Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello (7 )

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Diálogo con el comandante Candón  
Juan Marinello

El cubano que llega a España, que vive la honda tragedia actual de esta tierra, se siente a cada paso abrazado por la más cálida simpatía. Es que el pueblo sabe que en Cuba es total y fervorosa la adhesión a la causa española; es que recuerda que en las filas defensoras de la República ofrecen su esfuerzo y su sangre muchas gentes nacidas en nuestra isla. Cuba cuenta hoy en los heroicos frentes antifachistas más combatientes que ninguna otra nación hispánica de América. Sus hijos son, además, los que ostentan los más altos grados. El español, al estrechar una mano cubana, pone un firme calor de gratitud. Al saludo acompaña casi siempre la mención de un nombre isleño ennoblecido por la muerte o el de un soldado que lucha ahora por la independencia de España.

La atmósfera de fraterna efusión se concentra, se materializa, en Madrid. La ciudad heróica [sic] conoce el arrojo criollo mejor que otros parajes españoles. Es que a sus puertas, defendiéndola del crimen fachista y ganándole terreno a los traidores, está Valentín González, el Campesino, en cuya División figuran, con orgullo y contento del caudillo famoso, numerosos cubanos. Hemos querido ver en Madrid a los cubanos defensores de la libertad española, convivir con ellos, tocar su pasión de justicia, entender sus duras vidas de soldados. Jaime Bofill, con su flamante uniforme de Comisario de División, su acento manzanillero y su cordialidad agresiva, ha venido a buscarnos para pasar el día con la Primera Brigada Móvil de Choque, nido de compatriotas. Cuando el automóvil militar parte de la Alianza de Intelectuales Antifachistas nos apretamos en él Nicolás Guillén, Avelino Rodríguez, el Capitán Pablo Porras, Bofill y dos alistados del Ejército Popular.

Vamos atravesando Madrid, que despierta ahora de su noche poblada de obuses. Las gentes salen al trabajo con un continente tranquilo, confiado. El bombardeo de la víspera se comenta con el gracejo habitual del madrileño, que no ha podido vencer la insania facciosa. Nadie se queja. En lo que el automóvil se detiene en un control oímos que una mujer del pueblo, —cabeza blanca, ropa negra,— dice a su vecina. Si viera usted que ya hace como una semana que no toca en emi manzana… Vamos dejando atrás las últimas montañas todavía verdes. A los lados, ondulaciones suaves sembradas de trigales míseros; en el horizonte, el perfil negro de la sierra. De pronto, el tránsito se hace difícil: camiones de tropa, transportes gigantescos luciendo la marca del Misnisterio de Defensa, automóviles camuflados en que viajan muchachos fuertes y bulliciosos. Van aproximándose poblados humildes que enseguida son un recuerdo borroso. De improviso nos sorprendemos en las calles de la ilustre Alcalá de Henares. Los recuerdos literarios e históricos, (Cervantes, la Universidad famosa, Cisneros…) nos vienen a la cabeza. No hay ocasión de darles posada. Ya nos detenemos frente a una vieja casa blasonada, cuartel ahora de la 101 División. Acude a saludarnos Pedro Mateo Merino, líder estudiantil de muy nobles actividades y ahora jefe querido del Ejército del Pueblo. Con él, González Lanuza, Capitán de su estado Mayor y Reigosa, también capitán y también cubano. Con celeridad militar toman un auto y juntos salimos a las calles insignes. De nuevo en la ancha carretera, ajetreada de tránsito bélico. Una marcha recta por breves minutos y al final, cortándonos el paso, una gigantesca tapia roja con unas zancudas letras blancas que dicen: “Cuartel Pablo de la Torriente”.

