Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
  enero - julio 2016

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Itinerarios sinuosos: reflexiones sobre los jóvenes de sectores populares desde y con la Marcha de la Gorra (Córdoba, Argentina)  
MsC. Mariana Jesica Lerchundi

Resumen

En este artículo reflexionamos desde y con la Marcha de la Gorra, entendida como una protesta de los jóvenes organizados contra la violencia policial y las detenciones contravencionales arbitrarias. Las tipificaciones jurídicas del Código de Faltas permiten detener a los jóvenes de sectores populares de modo discrecional. Aquí se da prioridad a los diálogos con ellos, en sus territorios, en el marco de actividades culturales colectivas desarrolladas en el mes de mayo de 2016, en la Ciudad de Río Cuarto, Córdoba, Argentina.

Palabras clave: Detenciones Policiales, Políticas de seguridad, Código de Faltas, Acción colectiva

Serpentine itineraries: meditate on the youths of popular sectors from and with the March of the Cap (Córdoba, Argentina)

Abstract

In this article we will reflect from and with the March of Cap understood as a protest of young people organized against police violence and arbitrary arrests misdemeanors. Legal Faults Code characterizations allow to stop young people from popular sectors on a discretionary basis. This will give priority to dialogue with them, in their territories, within the framework of collective cultural activities, carried out in May 2016 in the city of Rio Cuarto, Cordoba, Argentina.

Keywords: Police Arrests, Security Policies, Faults Code, Collective Action

Introducción: Conflictividad y resistencias juveniles

Juntadera en el kiosco juntadera en la esquina
así es nuestra vida odiando a la policía
  amando la marihuana viviendo de carabana
  en mi barrio está legal activando pa ganar
  con los ojos colorados lo hacemo de frente mar

(Ojos Rojos, Autores: Loco Frankachela, 2015) 

La movilización social en la región latinoamericana tiene una historia asociada, principalmente, a las resistencias juveniles que transitan diferentes motivaciones y modalidades de expresión y producción. En este artículo reflexionaremos desde y con la Marcha de la Gorra y se dará prioridad a los diálogos con los jóvenes de sectores populares en la Provincia de Córdoba, Argentina.

La Marcha de la Gorra es una acción colectiva de protesta protagonizada por jóvenes, una manifestación político-cultural que lleva a las calles la visibilización de las detenciones arbitrarias y la violencia policial. Se constituyó desde 2007 como el espacio de reclamo en contra de las detenciones a los jóvenes que usan gorra con visera y son detenidos por portación de rostro, es decir, por características fenotípicas, color de la piel, formas de estar y habitar la ciudad propia de los sectores populares. Pero no efectivamente por hechos que cometan, de allí que se las denomina como detenciones discrecionales o arbitrarias.

La demanda principal de la Marcha ha sido la derogación del Código de Faltas (CDF), una normativa que incluye conductas menores -no alcanzan a ser delitos contemplados en el Código Penal-, pero se encuentran reguladas para una mejor convivencia de los vecinos. Las tipificaciones jurídicas abiertas y poco precisas permiten que esa normativa se aplique de modo discrecional, en especial, sobre jóvenes de sectores populares. Así, sus itinerarios se encuentran atravesados por la institución policial. Las detenciones por CDF son un episodio recurrente en sus trayectorias de vida.

Algunos datos permiten ver la gravedad de la aplicación de este Código: en 2005 las detenciones por CDF en el territorio Provincial llegaban a 8968, mientras que en 2011 eran 73 100; es decir, en seis años hubo un crecimiento del 715% de detenidos por el sistema contravencional. El 70% afectó a jóvenes (Brocca et. al, 2014), principalmente varones y pobres (Coria y Etchichuty, 2010). De allí nuestro interés por conversar con quienes son afectados diariamente por la normativa.

Ubicamos a la Marcha bajo dos supuestos: por un lado, el recrudecimiento de la política de seguridad de corte punitivo a partir de 2003. Por otro, un creciente proceso de politización social, donde los jóvenes, haciendo uso de la movilización, dinamizan el conflicto multiagencial del que son parte, denunciando, de manera explícita, el Código Contavencional y las detenciones policiales configuradas como una de las problemáticas centrales y emergentes en los territorios.

Pero además, la hipótesis de trabajo que guía la investigación en curso parte de pensar que las detenciones policiales son irrupciones biográficas, generan cambios subjetivos en quienes son víctimas de la normativa. Las experiencias de detención no pueden pasar inadvertidas en la vida de los jóvenes, sino que son alojadas, soportadas, configuradas, procesadas, construidas en su devenir de modos diferentes. Es decir, partimos de una visión no determinista que privilegia las múltiples subjetividades y prácticas.

Por otra parte, estos jóvenes viven inmersos en sociedades desiguales y diversas, donde los sectores populares suelen encontrarse en condiciones de precariedad material y desvalorización de sus prácticas culturales. Una adecuada significación de cultura popular debe pensarse en dos niveles de análisis. Primero, el nivel de abstracción más alto ubica a los sectores populares en una posición subordinada en la estructura social. En la lógica general de gestación cultural, los sectores populares tienen menores niveles de participación en la distribución de los recursos de valor instrumental, poder y prestigio social que habilita mecanismos de adaptación y respuesta en el plano colectivo e individual. Y ubican en una matriz cultural que da cierta recursividad (Míguez y Semán, 2006).

