Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Transformaciones en los procesos de la tramitación subjetiva en la adolescencia contemporánea  
Alejandra Bó de Besozzi

imagen de un emo…Deseo mostrar mi visión del mundo, este es mi lugar, en la Web, en my space, ahí pueden ver mi testimonio, me estoy filmando, quiero mostrar mi propia tristeza, quiero mostrar mi alma como quien baja a un infierno que no desea...

D C(1)




Introducción


Estas reflexiones parten de la experiencia clínica con adolescentes, que en los últimos años ha adquirido nuevas presentaciones, nuevas formas discursivas, nuevas sintomatologías. Esta clínica nos va interpelando con sus nuevas lógicas, nos propone comprender nuevas estéticas, particulares posicionamientos éticos, diversas manifestaciones sintomáticas, nuevas modalidades de sufrimiento juvenil. Lo que hoy denominamos “problemáticas actuales”, constituyen un punto de preocupación convergente de planificadores en salud, médicos, educadores, psicólogos, psicoanalistas, etcétera.

En una sociedad urbana, como la nuestra, los “jóvenes” que hoy llegan a la consulta muestran una diversificación cada vez más acentuada, siendo sus presentaciones cada vez más radicalizadas, según los grupos generacionales se van conformando. Hoy día, tenemos niños que parecen púberes, púberes “adultizados”, adolescentes “tribalizados”, jóvenes aniñados, conviviendo con adultos cada vez más “juvenilizados”, así como adultos jóvenes envejecidos por el desgaste laboral.

En cuanto a los adolescentes “tribalizados”, que hoy nos ocupan, pertenecientes a la llamada generación 2.0, muestran interesantes diferencias entre sí, pero tienen un común denominador. No tuvieron que “incorporar”, como muchos de nosotros, las nuevas tecnologías a sus vidas: nacieron prácticamente con ellas y crecieron con la masificación de Internet. Escenarios tecnológicos, vida on-line, lo privado devenido público, la vida social en los centros comerciales, etc. Lo que antes pasaba en el club, en el barrio, en el aula, ahora sucede en los shoppings, las redes, los blogs, los fotologs, entre otros espacios virtuales.

Los padres de estos jóvenes, que llegan a la consulta, suelen ser adultos entre cuarenta y cincuenta y cinco años, atravesados por las actuales lógicas de una sociedad consumista y de una cultura de la imagen que propende a la juvenilización. Muchos de ellos se presentan como figuras parentales fragilizadas, con dificultad en el ejercicio de la autoridad parental, con tendencia a delegar en otros (como educadores, psicólogos, etc.) la tarea de sostén y de corte, a la que convoca el hijo adolescente en crecimiento.

Desde la perspectiva psicoanalítica a la que adscribo, considero que el proceso de tramitación subjetiva en la adolescencia se desplegará en un doble plano: a) aquel que se construye a partir de nueva-s marca-s, que ponen a andar la subjetividad adolescente en el contexto sociohistórico que este habita y b) aquel que transcurre intergeneracionalmente, en el cual el adolescente funciona como eslabón y portador de una historia familiar, sobre la cual configurará su personalidad y armará su proyecto vital.

En este último tiempo hemos observado que los procesos de confrontación generacional e intergeneracionalse han ido alterando, han quedado desdibujados y/o se han trastocado, lo que produce consecuencias en los avatares psíquicos de la construcción subjetiva de esta generación de adolescentes. Estos jóvenes manifiestan nuevas modalidades de rebeldía y de desafío hacia las generaciones mayores, pero siempre buscando atención, planteando diferencias, testeando límites, ya que son las generaciones precedentes puntales necesarios para poder desplegar los procesos de elaboración psíquica y tramitación subjetiva, sobre los que posteriormente quedará configurada la subjetividad adulta. Estos chicos que hoy los padres traen a la consulta, transitan, por una parte, similares procesos que los adolescentes de otras épocas, pero por otra, encuentran condiciones sociohistóricas muy diferentes, a veces radicalmente otras —si consideramos las condiciones de crianza y desarrollo actuales—, de aquellas de las generaciones de sus progenitores. Desde el comienzo de esta década, se han hecho evidentes las consecuencias subjetivas de  la precarización de las actuales condiciones socio-económicas. Varios de nuestros países latinoamericanos atraviesan crisis políticas, que afectan particularmente a las nuevas generaciones. El riesgo de desamparo vuelto posible, el progresivo desfondamiento de las instituciones en un contexto donde predominan la corrupción y la impunidad política, junto a la hegemonía salvaje del mercado neoliberal, han producido una nueva cualidad de sufrimiento psíquico y variados tipos de afectación, que nuestra clínica necesita abordar (Bó-Besozzi, 2005).

En esta ocasión, consideraré algunas de las transformaciones en dichos proceso, que manifiestan los adolescentes actuales, que se adscriben de una forma u otra a una de las tribus urbanas juveniles, los nombrados como emo (apócope de emocional), la tribu de los “adolescentes tristes”, preponderantes actualmente en Buenos Aires. En estos chicos puede encontrarse un interesante “analizador”(2) (Lourau, 1994), de los sufrimientosrelacionados conlas actuales condiciones de nuestro contexto sociohistórico, en particular la desesperanza ante el futuro, el desencanto, el “dolor” de existir, la ironía y el sinsentido de la vida, aquello que ha quedado oculto tras el glorioso mundo feliz de la actual sociedad del placer y del consumo.

Siguiendo los derroteros de nuestra tarea clínica, hoy observamos que los adolescentes cada vez con más frecuencia tienden a “tribalizarse” —sea tanto por el predominio de estéticas diferenciadas, radicalizadas o extremistas, sea por la pertenencia activa a los grupos de tribus— mostrando particularidades en los procesos del tránsito adolescente, que necesitan ser comprendidos e investigados en su novedad.

Propongo, entonces, pensar que lo tribal, en tanto manifestación característica de estos nuevos adolescentes, puede pensarse como una de las manifestaciones posibles del procesamiento subjetivo propio del pasaje entre la pubertad y la adultez. El curso de los procesos en la tarea clínica viene mostrando distintos gradientes en cuanto a las posibilidades de resolución o claudicación de esta particular transición, que se pone de manifiesto en sus estéticas tribales. Desde un vértice, puede constituirse en prácticas novedosas y propias, que le permitan al adolescente configurar un espacio intermediario entre la niñez y la adultez, que al ser posibilitador de modificación subjetiva, reviste características de rito iniciático y de espacio mediador de nuevas identificaciones, ya que conforma la experiencia de pertenecer a un conjunto nuevo diferenciador de lo familiar. En el otro vértice, puede coagularse como forma fallida de construcción de subjetividad, al resultar una mimetización a la moda prevalente, una sobreadaptación a los requerimientos tele-tecno-mediáticos de la imagen del joven supuestamente trasgresor, que generan tanto falsos posicionamientos subjetivos, como intentos fallidos de conseguir alguna forma de visibilidad existencial ante adultos débiles o vicariantes en sus funciones de sostén de las nuevas generaciones.