Pasamos bajo el arco de entrada y ganamos el primero de los numerosos pabellones que se esparcen por una llanura prieta y anchurosa. Atravesamos corredores amplios y brillantes, oficinas ordenadas y laboriosas. Al final, se nos abre el cuarto de trabajo del jefe del cuartel, del hombre que manda los dos mil setecientos hombres repartidos por la ancha campiña. Franqueamos la puerta y nos sentimos abrazados por un joven pequeño, musculosos, magro, con una cara esculpida en energía: ojos saltadores, estricta nariz corva, boca grande y fuerte, mentón caprichudo. Reconocemos a Policarpo Candón, el cubano elevado por su esfuerzo a una responsabilidad militar y política. Candón es la cabeza de la Primer Brigada Móvil de Choque, unidad perteneciente a la División del Campesino. La historia de esta Brigada asombra y sobrecoge. Su sólo nombre dice tanto… Donde la lucha es más comprometida, más difícil, más desesperada, allá corre esta Brigada a estrellarse contra el enemigo o a exterminarlo. Sus soldados han de contar con muy otras virtudes que el soldado de resistencia y de trinchera, abnegado, sereno, estoico; sus alistados han de ser audaces, atrevidos, temerarios. En las últimas operaciones, en Brunete, en Villanueva de la Cañada, en Quijorna, creció mucho el prestigio de esta Brigada. El General Miaja, Defensor de Madrid, no oculta su admiración por estos muchachos compañeros de la muerte y los tiene como la más preciosa reserva para los golpes decisivos.

A las primeras palabras con Candón van a apareciendo oficiales de inconfundible estampa cubana: Cueria, negro gigantesco, gran catcher en Cuba y en New York y ahora excelente Capitán de Ametralladoras, Ibarbucea, Comisario Político, Oscar Hernández, Comisario de Brigada, Julio Cuevas, director de la Banda de División, el Capitán Mario Sánchez, el Comandante Pascual, Ernesto Grenet, Comisario de Música… A los pocos minutos la habitación es un rincón habanero ruidoso y alegre. Todos hablamos a un tiempo queriéndonos comunicar nuevas de la tierra lejana. Los recuerdos se confunden con las esperanzas; todo se revuelve en emoción y risa. Dos oficiales españoles contemplan la escena con aire de simpática comprensión.

Pasan, vuelan, dos horas en diálogos cortados y múltiples. Cuando la animación va a decaer, Candón invita a todos al comedor cercano. Sin ceremonias ni preámbulos vamos ocupando sitios en la mesa. La comida, abundante y sana, es servida por dos muchachas de gallardo aire popular. Cuevas y Grenet, responsables del programa musical, nos sorprenden haciendo ejecutar a la banda cosas de sabor cubanísimo que los españoles escuchan un poco sorprendidos. Mientras discurre la comida meditamos en lo que dirían los jefes de otros ejércitos ante la respetuosa y cariñosa familiaridad que reina aquí entre alistados y mandos. A cada momento llega un oficial, un ayudante, un simple soldado, y consulta con Candón alguna medida inmediata. Invariablemente se dirigen al jefe tuteándole. Este medita un instante y resuelve con palabra precisa y afectuosa. Los puños de jefe y subordinado van a las sienes y continúa la charla cordial.

Terminada la comida-concierto, el Comandante nos invita a conocer los pabellones del cuartel. Pasamos de uno a otro en marcha rápida. El orden, la limpieza y la modernidad son las características de las instalaciones. Los salones en que duermen los alistados parecen de sanatorio aristocrático. La lavandería, las cocinas, están electrificadas. Los técnicos nos van enseñando el funcionamiento de armas de recientísima fabricación. En un amplio patio hay una exhibición interesantísima de elementos de guerra tomados al enemigo. Sobre tanques, ametralladoras, camiones y automóviles, marcas alemanas e italianas. Entramos a los locales destinados a la instrucción del soldado: aulas modelo, material escolar cuantioso y moderno, bibliotecas espaciosas organizadas de acuerdo con las últimas técnicas. Sobre los libros, en silencio, decenas de muchachos, impedidos en sus aldeas del más elemental cultivo, estudian con atención obstinada. El recorrido termina en el teatro de la Brigada. Se improvisa una función en nuestro honor. Cuevas, con el saxofón ya famoso y Grenet al piano, nos llevaron de nuevo a Cuba. Entre los soldados cultivadores del cante jondo se inicia enseguida una empeñada competencia. Al final, una muchacha alta y espigada de grandes ojos negros y manos de dibujo perfecto baila y canta coreada por todos.