Segundo, en un nivel de abstracción menor debe recurrirse a la importancia del registro historizado (Míguez y Semán, 2006), al cual damos lugar en las interacciones de nuestro trabajo de campo. A este nivel de análisis, e inspirados en Castel (2013), le sumamos que lo popular se ve atravesado por la desafiliación del mundo del trabajo, informalidad, precariedad, inestabilidad laboral e ingresos bajos. Estos son condicionamientos económicos ubicados en territorialidades específicas que terminan por estigmatizar la pobreza y criminalizar espacios y personas, donde conviven la inseguridad social y la civil.

Los niveles anteriores que contornean la noción de cultura popular nos sirven como punto de partida en nuestros diálogos con los jóvenes, pensados en y desde la Marcha de la Gorra. A continuación, se explicitan las opciones metodológicas que nos ubican como investigadores y activistas de esta Marcha, anclaje desde donde pensamos el diálogo con los jóvenes de sectores populares. En segundo lugar, brindamos elementos contextuales que ubican temporal y territorialmente la problemática, atravesada por múltiples dimensiones políticas. Seguido a ello, y enmarcados en una etnografía colectiva, damos una aproximación sobre la Marcha de la Gorra. A posteriori, exponemos los diálogos que hemos tenido en el territorio con los jóvenes, para luego cerrar el artículo con algunas reflexiones parciales.

  1. Opciones metodológicas e ingreso al campo

En el presente texto avanzamos sobre el análisis del trabajo de campo de la tesis doctoral en curso “Jóvenes de sectores populares detenidos por aplicación del Código de Faltas: configuraciones subjetivas (Río Cuarto 2003-2015)”(1), comprendida por un estudio más amplio donde nos aproximados a la Marcha de la Gorra(2).

Nuestra investigación -inscripta en la tradición cualitativa en ciencias sociales (Mendizábal, 2006)- recoge los aprioris provistos por la etnografía (Guber, 2013), que son utilizados en el trabajo de campo doctoral. Sin embargo, cabe hacer algunas aclaraciones para el análisis de la Marcha, que si bien no es objeto de este artículo profundizar en sus devenires, la información que proveemos de ella es parte de un dedicado trabajo que nos compromete en nuestras múltiples dimensiones.

La situación objeto de estudio, Marcha de la Gorra, presenta un desafío de origen para regirla por los parámetros etnográficos, por cuanto las coordenadas espacio-temporales carecen de estabilidad y ponen en jaque a la etnografía en su sentido más tradicional. Dada la fugacidad e inestabilidad de la Marcha, nos hemos inspirado en la propuesta de Borges (2003) sobre etnografía de eventos y constituimos nuestra experiencia investigativa en una etnografía colectiva de eventos (Bonvillani, 2013). Es decir, este estudio antropológico requiere del trabajo cooperativo, colaborativo y coordinado del equipo.

Tras la intención de poder reconstruir la riqueza y complejidad del evento-Marcha, cada miembro del equipo de investigación se encarga de tomar determinados registros que luego son compartidos para su análisis. Articulamos distintas técnicas de construcción de datos a las que hemos llamado mosaiquismo metodológico (Bonvillani, 2015a). Combinamos formas de acceso y conocimiento que transitan la clásica observación, registros fotográficos, fílmicos, auditivos, conversaciones-en-marcha(3), crónicas de las intervenciones artísticas y registros de las emociones y sensaciones de los investigadores en la marcha. Este último recurso metodológico es inspirado en la autoetnografía (Blanco, 2012), que permite dar cabida a los relatos personales y autobiográficos, es decir, a las experiencias del etnógrafo-investigador situado en un contexto social y cultural. Todos ellos posibilitan dar algunas apreciaciones generales sobre la Marcha en el punto llamado Marcha de la Gorra.

Con el transcurso del tiempo, y a los fines de poder captar la intensidad de la Marcha, hemos comenzado a participar del espacio de organización, que comienza dos meses antes del día de la movilización. Podría pensarse que allí respondemos al rol tradicional de etnógrafos, pero como colectivo investigador sostenemos que participar de la organización de la Marcha no solo es objetivar la situación de estudio, sino también encarnar una posición sobre la realidad política, social y cultural, epistémica y teórica desde la cual pensamos, reflexionamos y analizamos la movilización y sus demandas.

En otras palabras, el estudio en curso no responde a una concepción representacionista del conocimiento, sino que tenemos una doble inscripción, por un lado, como investigadores y, por otro, como militantes de la Marcha de la Gorra y sus reclamos en torno a la política de seguridad de la provincia de Córdoba y las detenciones arbitrarias a los jóvenes de sectores populares.

Ese devenir de investigación y participación, reconfiguró que el ingreso al campo para la tesis doctoral se viera nutrido por actividades colectivas con diferentes actores políticos y referentes territoriales que forman parte de la organización de la Marcha en Río Cuarto (Córdoba, Argentina). En concreto, se recogen los diálogos informales y los registros de campo que tuvieron lugar en el Barrio Flores(4), de esa ciudad, durante el mes de mayo de 2016. Fueron cuatro encuentros dedicados a conversar con los jóvenes a partir de actividades culturales. El tema que nos reunió fue plasmar la cara de uno de sus amigos, fallecido recientemente, en una pared del barrio (mural), junto a un taller de graffitis. De esos encuentros, intentaremos delinear algunas primeras reflexiones sobre los recorridos sinuosos de la experiencia de los jóvenes.