1. De adolescencias, juventudes y adultos “juvenilizados”

1a. Sabemos que adolescencia y juventud han sido las categorías a través de las cuales las sociedades tradicionalmente han ordenado los segmentos poblacionales a partir de la edad y del sexo. Sin embargo, en las actuales condiciones posmodernas, la pregunta por la adolescencia y la juventud ha tomado otras características, se ha colocado bajo una nueva luz. No obstante, existe cierto consenso en considerar que la adolescencia aparece como el período previo a la juventud o como la primera juventud, suponiendo como nudo problemático la consumación de la madurez corporal y sexual, así como la inscripción en la cadena generacional de la herencia familiar, cuya característica principal se manifiesta en el cuestionamiento que el adolescente hace del sistema de referencias que ha heredado de la familia y de los valores instituidos de la cultura en el contexto sociohistórico que lo atraviesa.

En estos años de recorrido en la clínica con jóvenes, se me hizo necesario establecer algunos matices conceptuales diferenciales que me han resultado útiles (Bó-Besozzi, 2005) para una aproximación a la temática adolescente. He puntualizado en la diferencia entre la noción de tramitación o procesamiento subjetivo adolescente y la categoría adolescencia/juventud, para dar cuenta no sólo de la concomitancia, sino también de la heterogeneidad entre los procesos de constitución y organización psíquica (Bó-Besozzi, 2005) específicos de la maduración psicosexual (tramitación psíquica o procesamiento subjetivo adolescente) y aquellos de producción sociohistórica (Margulis y Urresti, 1998) de la subjetividadjoven (juventud), propios de los atravesamientos de la cultura de época.

Llamaremos, entonces, procesamiento psíquico/subjetivo en el adolescente a los movimientos de tramitación psíquica, que se desarrollan en el marco de una doble transformación, la propia del cambio corporal, que demanda una reorganización y necesaria flexibilización del Yo, para la construcción de una subjetividad sexuada, así como la actual transformación de las condiciones del contexto familiar y social, que no ofrece siempre en la actualidad los apuntalamientos necesarios para que el proceso de rebelión adolescente se despliegue, tal como era posible en generaciones anteriores.

Sabemos que parte importante de los hallazgos freudianos ha sido la comprensión de la sexualidad humana, con su peculiar constitución en dos tiempos: el período infantil donde el niño atraviesa su recorrido psicosexual marcado por la crianza de sus figuras significativas, y un segundo tiempo, aquel de la metamorfosis de la pubertady de la maduración genital, conlos procesos psíquicos que desata dicho crecimiento corporal, a partir de los cuales quedarán conformadas la identidad sexual y las características de la futura elección amorosa.

Siguiendo estos lineamientos freudianos, la tramitación psíquica de la sexuación se jugará, entonces, entre: la investidura del propio cuerpo y la investidura del otro sexuado, del pasaje de la sexualidad infantil hacia una posición activa con la propia sexualidad. Duelo de la imagen del niño como “su majestad el bebé”, retiro de la investidura de los padres, duelo por la bisexualidad polimorfa de la infancia, puesta en marcha del proceso denominado como “desasimiento de la autoridad parental”. Es decir, sucesión generacional y reposicionamiento subjetivo, nuevos procesos identificatorios, de los que devendrá —transición adolescente mediante— una nueva subjetividad sexuada.

Comparto la perspectiva psicoanalítica de quienes consideran la subjetividad como una configuración abierta y transformable a lo largo de la vida, que se enraíza tanto en las tramas socioculturales como en el ámbito de la configuración familiar, co-determinándose mutuamente. Siguiendo esta particular perspectiva, propongo pensar el sufrimiento psíquico en relación con el fracaso en el procesamiento subjetivo, de acuerdo a los recursos disponibles para enfrentar las diversas fuentes de malestar a las que estamos sujetos, que, siguiendo a Freud, provienen: “desde el propio cuerpo, que destinado a la ruina y la degradación no puede prescindir del dolor y de la angustia como señales de alarma… desde el mundo exterior que puede abatir su furia sobre nosotros con sus fuerzas destructivas, […] y desde los vínculos con otras personas […]” (Freud, 1930:88). Cada una de estas fuentes de sufrimiento nos impone diversos órdenes de trabajo psíquico para enfrentarlas. El procesamiento subjetivo supone, entonces, permanentes interfases entre lo intrapsíquico, lo intersubjetivo y las condiciones del contexto sociocultural.

Pensada así, la adolescencia supondrá, entonces, la construcción de una nueva subjetividad, que en tanto transformación adolescente se desplegará a partir de marcas que pueden ser pensadas como novedosas, simultáneamente con la re-significación de lo constituido en la historia infantil de cada sujeto.

Nuevos posicionamientos subjetivos, así como nuevas transformaciones psíquicas que deberán advenir, a través de la elaboración que el sujeto en tránsito adolescente deberá tramitar: el pasaje por la maduración corporal, el desasimiento de la autoridad-sostén parental, la construcción de la propia sexuación, la transformación en las modalidades vinculares.

1b. Con respecto al concepto juventud,nos adscribimos a la perspectiva sociológica de considerar juventud como un significante complejo, en tanto permite dar cuenta de una cualidad relacional —juventud/adultez— atravesada por la especificidad de cada interacción social, cuya materia básica es la edad procesada por la cultura.

La juventud es, por ende, condición relacional. Son jóvenes para sí mismos, porque la vejez y la muerte aparecen como lejanas, y porque lo son para los otros los adultos, que los perciben como miembros nuevos, con determinados lugares y roles en la familia y en otras instituciones. Su juventud es ratificada en la vida cotidiana por la mirada de los otros. Ser joven implicaría tener por delante un número de años por vivir, estar separado de las generaciones precedentes de la vejez, la enfermedad y la muerte. Esto otorgaría una suerte de invulnerabilidad, un paraguas generacional que aleja la muerte, que, en términos generales, se mantiene relativamente ajena, hasta el pleno ingreso en la vida laboral y/o la constitución de la propia familia.

Puntualizamos, entonces, que la condición juventud excede su presentación estética, pues supone un posicionamiento subjetivo, una experiencia temporal y cronológica efectivamente vivida, que puede caracterizarse como angosta y no extendida, desde la que el mundo se presenta siempre como nuevo, la propia historia recién comenzando, la memoria acumulada objetivamente menor, todo lo cual se expresa en una decodificación diferente de la realidad, en un modo heterogéneo de ser y habitar la contemporaneidad, que los adultos en tanto antecesores generacionales.

Es decir, se trata de una condición históricamente construida y determinada, cuya especificidad depende de diferentes variables que delimitan la pertenencia a cada generación. Las más notorias resultan la diferenciación social, los condicionamientos culturales, el grado de avance y de contacto con las nuevas tecnologías, las condiciones de género, etcétera (Margulis, 2004).

Desde la mitad del siglo xx, la categoría juventud ha recortado una configuración cultural propia, fundamentalmente a través de su música —por ejemplo, el rock-and-roll—, así como por ciertas formas de vestirse, de rituales y de prácticas. Esta cultura juvenil surgió originalmente en oposición a y no solo como diferente de, la cultura adulta. Emergió como una resistencia al disciplinamiento y a la hegemonía de los valores impuestos en la modernidad por la sociedad patriarcal, como contracultura emancipatoria, centrada en el placer y la liberación personal.