Regresamos al despacho del Comandante. Nuestros compañeros van grupos en la azotea frontera. Yo aprovecho la ocasión periodística para entrar en el hombre, para saber de su vida y de su propósito. Es el cubano que más alto grado ha obtenido en el Ejército Español, el más respetado, el más prestigioso. A boca de jarro, le digo mi interés. Candón sonríe levemente. Cree que ha hecho en España los que debía. ¿Qué otra cosa hubiera podido hacer? Insistimos. Entonces nos dice maquinalmente, sin detenerse, lo que va recordando de su vida.

Nació en Cádiz en 1905, pero a los tres años ya andaba camino de Cuba, donde permaneció, sin salir de la isla, hasta los treinta. Es, pues, definitivamente, nuestro. Su vida en la isla, nos dice, fue la de tantos hombres del pueblo. Trabajos duros, estrecheces, nuevos trabajos, nuevas estrecheces… LA inquietud política lo poseyó desde la adolescencia. Sus primeras lecturas, sus primeras influencias, fueron, naturalmente, anarquistas. Un tío suyo era colaborador asiduo de “Tierra y Libertad”; por algún tiempo lo captó la prédica de Marcelo Salinas… Se alejó, como casi todos los muchachos de su edad, de los grupos ácratas. La rebeldía popular se erguía contra Machado. Candón formó en esa rebeldía. De Cuba saltó a los Estados Unidos. En New York fregó platos, trabajó en la Ford, no dejó de conspirar contra la tiranía cubana. Un día recibe órdenes de incorporarse a a expedición que debía pelear en Jibara contra las tropas del dictador. Con ciento treinta compañeros se mete en un barquichuelo para esperar en alta mar, el paso de la expedición. No se producía la señal convenida. Se agotan la gasolina y los víveres. Al tocar tierra, la policía yanqui les echa mano. Tres días pasan en prisión. Libertados, Candón entra ocultamente en Cuba, sigue en la lucha. Su criterio político se va aclarando, en su meditación encuentra señales del camino cierto; se da al estudio de la penetración imperialista, empieza a entender la Revolución como esfuerzo serio, organizado, hondamente popular. Un día decide volver a la tierra de su nacimiento por la que ha conservado honda simpatía.

—¿Cuándo llegaste…?

—En excelente oportunidad; dos meses y medio antes de estallar el movimiento faccioso…

—¿Y cómo fué [sic] tu entrada en la lucha española?

—Desde bastante tiempo antes del estallido se sabía de él. Yo fuí [sic] de los primeros movilizados. Un mes antes del golpe hacía yo guardias nocturnas con dos cubanos arrojadísimos: Chorro y Raigoroski. Por eso el levantamiento franquista me encontró soldado de la República. Mi primera labor de combatiente fue humilde, muy poco distinguida: fabricar parapetos de adoquines para atacar desde ellos al cuartel de La Montaña. Pronto me pareció que aquello era demasiado pasivo, demasiado manso para mis nervios. Con un fusil que me logró Raigoroski tomé parte en el asalto. Caído el cuartel, pedí a mis jefes salir fuera, batir a los fachistas en el campo. Era mi aspiración más honda. Entonces comienza realmente mi carrera militar…

