El Salvador, excede por mucho la asesoría militar de los años ochenta del pasado siglo, y esta diversificación impacta decididamente las relaciones sociales en este país.

Dos fenómenos de fundamental importancia se pueden observar concatenados con este proceso. Por un lado, una economía agresivamente tercerizada y liberalizada, donde el protagonismo de los entes contralores del mercado retrocede; por otro, el fenómeno de las pandillas que se desprende de las deportaciones con las que los Estados Unidos expulsan de su territorio a inmigrantes indocumentados (PNUD, 207:28-29).

A mediados de los años ochenta la economía agroexportadora experimentó un giro en El Salvador. Evidentemente, la guerra civil había tornado desastroso el panorama económico del país y, además, tanto el modelo agroexportador como el de industrialización por sustitución de importaciones promocionado por el Mercado Común Centroamericano se habían agotado como iniciativas.

En este panorama económico emergieron las propuestas de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES), un “think tank” de derecha, dedicado al diseño de políticas económicas inspiradas en el pensamiento económico neoclásico. En ese momento la propuesta de este grupo se centraba en la aplicación de las reformas del Consenso de Washington, que planteaban la necesidad de liberalización total de la economía como condición para el crecimiento económico. La aplicación de las políticas de liberalización fue definitivamente posible cuando en 1989 Alfredo Cristiani (quien, además de miembro de ARENA(10) , era socio fundador de FUSADES) fue elegido como presidente de la nación. Entonces comenzó un agresivo programa de reforma que contemplaba como principales aspectos: el aprovechamiento de la mano de obra de El Salvador como ventaja comparativa, eliminación de aranceles, establecimiento de un tipo de cambio que favoreciera la baja de aranceles, aumento de los niveles de ahorro (modificación de las tasas de interés), ajustar el pago del salario a la productividad de la mano de obra para que no dependiera de la evolución del costo de la vida (Pleitez, 2005:11-12).

La sucesión de presidentes de ARENA en la década de los años noventa e inicios del siglo xxi (Cristiani, Calderón Sol, Flores y Saca) permitieron que esta agenda económica avanzara apenas con las trabas que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) (11) —luego de 1992 convertido en partido político— o el Partido Democracia Cristiana(12) pudieran hacer desde el Congreso. Ello permitió que la agenda de liberalización comercial, conocida también como neoliberalismo, se posicionara como nuevo modelo de desregulación económica. Esta es una característica de esos años: pese que a nivel político existe cierta apertura y en la esfera pública se integra al FMLN como partido político, la agenda económica neoliberal avanzó a pasos agigantados.

En cuanto a sus resultados, el modelo demostró en un inicio poder lograr algunas tasas de crecimiento en la administración Cristiani, pero una recesión a mitad de la década de los noventa y posteriores problemáticas inherentes a la liberalización, hicieron descender el crecimiento del 5,9 al 3,9 en la administración de Calderón Sol y a un 1,9 en la de Flores. La oferta de la exportación se tornó predominantemente de maquila (que aumentó a poco más del 12% del PIB desde 2000), seguida por los productos no tradicionales (aproximadamente, 8% del PIB) y, a la saga, los productos tradicionales que pasaron de ocupar un 6% del PIB en 1990 a poco más de un 1% en 2004. La tasa de desempleo descendió de 9,9 en 1993 a 6,8 en 2004, mientras que el subempleo experimentó un pequeño bajón, pero repuntó hacia 2003 llegando a los 36,4. Las importaciones pasaron de representar aproximadamente el 27% a más del 40% del PIB. En síntesis, el crecimiento esperado por los neoliberales no se dio, la economía se tercerizó haciéndose dependiente del sector de la maquila, el autoempleo y el subempleo no descendieron lo deseable, y el país se tornó cada vez más dependiente de las importaciones (Pleitez, 2005:116-125). Es muy probable que este contexto de precarización de la economía influyera decididamente en el aumento, que hemos podido ver en cifras anteriores, de emigrantes que salían de la región rumbo a los Estados Unidos, sobre todo porque el fenómeno de la migración se hace masivo hacia los años noventa. Ello revela que el rostro de una institucionalización excluyente no solo refiere a la administración represiva del Estado, sino también a su política económica, que puede ser tan expulsiva como la política totalitaria. Da la impresión que se pasó de una guerra militar a una guerra económica.

La intensificación de la migración ha traído consigo el fenómeno de las remesas, mediante las cuales, las y los salvadoreños/as que se encuentran en los Estados Unidos envían a sus familias dinero para ayudar con los gastos de los hogares. Las dimensiones de este traslado monetario han traspasado todas las proyecciones: mientras que en la década de los setenta la mayor fuente de divisas (81%) eran las “agroexportaciones tradicionales”, para 2006 estas se han reducido a un pequeño 6%, invirtiendo los papeles con las remesas, que pasaron a representar del 8% al 72% del ingreso de divisas en ese período. El fenómeno de las remesas devino fundamental para la economía salvadoreña justo con la entrada de los años noventa. Entre 1990 y 1991 las remesas pasaron de significar de un 6% a un 10% del PIB y durante toda esa década e inicio del siglo xxi el envío de dinero se incrementó hasta representar en 2004 un 16, 1% del PIB. Para tener dos parámetros de comparación, en 2004 las remesas significaban un 52% de las importaciones salvadoreñas y sextuplicaban la inversión extranjera directa (Pleitez, 2005:144-146).

En coincidencia con este fenómeno se da el de las pandillas, que tiene su auge conflictivo en el período donde la economía se encuentra liberalizada al extremo. Los estudios documentan que hacia mediados de los años ochenta y principios de los noventa había grupos de personas jóvenes tanto en El Salvador como en Guatemala que se autodenominaban “maras” y compartían las características básicas: organizaciones homosociales masculinas, dedicadas a la delincuencia común, integradas por sectores populares, que no tenían carácter masivo(13) . Este dato no es menor, dado que lo que se propone analizar este ensayo es un fenómeno transnacional y no una simple “importación” de los Estados Unidos.

Ahora bien, este fenómeno de pandillas disgregadas (simbólica y operativamente) se trasformó radicalmente con el cambio en la política de deportaciones de los Estados Unidos. A raíz de la intensificación de la problemática social que plantea para los estadounidenses la inmigración ilegal, a mediados de la década de los noventa comenzó una serie de deportaciones masivas que pretendían contrarrestar el creciente flujo de emigrantes que cruzaba la frontera. En estas deportaciones fueron tomando cada vez más protagonismo personas con antecedentes penales, hasta llegar a representar en 2004 la gran mayoría de quienes fueron deportados/as. Mientras que las deportaciones de personas sin antecedentes se mantienen estables durante este período, las deportaciones de personas con antecedentes se triplicaron(14) . La política de complacencia que los gobiernos de ARENA tuvieron para con los Estados Unidos facilitó este proceso sin trabas.

En términos generales, se puede decir que las pandillas salvadoreñas experimentaron en los años noventa una radical transformación que tiene que ver con el influjo de los/as pandilleros/as salvadoreños/as deportados/as, quienes trajeron consigo el formato transnacional de pandilla y lograron subsumir a la otrora variedad de pandillas en dos grandes conglomerados que hoy son dominantes: la Mara Salvatrucha (también conocida como “MS” o “MS-13”) y la Barrio 18 St. (también conocida como “la 18”)(15) . Estos pandilleros/as habían sido socializados en una cultura de violencia propia de las disputas territoriales y simbólicas que se dan en los Estados Unidos, muchos/as de ellos/as habían viajado cuando niños/as hacia el país del norte huyendo de la violencia de la guerra civil, para encontrar solo una nueva guerra en las calles de Los Ángeles.

