Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
10  enero 2013 - abril 2013

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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El enfoque de género de Mi sagrada familia  
María Antonia Miranda González

Mi sagrada familia (Editorial Oriente, 2004) es una selección de narrativa que reúne diez textos de reconocidas autoras cubanas[1]. Su publicación responde a una continuidad en la difusión de la perspectiva de género en la literatura, que la editorial Oriente ha mantenido a través de su colección de narrativa y ensayos Mariposa. Aida Bahr, directora de la editorial, también aparece entre las narradoras de esta selección. 

Las temáticas abordadas, como indica su título, se enmarcan en el ámbito familiar, y se anuncia desde el diseño mismo esta perspectiva de género, que invita al debate en torno al libro. En primer lugar, porque simultáneamente subvierte y desmitifica a la familia: sus roles, sus componentes, sus tramas y, de paso, las lecturas homogéneas y englobadoras de su estar y sentir cotidianos. En una sola palabra: desacraliza. No obstante, no lo hace en el viejo sentido de romper y tirar por la borda los valores sacrosantos que han protegido el rito de lo familiar, sino con una nueva sacralidad, una nueva manera de interpretar los valores tradicionales. 

Basta con mirar la foto que aparece en la cubierta para comprobar la importancia de la memoria gráfica de la familia. En la imagen sepia, un grupo de mujeres sonríen en perfecta unidad; y a mano derecha, casi imperceptibles, dos figuras masculinas posan para la cámara. Quizás se trató de igualar género a mujer, como ocurrió en la Segunda Ola del Feminismo, o quizás se trataron de visibilizar los rostros femeninos del espacio privado, para destacar su importancia y, de esta manera, proclamar su empoderamiento. Lo cierto es que lo tradicional sigue estando allí, en esa imagen-foto que ofrece un testimonio de la experiencia vivida, como rito de documentar y atesorar momentos señalados en el crecimiento de esta institución, como prueba del estar, de ser parte integrante del performance instantáneo de la sonrisa, la cual es demanda y expectativa del círculo habitual de interpretación sociocultural de lo familiar. Hay una doble permanencia de la tradición, una es el propio recurso de la fotografía; la otra, el aparecer felices en familia.  

Sin embargo, en este libro se trata de contrastar la existencia espiritual, simbólica, de estos valores tradicionales con la práctica, con las condiciones, tanto sociales como individuales, de sus posibilidades de existencia; de quebrar el estereotipo y mirar dentro del cascarón, para saber ¿qué tipos de familia hay en su interior? ¿Qué nuevos problemas plantea este espacio micro, aún no advertidos, o insuficientemente advertidos, por el todo social? Sobre todo, ¿qué nuevas formas de estereotipos se han venido formando de manera más invisible?  

Por otro lado, el discurso del poder acompaña a estos textos desde su propia concepción, desde su propia existencia como libro, ya que ha tenido que armarse en diálogo (consciente o no) con nuestros primeros autores[2] en abordar la familia en lo literario; en ocasiones a contracorriente de las imágenes de mujer reproducidos en esta literatura, y de sus dicotomías subyacentes, como la de madre versus puta, la contradicción de la hermosa villana y en general, el androcentrismo.  

Este giro en la forma de narrar hacia posturas menos androcéntricas proviene de los años ochenta. Es en este período cuando puede hablarse del máximo acrisolamiento del discurso femenino cubano, sobre el cual Mirta Yáñez, en su libro Cubanas a capítulo (Yánez, 2000), ya nos ofrecía una caracterización que incluye la actitud desprejuiciada hacia las relaciones sexuales, una visión crítica de las relaciones familiares, la erradicación de posturas sumisas, pudorosas, ñoñas, suplicantes o pasivas; unida al sentimiento de desgarramiento por la tierra perdida y la tendencia a registrar periodísticamente la realidad. Elementos que se retoman en Mi sagrada familia dentro de un juego temático con impresionante inter-contextualidad de sus autoras. 