El comandante se queda un instante pensativo; pronto sonríe recordando sus primeras armas. Si vieras, dice, que aquellas aventuras, un poco locas si tú quieres, son las que recuerdo con más emoción... Salimos de Madrid sólo diez hombres, mandados por Valentín González, el hoy famoso Campesino. Unidos a otro grupo reducido, —juntos no pasábamos de veinte,— tomamos Somosierra contra un enemigo superiosísimo [sic] en número y organización y mandados por el propio Mola. El Campesino me hizo Cabo, mi primer grado. Al otro día del asalto vino sobre nosotros el grueso de la columna y la aviación. Tuvimos que replegarnos a Buitrago, entrando en un sector que mandaba Paco Galán. A partir de esta ocasión, aumentados ya a cien hombres, nos convertimos en tropa de choque. Nunca hemos dejado de serlo después. Los cargos quedaron repartidos así: Comandante: Policarpo Molina, Comisario Militar: Campesino: yo fui nombrado Comisario de Organización. Nuestra misión era, esencialmente, detener el avance enemigo. A eso nos mandaron a Roblegordo; después, de nuevo, a Buitrago, a defender las aguas de Madrid. Más tarde, a Paredes de Buitrago, después de tornar Gascones. La lucha fue durísima en estos sitios. Perdimos gente de la mejor, pero de donde detuvimos entonces a los fachistas no han avanzado un milímetro... —[¿]Y podía mantenerse, con el nuevo carácter de la lucha, aquella primitiva organización…? . . —No, era imposible. El Grupo Tchapaieff pasó a mejor vida. Fuimos creciendo en número e importancia y ya la sorpresa atrevida del guerrillero no era eficaz. Organizados militarmente formamos un grupo móvil de tres compañías. Fue cuando me destinaron a Villavieja entregándole a Campesino un sector... Entonces vino para mí un día señaladísimo: el 22 de octubre. Me tocó estar en lo más duro de un combate feroz. Sobre el Cerro en que yo mandaba, como Capitán, cayeron más de dos mil cañonazos. Después del combate me hicieron Comandante. Enseguida me trajeron a la defensa de Madrid, entregándoseme el mando de uno de los batallones “Pasionaria”. Luchamos muy duro en los alrededores de la capital y dentro de ella: en Pinto, en La Marañosa, en Useras. Enfermo de cuidado tuve que batirme en la ciudad universitaria... —¿Y esa vida de trincheras, de pelea defensiva, te satisfacía después de las audacias anteriores…?

—Nunca como la lucha a campo abierto, pero no olvides que aquellos eran los días decisivos de Madrid y que la resistencia tenía mucho de acción temeraria... Con todo, debo decirte que me alegró infinito la noticia de incorporarme al Quinto Regimiento, mandado por Lister, ese gran gallego-cubano que conoces. En ese Regimiento quedé de nuevo a las órdenes de Campesino. Enseguida recibí órdenes de salir con mis fuerzas para Romanillos. Llevaba a Pablo de la Torriente de Comisario de Batallón. Detuvimos otra vez el avance faccioso. Me hicieron, por ello, jefe de sector… Un breve descanso en Madrid y enseguida al Jarama. Creo que allí nos tocó dirigir una operación a la que no se ha dado el crédito merecido. El enemigo acometía furiosamente sobre Arganda para apoderarse d la carretera Madrid-Valencia. Durante largas horas estuvimos atacándolos por retaguardia con mucho peligro para nuestras tropas. Eran infinitamente más poderosos que nosotros. Resistimos bastante para, según nuestra esperanza, dar tiempo a que llegase nuestra artillería. La derrota de los fachistas fue [sic] aplastante. Y no han vuelto a pretender cortar la carretera...

Después, Guadalajara y la torna de Brihuega. Es bien conocida la terrible derrota que allí llevaron las tropas italianas... ¡ Qué modo de correr esa gente...! Nada valen como militares... Y son el coco de Europa...! Lo que dejaron en la huída valía muchos millones de pesetas...

—¿Y después?

—Los sucesos últimos, los que me han puesto en esta responsabilidad de hoy. Días más tarde de lo de Guadalajara me ordenaron tomar el cerro del Aguila [sic] para, desde él, dominar Monte Garabitas. Hicimos al enemigo una sangría enorme. Poco después me hirieron en el pecho. Inmediatamente me hacían jefe de esta brigada. Mi debut al frente de ella fue [sic] muy serio..... Brunete, Quijorna...

—¿Y estás satisfecho de tu gente y de tu cargo?