Tal como señala Deena Weinsteen (1995), los ideales juveniles de la década del sesenta (“love, peace, freedom”) terminaron siendo ofrecidos por los jóvenes como un bien universal, como ideal a alcanzar para todos los adultos (“espero morir antes que me haga viejo”). Lo juvenil comenzará a desprenderse de su anclaje biológico y social. Los ideales de liberación y búsqueda de la felicidad irán siendo capturados progresivamente por las prácticas del mercado neoliberal, perdiendo su encadenamiento a lo joven y deviniendo, entonces, emblema de un estilo de vida, propio de nuestra contemporaneidad (“¡…qué joven se te ve!”)

A partir de la década del ochenta hasta la actualidad, se observan diversos intentos de recaptura de la especificidad de la cultura juvenil, tal como se observa en las nuevas tribus urbanas juveniles. Los intentos de recentramiento en el rock y sus correspondientes estéticas, como un producto juvenil propio, como lugar de producción, recortado del mundo adulto y del consumo massmediático, van quedando siempre subsumidos por los aparatos de la moda y del marketing. Por esto mismo lo propiamente juvenil, desde entonces a esta parte, tiende a fragmentarse en distintas subculturas juveniles, que miran nostálgicamente aquello que les fue “arrebatado” (“extorsion of youth”) (Weinsteen, 1995).

Dadas las prácticas actuales massmediáticas de la publicidad y del marketing, la juvenilización (Urresti, 1998) se ha vuelto definitivamente paradigmática, representada con abundancia de símbolos, lo que ha dado lugar a prácticas de imitación cultural, en constante oferta en el mercado. Este adulto/joven del star-system, aparece como seguro de sí mismo, individualista, exitoso, alegre, despreocupado, bello, viste las ropas de moda, vive encuentros románticos, no sufre decepciones amorosas, no se deprime, es apto para cualquier tarea competitiva, derrocha seguridad y potencia. Este look juvenil ha sido absorbido, principalmente, por los adultos que tienen acceso a consumos valorados y costosos. Así lo “juvenil” se puede adquirir, comprar, consumir, para asegurarse una existencia feliz y una pertenencia social valorada, ya no corresponderá entonces, solo a los jóvenes, sino que será parte de un modelo para el adulto promedio.  Lo que antes llamábamos adultez, hoy más parece una adolescencia permanente.

La condición estética, en tanto sistema de percepción socio-históricamente determinado, se ha ido configurado con estas imágenes y procesos que toman características provenientes de este “glorioso mundo juvenil”, del que devienen así señales emblemáticas, para el conjunto de una población e impregnan fuertemente el imaginario social.

El auge de este proceso de juvenilización conlleva el riesgo de la confusión de la condición juventud con la jovialidad, de lo joven con lo juvenil, publicitado seductoramente por el mercado. Dado que esta modalidad de lo joven, la juventud-signo, queda independizada así del momento etáreo específico y bajo el predominio de dicho proceso; quedan, entonces, desestimadas y desmentidas las marcas de la historia, las huellas del paso del tiempo en los cuerpos, todo aquello que aluda al curso de las distintas etapas de la vida con su progresiva complejidad, todo lo que evoque la posibilidad del deterioro, la decadencia o la muerte.

Desde esta perspectiva es que proponíamos pensar como un analizador de la dimensión subjetiva de las representaciones colectivas cristalizadas y negativizadas, a las tribus adolescentes, en particular a los emos, que con sus manifestaciones y estéticas “provocan” a los valores vigentes instituidos y consiguen poner en visibilidad aquello que ha quedado oculto detrás de la juvenilización propia de este imaginario de esta época.

1c. La juvenilización apunta, entonces, a la búsqueda de un cuerpo inalterable, un espejo sin tiempo, una imagen sin pasado y sin las marcas de la historia, sin huellas de conflictos internos o sufrimientos psíquicos. Cada vez más pregnante la cultura de la imagen, el cuerpo se torna un vehículo de satisfacción narcisista. Por consiguiente, al cuerpo hay que trabajarlo y producirlo, lo que implica destinar gran parte de la energía vital en  su atención, es decir, en el cultivo de la imagen corporal.

Como decíamos, el imperativo social propone consumir “lo juvenil” y gozar de “plenitud y felicidad”. De ahí la multiplicación de prácticas cotidianas vinculadas al cuidado de la imagen, a la atención obsesiva por la salud y la alimentación, a los rituales de control y mantenimiento (deportes, gimnasia, etc.), como el consumo de medicamentos o el auge de las cirugías reparadoras, que disminuyen las señales del envejecimiento. Estos cuidados, incentivados por un contexto que funciona según los designios de una moda, hacen prevalecer el puro sentido estético y la satisfacción de anhelos narcisistas, tal como observamos en la tarea clínica, en muchos de los padres de nuestros jóvenes consultantes.

A su vez, mientras la sociedad de la comunicación expande este imaginario a través de los distintos soportes massmediáticos, también se restringe notablemente la dimensión de la corporalidad, la presencia efectiva subjetiva queda reducida a sus superficies y terminales, como la imagen, la voz, o los textos, desprovistos de su anclaje extenso, todo lo cual posibilita la sustracción del la presencia del cuerpo. Cuerpos que al no corresponder a los cánones estéticos predominantes, que, al no estar listos para el encuentro con el otro, pueden quedar escondidos detrás de las pantallas, de los ropajes, las vestimentas o mascaras, que, por ejemplo, adoptan los jóvenes tribalizados.

Lógicas duales que coexistentes en estos tiempos, correspondencia paradojal de antinomias (máxima exposición, mínima presencia efectiva), que los jóvenes ponen en escena ante nuestros ojos, con sus conductas radicales y extremas.

Tal como puntualiza Gilles Lipovetsky (1986) en su libro La era del vacío, el rasgo epocal relevante es un individualismo hedonista, expresión de un nuevo tipo de narcisismo, en el cual el sujeto se mueve más en función de búsquedas propias, que guiado por objetivos colectivos. Dentro de la perspectiva de esta mutación histórica, aún en curso, en esta era de la información, de las imágenes, de los valores hedonistas permisivos y psicologistas, vienen produciéndose nuevas formas de control de los comportamientos, a la vez que una diversificación incomparable de los modos de vida, así como una imprecisión de las esferas de lo privado y de lo público. La erosión de lo colectivo, el abandono de lo ideológico y político, muestra también la ruptura o la caída del orden moderno de las sociedades disciplinarias ideológicas y coercitivas. En la actualidad las coacciones son mínimas y máximas, las elecciones privadas; la austeridad es ínfima y máximo, el deseo; la represión es mínima y máxima; la comprensión, posible.