En este caso, la literatura que utiliza una perspectiva con un marcado carácter político, como es la de género, despliega, entre otras, una función de denuncia, con lo cual provoca un acto visibilizatorio. La perspectiva de género aplicada a las artes, en general, y puntualmente a la creación artística literaria revela las posibilidades ocultas, o que convenientemente se invisibilizan en ellas, sobre ellas mismas. Esta perspectiva aplicada es una herramienta de autoreflexión sobre lo que se puede hacer desde la narración de la cotidianidad misma, logra mostrar como el acto más ingenuo, que da vida a un personaje, es un poderoso y eficiente mecanismo de reproducción cultural. 

El carácter político de esta perspectiva radica también en el sentido de transformación de estas relaciones tradicionales, en el sentido de deconstruir su carácter naturalizador, de perpetuación en el tiempo sustituyéndolo por un carácter histórico. La mayor potencialidad de este giro de enfoque se encuentra en la posibilidad de cambio, de producir una realidad diferente, precisamente porque el género, como categoría, permite visualizar cuáles son las relaciones de poder que median entre los sexos en tanto constructos socioculturales, donde la propia jerarquía de un género sobre otro reproduce las asimetrías, inequidades e incluso la violencia de género.  

Como bien lo ha expresado Nancy Alonso (2009):

Hay quienes consideran, y hablo de hombres y mujeres, que está pasado de moda por ejemplo, escribir sobre la violación sexual de las mujeres o sobre la violencia doméstica, porque eso ya ha sido contado muchas veces. Sin embargo, mientras tales problemas no sean superados, y aún después, como recordatorio de lo que no debería volver a ocurrir, tiene vigencia la función social de la literatura al denunciarlos (en Hormilla, 2009).

 Este libro no solo se hace alusión a la violencia física-doméstica, sino también a la simbólica, sobre todo en “Estirpe de papel”, de Anna Lidia Vega Serova. La autora relata el vaivén de una niña entre dos entornos igualmente hostiles, aunque uno más anhelado que el otro —en este caso, la casa de la abuela donde, por ratos, ella escapa de la condición de marginalidad reflejada por el aspecto de su casa, la única cama compartida por la niña y “los padres”, la ausencia de juguetes. Intuye a través de la abuela y primas lejanas una realidad diferente que prolongará a través de su inventada familia de papel. Los indicadores del bienestar para la niña tienen la forma de vestidos, muñecas, plumones, caramelos, una cama y padres que lean cuentos. Ella los modela constantemente en su mente y en el papel: “Su mamá de papel solo llora de felicidad”(Vega Serova, 2004:15).La niña agrede físicamente a la madre cuando esta limpia el cuarto y tira a la basura los familiares de papel inventados.  

En realidad no llega a producirse nunca ese escape de lo marginal. Ana Lidia Vega atrapa la automarginación subjetiva de esta niña, así como el complejo de disminución y cierta noción de la falta de “Algo, con mayúsculas; aun cuando no pueda descifrar bien qué es, aun cuando lo señale en sus manifestaciones más visibles, en artefactos, tecnología, en el andamiaje corporal que incluye la forma desinhibida de proyectar el cuerpo, los gestos y el lenguaje.  

Aborda el tema de la ansiedad y la satisfacción de muchas carencias, desplegando la creatividad, la imaginación, por parte de una niña que carece de la oportunidad de insertarse en el juego de sus primas, porque carece, sobre todas las cosas, de los atributos o capitales simbólicos que le permiten entrar a jugar sus propias fichas, sus antecedentes y una historia material de adquisiciones “naturales, que la ubiquen a los ojos de las otras como una igual, en un grupo de iguales. Aún cuando se da en ella una movilidad espacial, geográfica de un sitio a otro, apenas ocurre una movilidad emocional, un cambio sustancial, cualitativo, de sus condiciones. Su familia de papel refuerza y compensa el total aislamiento de la realidad.  

