Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
  enero - julio 2016

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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¿Somos iguales? Caracterización de la identidad racial en un grupo de adolescentes de La Habana  
Lic. Gretter Anaudina Rey Rodríguez, Lic. Claudia Cancio-Bello Ayes y Dra. Laura Domínguez García

Resumen:

Se presentan los resultados de una investigación exploratoria sobre el posicionamiento de los adolescentes, respecto a las relaciones raciales. La intención fue indagar en la manera en la que se tejen determinados procesos en la adolescencia y su imbricación con las relaciones raciales.

Palabras clave: adolescencia, posición social y relaciones raciales

Are we same? Characterization of the racial identity in a group of adolescents from Havana

Summary:

They show up the results of an exploratory investigation on the positioning of the adolescents, regarding the racial relationships. The intention was to investigate in the way in which certain processes are knitted in the adolescence and its imbrication with the racial relationships.

Words key: adolescence, social position and racial relationships

 

Desde la “situación social del desarrollo”

Una fotografía de la Cuba en la que hoy vivimos nos muestra como un país que está siendo protagonista de diversificaciones en los agentes económicos, con una estructura socio-clasista que no escapa a las diferencias en cuanto a género, edad, raza; donde la reproducción de la pobreza y la marginalidad -aunque con características diferentes a las del exterior- continúa siendo una realidad (Zabala, 2008; Col. De Autores, 2011; Pañellas, 2012; Guerra, 2014).

¿Cómo se inserta esta investigación en nuestra realidad?

Ante este panorama tenemos la oportunidad y la responsabilidad —como científicos sociales—, de estudiar la forma en la que estos procesos transcurren, con el objetivo de brindar compresiones que tributen a la elaboración de maneras de hacer, más eficientes, para que podamos vivir en una Cuba diversa y equitativa. De ahí que escogiésemos el indagar en la manera en la que se tejen determinados procesos en la adolescencia y su imbricación con las relaciones raciales.

El estado del arte del tema da cuenta de que sus antecedentes no son amplios, por lo que decidimos realizar una investigación exploratoria, a partir de una metodología de estudio cualitativa. El método empleado fue el de estudio de casos múltiples, en una muestra conformada por seis adolescentes: dos de color de piel mestiza, dos de color de piel negra y dos de color de piel blanca, cada uno de los dúos estuvo integrado por una hembra y un varón. Las técnicas fundamentales empleadas fueron la entrevista y la observación; complementadas con la composición, el test de completamiento de frases y el auto-dibujo, como instrumentos. La información recopilada fue sometida a un análisis de contenido, primero de manera individual y luego de las generalidades.

¿Por qué la adolescencia?

La adolescencia constituye un momento clave en el desarrollo del individuo, lo que hace que sea un tema recurrente en las investigaciones científicas. En la Psicología, existen explicaciones tan diversas sobre esta etapa y sus enmarcaciones etáreas, como las posiciones epistemológicas de quienes la estudian.

Para la presente investigación nos adscribimos a comprender « (…) el desarrollo como un proceso que no ocurre de manera automática ni determinado fatalmente por la maduración del organismo o por estímulos provenientes del ambiente, sino que tiene ante todo una determinación histórico social (…)»(Domínguez, 2007, p. 28), lo cual nos permite entender la etapa como una edad psicológica que no está determinada por la edad cronológica, y enmarcarla en un rango etario entre los 12 años a los 17 años, pues en este período se producen cambios substanciales en el orden bio-psico-social. Coherente con lo anterior, en el momento de la aplicación, los/as adolescentes de la muestra tenían 16 años.

Asimismo, y partiendo de los principios y categorías básicas del Enfoque Histórico Cultural de L. S. Vygotski y sus continuadores, concebimos la “situación social del desarrollo” como aquella “combinación especial de los procesos internos del desarrollo y de las condiciones externas que es típica en cada etapa y que condiciona también la dinámica del desarrollo psíquico durante el correspondiente período evolutivo y las nuevas formaciones psicológicas peculiares, que surgen hacia el final de dicho período” (L. S. Vygotski, citado por Bozhovich, 1976, página 99).

Los cambios biológicos en la adolescencia

¿Qué cambios son estos? ¿Cuál es su incidencia en la subjetividad de los(as) adolescentes? ¿Existe un vínculo entre dichos cambios y las relaciones raciales que acontecen hoy en nuestra sociedad?

Según Papalia y Olds (1998), citadas por Humaran (2009) y por Rodríguez (2013), los cambios biológicos —también conocidos con el término de transformaciones puberales— marcan el comienzo de la adolescencia. De acuerdo con Domínguez (2003), estos cambios se producen en cuatro direcciones: antropométricos (relativos al peso y la estatura, conocidos como “el segundo estirón”), fisiológicos (acelerado crecimiento del corazón en relación con los vasos sanguíneos, desórdenes en el sistema nervioso y otras alteraciones neurovegetativas), endocrinos (aumento de la producción acelerada de hormonas -andrógenos y estrógenos-, en mayor medida en varones y las hembras, respectivamente) y la maduración sexual (incluye dos grupos de transformaciones: características sexuales primarias, cambios estructurales de los órganos del sistema reproductor; y características sexuales secundarias, rasgos de madurez sexual, no relacionados directamente con la estructura de los órganos sexuales.

¿Qué cambios biológicos vivencia la muestra de nuestro estudio durante la adolescencia? Los(as) adolescentes con que realizamos la investigación declaran haber experimentado las transformaciones antropométricas, las endocrinas, así como la aparición de características sexuales secundarias (en el caso de las hembras el crecimiento de los senos y en el de los varones cambios en el tono de la voz). Las hembras dieron cuenta de haber tenido ya la experiencia de la primera menstruación o menarquía, lo que es indicio del comienzo de la madurez sexual, mientras que para los varones sería la primera eyaculación nocturna o espontánea.