Estos procesos macro tienen diferentes manifestaciones en la cotidianidad. Una de ellas es la recurrente ruptura de vínculos entre generaciones subordinadas  y generaciones adultas, lo cual tiene una influencia directa en la transmisión generacional del proceso de institucionalización. Por ello, considero fructífero que, en términos de análisis, enfoquemos el conflicto del relacionamiento primario salvadoreño como un conflicto institucional que se puede entender desde el punto de vista intergeneracional, donde la pandilla se pueden entender como una institución alternativa en una sociedad cuya institucionalidad oficial no contiene a los sujetos. Pero ¿qué tipo de vínculos son necesarios para que una generación de jóvenes construya una institucionalidad alternativa?

La antropóloga Margaret Mead (1997) realizó un ensayo muy interesante acerca de este tema, del cual extraemos algunos conceptos para analizar estos casos. Para Mead las culturas humanas han desarrollado tres patrones de relación intergeneracional que denominan: postfigurativo, cofigurativo y prefigurativo. Desde mi modo de ver, los dos primeros conceptos son fundamentales para leer el fenómeno que nos ocupa, por lo que paso a exponerlos a continuación.

Las culturas donde predomina un patrón de relación postfigurativo se basan en una relación intergeneracional donde:

[…] la vieja generación expresa en todos sus actos […] que su forma de vida (aunque lleve incorporados, de verdad, muchos cambios) es inmutable, eternamente igual […]. [Antaño p]ara que se perpetuara semejante cultura eran necesarios los viejos, quienes no solo debían guiar el grupo hacia los refugios […] sino también debían proporcionar el modelo de lo que era la vida” (Mead, 1997:37).

La estructuración de la relación primaria en estas culturas prevé un alto grado de comunicación intergeneracional, con rango de incuestionable, que sirva para transmitir el proceso de institucionalización como inmutable. El grado de transmisión carece de toda contestación al punto que la autoridad del padre o el abuelo puede tornarse fetiche ante las generaciones jóvenes.

Pero en las sociedades industriales, desde donde Mead realizaba su reflexión, se veían cambios radicales en este patrón de relación intergeneracional, en buena medida por su constitución a partir del fenómeno migratorio. Para la autora, el fenómeno migratorio impone un tipo de relacionamiento primario cofigurativo, donde la estrategia de socialización de la institucionalidad es construida por pares que deben tomarse como apoyo, en ausencia de generaciones adultas que posibiliten la figuración del mundo. En los pueblos migrantes esta estrategia funciona a menudo, sobre todo en la primera generación que llega a un destino nuevo sin poseer referentes concretos de relacionamiento (asentamiento, relación con la naturaleza, etc.) en generaciones superiores. La relación cofigurativa se ha institucionalizado en las sociedades occidentales en ciertos espacios como las escuelas o, más recientemente, en la industria cultural y el fenómeno del “mercado adolescente”.

Evidentemente a la relación cofigurativa le es inherente el conflicto generacional, dado el desconocimiento de la autoridad postfigurativa. En determinados momentos históricos, la ausencia de legitimidad del aporte de las personas jóvenes contrasta con la incapacidad de las personas adultas de ofrecer modelos válidos de relacionamiento primario (16).

Margaret Mead atribuye a esta forma de relacionamiento primario la existencia de una cultura, que tiene sentido entre personas jóvenes: “Donde la cofiguración entre pares se ha institucionalizado a través de la cultura [p.e. en el sistema educativo] uno se encuentra con el fenómeno de la cultura juvenil o la cultura adolescente” (Mead, 1997:88). Un sentimiento aparejado a la cofiguración es la inseguridad, en la medida que la desaparición (o ilegitimación) de las generaciones superiores induce un sentimiento de extravío respecto del pasado y del futuro (17).

Tomando en cuenta estos datos y categorías, mi tesis será la siguiente: quienes integran las pandillas en El Salvador contemporáneo manifiestan una ruptura con sus familias biológicas que se narra como herida en la relación postfigurativa. Esto es el detonante para la conformación de institucionalizaciones alternativas basadas en un vínculo primario cofigurativo —propio de las personas jóvenes en sociedades donde predomina la experiencia migratoria. En lo sucesivo trataré de sustentar esta tesis con datos producto de un trabajo de campo realizado en enero y febrero de 2007 y de 2008.

2.   ¿Quiénes nos interpelan?

El testimonio de estos/as pandilleros/as fue recolectado en una estrategia de investigación cualitativa donde predominó la técnica de relato de vida(18) . Mediante esta se ha procurado una narración del acontecimiento vital desde el punto de vista del sujeto (sus presentaciones, omisiones, giros lingüísticos, etc.). Habiendo obtenido el relato, se ha intentado interpretar de la mano con la literatura existente sobre estos fenómenos, de manera que se puedan obtener análisis que articulen las estructuras micro y macro, accediendo mediante el recuerdo a la reflexión de los procesos sociales en la sociedad salvadoreña (19). El relato, entonces, se torna un lugar privilegiado de análisis donde el recuerdo de un sujeto da cuenta de un proceso social general repleto de acuerdos intersubjetivos (20)

No está de más precisar que los nombres que daré a continuación son ficticios; así mismo, algunos de los datos personales de cada informante han sido omitidos o cambiados con el fin de proteger su integridad e identidad.

Los relatos con los que se trabajará a continuación no fueron recolectados en las condiciones tradicionales que ameritan las entrevistas biográficas. Influyeron en esto varios factores; en primer lugar no todos fueron recolectados por un científico social profesional; varios de ellos fueron tomados por Katia, la informante clave que me acompañó en este proceso, con quien apliqué la técnica en 2007 y a quien pedí que me acompañara en 2008. Otro de los elementos está relacionado con cierta desconfianza de los/as pandilleros/as a ser entrevistados exhaustivamente sobre su vida, lo cual puede generar preguntas incómodas que den cuenta de sus transgresiones de la ley. Un tercer factor tiene que ver con la dificultad de reunirnos en más de una ocasión; para pandilleros/as activos/as(21) es difícil establecer un contacto sostenido fuera de su clika (22), por el riesgo que esto implica para sus vidas; para los/as calmados/as, esto conlleva además desatender otras labores, como sus trabajos. Es el caso de Oscar y Esperanza, que para ser entrevistados tenían que dejar su trabajo de vendedores en los alrededores del mercado central, lo cual significaba una pérdida de dinero para su presupuesto familiar (tienen un hijo y otro en camino). Un cuarto factor afectó la entrevista con Andrés, Dibujante, Yulieth y Antonio: pertenecientes a la misma clika, a quienes entrevistamos un mismo día. Una semana antes de la entrevista, habían asesinado a uno de los integrantes de esta clika en presencia de uno de los entrevistados; el joven (morrito (23) le decían) tenía apenas 15 años y según relataron era muy amigo de todos/as y hermano de uno de ellos. Todo esto les tenía muy conmocionados. Recuerdo que a raíz del asesinato, Dibujante, por ejemplo, estaba tomando unos calmantes muy fuertes. El ambiente era tenso; podía ver la cacha de la pistola que se salía por la camisa de uno de ellos como signo de alerta; algo podría ocurrir en cualquier momento. Todo esto marcó fuertemente las entrevistas que se realizaron.