En “Los días y las noches de Carlos Tercero”, de Sonia Rivera Valdés, otra niña recuerda como: “En medio de mutuas maldiciones mi papá haló el mantel y tiró al piso platos, vasos, cucharas, cuchillos, tenedores [...]. Yo, siempre en la misma posición sin moverme, pensé que era el final. Ahora sí la mataría” (2004:21). Además, se narra cómo dentro de su cotidianidad se producían episodios donde ella era utilizada como instrumento de placer sexual por un adulto cercano a la familia: “No era buen alumno, se cansaba pronto y para entretenerse, mientras mi mamá conversaba con Teresa o iba a la bodega por cebollas, me convencía a mí de cinco años para que moviera de atrás a alante con mis dos manos, entre las que casi no cabía, la cosa que siempre tenía tiesa entre las piernas que abría mientras hacía tabacos” (2004:18).  

Estos dos últimos textos “Estirpe de papely“Los días y las noches de Carlos Tercero” puestos a continuación uno del otro, resaltan la violencia como naturalización de eventos desagradables a los que se suceden otros más alegres. Exponiendo, así, cómo se amplía el espectro de tolerancia hacia esta, incluso la incapacidad de reconocer el maltrato, justificado por las malas condiciones de la vivienda y los bajos niveles adquisitivos de consumo material y cultural, o simplemente silenciados gracias a una cultura de la indiferencia.  

Ambos textos ilustran las formas en que estas experiencias renacen en cuanto se dan las condiciones necesarias para su aparición como reproducción de eventos y sensaciones que encuentran los modos de hacerse presentes. En el cuento de Ana Lidia Vega, la violencia es casi invisible; nos percatamos de que siempre estuvo ahí, como un personaje latente, cuando la niña salta al cuello de su madre y caen las dos, por primera vez, fundidas en un abrazo. 

Es así que cada una de estas autoras se ha encargado de revelar tópicos susceptibles de preocupación para la producción teórica y la vivencia práctica de las relaciones genéricas. De manera constante emergen puntos centrales en las historias que nos remiten a algunas de las más importantes ideas relacionadas con la teoría de género. Sobre todo porque deconstruyen y/o se mueven dentro de reconocidos pares dicotómicos como son: la esfera pública vs la esfera privada[3], el mundo privado vs el mundo doméstico, los roles instrumentales vs los roles afectivos, la mujer vs la madre, la mirada intimista vs laobjetivista, la lógica vs la histeria, entre otros como la existencia de la triple o múltiples jornadas laborales para las mujeres. Enfatizan en la ética del cuidado (la mujer como cuidadora por excelencia); la sexualidad femenina, la violencia, la marginalidad, las condiciones políticas, los prejuicios raciales, los medios de comunicación, el derecho a tener una orientación sexual diferente. Señalan a la familia como lugar de enfrentamiento donde convergen experiencias disímiles y también conflictos.

 Además ellas agregan una visión fenomenológica de los “reencuentros” familiares, fácil de reconocer en el cuento, “Memory Mambo”,de Achy Obejas: el trasfondo político es el contexto de justificación en el transcurrir de esta historia, donde se abre paso a diversas posturas acomodaticias a los intereses individuales de los personajes, en especial a los de Alberto José Casas y Molina, obstinado en tener una participación política importante. Además se describe el prejuicio racial en la Cuba de los años sesenta, en las vivencias micro de las personas: “la ascendencia africana de mi abuela Olga está a la vista, ella haría cualquier cosa por negar esta herencia” (Obejas, 2004:51).

 Lo que me parece interesante aquí no es solo el reconocimiento de la existencia del prejuicio racial como un elemento cultural arraigado, sino además como este ocupa un protagonismo en tanto detonante de un cambio radical para la familia, en lugar de su siempre exclusiva “situación económica”, y cómo este puede ser también un móvil significativo para la migración, que a muy pocos/as se nos ocurriría tomar en cuenta, al mismo tiempo que señala la presencia de diferentes formas de prejuicios raciales aún vigentes en nuestros días.