Lipovetsky señala con agudeza el pasaje de la educación sistemática y la administración imperativa, al programa opcional a la carta, del predominio de la religiosidad, al culto a la liberación personal. En la actualidad, la tendencia es al relajamiento, al humor, a la sinceridad, a la expresión libre, es decir, al psicologismo con la sobrevaloración concomitante de las cuestiones de la propia subjetividad. El individuo cada vez más proclama su derecho a realizarse, a ser libre, mientras que paradójicamente, las técnicas de control social son cada vez más sofisticadas y sutiles. En síntesis, este autor alerta sobre un proceso de “seducción” que impregna todo el funcionamiento social, regulando el consumo, las costumbres, las organizaciones, la educación y la información. En la actualidad, el sujeto se cree autónomo, cuando en realidad se encuentra bajo la sugestión, el infantilismo psíquico de masas. El circuito de consumo consume al sujeto; lo va fijando del destino irrevocable del “just-do-it”, al anonadamiento afectivo y a la descomplejización del pensamiento.

Si consideramos a muchos de los padres de los adolescentes actuales que llegan a la consulta, muchos de ellos han forjado su estilo adulto dentro de estas culturas posmodernas típicamente juvenilizadas. Esto les fue vedado a las generaciones de los abuelos, los padres de los padres, que fueron socializados en culturas tradicionales propias de la institución de la modernidad, o en todo caso, en ruptura emancipatoria de estas.

Generaciones con códigos antinómicos o, al menos, contradictorios, que cohabitan en estas nuevas familias, donde los instituidos de la modernidad acerca de la adultez —la autoridad, la tradición, la moral— aún atraviesan la cadena generacional familiar y son aún parte constitutiva del imaginario familiar, en cuanto a los ideales a alcanzar.

Esta pregnancia en la transmisión inconciente de los modelos de proyecto personal propios de los cánones de la modernidad, en concomitancia con la similitud de imaginarios posmodernos entre la generación de estos padres con la de estos hijos —es decir, esta simetrización de la posición adulto-joven, dadas las condiciones de asimilación al imaginario “juvenilizado” de la época— genera condiciones paradojales en el eslabonamiento intergeneracional, situación que poco favorece los procesos de tramitación subjetiva que necesitan desplegar las nuevas generaciones adolescentes.

Considerando esta condición paradojal, desde la perspectiva de las tribus juveniles actuales, puede pensarse la rebelión juvenil en tanto oposición generacional, desde una doble vertiente: como denuncia ante el proceso de juvenilización pregnante en el mundo adulto, en particular en la generación precedente, así como fuerte desafío a los instituidos sociales juveniles, relacionados con la imagen del joven “glorioso, exitoso y feliz”, predominante en las sociedades globalizadas.

2. Alteración en los procesos de confrontación generacional e intergeneracional

Corresponder a una generación supone estar entramando en un cadena generacional precedente, de la que somos herederos y trasmisores, al decir de Freud. Según los desarrollos freudianos, el trabajo de desasimiento de la autoridad parental es parte fundamental del proceso psíquico que pone en marcha la tramitación sujetiva de la identidad en el marco de la propia generación, es decir, la elaboración de la dependencia infantil a través de la rebelión y diferenciación de los padres. Será marca propia de proceso de la tramitación subjetiva adolescente, la construcción del propio lugar en la cadena familiar y en el mundo social que le toca habitar, a partir de la caída de la idealización de los valores familiares de la infancia y de las diversas modalidades de la confrontación intergeneracional, con el consiguiente cuestionamiento de las figuras parentales y de los valores sociales instituidos, que como nueva generación pondrán en cuestionamiento.

Así también, corresponder a una generacióny no a otra, supone haber sido socializado en un momento histórico determinado, ser hijo de una coyuntura. Haber nacido en un momento implica una manera de abrirse a la experiencia temporal de lo social, ser hijo de la historia de un modo y no de otro, tener hermanos en esa vivencia, que podrán ser cercanos o lejanos, con distintos grados de compromiso con ese momento de apertura a la temporalidad, pero en última instancia congéneres en lo referente a la exposición a los estímulos de una época.

Como señalábamos en apartados anteriores, en el proceso de conformación de las subjetividades juveniles actuales, las definiciones musicales, las exploraciones sexuales, la moda, el estilo de consumo y la actitud ante las nuevas tecnologías, ocupan un lugar central, tan relevante o más que las particularidades familiares y culturales de origen.

A menudo aparece, entre las generaciones actuales y las precedentes, una gran discordancia entre los modelos sociales actuales, que designan cómo ser y cómo pertenecer al conjunto, en los tiempos que corren y los valores familiares heredados.

Observamos que los adolescentes que tienden a tribalizarse ponen en escena estos rasgos prevalentes de época, llevándolos a su máxima expresión o negativizándolos desafiantemente, como la tribu de los emos, que hoy nos ocupa.

2a. En la actualidad, los procesos de confrontación generacional se despliegan, entonces, con otras lógicas y en otros términos, de lo cual resulta alterado (3) el eslabonamiento de generación en generación, sobre el que históricamente se han apuntalado los movimientos de oposición y rebeldía juveniles.

Ante las actuales legalidades parentales donde la autoridad se diluye y se tiende a la simetrización del vínculo paterno-filial, ante las instituciones sociales caídas o tambaleantes, la oposición generacional tiende a expresarse en la radicalización de los estilos, predominantemente estético-gestuales; ya no aparece con tanta frecuencia en los contenidos propios o enunciados ideológicos de tipo emancipatorios, que si los hay, son inconsistentes. Es decir, la demarcación del mundo adolescente actual se juega, más que en la rebelión ante las prohibiciones sociales o ante los límites impuestos por los adultos —que si bien persisten, ya no son preponderantes— en el uso y abuso de sus propios cuerpos, de sus ropas y peinados llamativos, provocadores y hasta, a veces, blasfemos, muchas veces gestos encriptados y oscuros, o amenazantes; en algunas prácticas radicalizadas —como tatuajes, piercings, etc.—; otras veces, en prácticas extremas, como la autoflagelación y los cortes.

Por ello, las actuales culturas juveniles manifiestan una proliferación de estéticas, de gustos musicales,  las que son cada vez más polimorfas, pero al mismo tiempo cada vez más extremas y vociferantes, depresivas en algunos casos, exultantes en otros, pero siempre desafiantes y amplificadas en su voz.

Decíamos que la juventud ha sido procesada como motivo estético y se ha convertido en mito massmediático globalizado, con lo que la cultura propiamente juvenil es capturada y absorbida para el conjunto de las generaciones por la vía del consumo masivo globalizado. Esta apropiación mercantil de la cultura juvenil contribuye a evaporar la tramitación simbólica de una historización anclada en las subjetividades de las nuevas generaciones, que aunque eslabonadas a las generaciones precedentes por la transmisión generacional de las memorias familiar y colectiva, pueden mantener su potencialidad creativa.

La moda de la juvenilización produce en las vías de la transmisión intergeneracional un debilitamiento de la cadena de las significaciones de los relatos y de las temporalidades propias de los procesos de la historización intergeneracional, una interrupción en los enclaves de la memoria, que así se va tornando plana, con menor densidad temporal, propicia al artificio y al simulacro, al vacío de contenidos, al decir de Lipovetsky (1986).

El desafío mayor para nuestros jóvenes es subjetivarse en tiempos de paradojas y discursos bifrontes: entre viejos valores caídos en desuso y los nuevos mandatos de “gozar y consumir” sin más.