A Oscar le entrevisté el 6 de febrero de 2008. Su niñez la pasó predominantemente con su abuela, quien lo mantuvo lejos de su madre. Su padre se fue para los Estados Unidos cuando su madre estaba embarazada de su hermana, desde ese momento hasta el día que le hice la entrevista, no lo había vuelto a ver. Su niñez la pasó estudiando y trabajando; mientras iba a la escuela por las mañanas, laboraba en el negocio de enderezado y pintura de automóviles, un oficio que aprendió con su tío. Se mantuvo en la escuela hasta el quinto grado, cuando salió para trabajar. Desde niño había probado el crack y manejaba sus depresiones con consumo de alcohol. Conoció miembros de la Mara Salvatrucha desde su niñez, pero se integró definitivamente a la pandilla a los quince años. Tres años después convaleció por un período de seis meses por un balazo que le proporcionaron en una riña. En ese período mataron a varios integrantes de su pandilla y la clika se deshizo. Se acompañó (24) a los 18 años con Esperanza, con quien tiene un hijo y acaban de concebir otro. Hoy tiene un empleo informal vendiendo en los alrededores del Mercado Central.

A Esperanza la entrevistó Katia el mismo 6 de febrero de 2008. Afirma que fue criada por su padre. A él no le gustaba que saliera de la casa y “les pegaba mucho [a ella y sus hermanos]” para que fueran “alguien en la sociedad”. Pasó una infancia donde no tuvo demasiadas urgencias económicas. Su colonia era tranquila, pero había problemas con pandillas. Cuando cursaba el octavo grado conoció “a unos amigos” y comenzó a faltar al colegio y a vagar por la ciudad. Posteriormente conoció algunos miembros de la Mara Salvatrucha y la brincaron (25). Allí conoció a Oscar. Pasó un tiempo de actividad en la pandilla hasta que tuvo su primer hijo; desde entonces trabaja en el Mercado Central.

Dibujante fue entrevistado por Katia el 11 de febrero de 2008. Su entrevista, dado el contexto en que se realizó, arrojó respuestas sucintas y cortantes. Acerca de él sabemos algunas cosas: Su padre desapareció cuando su madre estaba embarazada de él. Su madre trabajaba y no tenía tiempo para encargarse de él. Afirma que nunca le gustó la escuela y la abandonó en sexto grado. Según dice, le gustaba mucho jugar y pasar en la calle con sus amigos; tanto la casa como la escuela le parecían lugares “feos”. Consumía drogas desde los nueve años. Lo brincaron a la pandilla Barrio 18 St. cuando tenía doce o trece años. Recuerda lo importante que era para él la venganza de sus amigos muertos.

El mismo día Katia entrevistó a Andrés. Él creció con su madre; a su padre lo ha visto solo un par de veces en su vida. Uno de los primeros recuerdos de su niñez es de un hermano suyo que fue asesinado por estar vinculado con una pandilla. Desde que estaba en segundo grado se unió a la pandilla Barrio 18 St. (tenía doce años), fue encarcelado a los quince años por violación, y afirma que en la cárcel estudió hasta sexto grado. Salió de la cárcel a los diecisiete y hasta ese momento la ha pasado con los miembros de la clika.

Yulieth fue la mayor de sus ocho hermanos y sus primeros recuerdos de infancia tienen que ver con el cuido que les daba. La entrevisté ese 11 de febrero que la visitamos en su clika. Recuerda con mucho cariño a su padre, quien la ha apoyado incluso ahora que es pandillera. Su vida transcurrió durante la niñez en una rutina de estudio en la escuela y trabajo en la casa, colaborando con su madre en todos los quehaceres. Esta rutina se rompió de forma abrupta cuando ella quedó embarazada a los quince años de edad y fue expulsada de su casa por su madre. Ella afirma que fueron convicciones religiosas las que llevaron a la madre a echarle. Fue acogida por una amiga de la misma iglesia de su madre, que la apoyó en el proceso. Poco tiempo después conoció a los miembros de la pandilla Barrio 18 St., entre los que se encontraba su compañero. Tres años después de relacionarse con la pandilla fue brincada y al momento de la entrevista criaba a sus hijos junto a su compañero en una clika. Es madre pandillera y sus hijos/as estudian en la escuela de la comunidad.

El último de los entrevistados en la clika fue Antonio. Lo entrevisté yo y me contó que se crió con su madre, con quien tuvo poca relación dado que ella trabajaba para mantener a la familia. Como hijo único, muchos de los recuerdos de este período remiten a la soledad. Por ello también tiene en alta estima la compañía que le dan sus “hermanos de la pandilla”, como les llama, quienes lo brincaron alrededor de los trece años. De los entrevistados es quien tiene mayor grado académico; terminó la escuela y el colegio. Cuando le entrevisté estaba pensando si entrar a la Universidad a estudiar Derecho. Hasta la actualidad, la relación con su madre es limitada. La ve poco debido a al trabajo de ella. Él afirma que su madre no tiene conocimiento de que es parte de una pandilla.

Además de estas entrevistas, en la tercera sección del siguiente acápite se hará referencia a un grupo focal, este fue realizado el 14 de febrero de 2008 con dos informantes clave que he denominado Katia y Mauricio, que viven en San Salvador y con quienes tengo una relación desde el primer trabajo de campo en 2007 (26). En este grupo focal se trataron temas como el concepto de familia que tienen pandilleros/as.

3.  Relaciones primarias en los relatos

Las preguntas que se hicieron para recopilar los relatos de vida invocaban una y otra vez a la memoria. ¿Qué recuerdos tienes de tu niñez? ¿Qué recuerdas de tu mamá o tu papá? Algunas de las respuestas eran inmediatas; sin embargo, otras se hacían esperar. Cuando se preguntaba: ¿Cuáles son los recuerdos más bonitos que tienes de tu niñez? Muchos se tardaban, rebuscaban en el recuerdo y declaraban abiertamente que no tenían recuerdos bonitos. Otros, en cambio, recurrían a la lejanía hablando de los paseos o invocaban la ruptura de lo cotidiano.

La violencia experimentada en las vidas de estas personas tiene muchas expresiones: los contextos de pobreza, las frustraciones de sus madres y padres, los problemas propios de los barrios marginales, entre otras. Andrés consigue expresar la síntesis de los problemas con suma claridad cuando habla de la pobreza: “[…] la pobreza es la que nos hizo sufrir, nos está haciendo sufrir todavía, pero hoy vemos de distinta manera, ya vemos cómo sobrevivimos tal vez por ser un poquito más adultos”.

Las narraciones seleccionadas para este artículo muestran la fragilidad del vínculo primario y la sustitución que las pandillas hacen de este. Los relatos primarios describen de forma minuciosa ese tránsito entre la institucionalidad primaria de la pandilla y la de la familia, al tiempo que describen la transformación de los patrones de transmisión de las relaciones generacionales.

    1. Padres y madres en los relatos: distancias, heridas y soledad

Existen diversas formas de nombrar a las madres y los padres en las relaciones primarias. En todas ellas es fundamental la dinámica de cuido (tanto si cumplían ese rol como si no) y las distancias con estas figuras.