 En este cuento hay una primera intención explícita de insertarse en una historia familiar, pero esta microhistoria va interconectándose con sucesos históricos más amplios a través de asociaciones imprevistas, donde siempre se falsea y/o se pone en tela de juicio la historia familiar. En el sentido de ser considerada una historia armada como una fantasía colectiva, a partir de recuerdos construidos a los que se les han añadido las significaciones de pertenecer a ese grupo, independientemente de si son basadas, o no, en una realidad objetiva.  

Este cuento no es más que una biografía que perdura en el recuerdo. Una familia que se inventa, se busca y defiende entre dos orillas. El marco literario de las dos orillas —refiriéndose, por supuesto a la Isla y a Mayami— es utilizado para evocar, exaltar y problematizar las relaciones de la familia. Esta problemática se hace visible en las palabras de Mirta Yáñez, en su cuento “Cortado en dos”: “Mi tierra aquella y esta otra también es la mía […] Un pedacito allá y otro aquí. El corazón queda cortado en dos” (2004:31); o como expresa la Julia de Marilyn Bobes, en el trasfondo político de la Operación Peter Pan: “hasta la nostalgia es un jodido negocio”(2004:40). 

Sin embargo, el verdadero centro de atención no son las relaciones políticas macrosociales, sino las relaciones de esa política íntima, más privada, que propone el análisis de género, que escudriña las subjetividades, y los encuentros intersubjetivos de las personas.   

En mi opinión es gracias a este tipo de propuesta que estas escritoras pueden desarticular imágenes tan preciadas como la de la mujer sacrificada y la mujer mártir. Por ejemplo, en el cuento de Lourdes González, “La madre y la paz”, aparece una mujer que cuida a su madre y tiene que esconder su desgaste físico y psicológico, para preservar el rol de buena hija ante la comunidad: “No se puede dormir así cuando uno quiere ganarse el respeto comunitario sirviendo estoicamente de enfermera” (Gonzáles, 2004:86). Una clave para entender esta situación la proporciona Soledad Murillo (en Aguirre, 2007) cuando precisa que “el cuidado está inmerso en la lógica del sacrificio, un sacrificio que puede entrañar —sin pretenderlo— un grado de reconocimiento social. A pesar de que la enfermedad se cronifique, y ésta termine por saquear el tiempo a quien lo prodiga” (Murillo, en Aguirre, 2007).

 Lourdes González nos describe minuciosamente los procedimientos de los que se vale esta mujer cuidadora para mantener una impecable fachada de entrega, y al mismo tiempo nos ubica en la corriente de sus pensamientos donde emergen ideas negativas, estrés, tensiones y hasta rabia.

Al esconderse de las miradas ajenas para ser ella misma, el personaje nos muestra con exactitud las interioridades del performance cotidiano, acorde a las exigencias de género, de una excelente cuidadora: “Sabe que los vecinos la están espiando, que están siempre dispuestos a criticarla aunque su madre se pase toda la noche gritando como una hiena” (Gonzáles, 2004:85). Por eso, en el texto de Lourdes la imagen de mujer sacrificada se desdobla hasta casi desaparecer como protagónico literario para dar paso a un ser humano real, de carne y huesos, con dolor de cabeza, de espaldas, y a punto de perder la razón: “Hay que ser fuerte para aparentar serenidad y decir amabilidades, cuando lo que tiene es ganas de apretarle los brazos, amarrárselos a la cama y asustarla para que no grite más […] Hoy mismo pasó por el lado y le dio un pequeño tirón de pelo” (Gonzáles, 2004:86).Como bien señala Izquierdo (en Aguirre, 2007),   

El cuidado puede estar íntimamente unido al maltrato. Sobre todo porque esta situación peculiar se alarga en el tiempo y las generaciones. Además arrastra a casi todas las mujeres en el seno de la familia. Se confunde con la propia identidad de la mujer, se “transmuta” en esencialismo. Ser para los demás y estar al tanto de las necesidades del otro antes que de sí misma, es el rasgo distintivo de la ética del cuidado. Un rasgo que se reproduce a través de la socialización diferenciada, como proceso que incluye formas legitimadas de violencia, latentes en las asimetrías del propio sexismo.  