Observamos, en la clínica, que los adolescentes actuales intentan gestar su confrontación generacional frente a padres juvenilizados, menos tradicionales y formales, más descontracturados y liberales. Es decir, que muchos de nuestros pacientes adolescentes, son hijos de personas atravesadas por lo juvenil o devenidos adultos dentro de los cánones de la sociedad consumista, sometida al imperio seductor de la imagen.

Como forma fallida de diferenciarse, el adolescente intenta sostener lugares supuestos de saber y de autoridad, y despliega escenas de rebelión, ante padres —muy lábiles en los límites que ponen y débiles en sus propias posiciones subjetivas—, a quienes terminan por dominar y someter a su voluntad. De esta forma se hace imposible sostener la necesaria tensión intergeneracional que permite construir nuevos lugares subjetivos en el escenario familiar y social. Se trata de un círculo vicioso que deja a estos padres cada vez más fragilizados e impotentes y a estos adolescentes cada vez más a la deriva, lo que a su vez refuerza la tendencia juvenil a las conductas extremas.

Es en esta coyuntura socio-cultural, que se inscribe el derrotero del joven por insertarse en su comunidad, construyendo una subjetividad posible, donde la adaptación a un contexto en desfondamiento progresivo, que desapuntala y desarticula las formaciones psíquicas, hace que los procesos de la confrontación generacional queden desdibujados y que los procesos de la tramitación subjetiva resulten costosos.

Dada la tendencia a la acción propia del momento adolescente, en un contexto donde la incertidumbre y la inestabilidad es moneda corriente, los jóvenes pueden muchas veces colapsar en estallidos emocionales o en funcionamientos límites. Estos extremos, sean cuales fuesen, denuncian la complejidad a veces paralizante de una cultura en tránsito de re-definirse, que patina en el soporte institucional simbólico pobre de una modernidad desgastada.

Así es como René Kaes (2007) advierte que las formaciones metasociales vienen perdiendo su función de garantizar una estabilidad suficiente para el apuntalamiento de los procesos de transmisión intergeneracional. El concepto de garantes metasociales (4), creado por Alain Touraine para designar las grandes estructuras que enmarcan y regulan la vida social y cultural, es retomado por Kaes  (2007), para dar cuenta de la alteración de la condición contemporánea. Según este autor, estas profundas alteraciones ponen gravemente en cuestión la construcción de identidad de los sujetos y de los grupos, pero también los procesos de la socialización de los individuos. Por tanto, al estar caídos los referentes identificatorios y la función de los garantes sociales, y los adultos vulnerados en sus funciones parentales, los procesos de confrontación generacional e intergeneracional se alteran, trastocan o quedan desdibujados.

2b. Otra cuestión se agrega a la anteriormente considerada, en cuanto a la complejidad de las condiciones de los procesos de tramitación subjetiva adolescente en la actualidad. Aparecen entre jóvenes y adultos barreras cognitivas que nos separan, muchas veces, abismos culturales vinculados con los modos de percibir y habitar el mundo que nos rodea.

Las condiciones tele-tecno-mediáticas en las que estos adolescentes han transitado su infancia han configurado en ellos nuevas categorías de pensamiento y nuevos marcos de referencia, de modo que  se han conformado nuevas lógicas y se han producido nuevos espacios de significación y de socialización. Los actuales adolescentes manejan con fluidez todos los soportes tecnológicos, a diferencia de los adultos de más de cuarenta años, que hemos tenido que aprender una nueva lengua y migrar de lo analógico a lo digital, sin llegar nunca a lograrlo del todo bien.

En este sentido, cada vez más las nuevas generaciones de niños y jóvenes son “nativos” de su propio presente; cada una de las otras generaciones preexistentes se presentan como “extranjeras” a sus lógicas, por estar atravesadas por modalidades de configuración mental y vinculación propias de crianzas en otros contextos culturales. Las nuevas formas de pensamiento propias de la inmersión en lo tele-tecno-mediático, propenden a lo conectivo, a la rápida contigüidad, lo que difiere bastante de los procesos de pensamiento hipotético-deductivos, más lentos, más reflexivos, característicos de las generaciones anteriores. Así, también, las lógicas afectivas de estos jóvenes son más impulsivas, con tendencia a la descarga y a la acción, con mayor necesidad de estímulos intensos y constantes.

Esta peculiar multiculturalidad temporal, esta diversidad en las lógicas, produce entre jóvenes y adultos efectos de intensos desacoples, una serie de problemas en los vínculos intergeneracionales. Son paradigmáticos de estos tiempos que corren, el desconcierto, la perplejidad, a veces el estupor que los adultos —padres, docentes, operadores de salud, etc.—; manifiestan ante las modalidades vinculares, los estilos y las preferencias de esta generación de adolescentes. Las expresiones extremas, tanto estéticas como actitudinales, que adoptan estos jóvenes producen muchas veces consternación.

Puntualizamos, entonces, en este particular desacople por extranjería que se genera entre estos jóvenes y nosotros los adultos, problemática que nos desafía a investigar y conocer sus procesos y sus lógicas.

Considero la categoría de extranjería no solo en el sentido semántico de ajeno o extraño, opuesto a lo conocido, sino también siguiendo la línea de pensamiento de Néstor García Canclini (5), quien considera otros extrañamientos ante lo ajeno, que los estrictamente propios de las diversidades étnicas y o culturales, señalando que las nuevas tecnologías permiten pensar nuevas formas de inclusión  y de extranjería.

Las nuevas culturas juveniles “nativas” de lo tecnológico vienen produciendo discontinuidades o quiebres en el interior de nuestros propios grupos sociales, si se considera el grado de contacto de los distintos grupos etáreos, con las nuevas tecnologías.

Por otra parte, la exposición habitual a las tecnologías viene promoviendo una mayor autonomía a menor edad, nuevas formas de privacidad, de interdependencia, con los iguales o parecidos, a partir del enorme desarrollo de las redes, así como mayor distanciamiento de las generaciones precedentes, “pseudos-alfabetas” tecnológicamente. Es en este contexto de esta reconfiguración de las relaciones familiares, que los procesos de confrontación intergeneracional quedan trastocados, alterados, en sus condiciones de posibilidad. Las identidades tradicionales transmitidas de generación en generación han quedado devaluadas debido al impacto de la cultura tecnológica, que es cada vez más hegemónica en las grandes ciudades del mundo.

En síntesis, todas las alteraciones socio-históricas que han sido reseñadas, pretenden señalar que la discontinuidad y los desacoples en el eslabonamiento-diferenciación de cada generación con la siguiente, no es sin consecuencias sobre la estructuración de la vida psíquica y particularmente sobre la capacidad de tramitación subjetiva de las nuevas generaciones.

3. Tribus urbanas juveniles

Desde comienzo de este nuevo milenio, tomaron visibilidad en las grandes ciudades de nuestro país grupos de adolescentes que por su apariencia han sido caracterizados como tribus urbanas juveniles. Desde los históricos rockeros, los punks, los góticos, hasta los actuales ravers, floggers, así como los sugestivos emos, que hoy nos ocupan, las agrupaciones juveniles han aumentando en cantidad y variedad. Sus estéticas y estilos de vestimentas cada vez tienen  mayor espectacularidad, con lo que logran una visibilidad pública, que hace que puedan ser reconocidos fácilmente. No obstante, existen sutiles diferencias que demarcan a una tribu de otra, que solo pueden ser distinguidas por los mismos jóvenes, ya que, justamente, se trata de códigos en los cuales la sociedad adulta generalmente no participa.