Una de las tendencias en las narraciones es nombrar a una de las figuras paternas presente como una ausencia de vínculo y que la otra se encuentra ausente y hace sentir su presencia desde la falta(27) . La dinámica patriarcal en la cual se responsabiliza exclusivamente a la madre del cuido de los niños, el padre se hace presente por medio de su ausencia. Así lo narran Dibujante y Antonio, quienes, a su vez, ven en su madre una presencia siempre ausente, dada la necesidad de trabajar para mantener la casa:

[…] a mi papá no lo conocí, desde que estaba embarazada mi mamá la dejó, y mi madre sí, siempre se preocupó por mí, pero no estaba pendiente porque trabajaba y no le quedaba lugar de encargarse de nosotros (Dibujante).

[…] solo con mi mamá, desde pequeñito solo me he criado con mi mamá, ella se iba a trabajar y desde la edad siete-ocho me mandaban a mí solo a estudiar, me mandaban a mí solito, ella trabajaba en una fábrica de hacer puertas, ¡ay si trabajaba ella!, y me dejaba solo a mí en la casa, solo me dejaba la comida hecha, y de ahí para allá mi papá solo me ha pagado lo que es el estudio y lo que necesite, pero de allí que yo tenga una buena relación con él para nada” (Antonio).

En el caso de Andrés, el camino de los recuerdos es diferente, su padre es narrado como una ausencia presente y al inicio aparece una madre que acompaña:


[…] realmente, o sea lo he visto [al papá] dos veces en mi larga vida, bueno tengo pocos años, pero, o sea, nunca me he parado a hablar con él, yo le digo papá a otro señor, que era mi padrastro en un momento cuando estaba pequeño, pero de mi propio papá no sé nada, solo dos veces lo he visto en mi vida, una vez a los once años, y la otra vez a los diecisiete, dieciocho años (Andrés).

[…] ah ella [la madre] vive todavía conmigo y está siempre echándome la mano (28) porque ve como está la situación aquí con la policía, las peleas entre las pandillas, ella me echa a las esquinas, porque ella me comprende, me entiende, y ella platica conmigo, nos sentamos para hablar con ella de la situación (Andrés).
Sin embargo, más adelante en la entrevista, cuando se le preguntan sobre los recuerdos más lindos que tiene de su niñez, Andrés reconoce la ausencia:

[…] es muy difícil de describirlos [los recuerdos felices] porque realmente siempre anduve en la calle, corriendo penas de mi hermano, penas mías, o sea, yo no le hecho la culpa a mi hermano porque ella [la mamá] trabajaba y trabajaba pa sostenerme a mí, a mi hermana y a mi hermano (Andrés).
En el relato de Andrés también es fundamental un hermano que muere como producto de la violencia de pandillas; es una ausencia presente, que se une a la sensación de pobreza y exclusión en su vida. Cuando Katia le preguntó sobre los recuerdos más feos de su niñez, él comentó:

Fue cuando mataron a mi hermano, cuando me fui dando cuenta que yo era pobre, y que otros niños tenían televisor en las casa de ellos, y ya no alcanzaba ni siquiera para pedir permiso para poder ver televisión en la puerta de la casa, y saber que mi madre siempre eso, de niño siempre lo vi yo, nunca ha descansado porque siempre se ha preocupado por nosotros, son recuerdos bien duros, de saber que tu niñez ha sido bien duro, yo vivía en una casa de lámina (29) y aun así la alquilábamos porque no teníamos ni siquiera para agarrar un lote (Andrés).
Esperanza habla también de una separación entre padre y madre, en este caso la presencia narrada es la de su padre, dado que es con quien ella se quedó. Cuando se le pregunta por los recuerdos de niñez acerca de su padre, inmediatamente evoca la presencia del padre mediante actos de violencia:

[Recuerdo q]ue casi no pasaba con nosotros, que cuando él [el papá] llegaba nos pegaba mucho porque decía que quería que fuéramos alguien en la sociedad, que no fuéramos unos cualquiera, que la gente nos viera de menos (Esperanza).
Para Oscar la presencia era su abuela; se hacía sentir con regaños y con golpes. Ella sustituye una ausencia presente, la de la madre. Según la narración, ella se ve imposibilitada de mantener a Oscar (pobreza) y esto se traduce en la separación, dado que la abuela sí puede dar esta manutención. La madre emergerá en otros momentos del relato, que analizaremos posteriormente:

[…] siempre cada cosa que hacía ya era regaños, ya era pegar y todo eso, porque ella [la abuela] siempre prefería a mi hermana por ser hembra, y ella siempre quería dos hembras. Entonces yo en ese aspecto más que no pasé el tiempo con mi madre, porque cuando yo nací mi abuela me separó de mi madre, mi mamá no tenía cómo mantenerme, todo eso a mí me fue influenciando a quererme ir de la casa, ver qué hacer, allí fue cuando aprendí a fumar (Oscar).
Al igual que Esperanza, Yulieth recuerda el cuido de sus hermanos como una de sus funciones principales dentro de la familia; ella era la hermana mayor y tenía asignado el rol de ayudar a su madre en las labores del hogar. (30) Este es el relato donde aparece la familia más “integrada”; padre y madre se narran en un mundo funcional:

[…] los primeros recuerdos que tengo es estar siempre pendiente de mis hermanos, estaba siempre, como yo fui la primera, nacieron después de mí, son los ocho hermanos, la familia era grande entonces mi mamá no podía ella sola, entonces yo por ser la primera y por ser hembra me dediqué a cuidar, y ella me enseñó varias cosas, pero más que todo siempre estar pendiente de ellos, los llevaba al kinder, que bañarlos, que cambiarlos, tipo yo era la segunda mamá, y mi mamá iba a la Iglesia, ella siempre ha sido evangélica, siempre ha asistido a la Iglesia pero sí, siempre esta pendiente de ellos (Yulieth).
La familia es narrada dentro de la integración en un sistema de tareas que se describe como rutina cíclica:

[…] todos iban a la escuela […] yo los llevaba al kinder en la mañana […] de allí regresaba, iba un rato a la academia, porque fui a aprender mecanografía, de allí que salí de la academia le ayudaba a mi mamá, que a llenar los barriles de agua, hacer la limpieza, a las once otra vez y a traerlos, de allí iba al mercado, regresaba, ya venía, me cambiaba, ya me iba para la escuela, así. (Yulieth).
Pero en un momento determinado, la rutina se quiebra cuando Yulieth afirma: “salí embarazada”, este momento de ruptura es catastrófica para la relación funcional narrada al principio:

[El entrevistador pregunta si se acompañó con la persona con la que concibió la hija] […] no, solo me regalaron el regalito [refiriéndose al bebé], entonces mi mamá se dio cuenta, y lo común de una mamá; que no podía estar en la casa, me echaron de la casa pero como ella iba a la Iglesia, aquí había una amiga que era muy evangélica y era muy amiga de ella, y siempre le decía que si me daba en adopción con ellos, y ella no, les decía que no, pero ya en esa ocasión mi mami les contó lo que me había pasado a mí, y ella me apoyó, ella me llevó para la casa de ella […], y gracias a dios me dieron el apoyo, no se avergonzaron de mí, al contrario me ayudaron, porque tenía traumas psicológicos, porque yo decía que quince años, bien tierno de edad uno que no sabe nada, yo tenía experiencia con mis hermanos de cuidarlos y todo, pero ya uno propio, sentía yo que me ahogaba y no hallaba qué hacer, entonces ella me ayudó, gracias a dios tuve a la niña, y la tengo todavía, tiene once años, está bien chula. Yo al principio cuando salí embarazada me sentía acorralada, pero ella me ayudaba con sus consejos […] (Yulieth).