Finalmente la cuidadora se encuentra insertada en un panorama desolador al que ha sido confinada desde la propia educación, y abandonada no solo por el resto de los parientes, sino por el resto de las estructuras sociales. Todos delegan en ella una posición que se revierte en el descuido reforzado de sí misma: “también voy a quedarme calva oyendo esos gritos a toda hora, parezco un adefesio, una bruja de aldea, bueno, en realidad parezco una loca, con este pelo sin teñir, las uñas rotas, el pecho crujiendo” (...) “¿pero que se cree el mundo? ¿Que una tiene que ser esclava?”  

En el debate actual se trata de “desprivatizar” este tema para que la cuestión relativa a quién se hace cargo de las personas dependientes forme parte del análisis académico y político sobre la reorganización de los sistemas de protección social, la reforma de los sistemas de salud y el desarrollo de los servicios sociales (Aguirre, 2007:85).  

 “Chele”, de Aida Bahr, también ofrece una historia que está dentro de esta ética del cuidado; señala las contradicciones alrededor de este problema, desde la concepción misma de los lazos familiares como lazos que no siempre unen a sus miembros, sino que también los apartan y disgregan. 

De manera similar en“Créditos finales”,de Nancy Alonso, se expone esta problemática del cuidado del adulto mayor y los lazos disgregados entre hermanas, por la preponderancia de una cultura patriarcal que divide a las mujeres: Una de las hermanas se desentiende de la participación en el cuidado de sus padres ancianos porque: “su marido y sus hijos eran unos inútiles, la casa se les caía encima sin ella” (Alonso, 2004:70). Cuando en realidadtrataba de escondersu rechazo a la relación homoerótica de su hermana Ernestina con Marta, una mujer que casualmente: “tenía que visitar las cooperativas de monte adentro” (Alonso, 2004:71),quizáspara no dejar de agregar cierto matiz masculinizante en un tradicional reparto de roles, donde por lógica heterosexista una de las integrantes de la pareja homosexual debe salir a la “cooperativa” mientras la otra se queda en casa “fregando la loza de los padres”. 

Es relevante la fuga aparente de una de las asignaciones más férreas para la mujer, en este caso, la del cuidado de sus mayores con la justificación de cuidar la nueva familia que se ha formado. De todas maneras, encontramos la permanencia del cuidado hacia el otro, y nuevas tensiones al elegir las formas más cómodas o agradables de ejercerlo, y algunas fricciones que se producen con la aparición de nuevos tipos de familia, como las conformadas por personas del mismo sexo. Para estos nuevos tipos de familia también existe toda una creencia y un reparto de roles en consonancia con los ancestrales roles del género, de manera tal que en las parejas de lesbianas, se considera que una es masculina denominada butch, y la otra femenina, denominada femme.[4]  

En este cuento se describe una relación entre butch y femme; no obstante, se presenta una salida diferente para la situación ya estereotipada de la muerte obligatoria de las figuras transgresoras, que tanto abunda en nuestra literatura.  

Todo el tiempo psicológico de la narración ha sido apoyado por la pantalla del televisor, que recrea la atmósfera de la violencia intrafamiliar como contenido de una película. Cuando la protagonista pareciera que va a morir (o sea, cuando pareciera que nuevamente nos desharemos del personaje transgresor) debido a una especie de infarto cerebral, que nunca se menciona, la pareja deja clara su intención de seguir ocupando un lugar merecido en la historia familiar: “Estoy aquí, Ernestina, te aseguro que pronto estarás bien y volveremos a casa juntas” (Alonso, 2004:74).  