Sin desconocer los debates en torno a la categoría juventud(es) –que hemos trabajado en un texto anterior (Lerchundi, 2015a) desde una perspectiva socio-etnográfica y siguiendo los parámetros del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos–, hemos dialogado con jóvenes entre 15 y 29 años. El recorte etario responde a necesidades de orden metodológico. La Encuesta Nacional de Jóvenes realizada por el Sistema Estadístico Nacional, en 2014, reparó en los jóvenes entre 15 y 29 años de edad. Y fueron agrupados en tres rangos: de 15 a 19 años, de 20 a 24 y de 25 a 29 (INDEC, 2015).

  1. Contexto: la política de seguridad de Córdoba

La política de seguridad, progresivamente en el mundo globalizado, se ha delineado casi exclusivamente como sinónimo de política criminal y ha dejado al margen otros debates más amplios sobre la seguridad. Así, consagra el binomio seguridad e inseguridad circunscribiéndolo al campo de las políticas penales, el cual ha avanzado en nuevas estrategias de prevención anteriores a la infracción, por lo tanto, no penales (Baratta, 1997 en Daroqui, et. al, 2007). Estas solo son eficaces si representan una parte de las políticas de seguridad, no su totalidad. Hoy toda política de seguridad es política criminal, ya sea preventiva o punitiva (Baratta, 2004).

En Argentina, la crisis de 1989 reconfiguró el sentido de la seguridad (Kessler, 2009) y en Córdoba prontamente se restringió su interpretación a la “seguridad civil” (Castel, 2013). Su protagonismo fue trasladado a las políticas públicas que, desde la gestión de Eduardo Angeloz, pasando por Ramón Mestre hasta llegar a José Manuel De la Sota, dieron mayor prioridad a la cartera de seguridad por sobre otras áreas relevantes como las políticas sociales o de seguridad social (Hathazy, 2014).

Las rutinas de violencia estatal propias del paradigma punitivo sobre la seguridad ganaron protagonismo en 2003, durante el segundo gobierno de José Manuel De la Sota(5). En ese año comenzaron a tomarse distintas medidas: nuevas leyes de seguridad pública y privada, y un convenio con el Manhattan Institute logrado por la Fundación Axel Blumberg, que dio lugar a ese conjunto de ideas que habían fracasado en Nueva York y que en Córdoba tuvieron resonancia, como la persecución policial traducida en mayor cantidad de detenciones identificando zonas y grupos potencialmente peligrosos; junto al engorde de las estadísticas y el aumento de policías en las calles (Posadas, 2005). Algunos autores entienden esas acciones como cortoplacistas, de alto impacto, que no resuelven el tema de la inseguridad, sino que solo abonan la idea de una seguridad percibida y acotada como problema policial (Rodríguez Alzueta, 2014).

El Código de Faltas era la piedra nodal de la política de seguridad de Córdoba. Regula el derecho contravencional y, a través de las denominadas faltas, infracciones o contravenciones, define las conductas o comportamientos que no alcanzan a ser delitos (contemplados en el Código Penal y de mayor gravedad), pero necesitan ser legislados para una mejor convivencia ciudadana. Sin embargo, esta norma reviste de críticas que atraviesan tanto su texto como su aplicación.

El CDF fue sancionado en 1994 y vino a reemplazar al de la última dictadura cívico-militar que había sido aprobado en 1980. Además de la necesidad de revisar y sancionar leyes democráticas, los legisladores cordobeses, a través del CDF, dieron respuesta a las demandas de seguridad (Etchichury, 2007). En el mismo año que se aprueba este Código, la reforma de la Constitución Nacional incorpora tratados internacionales con su misma jerarquía, lo cual amplió las obligaciones y garantías que Argentina debe promover y proteger. Sin embargo, los nuevos derechos no fueron considerados en la sanción del reciente Código de Convivencia Ciudadana que reemplaza al Código de Faltas desde abril de 2016. La nueva ley continúa operando como un dispositivo de control (Bonvillani, 2015b)(6) y mantiene iguales vicios que la norma que lo precedió(7).

El CDF se ha aplicado, principalmente, sobre tres grupos: los jóvenes de sectores populares, las trabajadoras sexuales y los militantes políticos y sociales. La selectividad del Código se produce a partir de la puesta en valor de determinados estereotipos sociales, raciales y xenófobos (Cappellino, 2011; Alday y Oviedo, 2012), el tipo de delincuente que ya no solo es pobre, sino también es joven y varón (Daroqui, 2003). Son jóvenes “portadores de rostro” (Bonvillani, 2013) y “productores de inseguridad” a causa de su condición de clase, estética, edad y color. Se los juzga por sus formas de estar en el espacio público, de vestir o hablar, y no por haber cometiendo concretamente un algo ilícito.

En otras palabras y a modo de síntesis, la Provincia de Córdoba, en materia de seguridad, se inscribe en una corriente basada en la política de mano dura y la tolerancia cero(8), se le suma el denominado populismo punitivo y las acciones represivas del Estado. Las políticas de seguridad se reducen al campo de las políticas penales y contravencionales, atendiendo al delito callejero y dejando fuera otros aún más gravosos como los delitos económicos o tributarios y el crimen organizado (narcotráfico, armas, robo automotor) que, por su magnitud, suelen convertirse en verdaderos productores de inseguridad y violencia (Plaza Schaefer y Morales, 2013). El CDF asiste en la cotidianeidad de prácticas policiales violentas, que dejan inertes los derechos humanos, empero legales (Crisafulli, 2014).