Yulieth afirma que esta herida le dejó “traumas psicológicos”, que se encontraba “ahogada” y “acorralada”. La descripción de los sentimientos es muy reveladora, porque evidencia la circunstancia subjetiva de descubrirse, de un día para otro, como una hija que no funciona bajo el esquema de la madre. Al punto que la madre la regala a otra mujer de la congregación. Yulieth es desechada de su proceso de relacionamiento primario, esto la ahoga, le quita la respiración, y luego la acorrala, no le da camino. Veremos más adelante el camino que Yulieth va descubriendo en su proceso de institucionalización.

En general, se puede ver cómo los relatos dan cuenta de heridas entre generaciones, que se convierten posteriormente en fracturas. Son relaciones fracturadas, violentadas. La poca información de los relatos no consigue ahondar en el contexto, pero sabemos, por las edades de estas personas, que todo esto está ocurriendo entre mediados y finales de los años ochenta, en plena guerra civil. En general los relatos muestran una serie de personajes de gran importancia (padres, madres, abuelas) que se describen desde tres puntos de vista: el primero, como presencia de una ausencia, se hacen presentes en el relato desde la ausencia que se experimentada por los/as narradores/as (separaciones entre los padres, como es el caso de Esperanza, o separación por pobreza, como lo narra Andrés, etc.). En el segundo, ausencia de una presencia, quienes se quedan, no logran fortalecer el vínculo primario porque se impone una necesidad de contexto: trabajar para mantener a los/as niños/as (los casos que narran Andrés, Antonio y Dibujante son claros en esto). El tercero es la aparición de la violencia como acto, por medio de la cual el padre de Esperanza le recuerda su posición en la estructura social (“llegaba nos pegaba mucho porque decía que quería que fuéramos alguien en la sociedad”), o bien, la abuela de Oscar, que le golpeaba constantemente, recordándole la ausencia de su madre, o la madre de Yulieth, quien de un día para otro echa a su hija de la casa.

Todo este proceso deja a la relación postfigurativa en entredicho y ello funda la búsqueda de una institucionalización alternativa, dado que el espacio donde la sociedad exige que se encuentre la institucionalización oficial está fuertemente fracturado por el sistema de relaciones sociales en general. No solo por los problemas propios de cada núcleo familiar (como demanda la moral patriarcal) sino por circunstancias de contexto en el cual la posición en la escala social se traduce en heridas (trauma psicosocial (31)) imposibles de manejar en los núcleos familiares.

3.2       Pandilla como institucionalización alternativa

Los relatos muestran a las pandillas como institucionalizaciones alternativas que solucionan las heridas producto de la relación postfigurativa. Se presentan como formas de relación social en las que la relación postfigurativa es sustituida por la cofigurativa, de manera que los congéneres otorgan la contención no obtenida en otros espacios. Es de resaltar que todos los testimonios que se presentarán a continuación, describen el proceso en términos de sustitución de vínculos primarios (sobre todo sustitución de padres y madres, por hermanos y hermanas).

Antonio afirma que en la pandilla encontró los hermanos que nunca tuvo:

[…] soy hijo único, yo no tengo hermanos ni nada, la familia mía, mis demás hermanos son toda la pandilla, todos ellos son para mí los hermanos que he tenido (Antonio).
En el caso de Andrés, hay un relato amplio de cómo la pandilla funge como sustituto del hermano que ha sido asesinado. Esto se gana la lealtad de Andrés, quien lo describe a partir de un conflicto que tuvo en la escuela:

[…] un muchacho allí llegaba, uno ahí se fariciaba (32) cuando él alucinaba con las pandilla, él era más grande que yo. Este muchacho a mí no me gustaba como actuaba, y mi mente era que no quería que nadie se fuera arriba en la escuela, y estaba bien pequeño yo, y este muchacho pues yo le dije cosas, y él me dijo cosas y yo le volví a responder y me pegó en el pecho y allí me sentó de un solo, donde me sentó de un solo fui a las dos casas de donde yo vivía pues se mantenía el barrio, estaba allí la pandilla, y fui yo donde ellos y les dije “mira es que aquel muchacho me golpeó”, […] yo ya he andado en la calle y mi hermano ya falleció, ahora como le digo a él, vinieron los amigos estos del barrio [pandilla] y de topada fueron a la escuela y le pegaron una gran zapateada, y desde eso momento yo dije que el barrio era cabal cabal(33) conmigo y le iba a responder igual, teniendo doce años y medio yo comencé a vacilar con el barrio en el 97, en el 97 comencé a vacilar con ellos, en febrero del 98 ya tenía número, ya estaba brincado también […] (Andrés).
La soledad que Antonio relató en su relacionamiento primario es solventada por medio de los amigos de la pandilla, a quienes encontró en el sistema educativo, con quienes se apropió de la calles. Es importante, en el relato de Antonio, resaltar la soledad que narra en el espacio privado y la compañía que reporta en el espacio público, donde se narra acompañado de sus cheros (34):

[…] ah pues eso digamos que desde pequeño, porque yo me acuerdo que desde que vivía allí en […] llegaban un puño de locos allí a la cuadra, allí estaban jodiendo, en la cuadra donde yo vivía, de aquí en el colegio […] que yo vacilé con varios cheros, ya de ahí que nosotros con otros cheros teníamos un grupo que nos andábamos aquí en el centro molestando y todo, jodiendo y todo, de allí fue que empezamos con la pandilla y todo (Antonio).
En el caso de Esperanza, la narración da cuenta de la sustitución que significó para ella encontrar un grupo de amigos con quienes compartía sus juegos en la calle. En el relato se observa que, como en el caso de Antonio, es la escuela el lugar donde se encuentran los compañeros con quienes se crea una relación cofigurativa, manifiesta en el espacio público por medio de la trasgresión, al tiempo que, la relación con su padre —que le generaba una serie de heridas (físicas y emocionales) — es sustituida por la de la madre —también insatisfactoria. Finalmente abandona los dos vínculos primarios biológicos:

[…] solo al octavo grado llegué, porque me salí [del colegio] porque conocí a unos amigos, empecé a faltar, casi no iba por irme a fregar con ellos, siempre nos íbamos para Metro [centro comercial Metrocentro], lugares así, o a hacer desórdenes, tirar piedras, dejé de estudiar, de allí conocí a un amigo que me dijo que si quería entrar en la pandilla y le dije que sí [tiempo después] me fui de mi casa y me fui para donde mi mamá, donde mi mamá seguía saliendo pero ella me mantenía, no tenía necesidad de trabajar de nada, y de allí me echó, me tuve que ir para donde mi papá de nuevo, me disculpé con él, me aceptó, a los meses me volví a ir porque mucho me pegaba (Esperanza).