En “Redford Jr.”, de María Elena Llana, se vuelve a tomar la temática (por eso hablo de una impresionante intercontextualidad entre las autoras) pero esta vez aparece sutilmente ligada a una crítica a los medios de comunicación, más abierta que en “Créditos finales”, donde puede pasar desapercibida. Estela se encuentra atrapada en el universo doméstico del mundo privado: “No pude salir de la casa, como quien dice, primero acompañando a mamá, después ayudando a Rosalía” ysiempre acompañadade la televisión mientras “la pantalla instala su mundo de mujeres eternamente bellas, eternamente jóvenes, eternamente amadas” (Llana, 2004:57). Una frase síntesis de los valores románticos ligados al término mujer: juventud, amor y belleza; acartonados en viejos estereotipos que en la pantalla se renuevan a sí mismos. PeroEstela logra escabullirse; da al traste con su virginidad de solterona y con la espera infinita por el hombre idealizado; regresa, después de su única parranda, con la herencia de unos ojos azules para su hijo. Aunque el cuento no aborda ninguna revolución sexual, ofrece una licencia literaria a la búsqueda del placer en las féminas, aun cuando mantiene en alto los valores sagrados de la maternidad. 

Enel libro Mi sagrada familia se exponen los eventos familiares desde las mismas contradicciones que ocurren en la vida diaria, donde las rupturas con las estigmatizaciones y asignaciones genéricas vienen acompañadas de la aceptación inconsciente o plenamente asumida de otras asignaciones clasificatorias igualmente asimétricas y tradicionales, como sucede con el embarazo de Estela. Se producen contradicciones en medio de una lucha a favor y en contra, al mismo tiempo, de la inequidad, por no reconocerse algunos campos como campos de lucha por el poder, sobre todo cuando este guarda connotaciones simbólicas poco visibles y consideradas insignificantes.  

Pero, en realidad, ¿quién puede determinar ese sentido de insignificancia? ¿Quién está dotado del poder de otorgar relevancia a cuáles hechos y de cuáles personas, y con qué objetivo?  

En el entramado de significaciones que se tejen en ese grupo e institución, que, de forma simultánea, es la familia, las experiencias de vida se encuentran jerarquizadas y ocupan puestos de distintas relevancias otorgados y construidos socialmente. Esa jerarquización invisibiliza aspectos de la realidad, mientras que ensalza y promueve otros, de manera tal que los distintos agentes de socialización, como la propia familia y la literatura (por la unión de ambos en este caso), estarán condicionados por esta jerarquía y reproducirán en gran medida sus supuestos y también sus ocultamientos. Sobre todo porque la familia y la literatura tienen formas comunes de crear sentido y puntos comunes en cuanto al modo en que desarrollan las funciones socializadoras[5].  

Son espacios separados y al mismo tiempo unidos al resto de las relaciones sociales, sentidos y pensados como refugios, que implican co-permanencia a través del tiempo. Crean una atmósfera de implicación e interpretación del otro, al que reconocemos como ente significativo. Y lo que me resulta más deslumbrante en ambas, es el rol persistente en el entrenamiento de la creencia, ya que continuamente nos ofrecen: estructuras mentales, imágenes, ideología, fantasías, mitos, rituales, prácticas en las que creer, en las que se aprende a creer, y que perduran (sobre todo para el caso de la familia) a pesar y en contra de otras creencias contrapuestas por más óptimas, funcionales y necesarias que parezcan. Deconstruir los estereotipos y roles de género implica deconstruir los mismos procesos de socialización y fundamentalmente los que fueron y son interiorizados de manera permanente en la familia.  

Esta es una de las pocas instituciones y/o grupos que han logrado incorporar una práctica consecuente y un discurso social sobre la importancia de ellas mismas al interior de las lógicas de funcionamiento de los demás agentes. No solo se ha convertido en un filtro mediador de las relaciones macro, también se ha legitimado como tal, generando y atribuyéndose cada vez más el muy encumbrado rol protagónico en la formación del individuo social.  