En este contexto, la Marcha de la Gorra se comporta como una estrategia de resistencia al accionar de un Estado policial y penal (Wacquant, 2004) que vulnera todo tipo de garantía jurídica y avanza sobre subjetividades de jóvenes de sectores populares que se organizan en la movilización anual más compleja y multitudinaria de Córdoba.

  1. Marcha de la Gorra

Pensamos y reflexionamos la Marcha de la Gorra como una situación objeto de estudio de gran complejidad. Podría ser abordada desde diferentes dimensiones analíticas, en tanto hilos que se entretejen y la conforman, le dan cuerpo y hasta se enredan entrando en tensión y conflicto. Aproximarse a la Marcha es una apuesta permanente a las sensibilidades sociales, a la politización de los malestares, a las nuevas coordenadas temporales y espaciales, a la apropiación de la calle, a las estrategias institucionales, impactos políticos, formas de comunicar e informar, entre tantas otras.

Desde un punto de vista histórico, la participación en Argentina fue desarticulada con la última dictadura cívico-militar (1976-1983). Se esperaba en el período de recuperación de la democracia una reapropiación de los espacios de participación (Palermo, 1985). Sin embargo, la población en los ochenta dio señales de que sería lento el camino hacia las arcas de la movilización. El modelo neoliberal profundizado crudamente en los noventa signó tiempos de despolitización y apatía, crisis de representación política, desestructuración del Estado, desconfianza en los partidos y personificación de la política, acompañada de un lento proceso de movilización social que hacía frente a índices alarmantes de pobreza y desempleo. La crisis de 2001 puso en escena a la diversidad de actores que, paulatinamente, crecían con nuevas demandas y participación por fuera de las propuestas tradicionales de la política (Natalucci y Schuttenberg, 2011). Las formas de hacer política se actualizaron y reconfiguraron en torno al nuevo contexto.

La organización social no partidaria fue una tendencia que ganó terreno entre los jóvenes. La Marcha de la Gorra es un ejemplo de esas formas de prácticas políticas no convencionales. Como decíamos al inicio, es una protesta social de los jóvenes organizados contra la violencia policial y las detenciones arbitrarias. Es una práctica política disruptiva, alternativa y emergente que, en categorías clásicas, podría ser identificada como una participación informal o no convencional (Lerchundi, 2011). La Marcha puede ser inscripta en el llamado nuevo ciclo de protesta en América Latina, caracterizado por formas renovadas en la expresión de las demandas y conflictos (Bonvillani, 2013).

En ese sentido, representa también una práctica cultural, pues, trazando un recorrido colorido y lúdico, la hace diferente de cualquier otra movilización. Las creativas formas de ocupar el espacio público transitan el teatro espontáneo, los cuerpos intervenidos con pinturas o carteles, las batucadas, las murgas, la actividad circense, los murales, los graffitis, entre otras. Pero no dejan fuera otros elementos propios del repertorio de acción de una Marcha, como lo es el documento político que se lee al final o las pancartas y carteles identificatorios de cada espacio en el que participa.

En la organización de la Marcha se juegan múltiples posibilidades políticas, se desbordan los reclamos por la derogación del Código de Faltas y los abusos policiales, se interpelan los múltiples derechos y garantías, al tiempo que se los llena de nuevos sentidos. Los procesos no están exentos de desencuentros y confrontaciones que posibilitan nuevos recorridos. La particularidad de su organización es la circulación de la voz en un sentido horizontal, propio de las lógicas asamblearias. Todos los que asisten pueden tomar la palabra y expresarse. Hay una intencionalidad explícita que se configura en torno a algunas premisas básicas de trabajo y sin ella una Marcha no podría ser genuinamente la Marcha de la Gorra, si no se respetaran las reglas mínimas de convivencia: horizontalidad y pluralidad.

Todas las organizaciones sociales, políticas y culturales, aquellas que trabajan con jóvenes en barrios populares (vecinales, centros comunitarios, copas de leche, espacios de promoción cultural), organizaciones no gubernamentales, partidos políticos -sobre todo sus juventudes-, movimientos estudiantiles, sindicatos, organizaciones de derechos humanos, familiares de víctimas de abuso policial, espacios académicos, así como también auto-convocados, pueden asistir, acercarse, ser protagonistas, actores activos de un proceso sin dueño, de resultado colectivo. Se constituye así una “red de relaciones (flexibles, abiertas y siempre provisorias)” (Chaboux y Monsó, 2015, p. 5). La Marcha condensa sofisticados modos organizativos, que comienzan meses antes que se desarrolle la movilización y logra sintetizar la diversidad que la compone.

La Marcha de la Gorra se constituyó en 2007, en Córdoba Capital. El reclamo encarnado por la movilización se multiplicó a lo largo y ancho de la provincia. Una de las ciudades que se hicieron eco del reclamo fue Río Cuarto. Allí, desde 2009, comenzaron a hacerse pequeñas marchas y radios abiertas. Sin embargo, la impronta organizativa propia de esta Marcha tuvo lugar a partir de 2014. En 2015 la multitudinaria movilización se reeditó en ocho ciudades cordobesas: Villa de Soto, Villa María, Mina Clavero, Villa Allende, Juárez Celman, San Francisco, Río Cuarto y Córdoba Capital.