Oscar deja constancia, desde el inicio de su relato, que la relación configurativa (entre él y su hermana) fue la que lo llevó a conocer las relaciones entre pandillas desde niño. Posteriormente este tipo de relato contrasta de manera decidida con la relación que tiene con su abuela, mientras que entre las pandillas predomina el relato de la amistad, en la relación postfigurativa destaca la subordinación y el trabajo extenuante (aún cuando estaba enfermo):

[…] la pandilla se puede decir [que] desde pequeño [la conocí], desde los cinco-seis años por mi hermana, siempre andaba con mareros, le gustaban los mareros a ella, y anduvo con uno y con otro, entonces yo conocí bastantes maras, de allí fue que yo me empecé a meter, a ver qué onda, que iban a hacer un deschonge(35) me iba con ellos […] me fue gustando porque, todos bien coordinados, todos así bien unidos, que si a uno le pegaban un balazo puta toda la mara lo ayudaban, me gustó ese ambiente que nunca había tenido, [… al contrario…] si yo me enfermaba donde mi abuela, allí andaba y trabajaba como sea, allí era a la brava pues, yo no me podía enfermar porque siempre iba a trabajar (Oscar).
Yulieth describe la pandilla como un espacio donde se socializan los problemas y se acompañan unas y otras personas. Resalta la importancia del diálogo, elemento que no deja de llamar la atención en la vida de una persona que vivió una ruptura abrupta con su madre. Es de remarcar también su referencia al sentimiento de felicidad, porque fue por medio de su pareja (dicho sea de paso: por medio de la formación de un nuevo vínculo primario) que ella llegó a conocer a la pandilla en la que se encuentra; ello le remite al sentimiento de felicidad que contrasta decididamente con el extravío de sentido experimentado por rechazo de su madre.

[…] como andaba con el papá de mis niñas me sentía feliz, y por él fue que conocí el camino de las pandillas, pero tal vez uno dice el camino, pero ya cuando uno se va relacionando con las personas, las va conociendo, llega un punto en que va conocerlas a todas, una por una, cuál es el pensamiento de una persona, de la otra, y me comprendes, tal vez uno carga un problema, otro, otro problema, tal vez otro, otro problema, y hablando así nos conocemos, nos vamos comprendiendo allí, es donde nos unimos (Yulieth).
Hasta aquí, es evidente que los relatos analizados hacen referencia a las pandillas como sustituciones que resuelven heridas provocadas por la relación con figuras de la familia biológica. Para ello se recurre a la relación cofigurativa (se hace referencia a la unidad de la pandillas mediante la relación de hermandad) que se valoriza por encima de la postfigurativa. Así estos vínculos son sustituidos echando mano de una institucionalización alternativa de las relaciones sociales, que representan las pandillas.

Es de resaltar que las narraciones sobre vínculos cofigurativos hacen referencia a espacios públicos resimbolizados. Recurren una y otra vez a fechorías, peleas, en general, formas de trasgresión que modifican el paisaje de lo público mediante lo cofigurativo. Otro elemento a resaltar es cómo los relatos evidencian la importancia de la escuela en este tipo de vínculos: siendo esta el lugar donde se encuentran inicialmente esos compañeros/as de generación, con quienes se podrá posteriormente hacer una sustitución de vínculos.

3.3       ¿Qué tan tajante es la ruptura con la familia biológica?


Hasta ahora nos hemos enfocado en la narración de la sustitución de los vínculos primarios biológicos por los que brindan los congéneres de las pandillas. Esto tiene una importancia fundamental por la posibilidad que brinda al sujeto de iniciar una institucionalización alternativa de sus relaciones sociales. Pero cabe la pregunta: ¿es esta una sustitución tajante? ¿Qué hay de la familia biológica en momentos posteriores? O, también, ¿en el relato de pandilleros/as se descarta del todo el ideal de familia que se propone desde la institucionalidad oficial? El relato de Yulieth y el grupo focal realizado con otros pandilleros calmados arrojan testimonios que dan cuenta de la complejidad de este fenómeno.

Cuando pregunté a Yulieth por los recuerdos que tenía de su padre me respondió:

[…] ah mi papi es lindo, mi papá me adora, a pesar de que ser pandillera no se avergüenza de mí, al contrario algunas ocasiones él se siente orgulloso, porque si él me necesita allí estoy con él (Yulieth).
El testimonio da cuenta de que el vínculo familiar no es sustituido de forma tajante o absoluta. Aunque no hay ninguna parte de la entrevista que hable de que la herida con la madre ha sido sanada, el padre aparece como una figura importante en la vida de Yulieth; ella lo narra inclusive legitimando su presencia en las pandillas. La siguiente explicación surgida en el grupo focal con Mauricio y Katia profundiza esta intuición:

[…] incluso cuando hay chavos de las pandillas que han tenido problemas con los papás o mamás no hay ese cariño, […] esa armonía entre familia de la casa incluso tu misma gente de la pandilla te dice porque aunque no lo querrás […] siempre tenés que respetarlos, pues porque dentro de las pandillas, la familia, la madre, es lo más sagrado que hay, y aunque no hayas tenido una relación muy buena en tu niñez y tu adolescencia con tu propia familia siempre lo tenés que guardar porque eso es una de las reglas que hay del respeto a la familia (Katia).
[…] la madre es lo más sagrado que hay porque te digo no muchos han tenido buena experiencia con sus madres, pero siempre tienes que guardarles respeto porque si ya miran que vos le faltas el respeto a tu madre o a alguien de tu familia te llaman la atención (Mauricio).

La explicación es valiosa porque no solo profundiza la idea de que esta no es una sustitución tajante, sino que presenta el lugar de la familia oficial en el testimonio de Katia y Mauricio. Es decir, pese a sus malas experiencias con las figuras maternas y paternas, pese a su intención de sustituir los vínculos familiares, pese a conformar instituciones alternativas, la idea de familia que se maneja, no rompe de manera absoluta con la familia biológica y suscribe la idealización de la familia, propuesta por la institucionalización oficial.

Todo ello nos arroja un panorama complejo de las relaciones sociales: por un lado hay una fuerte enunciación de la sustitución del vínculo primario; por otro, una ruptura que no es total con la familia biológica. Pero, además, un respeto por el ideal abstracto de familia, que impone la institucionalización oficial.

Conclusiones

Las narración que estos/as pandilleros/as hacen de sus vidas pone de manifiesto una serie de vivencias que podemos entender como apropiaciones generacionales de procesos históricos por los que ha atravesado El Salvador contemporáneo. Procesos como la guerra civil, la profundización de la pobreza, y la emergencia de las pandillas juveniles, han sido vividos generacionalmente por estas personas.

Todo ello ha implicado el sufrimiento visible en las heridas de las relaciones sociales de corte postfigurativo. Las figuras adultas desaparecieron o las hicieron desaparecer durante la niñez. Sea por la disposición de relaciones de género —que en el caso de Andrés, Antonio y Dibujante, significó soledad luego de la desaparición de sus padres y la necesidad de sus madres de trabajar y abandonar el hogar—, o por la agresión doméstica que sufrieron Oscar, Esperanza y Yulieth, esta desaparición ha implicado la herida de la soledad, donde quienes se fueron quedan presentes por medio de la ausencia, y quienes se quedaron hacen una presencia que se manifiesta ausente. Las contradicciones entre presencias y ausencias revela la socialización de un orden de la estructura social que significa sufrimiento.