Resulta llamativo cómo un grupo de circunstancias y factores conjugados en los textos de este libro entre los que se encuentran: la ilusión de caos, de libre elección, de semi-planeamiento de formas y horarios, los propios diseños del tiempo según la dinámica de cada cual o de cada grupo, funcional o disfuncional, (o del disfuncional que funciona), el aprendizaje espontáneo entre deberes, recreación, esparcimiento, responsabilidades aparentemente consensuadas o en conflicto, son reforzamientos fragmentados de múltiples elementos claves para obtener una identidad de género.  

Confieso que al leer los cuentos de Mi sagrada familia vinieron a mi mente dos ideas recurrentes cuando de la aplicación de la perspectiva de género se trata: la primera es la vieja relación entre Arte y Ciencia, sobre todo entre el arte y las ciencias sociales, la segunda el también viejo cuestionamiento de si el punto de vista femenino ha tenido la oportunidad de existir.  

Al parecer la categoría de género no advierte límites entre formas de hacer, y por tanto no los advierte entre las producciones científicas y las artísticas. Proviene de un movimiento en el cual se insertan disímiles campos de producción sociocultural. Es necesario agregar que este movimiento es esencialmente político, y a saber arte y ciencia, en especial la ciencia social, están imbuidas de política[6] y ambas despliegan funciones en este sentido, en dependencia del compromiso o de la toma de conciencia de científicos y artistas, entre ellos los/las escritores/as. Así mismo, las relaciones existentes entre los sexos construidos culturalmente, entre los diferentes sistemas sexo-género (Rubin, 1975), son relaciones que se encuentran en todos los niveles de interacción, y simultáneamente permean y condicionan la producción objetiva-subjetiva como unidad dialéctica, de toda sociedad, de manera transversal.  

Mientras al arte como creación se le ha exigido una libertad, que no detenta, porque no existe libertad creativa que no esté condicionada por los constreñimientos sociales, y por las condiciones biográficas de los/las que crean, a la ciencia se le ha exigido, desde el paradigma positivista, una restricción subjetiva que ha sido incapaz de desempeñar. Históricamente ambas han estado atravesadas por las relaciones de género y ambas, según sus distintas peculiaridades, pueden ofrecer referentes explicativos de estas relaciones, así como, descripciones críticas, deconstrucciones, etcétera.  

Por otro lado, resulta sugerente la pregunta acerca de si el punto de vista femenino ha tenido oportunidad de existir. Esta pregunta tiene un mal de fondo, quizás lo que se está intentando cuestionar es si la existencia de un punto de vista no patriarcal ha tenido la oportunidad de existir, y seguramente muchos concuerdan en que en algún momento histórico anterior, las relaciones tenían un carácter diferente al patriarcal.  

El mal de fondo al que hago referencia radica en que el punto de vista femenino no tiene por que ser concebido como un bloque homogéneo, sobre todo por la existencia de diferentes modos de ser mujer, diferentes feminismos, incluso porque lo femenino y lo masculino han eclosionado dentro de un paradigma que reconoce la diversidad entre muchísimas formas de ser hombres, mujeres y otros.

Aunque en Mi sagrada familia todas las autoras son mujeres, no estoy de acuerdo en decir que la voz narrativa es femenina, solo por este hecho. La voz narrativa no debería verse como un producto logrado únicamente a partir de la pertenencia a un sexo-género del/ de la narrador/a, esta como invención del/ de la autor/a tiene infinitas posibilidades de alternar una voz masculina, femenina, incluso andrógina o gay, con relativa independencia de su sexo; una voz con otra identidad de género distinta de la socialmente aceptada, por ser recreada en la ficción.  

Por un lado, Aida Barh nos cuenta: “Sí creo que hay marcas, rasgos que identifican la literatura escrita por mujeres, como los hay que identifican la literatura escrita por cubanos a diferencia de las otras nacionalidades”, y además que: “es una cuestión de identidad” (en Hormilla, 2009). Sin embargo, Mirta Yáñez agrega que: “No cabe hablar de género donde no hay conciencia [...] no creo que exista un modo femenino de escribir, como no existe un modo ‘campesino’ de escribir. Se escribe como lo que se es y punto. Bien distinto es que, a la hora de analizar críticamente un texto o una obra de arte sea válida, como no, la perspectiva de género” (en Hormilla, 2009).