Uno de los momentos más importantes es la elección de la consigna que convocará cada año al día de la manifestación que estará en los flyer que circulan en las redes sociales, en las gráficas oficiales. Suele ser un verso de construcción colectiva que surge de diversas propuestas, se debate, cultiva y da forma en conjunto con los otros. En Córdoba, en 2007, ¿Por qué tu gorra sí, la mía no?. En 2008, Una oreja para los chicos. En 2009, Los jóvenes al centro. En 2010, Contra el Código de Faltas. ¿Y los Derechos que nos faltan?. En 2011, Nos detienen por la cultura. En 2012, Tu Código trata de desaparecer nuestra alegría callejera. En 2013, Tu Seguridad nos limita, nuestra Resistencia es infinita. En 2014, Más vale gorras embrollando que la policía matando. En 2015, En Tu Estado Policial te Marchamos de Frente Mar. Aquel estado policial la provincia lo comenzó a instaurar desde el segundo mandato del gobernador José Manuel De la Sota. Pero, además, en 2015 “de frente mar” se visibilizó como una categoría local propia de los jóvenes de sectores populares, así se encuentra en el fragmento de canción citada al inicio.

En Río Cuarto, la tarea llevó varias reuniones plenarias y muchos desencuentros. En 2014 se marchó “Por una política de seguridad inclusiva y democrática” y en 2015 “Detrás de la visera resistimos con alegría callejera”.

Lo anterior permite articular con la renovación del lenguaje político que la Marcha supone. Y como dice Bonvillani (2015a), es mucho más que una acción colectiva de protesta social. Es una experiencia de subjetivación política que deja huellas en quienes la caminan. Esto es gracias a la intensidad que implica movilizarse en ella y por las demandas que agrupa. La Marcha es un territorio difícil de escapar cuando se la conoce y encarna procesos de fabricación de subjetividades emergentes de politización frente a las injusticias que los jóvenes viven.

La Marcha aloja pliegues, disputa los sentidos de la política de seguridad provincial, hace uso de creativas estrategias de expresión que desestabilizan durante ese día el orden vigente. Los jóvenes de sectores populares llegan cada 20 de noviembre al centro de las ciudades, los llenan de gorras con visera y se apropian de los circuitos que cotidianamente les son “prohibidos”, donde sus cuerpos son locus de lo político (Scribano, 2007) y se expresan por diversos canales.

La Marcha representa formas multivariadas de experimentarla. Condensa múltiples temporalidades y territorialidades: la fugacidad o su historicidad; los espacios de reunión, las actividades que anteceden a la movilización, los bordes de la Marcha (como quienes transitan la vereda y están de paso) e incluso cada uno de los cuerpos que marchan (Chaboux y Monsó, 2015). Es, en sí misma, un territorio de visibilización. Los espacios son partidarios, sobre todo para aquellas organizaciones que se han conformado en las últimas décadas y se autodefinen como juveniles. Estar en la movilización les representa mostrarse a favor de ciertos reclamos de los derechos de los jóvenes. Sin embargo, los períodos electorales y las alianzas partidarias han reconfigurado los actores de la Marcha, permitiendo dejar ver que hay agrupaciones que se muestran itinerantes y pueden pasar desde la acción protagónica y plena, a vaciar el espacio hasta socavarlo.

Simultáneamente, conviven diferentes consignas. La principal ha sido la derogación del Código de Faltas, pero también existen muchas otras contra la violencia policial, tales como las muertes ocurridas en manos de policías, conocidos como casos de gatillo fácil, o las demandas de las trabajadoras sexuales y diferentes formas de trabajo informal que son perseguidos y reprimidos por el accionar policial.

Como tratamos de exponer. la Marcha es un dispositivo complejo, en sí mismo conflictivo, que puede analizarse desde diferentes enfoques o dimensiones. Hasta aquí son apenas algunas de las reflexiones de nuestro estudio minucioso. En el apartado que sigue damos lugar a las conversaciones con los jóvenes de sectores populares, gracias a un conjunto de actividades estético-culturales que surgieron de la red de relaciones tejidas por la Marcha.

  1. Diálogos con los jóvenes

Llegamos a la casa de Gladys, luego lo hicieron Martín y Pablo. Teníamos que hablar de Juan. Él ya no está, pero seguirá vivo en el mural.

(Registros de campo, primer encuentro)((9))

Los jóvenes con los que dialogamos conocen el Código de Faltas. Pero no por haberlo estudiado, sino por vivirlo día tras día con sus cuerpos. Su diálogo está mediado continuamente por la policía, brazo ejecutor de la normativa. La cana, la gorra, la yuta, son categorías nativas que aparecen constantemente en los itinerarios de los jóvenes con los que conversamos. El lenguaje visibiliza la permanente tensión que atraviesa el vínculo con la institución policial que se hace presente no solo en los relatos, sino en el circuito por la ciudad, en los recorridos hasta el centro o en el propio barrio, en las paredes pintadas o con graffitis en contra de las fuerzas de seguridad, en las letras de las canciones que escuchan o en las que escriben. La policía aparece, en general como el oponente, así lo mostrábamos en la canción del inicio de la introducción: un recorte de la letra de una banda de rap cordobesa que estuvo de fondo en las tardes grises de encuentros con ellos.