En la mayoría de estas tribus, además de sus ropajes diferenciadores, aparece como característico el empleo de tatuajes, piercings, el cutting, muchas de ellas, prácticas contemporáneas comunes en estas generaciones de adolescentes. Nuevas modalidades juveniles de diferenciación ante el mundo adulto, que evidencian el profundo malestar o, al menos, gran disconformidad que sienten ante la realidad actual.

Como señalábamos con anterioridad, los grupos tribales juveniles vociferan, amplificando hasta el absurdo, nuestros sufrimientos de época. La tribalización intenta una especie de ruptura con el orden social vigente, lo que torna heterogéneo dicho espacio social, al expresar nuevas formas de sociabilidad, nuevas estéticas, nuevas maneras de distinguirse de los movimientos de la moda del consumo masivo. Se  ejercita así, una suerte de resistencia cultural, a través de una variedad de símbolos, pero, particularmente, a través de la radicalización de los estilos y conductas.

Inestabilidad cotidiana que vino para quedarse, precariedad social crónica, incertidumbre generalizada, arduo contexto que le toca habitar al adolescente actual. En un mundo de complejidad creciente, en el que la revolución tecnológica favorece la multiplicación y la vida efímera de las formas simbólicas, donde las modas son cambiantes y rápidamente fagocitadas por los medios masivos y el mercado, los vínculos entre los jóvenes tribales dan visibilidad a aquello que queda negativizado por los imaginarios actuales: una cultura de lo inestable y de la ausencia de futuro, de amenazas catastróficas a la supervivencia, de la provisoriedad de los vínculos, del cuerpo a cuerpo, de lo discriminatorio y lo excluyente, de las angustias existenciales, de los miedos al envejecimiento, a la decrepitud, a la muerte.

Como he venido señalando en estos últimos años, la problemática común durante la adolescencia es la desinvestidura del futuro (Bó-Besozzi, 2005a), es decir, la dificultad en la construcción de un proyecto de vida autónomo,tan habitual en los adolescentes contemporáneos. Dicha desinvestidura se presenta como expresión de la dificultad o del fracaso del procesamiento subjetivo, dado el costo psíquico que demanda la adaptación a un contexto en desfondamiento progresivo, que desapuntala y desarticula los procesos de tramitación psíquica propios de la transición adolescente.

Es sabido que los adolescentes necesitan pertenencia y reconocimiento, que aspiran a una reducción de la incertidumbre, apelando a la producción de ámbitos y enclaves simbólicos que ellos mismos crean reconociéndolos como propios. Apoyo de sus pares, inclusión en redes de amigos, posibilidad de alternar y flirtear con otros adolescentes, son algunas de las finalidades que los llevan a pertenecer a tribus o a grupos juveniles. Pertenecer o adscribirse a una tribu juvenil genera vivencias de comunidad afectiva entre pares, las que pueden ser condición de posibilidad para amortiguar intensas angustias propias del momento adolescente, como estar a la deriva, entre lo conocido y lo incierto, entre la infancia y la adultez.

En esta etapa de la primera adolescencia, dada la caída de la omnipotencia de los garantes familiares y sociales propios del mundo infantil, el trabajo de duelo es el proceso psíquico dominante, con su concomitante exacerbación de estados afectivos extremos. Es habitual, que las vivencias de vulnerabilidad, de desamparo, se mitiguen intentando mantener estados ilusorios, reforzados mecanismos defensivos extremos, como intento de evitar vivencias amenazantes; la tendencia a los extremos se manifiesta tanto en la adhesión como en el rechazo a sistemas de ideas o creencias, que quedan teñidas de afectos polarizados —exaltación, sufrimiento, pasión, desamor, injusticia, apatía—, que tan a menudo observamos en los jóvenes que llegan a la consulta.

En tanto lugar de pertenencia formal o de vinculación identificatoria entre congéneres, las tribus juveniles actuales se configuran como lugares de pertenencia privilegiados, como espacios propios y diferenciados del mundo adulto, donde puede recortarse una propia visión del mundo. Así, estos adolescentes pueden  hacerse de atributos, pensamientos y conductas, en cuyo marco expresan la insatisfacción que —como nueva generación— les genera el mundo que les toca habitar. Ser parte de estas nuevas fratrías les permite unificar los mismos enunciados o, al menos, las temáticas de interés, tomar ciertas posiciones éticas ante los grandes temas de la vida, como la sexualidad y la muerte, pudiendo encontrar o tomar del imaginario tribal nuevas significaciones, intentando dotar de sentido la propia existencia. Es decir, formas novedosas de encontrar canales de expresión juveniles, espacios intermediarios de pasaje, modos de la transición entre la niñez y la adultez.

Dado que los procesos de la tramitación subjetiva, en particular la maduración psicosexual, no han alcanzado su configuración definitiva, es común que estos adolescentes todavía no manifiesten una identidad sexual definida. De allí, cierta androginia en sus presentaciones. Cada vez menos las cuestiones de la sexuación y de la pareja son resueltas en un contexto de experiencia directa, sino vía Internet, en un mundo virtual de cuyas modalidades los adolescentes constituyen la mayor cantidad de usuarios. Como señalábamos anteriormente, el imaginario epocal de la pura imagen, así como la copiosa red de tele-tecnologías, han generado como efecto condiciones de alteración de los intercambios amorosos.

En cuanto al despliegue de la sexualidad entre los jóvenes de estas tribus, aparecen todas las posibilidades imaginables. En algunos, la sexualidad se manifestará en una corporalidad sin velamiento simbólico, que se expresa en lo furtivo de la “transa” —término de la jerga adolescente, que se refiere al sexo sin afecto ni compromiso—, o a través de la sexualidad de la performance o del alto rendimiento, de los químicos que favorecen la satisfacción inmediata. Algunos, que podrían denominarse “experimentadores”, manifiestan ciertas tendencias hacia la cultura sadomasoquista, que  en la mayoría de los casos son una pura descarga,por la vía de la motricidad, es decir, distintas formas de pasaje al acto.

En otros grupos o tribus, la sexualidad se autoprohíbe, se hace culto a la virginidad, valor completamente en desuso en esta época, proponiendo que la sexualidad debe ser controlada o subsumida al amor, resistiéndose a todo lo que consideran moda y superficialidad

En síntesis, mediante la tribalización en la adolescencia se reafirma la operación paradojal de una construcción subjetiva que quiere escapar de la actual cultura contemporánea que tiende a la uniformidad, uniformándose radicalmente. Con combinaciones cada vez más transgresoras, con códigos más arcanos y primitivos, los adolescentes expresan su intento de diferenciarse de un mundo adulto y de una cultura dominante, invasiva en sus excesos imaginarios, en sus mandatos exitistas y competitivos.