La crisis de la relación postfigurativa se traduce en una anulación del pasado, representado en las relaciones con los padres biológicos que se anula como posibilidad, es un pasado negado. Ninguna de estas personas realizó una decisión personal de negar su pasado, sino que diferentes circunstancias de la vida social fueron cercando su horizonte de decisiones. Esto se agrava en la medida que hablamos de niños y niñas. Por su posición en la estructura social, su edad, y el desarrollo de sus capacidades, los niños y las niñas tienen, de todas maneras, un horizonte de decisión estrecho y delimitado férreamente por las opciones que les dan las personas adultas, pero en estos casos, debemos agregar a ello un desentendimiento de las personas adultas de las/os niños/as que tenían a cargo. Hijos e hijas quedan atrapados entre una relación primaria herida y una sociedad que no les da mayor legitimación por su edad. Generacionalmente esto desemboca una imposibilidad de comunicación con generaciones adultas y una deslegitimación de las formas de relación prevalecientes en la institucionalización oficial, y en la relación postfigurativa.

Esto representa lo que Mead (1997) llama una “migración en el tiempo”, en la medida que la generación se siente aislada de sus padres. Sin posibilidad de construirse en relación postfigurativa recurren a estrategias de relacionamiento primario que cruzan por lo cofigurativo, construyendo formas de institucionalización alternativa. Siendo que los adultos ya no dan respuestas para el mundo que los rodea, niños, niñas y adolescentes comienzan a verse entre sí y a explicarse el mundo de acuerdo a sus parámetros. Por ello el orden institucional representado en sus padres se vuelve cada día más ilegítimo; es un pasado que carece de inteligibilidad para el mundo del presente representado por esa generación pionera que ha sido exiliada del orden social.

Contrario a la teorización de Mead, las pandillas no son estructuras cofigurativas exitosamente previstas por un sistema postfigurativo que las asimilará eventualmente (como podría verse el sistema educativo, por ejemplo). Este tipo de cofiguración se basa en ignorar del todo el orden institucional que representan los padres (institucionalización oficial). En las vidas de estos/as pandilleros/as, el orden institucional en el que estaban siendo socializados fue anulado por una serie de eventos que rompieron o hirieron el vínculo primario, en algunos casos, de forma abrupta (como Yulieth); en otros, en un proceso paulatino, como la soledad experimentada por Antonio y Dibujante, debido a su carencia económica que obligaba a las madres a trabajar sin prestar atención y tiempo a sus hijos e hijas.

La distancia generacional llevada al extremo se convierte en aislamiento de significado, en el cual los sujetos inventan una institucionalización alternativa a partir de los parámetros de la cofiguración. ¿Qué tan sostenible es esta institucionalización alternativa conforme va pasando la vida? ¿Cómo se extienden este tipo de relaciones cofigurativas más allá de la adolescencia? ¿La sociabilidad fundada en la estrategia cofigurativa permite generar e imaginar una sociedad a largo plazo? El análisis de los momentos posteriores de la vida de estas personas permitirá dar una respuesta a este tipo de de planteamientos.

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Notas


(1). Los datos acá analizados son producto de dos investigaciones inscritas en el Instituto de Investigaciones Sociales y el Departamento Ecuménico de Investigaciones: “Cultura, sujeto e institucionalización: el caso de las maras en El Salvador contemporáneo” (2007-2008) y “La institucionalización de la desigualdad: escuela, trabajo y cárcel en el relato de vida de pandilleros y pandilleras salvadoreñas” (2009).

(2). Varios estudios sobre pandillas dan cuenta también de esta sustitución. Cf Rodgers, 2003:111-133; Salazar, 2002; Cerbino, 2004. Sin embargo, el análisis que se desarrollará acá hará énfasis en un aspecto no abordado en las investigaciones anteriores: entenderá la sustitución de la familia por la pandilla como fundamento de una institucionalización alternativa.

(3). Esta idealización no solo se da en el conocimiento cotidiano sino también en los estudios de las ciencias sociales sobre el tema de “familia”, donde la conformación de padre-madre-hijos/as es una especie de “unidad moral” mediante la que se devalúa otras conformaciones sociales que se denominen “familia” y no respondan a esta estructura. Trabajé el tema con alguna profundidad en Cf  Zúñiga, 2008:1-37. Otro material que se puede consultar sobre este punto es Bourdieu, 2007:126-137.

(4). Las nociones de institucionalización dividida en primaria y secundaria son trabajadas por Peter Berger y Thomas Luckmann (1972:177 y ss). Así mismo Martín- Baró da cuenta de un análisis a profundidad del concepto de grupo primario Cf (2004:262 y ss).

(5). La categoría de alternativo está utilizada en su acepción de “opción diferente” a una cultura de la dominación. Se basa en  la distinción que realiza Williams entre cultura de la dominación y hegemonía alternativa (Williams, 1997). Lo que acá se entiende por alternativo va desde una organización como el FMLN, que se planteó en los años de la guerra civil como una alternativa de corte progresista mesiánico, hasta las pandillas que se alejan de la oficialidad rompiendo la ley pero sin mostrar rasgos mesiánicos (dicho sea de paso: sin tener proyecto histórico). Es decir la palabra alternativo en esta acepción no es sinónimo de mesianismo o progresismo.

(6). Me limito a señalar categorías que por supuesto ameritan una discusión más amplia; sin embargo, no es el objetivo de este trabajo extenderse en lo categorial. Al respecto estoy trabajando en un documento donde se abordará este tema a profundidad.

(7). Echamos mano de la noción de “otro generalizado” que utilizan Berger y Luckmann (1972:169).

  (8). Las secuelas de la guerra civil no han terminado de ser estudiadas a profundidad. Este enfrentamiento fratricida fue el escenario de setenta mil muertes a lo largo de doce años, en los cuales el sufrimiento fue “pan de cada día” de salvadoreños/as. Para una profundización, ver Comisión de la Verdad, 1993. Solo como dato acerca del conflicto, un estudio de posguerra revela las secuelas que tienen quienes combatieron en la guerra siendo aún niños/as: “[…] los efectos sociales de la militancia se expresaban en la disrupción afectiva generalizada (angustia y nerviosismo) asociada con alteraciones del sueño (pesadillas e insomnio), estados depresivos, cansancio físico, orientación temporal hacia el pasado (pensamientos recurrentes y reminiscencias de la guerra) e irritabilidad (facilidad para enojarse)” (Portillo, 2006:278-279).

(9). La “Guerra de las cien horas”  —conocida popularmente como “Guerra del fútbol”, por haber coincidido con un conato de violencia en un partido entre las selecciones nacionales de los dos países—, también tiene como su centro el fenómeno migratorio. Esta se desarrolló entre El Salvador y Honduras del 14 al 20 de julio de 1969.  El conflicto se desencadenó cuando el gobierno hondureño decidió realizar una reforma agraria, cuya consecuencia fue la expropiación de miles de campesinos salvadoreños que se habían establecido del lado hondureño de la frontera compartida por los dos países. Ante el aumento de la presión social, con la llegada de gran cantidad de campesinos pobres, el gobierno salvadoreño decidió intervenir militarmente a Honduras. El conflicto finalizó con la mediación de la Organización de los Estados Americanos.

(10). Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) es un partido de extrema derecha fundado al inicio de guerra civil salvadoreña (1981), entre otros, por Roberto D’Abuisson, nacionalista y liberal, líder de distintos “escuadrones de la muerte”. Su papel fue clave en articular la posición de los sectores militaristas de derecha durante el conflicto (Cf . Comisión de la Verdad, 1993). Luego de los Acuerdos de Paz de 1992 ocupó la presidencia por cuatro períodos, hasta 2009.