Pero también la narrativa de Martín y Pablo estuvo mediada por la cercanía con la muerte, Dios, el consumo de marihuana y la música. Se mostraron como sujetos complejos y múltiples, traficantes de intensidad, de pasión, de amor, de tristezas, de reflexividad. Los diversos jóvenes con quienes conversamos podrían pensarse como puntos o nudos de conflicto que se conectan o empalman tramando recorridos biográficos con caracteres comunes, no exentos de contradicciones, como sujetos ambiguos e indeterminables. Fueron sus gestos corporales y verbales, emocionales, cognitivos y valorativos los que los corrieron de los juicios preestablecidos, de las conjeturas que a priori teníamos antes de encontrarlos en sus propios territorios.

Nuestras reflexiones en torno al uso de la ciudad, generalmente, priorizan el centro, lugar que les es vedado a los jóvenes de sectores populares, espacio privilegiado para las requisas, controles exhaustivos para quienes vienen de la periferia, de la lejanía de las luces. Reparamos en las detenciones que ocurren a la salida de los barrios, en los puentes que conectan con la zona comercial de la ciudad. Pero pocas veces nos fijamos en lo que acontece en el territorio, donde los centros y periferias se vuelven a diagramar a causa de la canchita, la esquina, la parada del colectivo, la policía.

Observamos con detenimiento situaciones frecuentes de nuestra vida cotidiana donde los mecanismos de experimentación de la ciudad son vividos de modo diferente por los jóvenes de los barrios. Sus recorridos suelen sortear lugares clave para evitar la policía. Mientras que si lograron llegar a la plaza central, saben que pueden ser revisados, demorados en diversos operativos de las fuerzas de seguridad, con despliegues numerosos en efectivos y móviles policiales.

Lo anterior es algo que conocemos, vemos, señalamos, denunciamos. Pero lo que ocurre en el territorio es distinto. Allí las coordenadas espaciales toman nuevos recorridos. El “centro” no es precisamente el punto medio entre sus extremos. El epicentro del barrio, al menos el que usan y transitan los jóvenes del Barrio Flores, es frente a la canchita -que suele jugarse al fútbol o por momentos a las bochas-, a una cuadra del kiosco, cruzando la parada del colectivo y, principalmente, sobre un paredón (tapial de la casa de la esquina). Ese lugar eligieron los amigos de Juan para pintar el mural, porque ahí tenían decenas de historias que los conducían a “su lugar”.

Sin embargo, esa esquina finalmente fue negada. Pues la pared con dueño prefirió ser mantenida en los grises de los ladrillos de block. Los propietarios de la casa entre nuestra primera visita al barrio y la siguiente, cuando se iniciaba la pintada del mural, denunciaron a la comisaría la presencia de los jóvenes en las inmediaciones de la esquina. Un operativo policial dejó un saldo de varios chicos corriendo hacia sus casas, escondidos en los rincones estratégicos que funcionan como refugios y dos de ellos detenidos, sin motivo más que estar en esa esquina. Por esa razón Gladys -la presidenta de la vecinal, quien aportaba los materiales para pintar el mural y también operó de mediadora para que los jóvenes recuperaran su libertad- decidió que fuera, justamente, en la vecinal del barrio, espacio que no era, hasta ese momento, ocupado por los jóvenes.

Si estuviéramos en la esquina hasta los más chiquitos se prenden” (Martín, registros del segundo encuentro).

A pesar de que los jóvenes, en reiteradas oportunidades, expresaban su pesar sobre la no utilización de la esquina, en las visitas subsiguientes nos comentaron que se estaban apropiando de la vecinal y ahora se juntaban allí cuando elegían un momento para compartir con Juan. Pero además, nosotros, ajenos a los repertorios de circulación del barrio, a las formas diversas en que la policía se presenta, manifestamos que ese espacio, un poco más cerrado tal vez, era menos vulnerable al abuso policial. Dicha situación fue negada por los jóvenes:

Si te quieren agarrar, te agarran. No importa lo que hacés, ni dónde estés. Es lo mismo estar acá o allá. Y acá ni tenés por dónde escapar (risas)” (Pablo, registros del segundo encuentro).

Contar la historia de Juan llevaba a recorrer sus propias trayectorias de vida (Bourdieu, 1997). Y al hablar de su amigo, se referenciaban a sí mismos. Las detenciones policiales aparecían como un episodio más dentro de otros tantos que, a su vez, se articulaban con otras nociones:

(…) esa vez fue gracias a Dios que no le pasó nada, safó((10)). Porque él no era malo, se mandaba las suyas, andaba escabiado((11)), pero yo creo que él está en el cielo” (Martín, registros del segundo encuentro).

Conjuntamente con el episodio relatado, donde Juan logra escapar, al huir de los brazos de la policía aparece la religiosidad, la creencia de un “después” como esperanza de un mejor vivir. Si su amigo sufrió en la vida terrenal, en el cielo descansa en paz. Pero además, desde el cielo se comunica con ellos. Esa creencia de la vida espiritual luego de la vida terrenal, es mencionada con insistencia, enrolada y abrochada a través de escenas de la vida diaria o sentimientos que florecían en el marco de una jornada dedicada a recordar a quien ya no está.