Estos adolescentes actuales pretenden ser visibilizados en ese mismo mundo que repudian, pero en sus propios términos, recortándose como nuevo grupo generacional con sus propias éticas y estéticas. Con sus lógicas extremas, intentan hacerse diferentes, hacerse visibles causando temor y horror, por lo descarnado de sus símbolos. Manifestaciones todas, que pueden ser pensadas como modalidades de oposición juvenil, como intentos de diferenciación cada vez más extremos, en el intento de recapturar o apropiarse de algo de lo específicamente juvenil —como señalábamos en apartados anteriores.



3a. Los Emos, “la tribu de los adolescentes tristes”




imagen de un emoAlicia, 15 años, alta, lánguida y pálida. Dice que está muy triste porque repitió de curso en el secundario. Viste polleras cortas o pantalones negros ajustadísimos y otras prendas oscuras —que combinan con detalles de color rojo fuerte o fucsia en su cabello, en sus muñecas, en sus prendedores. Su cabello largo, negro; medio flequillo cubre hacia un costado uno de sus ojos, siempre delineados, además, con maquillaje negro. Poco a poco va contando cómo ella y su mejor amiga fueron tomando esta “onda”: “Somos fans de la misma banda, Infierno 77. Fui probando con este look, colgando fotos en mi fotolog [...]. Empezás por vestirte de negro, al tiempo fui cambiando el peinado”. Ya desde hace dos años se pinta debajo de los ojos. Fue  negociando con los padres, a quienes les impactaba un poco su apariencia y la de algunos de sus amigos [...] poco a poco se fueron acostumbrando a lo que al comienzo los incomodaba, ahora se acostumbraron [...] Cuando estoy mal escribo en mi blog, cosas fuertes sobre mi vida y [...] cuelgo fotos mías y de mis amigos de siempre. El otro día conocí un chico con el que salgo (emo) [...] es tan tierno conmigo [...] Pensar que mi abuela se asustó cuando vio como estaba vestido!!! [...]” (6).


Los adolescentes emos, que hoy encontramos en la consulta psicológica, son predominantemente muchachos entre trece y dieciocho y diecinueve años, que se distinguen por su presentación pesimista e introvertida, por su posición melancólica, por expresar sentimientos intensos, particularmente negativos, como la angustia existencial, la desesperación, la incomprensión que sienten por parte de los adultos y de muchos de sus congéneres. Logran causar gran impacto estético, con lo que queda evidenciada su necesidad paradojal, por un lado, de esconderse o retrotraerse del mundo y, por el otro, de ser vistos, de ser reconocidos por los demás.

Su estética es clara y fácil de identificar (ver ilustración); prendas predominantemente negras matizadas con detalles rojo, fucsia o morado, pantalones y remeras al cuerpo, maquillaje negro destacando el contorno de los ojos. También portan estandartes mortíferos, calaveras, demonios, vampiros, etc. En general, no faltan los piercings, pero su signo distintivo es un flequillo o “fleco” muy largo y lacio, cubriendo un ojo y exactamente medio lado de la cara. Se caracterizan por haber tomado un poco de cada una de las distintas culturas juveniles, también de las caricaturas japonesas. Esta estética es similar tanto para hombres como para mujeres; son pocos los detalles que los diferencian.

Desde una comprensión psicoanalítica, la estética que despliegan estas tribus de adolescentes con su aspecto andrógino y asexuado configura una suerte de espacialización del conflicto puberal, una bisexualidad que no se deja atravesar fácilmente por una posición subjetiva sexuada.

En este momento, en Argentina están en su apogeo y son conocidos como “la tribu de los adolescentes tristes”.Estos adolescentes no esconden su tristeza y coquetean con la figura de la muerte. Adiferencia de la “promesa de eterna juventud”, redoblan el emblema de “no futuro para mí”, pero en una forma irónica, como burla a todo tipo de creencia, no solo por el descrédito de todo futuro posible, sino por la falta de creencia en  ellos mismos y en el prójimo. Así aparecerán tanto en sus manifestaciones estéticas como en sus practicas discursivas distintas, las figuras de la propia ironía de estar atrapados, de la polaridad verdad/mentira de los simulacros de autenticidad. Con su estética radical y subversiva muestran sufrimiento y extrema sensibilidad, eligen libros y escuchan canciones con letras que hablan de corazones rotos y de la muerte. “No tenemos miedo a expresar los sentimientos que otros esconden, por eso nos discriminan”.

En el relato clínico de estos adolescentes que se presentan con una estética emo, he observado que el atuendo extremado y menos convencional revela una intensa necesidad autoexpresiva. Junto con las actitudes más radicales o contestatarias, coexiste la necesidad de dejar una marca que los identifique como tales. Por eso, es fundamental para ellos vestir las ropas que los caractericen. Ellos quieren destacarse, que se los recorte del conjunto; hay en esto orgullo y satisfacción.

Dentro de los usos y costumbres de esta tribu, hay tendencias a autoagredirse, cortándose los antebrazos o las muñecas, por lo que acostumbran usar muñequeras con las que esconden a los adultos, lo que ellos mismos exhiben en Internet a sus pares. Las cicatrices —a veces solo pequeñas marcas, otras, escaraciones compulsivas— son consideradas signos de membresía, de pertenecer a una tribu que pone en evidencia el “dolor de vivir”. “Esto es porque somos muy emotivos, es mejor un dolor físico que un dolor emocional [...]. Algunos dicen 'vamos a suicidarnos', pero la verdad nadie lo hace”, dice Paola, una  emo de dieciocho años. “El mundo tiene muchas cosas buenas pero muchas otras cosas que no lo son. La discriminación, por ejemplo, o la violencia. El mechón de pelo cubriendo un ojo tiene que ver con nuestra manera de entender el mundo. Hay una mitad que vemos, pero hay otra mitad que preferimos, elegimos no ver: este es un mundo complicado”, dice Javier, de dieciséis años(7) .

Descartando aquellos casos donde el marcarse con objetos cortantes es parte de una constelación psicopatológica en curso, en tanto práctica tribal el cortarse aparece como una forma de mostrar la disconformidad extrema ante el mundo que los rodea, de drenar cierto sentimiento catastrófico ante los tiempos por venir. “No pretendemos ni queremos cambiar el mundo, ya que no podemos hacer nada para evitar lo que pasa”, expresiones cargadas de ironía o de cinismo, formas que asume la desesperanza, el futuro, cuando se ve privado la ilusión.

Muchas de estas expresiones juveniles terminan siendo tomadas por la massmedia, y así pierden su incipiente sentido simbólico. Se convierten en nuevo objeto de consumo y terminan siendo consumidores-consumidos.

Por otra parte, la “tribu de los adolescentes tristes” nos interpela también a la reconsideración de la cuestión clásica de los duelos a tramitar en la adolescencia, así como de las problemáticas depresivas que parecen adquirir características propias en estos “nuevos adolescentes”. Cabe preguntarnos si la predominancia de aspectos depresivos da cuenta de aspectos de personalidad de tipo masoquista o melancólico (lo cual debe ser considerado en muchos de los casos que llegan a la consulta psicológica), de una resistencia juvenil activa —en algunas ocasiones reflexiva a modo de crítica, en otras, más espontáneamente adolescente— contra los instituidos sociales, implícitos en las formas culturales actuales.