En este sentido pienso que para lograr la aplicación práctica de la perspectiva de género en la literatura deberíamos sobrepasar el vago intento de definir los polos opuestos escritura femenina - escritura masculina, deberíamos mostrar más bien como los sujetos (no solo mujeres) que han sido colocados en el polo desventajoso de la jerarquía han sido a través del tiempo agentes reproductores de este arbitrio, o sea, de su propia desventaja y luego intentar transformarlo.

 

Bibliografía

Aguirre, Rosario: “Las familias como proveedoras de servicios de cuidados”, en Astelarra, Judith: Género y Cohesión Social. Fundación Carolina- Cealsi, 2007.

Alonso, Nancy: “Créditos Finales”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

Autoras varias (2004): Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba.

Bahr, Aida: “Chele”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

Bobes, Marilyn: “Julia”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

Cordero Diana“Acoples subvertidos. Roles sexuales en las parejas de lesbianas”, fem-e-libros. México 2005.

García Calzada, Ana Luz: “Minimal Son”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

González, Lourdes: “La madre y la Paz”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

Hernández Hormilla Helen:“Escritoras cubanas opinan sobre la existencia de una escritura femenina”, en La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana. Año VII. La Habana, 29 de agosto al 4 de septiembre de 2009.

Llana, María Elena: “Redford Jr”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

Obejas, Achy: “Memory Mambo”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

Rivera-Valdés, Sonia: “Los días y las noches de Carlos Tercero”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

Rodríguez, Maribel: “La conquista del espacio público: una fisura en el antiguo pacto de género”, en Un nuevo pacto por la igualdad, Cealsi-Fundación Carolina, Madrid, 2008.

Rubin, Gayle: El tráfico de mujeres: Notas sobre una economía política del sexo, 1975.

Vega Serova, Ana Lidia: “Estirpe de papel”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

Yánez, Mirta: “Cortado en dos”, en autoras varias: Mi sagrada familia, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2004.

 

 



[1] Ana Lidia Vega Serova, Sonia Rivera-Valdés, Mirta Yáñez, Marilyn Bobes, Achy Obejas, María Elena Llana, Aida Bahr, Nancy Alonso, Ana Luz García Calzada, Lourdes González.

[2] Cirilo Villaverde, Emilio Bacardí, Miguel de Carrión, Carlos Loveira. Ver Daysi Cué Fernández: “Contar la familia” (prólogo a Mi sagrada familia).

[3] Al espacio público, con polaridad positiva, se asocian entre otros la masculinidad, la política y la economía, y al espacio privado se asocian la feminidad, la familia y la reproducción (o economía no monetaria). Rodríguez Maribel: “La conquista del espacio público: una fisura en el antiguo pacto de género”, en Un nuevo pacto por la igualdad, Cealsi-Fundación Carolina, Madrid, 2008: 5.

[4] “Butch: tipo de lesbiana con look masculinizante muy marcado. Significa lo mismo que la camionera, pero en inglés... lo usan en varios países hispanohablantes también. Su desempeño sexual es la mayor parte de las veces ‘activo’ o ‘masculino’”.

“Femme: utilizado para definir a la chica lesbiana con un look totalmente femenino, a veces exagerado. Su desempeño sexual es la mayor parte de las veces ‘pasivo’ o ‘femenino’”.

En Diana Cordero: Acoples subvertidos. Roles sexuales en las parejas de lesbianas, fem-e-libros, México, 2005: 36

[5] (Se pueden encontrar puntos comunes en todos los agentes de socialización, incluso estos).

[6] Entendiendo por política las relaciones de poder que encontramos también entre los sexos.

 

María Antonia Miranda González es Máster en Sociología. Investigadora del ICIC Juan Marinello. Miembro equipo coordinador del proyecto de género del Centro Félix Varela. marasociology[arroba]gmail.com

 

 
 
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