¿Será que a través del mural de Juan, los jóvenes del Barrio Flores gritan un reclamo o múltiples demandas sobre el amor? ¿Un llamado a la vida, al vivir, a querer una familia que nos reconozca en tanto sujetos dignos de ser parte de un colectivo afectivo? Estas preguntas surgen porque los jóvenes manifestaban su preocupación por el devenir de la vida de Juan. Alguien quien estaba, aunque con familia, en situación de calle. Un amigo que, con aciertos y desventuras, tenía 25 años y podría continuar escribiendo historias. El valor de la familia, la afectividad del grupo primario, eran puestos de relieve entre ojos tristes y carcajadas, al recordar el suicidio de su amigo y la discriminación y exclusión de sus padres para con él.

Los jóvenes del Barrio Flores se juntan en la esquina o en sus casas por diversos motivos. Pero hay dos razones que los interpelan y logran cautivarlos: reunirse a escribir canciones de rap y a fumar marihuana. No son excluyentes, suelen convivir en las noches del barrio, en la casa de Martín, quien aparece como uno de los jóvenes que logra ser la palabra más respetada.

Nos juntábamos todas las noches, en el garaje de Martín, a escribir. Cada uno con un cuaderno va escribiendo lo que le pasa, lo que ve, lo que le molesta. De ahí después lo leemos para los demás y vamos tratando de armar algo. Ahora hace varias semanas que no nos juntamos. A veces escabeamos o fumamos algo (risas)” (Nacho, registro del tercer encuentro).

Las letras de las canciones expresan el dolor y las alegrías. Son excusa para reunirse entre amigos, para pasar largos momentos, pensar y reflexionar en torno a lo que acontece diariamente. Eligen el rap porque prefieren ese medio para expresarse, les permite ponerle palabras a las emociones que vivencia el cuerpo. Pero además, la música va acompañada de sueños por grabar un disco, de modo independiente, para no depender de nadie, con sus propios recursos, con los que se consiguen en el “mercado negro”(12), con los que ya tienen.

La dimensión artística se completa con la demanda de aprender a hacer moldes para graffitis. Por eso uno de los encuentros nos convocó con esa excusa. Fue una tarde protagonizada por pocos jóvenes y varios niños. Esos moldes iban a ser utilizados luego en el barrio, como marca registrada de este grupo y forma de expresión. Los símbolos elegidos: una gorra con visera (típica de los sectores populares), una gorra de la policía tachada, una hoja de marihuana y las iniciales de Barrio Flores.

Las nuevas vinculaciones territoriales que vamos desentramando donde la policía, el barrio y los jóvenes son elementos que interactúan para dar lugar, desde el Estado, a la implementación y profundización de la política se seguridad y reconfiguración de la dinámica barrial, se vio visibilizada cuando estábamos pintando el mural y dos móviles policiales ingresaron al barrio desde dos calles opuestas entre sí, a alta velocidad, y frenaron a dos jóvenes que venían caminando hacia la vecinal. Sin dar demasiadas explicaciones, los jóvenes fueron detenidos, mediando una orden del juez. Sin embargo, su validez fue cuestionada, por cuanto a las escasas horas recuperaron su libertad.

El episodio que vivenciamos desde afuera, pero también desde dentro, porque nos acercamos a preguntar “qué estaba ocurriendo”, tiene lugar día tras día. De repente, vimos como todos los niños que estaban jugando se escondían, o cómo los jóvenes que estaban en moto se alejaban de la zona. Estas son también inseguridades que atraviesan en los barrios, en los espacios que habitan y se construyen en torno a las culturas populares, donde las rutinas se mezclan con la actividad policial de modo tal que son indistinguibles las unas de las otras. Conviven, se solapan, se entremezclan constantemente.

Los contornos de la ciudad, las fronteras del barrio, el centro, la casa, la esquina, la calle y la vecinal, son tramadas por la policía, que se presenta como generador de opresión y no de cuidado, porque prioriza los sentidos hegemónicos, las prácticas violentas que forman parte de una política de seguridad que se profundiza y recrudece.

Pero asimismo, los jóvenes no son meros sujetos víctimas, producen cosas, tienen prácticas que tensionan el accionar policial, el encuentro y convivencia con los vecinos, con los jóvenes de los otros barrios, con sus familias. Los jóvenes tienen proyectos personales, sueños por cumplir, pero también consumos que no responden a la mirada hegemónica del “buen ciudadano”. Los jóvenes presentan una subjetividad múltiple y en movimiento constante. No responden a la mirada binaria del bien o del mal, porque, visto así, no podrían ser encuadrados con prácticas correctas o incorrectas, ambas aparecen en sus recorridos sinuosos. Son sujetos con luces y sombras.

  1. Reflexiones parciales

En el presente texto hemos intentado describir algunos de los recorridos sinuosos de los jóvenes de sectores populares. Para ello, primero presentamos la problemática, explicitamos detalladamente las opciones metodológicas que dan lugar a nuestro ingreso al campo, el compromiso con la situación objeto de estudio y con los sujetos que dialogamos. Luego describimos algunas dimensiones de la política de seguridad que permiten ubicar el contexto de la Marcha de la Gorra y las detenciones policiales, puntualizadas en las secciones 3 y 4.

Podríamos decir que estos primeros análisis forman parte de los memos iniciales del trabajo de campo, de los disparadores que van siendo intuiciones recurrentes, notas al margen, que toman cuerpo en un proceso cualitativo y subjetivo que nos comprende en tanto investigadores que partimos de un conjunto de premisas iniciales, supuestos de trabajo que se ven atravesados por la llegada al territorio y el diálogo con los jóvenes.