La fragilidad y la estereotipia melancólica de su aspecto hace de los chicos emos objeto de discriminación y de violencia de sus congéneres; han aparecido por Internet consignas propiciadas por los mismos jóvenes de “cómo golpear a un emo”.

Si bien esto se enmarca dentro de los intercambios entre los diferentes grupos de tribus, habitualmente confrontativos, en estos tiempos se han ido acentuando las diferencias entre los emos y los floggers, dadas las posiciones divergentes que estos jóvenes adoptan.El adolescente flogger —el que tiene un fotolog— es un amante de Internet, particularmente de subir sus fotos, buscando popularidad. Se visten con colores intensos y llamativos, siguen a los grupos de moda del pop melódico, MTV mediante. De alguna manera son la contracara de los emos, a los cuales cuestionan el excesivo ensalzamiento de la angustia, de hacer un cultote a lo melancólico y al suicidio. A su vez, los emos son despreciados por tribus adscriptas al neo-dark, quienes consideran que más que denunciar una sociedad de la que se sienten víctimas, aquellos son víctimas de la moda sin una ideología definida como ocurre con otros movimientos urbanos.

 Acordamos con la observación de Urresti (2008) sobre la tribu de los emos como una encrucijada especial de las culturas juveniles contemporáneas, que resulta muy interesante por sus códigos misturados.

A modo de conclusión

Desde una aproximación psicoanalítica sobre la subjetividad y las modalidades del procesamiento subjetivo, las tribus juveniles pueden ser potencialmente transformadoras como formación intermediaria, como formas del tránsito de la niñez a la adultez, como nuevas modalidades en los procesos de tramitación subjetiva en la adolescencia. El tipo de expresiones estéticas o sus prácticas quedan rápidamente fagocitadas, banalizadas o subsumidas por el mercado de consumo, lamentablemente tele-tecno-massmediático. La resistencia que manifiestan frente al “mundo adulto” pone visibilidad en la escena social las nuevas formas de sufrimiento contemporáneo, la falta de sentido, la precariedad de alternativas de futuro, el fracaso de las instituciones, la crueldad, la maldad.

Las tribus, a través de la radicalización de sus estéticas y sus conductas, manifiestan una forma muchas veces fallida de resistencia, ante la apropiación cultural globalizada de sus propios símbolos y emblemas propiamente juveniles, sea desde las prácticas massmediáticas, sea desde la posición juvenilizada de los adultos de referencia. Hemos señalado en esta presentación las diversas condiciones problemáticas que encuentra el adolescente para la tramitación subjetiva del desasimiento parental y para la construcción de una nueva subjetividad.

Asistimos a  una doble puesta en crisis: por un lado, profundas transformaciones en los procesos de la tramitación subjetiva adolescente; por otro, transformaciones en la construcción social de la categoría juventud, mutuamente imbricadas, y en actual estado de acelerada alteración y de desfondamiento. Finalmente, pensar nuestras juventudes es pensar los modos actuales de producción subjetiva, los nuevos modos de vivir y de sufrir. Pensar lo nuevo exige una variedad de transformaciones en el pensamiento. Exige, en definitiva, transformarse. Las marcas subjetivas que nuestros recorridos clínicos generan en nosotros mismos necesitan de la transformación de nuestras teorías y estas, a su vez, de nuevas prácticas, las que pueden ser útiles si se despliegan en las actuales condiciones sociohistóricas.

Nuevas lógicas juveniles nos demandan, nos requieren a los adultos, reconstrucciones. Así podrán desplegarse transformaciones en nuestra propia subjetividad para poder habitar nuevos dispositivos de trabajos, en el intento de generar espacios productores de mejores condiciones para los procesos de subjetivación de los adolescentes actuales.


Bibliografía

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Margulis Mario y Marcelo Urresti (1998): “La construcción social de la condición de juventud”, en Autores varios: Viviendo a toda. Jóvenes, territorios culturales y nuevas sensibilidades, Siglo del Hombre Editores, Bogotá.

Parolo, Fernando R. (2005): “Hacia una clínica preventiva de la vulnerabilidad social”, trabajo premiado del IV Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos (tercera mención), Asociación Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires.

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Urresti, Marcelo (1998a): “Adolescentes la lucha por la identidad”, Clarínhttp://www.clarin.com/diario/2008/04/02/opinion/o-01641922.htm, acceso 2 de abril de 2008.

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Weinstein, Deena (s/f): “Alternative youth: The ironies of recapturing youth culture”, Young 1995, http://you.sagepub.com/cgi/pdf_extract/3/1/61, acceso 12 de abril de 2009.

Marino, Silvina (s/f): “La movida emo, píntalo de negro”, Clarín,  http://www.clarin.com/diario//espectaculos/c-00811.htm., acceso 23 de abril de 2008.

Notas


(1). Texto del programa televisivo Peter Capusotto y sus videos,  de Diego Capusotto, comediante y músico argentinodonde parodia alos emos. Estos adolescentes están en las calles de Buenos Aires; detrás de tanto maquillaje y actitud angustiada (flequillito, uñas negras, el delineador), hay un estilo fácilmente caricaturizable, como en este sketch en que Capusotto representa a un emo que ruega a su novia: “Filmáme, que voy a mostrar mi propia angustia, también mientras duermo”.

(2). La categoría de analizador apunta a la dimensión subjetiva de las representaciones individuales y colectivas cristalizadas —reprimidas, desmentidas y/o desestimadas, lo oculto o no dicho, que al “provocar” a la ideología instituida— por oposición o contradicción, muestra algo de su negatividad (Lourau, 1994:280-288).

(3). Alteración alude semánticamente tanto a cambio o modificación, como a perturbación no sin sobresalto o inquietud hasta los extremos de la ira o la violencia. Considero la alteración como condición contemporánea del despliegue de la intersubjetividad (Bó-Besozzi, 2005).

(4). René Kaes (2007) denomina garantes metasociales a las grandes estructuras que enmarcan y regulan las formaciones y los procesos sociales: mitos e ideologías, creencias y religión, ritos e instituciones, autoridad y jerarquía. Las caídas, las desorganizaciones y las recomposiciones de esos garantes de la vida social afectan los garantes metapsíquicos, los que define como las prohibiciones y las leyes estructurantes, las marcas identificatorias y las representaciones imaginarias y simbólicas, las alianzas y los contratos que aseguran a la vez los principios organizadores del psiquismo y de las condiciones intersubjetivas sobre las que se apoya.

(6). Esta viñeta clínica está extractada del tratamiento individual de una adolescente emo de 15 años, quien consultó por haber repetido un curso de su escuela secundaria y por las consecuencias de una enfermedad crónica que sufría, desde la pubertad. La foto que se adjunta es tomada de un periódico, pero ejemplifica muy bien el look de esta jovencita, cuando fue traída por sus padres a la consulta psicológica.

(7). Link de la página: http://www.eldia.com.ar/edis/20080817/informaciongeneral6.htm.

 

Alejandra Bó de Besozzi es licenciada en Psicología. Psicoanalista. Especialista en parejas y familias. Profesora Adjunta de la carrera de Psicología, en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES). Buenos Aires. Argentina.

 
 
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