(11). El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) es una coalición de organizaciones armadas de izquierda fundada en 1980 y constituida por las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL), el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la Resistencia Nacional (RN) y el Partido Comunista Salvadoreño (PCS). Durante la guerra civil participó como actor beligerante y a partir de 1992, con la firma de los Acuerdos de Paz, pasa a ser partido político y llega a ser la segunda fuerza del país hasta 2009 cuando ganó la presidencia y obtuvo mayoría en el congreso.

(12). El Partido Democracia Cristiana surgió como una reacción de la sociedad civil salvadoreña contra el militarismo en 1945. Tuvo un importante lugar en la vida política del país, participando en los diferentes procesos políticos, entre ellos la alianza UNO de 1972, la participación en la constituyente (1980-1982), hasta alcanzar la presidencia de la republica con José Napoleón Duarte (1984-1989).

(13). Al respecto se puede confrontar: Levenson, 1998; Santacruz y Concha-Eastman, 2001.

(14). Por ejemplo, entre 1999 y 2004, la cantidad de personas deportadas con antecedentes penales creció de de 1 476 en 1999 a 4 283 en 2004, mientras que la cifra de personas deportadas sin antecedentes se mantuvo constante, pues pasó de 1 190 en 1999 a 1 189 en 2004 (PNUD, 2005:491-492). La estadística demuestra que no solo se deportaban personas “sin papeles”, también a muchos convictos en las cárceles de los Estados Unidos se les revocaba el permiso para vivir en ese país y eran deportados/as cuando habían terminado su condena.

(15). Ver Savenije, 2004; y 2006:205-228.


(16). “Cuando estos jóvenes [que se relacionan de forma cofigurativa] son numerosos, se convierten en modelos recíprocos y, al rechazar los modelos de conducta que ofrecen los adultos al nuevo entorno tratan a los maestros y administradores como fuerzas enemigas a las que no se debe seguir sino engañar mediante despliegues de astucia” (Mead, 1997:73).

 (17). “Cuando más aguda es la percepción del cambio generacional dentro de la familia y del cambio social mediante la participación en nuevos grupos, tanto más frágil resulta el sistema social y tanto menos seguro tiende a sentirse el individuo” (Mead, 1997:89).

(18). Atendemos la división que realiza Rojas citando a Dezin entre biografías, historias de vida y relatos de vida. Considerando las primeras como ejercicios institucionalizados que se realizan con personajes de la vida pública a manera de ejemplificación. Las segundas como un esfuerzo de recolección de una vida que implica además el complemento de documentos sobre esa vida (artículos de periódico, fotografías, etc). En esta investigación nos quedamos con los relatos de vida, por dedicarse a: “[…] examinar una vida o parte significativa de esta, tal como es contada por los individuo. [Es decir…] una invención concebida como construcción o reconstrucción de las vivencias individuales” (Wiesner, 2001:182).

(19). Cf. Ascanio, 1995:212- 213; Reséndiz, 2001:158 y ss.; Wiesner, 2001:182.

(20). Cf. Berger y Luckmann, 1972:87.

(21). La cultura las pandillas llamadas “maras” divide a sus integrantes en dos categorías: “calmados” y “activos”. “Calmada/o” quiere decir que estas personas han salido ya de los principales círculos de la violencia a los que se sometían en la pandilla (asesinatos, robos, extorsiones). Generalmente las/os mareras/os calmadas/os han alcanzado ya cierta edad (pasan de los veintiséis años) y se han integrado de alguna forma a la institucionalidad postfigurativa (por ejemplo, han tenido hijos o se han integrado al mercado laboral). Por el contrario, los “activos” son generalmente más jóvenes y se encuentran en plena actividad de su vida pandilleril (Cruz y Santacruz, 2001:15-108; Carranza, 2004:30-98).

(22). Unidad geográfica básica de la pandilla. Representa una pequeña unión barrial que se compone de varios pandilleros que defienden el territorio, controlan el narcomenudeo, etcétera.

(23). Morrito: forma de designar a los niños pequeños en el lenguaje popular salvadoreño. Es una formulación que evoca ternura y cariño.

(24). En El Salvador se utiliza la expresión “se acompañó” o el verbo “acompañarse” para designar la unión de pareja bajo un solo techo en unión libre.

(25). Se le denomina “el brinco” al rito de pasaje por medio del cual las/os miembros de las pandillas adquieren su membresía grupal. Como rito, constituye un importante lugar de lectura de la cultura de estos colectivos, sobre todo en lo que tiene que ver con la corporalidad. El acto de “el brinco” o la acción de “brincarse” tiene enormes similitudes entre una pandilla y la otra. Como todo rito consta de varios pasos, primero se convoca al neófito a un lugar determinado (una cancha, el pasillo de una colonia, etc.) donde se han dado cita varios miembros de la pandilla. Luego estos miembros le proporcionan una dura paliza que se prolonga por cierta cantidad de tiempo (para la Mara Salvatrucha, 13 segundos; para la Barrio 18 St., 18 segundos). Posterior a la paliza, el nuevo marero se incorpora y es felicitado por sus compañeros de pandilla. En ese momento se rebautiza al nuevo miembro con el nombre que lo caracterizará dentro de la organización.

(26). Sobre las narraciones de la vida de de Katia y Mauricio, hay amplias referencias en Zúñiga, 2008:1-37.

(27). La categoría de presencia de una ausencia ha sido trabajada por Hinkelammert para entender la dialéctica entre sujeto e institución en las sociedades contemporáneas. Acá se aplica a los vínculos sociales primarios patriarcales que se caracterizan como presencias ausentes (madre trabajadora), o por el contrario ausencias presentes (padre desconocido). Cf. Hinkelammert, 2007.

  (28). En el español que se habla en El Salvador “echar la mano” es sinónimo de “ayudar”. Comúnmente se conoce como una petición de ayuda, se dice: “échame una manita”.

(29). Una casa de lámina refiere a una casa pobre construida únicamente con madera y lámina de zinc. Es un tipo de edificación muy común en los sectores más empobrecidos de Centroamérica.

(30). En general, la experiencia de las mujeres hace referencia al cuido de los hermanos/as (Katia también estuvo a cargo de su hermano y Mauricio fue cuidado por su hermana mayor Cf. Zúñiga, 2008:1-37). El cuido es un rol de las mujeres en las sociedades patriarcales y El Salvador no es la excepción. En el estudio expuesto por Portillo (2006) se reseña que las mujeres en las estructuras del FMLN tenían una función preponderante en la preparación de la comida, en cualquier otra actividad era mixta la participación (en el frente de batalla o en la radio operación, etc.) pero la balanza se inclina totalmente hacia las mujeres en la cocina (273).

 (31).    Martín-Baró, 2000c:78.

(32). Fariciar es un verbo que se utiliza en lenguaje de las pandillas y hace referencia a impresionar o alucinar, otra palabra que refiere a un impacto ante una situación determinada.

(33). Cabal tiene una utilización en el lenguaje de El Salvador, que toma su significado original pero lo aplica a la estima de una persona (o grupo de personas) por otro/a (s).

(34). Chero es una palabra que en el lenguaje popular salvadoreño designa la relación entre amigos; es equivalente de “amigo o amiga”.

(35). Deschongue es una palabra del lenguaje popular salvadoreño, que es intercambiable por desorden.

 

 

Mario Zúñiga Núñez es Investigador del Departamento Ecuménico de Investigaciones. Profesor de la Escuela de Antropología de la Universidad de Costa Rica. zn.mario[arroba]gmail.com

 
 
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