La actitud antropológica y cualitativa de la investigación es la que permite que el objetivo no sea llegar al campo tras la intención de corroborar o refutar una hipótesis cerrada. Por el contrario, nos encontramos hoy renovando nuestras premisas iniciales. Estamos en una arena movediza, donde cada vez más las certezas se transforman en dudas y comenzamos a objetivar las dimensiones complejas de la precariedad juvenil donde los jóvenes de sectores populares desarrollan su vida: son detenidos por la policía, creen en Dios, expresan profundas emocionalidades por sus amigos, fuman sustancias prohibidas, compran productos en los mercados ilegales, tienen sueños.

No estamos pensando a los jóvenes con los que dialogamos en clave de tribus urbanas, sino más bien en tanto sujetos que traman determinadas redes de relaciones familiares, sociales y políticas propias de los sectores populares del interior de la Provincia de Córdoba. Poseen particularismos que los distinguen de otras experiencias de vida y donde los conflictos policiales tienen un peso específico en sus trayectorias, aquellas que vacilan entre la respuesta y la reacción a las demandas sociales de época, el deber ser joven.

En este marco, la Marcha de la Gorra emerge como acción de protesta, se construye y constituye en un contexto de policiamiento de la vida social, donde ganó espacio la política punitiva, las detenciones y el hipercontrol sobre personas y territorios. Pero también, la Marcha tiene lugar en los procesos de politización, donde la práctica política interviene el espacio público desde diversas manifestaciones culturales; el arte y la estética convierten una práctica en política. La movilización es una experiencia de politización donde los jóvenes despliegan su creatividad y capacidad de innovación permanente. La Marcha es reclamo, es lucha, es alegría, es fiesta. La Marcha no es estática, sino más bien está en permanente movimiento. Es múltiple, se prolifera, deviene, es porosa, permeable, conflictiva y contradictoria. Pero, sobre todo, la Marcha se mueve, contagia, muta y se reconfigura constantemente, dejando llegar a los itinerarios sinuosos de los jóvenes de sectores populares.

Algunas preguntas nos atraviesan en este momento: ¿si tal vez no hay en las detenciones un antes y un después, sino que comprende un movimiento simultáneo? ¿Los jóvenes de sectores populares responden a los mandatos de época? ¿Cuáles son los modos en que los atraviesan? ¿Las experiencias de conflicto son visibilizadas en la Marcha de la Gorra? ¿O solo la movilización registra a los jóvenes en tanto víctimas de la policía? ¿Cómo soporta la organización la complejidad juvenil?

Avanzamos en pensar a los jóvenes como sujetos de enunciación y no como jóvenes meramente nombrados. Comenzamos a comprenderlos como sujetos activos y juntamente continuamos pensando que el Estado es responsable de una de las dimensiones de la violencia multiagencial que los tiene en el centro. Seguimos interrogándonos el paisaje de fondo, intentando hacer visible la complejidad, sin recurrir a catálogos que mitiguen la experiencia investigativa y pongan límites a las relaciones dialógicas establecidas con los jóvenes que puedan coartar la creatividad de los sujetos con los que conversamos y sus procesos de subjetivación de los sectores populares.

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Notas:

1 Dirigida por Mg. Dina Krauskopf y Dra. Andrea Bonvillani, Doctorado en Administración y Política Pública, Instituto de Investigación y Formación en Administración Pública (IIFAP) – Universidad Nacional de Córdoba (UNC), la cual cuenta con Beca Doctoral de CONICET.

2 Equipos de Investigación dirigidos por la Dra. Andrea Bonvillani, donde desde 2012 estudiamos diversas dimensiones de la Marcha de la Gorra.

3 Denominamos conversaciones-en-marcha a los diálogos informales con marchantes y transeúntes que pasan ocasionalmente por el lugar. En el contexto de la movilización de protesta, se conversa sobre diferentes dimensiones de lo que acontece en la atmósfera de la movilización.

4 Para proteger la identidad del barrio el nombre es ficticio.

5 José Manuel De la Sota fue gobernador durante tres períodos: 1999- 2003, 2003- 2007, 2011- 2015. El 10 de diciembre de 2015 comenzó un quinto gobierno de las fuerzas justicialistas a cargo de Juan Schiaretti (2015-2019), quien ya había sido gobernador de la provincia (2007-2011).

6 Bonvillani (2015b) explica que la idea de dispositivo se vincula con el ejercicio del poder. Implica orientar, controlar, administrar, gobernar comportamientos, sensibilidades y pensamientos de los sujetos, e incluye tanto el orden material como el simbólico.

7 Para acceder a una lectura más profunda del nuevo Código, consultar “Un Código que sigue en Falta”, (Lerchundi, 2015b).

8 La mencionada política de tolerancia cero contribuye, en términos de Murillo (2008), a reorganizar la actividad policial y calmar la sensación de inseguridad (Kessler, 2009) de las clases medias y altas en detrimento de los sectores populares.

9 A los fines de cuidar la identidad, los nombres son diferentes de los reales.

10Categoría local para indicar que alguien escapó de una situación.

11Categoría local para indicar el consumo de alcohol.

12Mercado negro hace referencia al mercado ilegal.

 
 
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