—No debo ocultarlo. Siento un gran orgullo de mis muchachos. Por algo, me digo yo, cuando quieren enseñar a visitantes extranjeros una maniobra bien hecha nos llaman a nosotros... Hemos probado que es posible sobre la marcha, sin dejar de pelear, organizar una brigada y mantenerla en perfecto estado de disciplina y superación... Sé que mañana vas a cenar con Miaja. Pregúntale si tiene o no confianza en mi muchachos.

Candón sale un instante a dictar órdenes. Al volver a1 sentarse junto a nosotros tenemos listo un tema obligado. Recordamos que Lino Novás Calvo nos escribió a México elogiando el arrojo de Candón en el rescate del cadáver de Pablo de la Torriente. Queremos que sea el propio soldado el que me hable 1ibremente de Pablo, de su vida española, de su muerte, de su glorioso recuerdo [.]

—De lo que Pablo valía como talento, como honradez, como arrojo personal, nada he de decirte, comienza Candón. Tú lo conocías muy bien. Puedo informarte algo de su labor en España. De esto tengo conocimiento como el que más, pues nadie estuvo tan cerca de él como yo. Era en verdad un hombre único. De un dinamismo, de una energía, que jamás se apartaban de la disciplina más estrecha... Era el Comisario Político en su más completa significación. Incansable, se pasaba el día hablándole a la tropa, aclarándole cosas, dándole conferencias, comentándole películas revolucionarias. Recuerdo mil actos en que hablaron él y Campesino levantando las más delirantes ovaciones. Era popular y queridísimo. A su muerte todos lo lloraron..... Tenía ciertas manías infantiles encantadoras; comía más que nadie y pretendía, en tres días, conocer el funcionamiento de todos los armamentos.....

Yo recuerdo en un breve comentario al compañero del Presidio Modelo, y Candón narra anécdotas en que se pone de relieve su intensa preocupación cubana. Cuba era, dice, una obsesión para él. Su gran obra, su mejor esfuerzo, repetía, debían ser para su isla. Pero estimaba que era preciosa la gran experiencia de España. Si por él hubiera sido, todos los revolucionarios cubanos tendrían ya esa experiencia.... Todos, todos, debían estar aquí como tú y yo, me decía muchas veces.

Y su muerte, interrumpimos, ¿cómo se produjo? He oído versiones diversas, a veces contradictorias. Sobre el mismo lugar en que cayó hay dudas...

—Voy a decirte lo que sé y es muy difícil que alguien sepa más que yo. Pablo era mi Comisario Político. Yo tenía a mi cargo un sector amplísimo: cuatro kilómetros cubiertos con ciento sesenta hombres... Ordené a Pablo que se hiciera cargo de dos compañías. Las tomó y se separó buen trecho de mí. En medio del fuego recuerdo perfectamente que Pepito, un niño huérfano de trece años que Pablo recogió en Alcalá y lo hizo su ayudante, me preguntó hacia dónde estaba. Le señalé la dirección en que había partido. Hacia allá corrió el muchacho. A los pocos minutos vi aparecer a los moros por el mismo rumbo. Enseguida cruzaron por mi lado unos camilleros llevando un cuerpo exánime. Era el cadáver de Pepito. Todavía siguió el fuego largo rato. Por la noche me vino, de repente, el recuerdo del niño muerto. ¿Y Pablo, pregunté a mis ayudantes? Nadie me decía nada concreto. Tuve un triste presentimiento. Dos días me pasé investigando febrilmente; al cabo de ellos un soldado me dijo que lo había visto caer. Me precisó la dirección. Con los prismáticos descubrimos varios cadáveres, moros y gente nuestra. Pablo podía estar allí. Me decidí rescatar su cuerpo. Me acompañaron cuatro hombres, uno de ellos el actual Comandante Justino Frutos, otro, el Comisario del Batallón Eulogio Hurtado y dos compañeros más cuyos nombres siento mucho no recordar... Tornarnos un camino que conducía al lugar probable. Con mucho sigilo lo recorrimos hasta donde estaban los cadáveres A tres metros descubrí el de Pablo.

Nos arrastramos con máximo cuidado, —veíamos a los enemigos muy cerca,— y lentamente y en silencio trajimos el cuerpo querido hasta el camino. De ahí lo transportamos al campamento. Después, ya se sabe; traslado a la Ciudad Lineal, donde se le rindieron los primeros honores. El entierro, —que Lino ha descrito en un artículo muy conocido,— y la conducción a Barcelona, donde está enterrado...

El soldado curtido en los peligros calla largo rato. El recuerdo del gran compañero nos pesa sobre el ánimo. Sin decirnos nada miramos hacia la tierra arisca que arde al sol derrotado. A lo lejos se oyen descargas de fusilería. El ruido de las conversaciones cercanas nos vuelve a lo inmediato. Aprovecho para preguntar: ¿Y qué puedes decirme de la actuación de los cubanos en el Ejército? ¿Son dignos de Pablo? —En general, sí. Con las excepciones inevitables, han hecho una magnifica labor. Podría decirte mucho sobre ello: Los nombres de Raigoroski, de Rodolfo de Armas, de Alberto Sánchez, —hombre magnífico,— de Valdés Cofiño, de Montalván, de tantos otros muertos heroicamente, dicen bastante. Por otro lado, no hay más que ver los cargos que ostentan. Creo, sin vanidad patriotera, que ninguna otra nación, ni europea ni americana, ha hecho más.

Los grupos han ido acercándose, echados de la azotea por el vientecito ingrato de la montaña. La conversación vuelve a hacerse general, desordenada, cubana. En un claro de ella, Guillén pregunta a Candón sobre la actualidad y el porvenir de la guerra. Todos se disponen a oír. Yo soy, dice el Comandante, cada día más optimista y no me fundo en ilusiones ni cierro los ojos a la realidad aun cuando esta a ocasiones sea ingrata. Es que hago un cálculo estricto de lo pasado, mido lo que tenemos, y saco un saldo favorable. Hemos luchado contra la mejor infantería del mundo, la marroquí, —que los fachistas no han sabido, por cierto, aprovechar,— contra unidades italianas y alemanas potentísimas. Y es la verdad que para avanzar un metro lo enemigos han tenido que gastar mucho fuego de artillería, contar con tanques numerosos y sentirse protegidos por enormes fuerzas de aviación. Y eso, luchando contra milicias mal armadas. Nosotros hemos hecho ofensivas de infantería limpia, con pocos carros blindados y casi sin protección aérea, cosa para ellos imposible. De esta comparación hay que deducir dos cosas: una mejor moral y una mayor capacidad combativa de parte nuestra.

—Entonces, puede afirmarse que la guerra será pronto dominada por el Ejército Republicano? — ¿Qué dudas caben? A esas dos condiciones, a estas dos ventajas apuntadas, vitales para cualquier ejército, hay que añadir la capacidad de los mandos aumentada notablemente en las Academias Populares de Guerra, que están funcionando admirablemente, la experiencia adquirida durante un año y el estudio continuado a que se obliga a los jefes populares...

—¿Y en cuanto a armamentos?

—Tenemos ya cuanto pueda tener el enemigo. Y nuestros carros blindados, españoles, son mejores. Y si nuestra artillería no posee tanto volumen [sic] corno la de ellos es de mucha más precisión. La superioridad de nuestros aviones es palmaria. En lo que toca al factor individual, no hay que decir. Todavía no hemos llamado a quintas que ellos han movilizado. Nuestra moral mejora por minutos, la de ellos se deshace. Pronto tendremos una fuerza maniobrera con grandes reservas y capacidades que será la que gane la guerra. Sin contar, —y no es poco— que la razón y la justicia están de nuestro lado, del lado del pueblo...

Las últimas palabras quedan dichas con un fuego sincero y contenido, con el tono de un guerrero revolucionario. Cuando, enseguida, tomamos los automóviles hacia la ciudad insigne, el crepúsculo nos parece un amanecer. Al pasar por los pueblecitos humildes vemos cómo los niños, fuerza del ambiente, juegan a las guerras de acera a acera. Sentimos una gozosa envidia. Ellos vivirán un mundo de justicia.

 
 
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