Al menos en nuestra investigación no podemos aseverar que los resultados de estas transformaciones biológicas estén relacionados directamente con su pertenencia racial, lo cual podría ser un espacio susceptible a seguirse investigando. Por otra parte, comprobamos, como generalidad, la percepción de los cambios psicológicos como los de mayor incidencia en su vida de adolescentes, asociando los mismos a su forma de percibirse y valorarse y, también, en su relación con los otros.

La nueva posición social

Durante la adolescencia el estudio continúa siendo la principal actividad formal. Según refiere Domínguez (2003), en esta actividad se producen variaciones tanto en el contenido como en la forma, lo cual actúa como consecuencia y causa para que el/la adolescente deba emplear nuevos métodos de obtención del conocimiento. En esta etapa se producen cambios cuantitativos y, especialmente, cualitativos en el desarrollo de los procesos cognoscitivos, que optimizan su capacidad para resolver problemas en el espacio académico y fuera de este. Su proceso perceptivo adquiere un carácter intelectual, hace uso del material mnémico de forma más consciente y sus análisis se desarrollan en el nivel abstracto.

En el espacio informal, gracias a estos cambios cognoscitivos, son capaces de realizar actividades con un carácter más selectivo e intencional; estando relacionadas o no con el espacio académico, pero llegando a alcanzar —en ocasiones— mayor nivel en la jerarquía motivacional.

El sistema de comunicación en esta etapa suele estar conformado por los adultos (madres y padres, maestros) y por los coetáneos. Los(as) padres/madres tal como los(as) adolescentes aprecian los cambios biológicos de estos(as); sus hijos(as) ya no son infantes, y cada vez se parecen más a ellas(os) físicamente. No obstante, los(as) adolescentes siguen estando bajo su tutela y mostrando rasgos de inmadurez, lo cual puede generar cierta inseguridad en los progenitores en cuanto a cómo deben ser las relaciones con esto(as) (Domínguez, 2003; Pérez & Rodríguez, 2005). Esta situación también es percibida por las(os) adolescentes, quienes se sienten en una posición intermedia. Sus padres/madres les adjudican exigencias de adultos(as), pero en buena medida los siguen tratando como cuando eran niños. A las contradicciones entre adultos y adolescentes que genera dicha situación, los teóricos le denominan conflicto adulto-adolescente. “Si se conserva tal situación, la ruptura de las relaciones anteriores puede demorarse para todo el período de adolescencia y adoptar la forma de conflicto crónico” (Petrovsky, s.f., p. 160).

La relación maestra(o)-adolescente, también toma matices diferentes. Los primeros suelen enfocar sus relaciones únicamente hacia la esfera de estudio, descuidando los intereses e inquietudes de los(as) segundos(as) sobre su vida de forma general. Algunos, aun cuando poseen gran preparación académica, no logran establecer buenas relaciones con sus alumnos(as) (Domínguez, 2003).

Las(os) adolescentes de la muestra continúan insertados en la actividad escolar, específicamente la enseñanza Media Superior. Dos de los casos investigados consideran que a través de esta actividad pueden satisfacer sus necesidades de aprendizaje y superación, pero en su mayoría perciben el estudio como una responsabilidad o deber. En esta percepción la familia constituye un agente potenciador, ya que dan cuenta de la importancia que sus padres le conceden a la actividad de estudio como medio para el desarrollo personal, lo que es visto como sinónimo de una posible ascensión en la jerarquía social. Esta visualización de la educación institucionalizada habla de que prima una motivación extrínseca hacia la misma, basada en la búsqueda de cumplir las exigencias sociales.

Lo anterior está en relación con que todos(as) manifiesten intereses profesionales direccionados a insertarse en la enseñanza superior. Tal como dice la literatura no se debe hablar de la existencia de una motivación profesional estructurada como regularidad del desarrollo en la adolescencia, aun cuando, a excepción de una de los sujetos, son capaces de mencionar sus opciones académicas en función de sus intereses cognoscitivos.

El elemento cognitivo de estas elecciones aparece relacionado, mayormente, a opiniones externas a ellos(as), lo que hace que posean una información superficial de las profesiones. Solo dos de los adolescentes tienen un saber respecto a su futura carrera, lo que está en concordancia con que uno de ellos se encuentre cursando una carrera técnica profesional asociada a su elección (estudia enfermería y desea ser médico); y en el segundo caso, que la sujeto haya venido preparándose desde la niñez para esta profesión (estudia trombón, desea ingresar a la E.N.A.). En coherencia con lo anterior en la dimensión auto-valorativa de la elección profesional, se aprecia baja elaboración personal, ya que incluido los dos casos anteriores, la construyen a partir de características generales: la disciplina, la constancia y la dedicación.

Si bien poseen una estrategia en función de lograr sus objetivos, solo una de las adolescentes es capaz de convertir el acto en actividad, ya que el resto manifiesta que “(…) debe estudiar, salir muy bien en la escuela (…), a la par que da cuenta de que (…) estudio cuando hay pruebas, no me gusta estudiar todos los días”.

La totalidad de la muestra suele visualizar los obstáculos de sus elecciones, asociados a contingencias ajenas a ellos(as): “(…) no haya plazas suficientes, las pruebas de ingreso, el escalafón (…)”, por lo que sus estrategias ante estos suelen tener bajo nivel de elaboración.

Respecto a su desempeño a nivel educacional y a sus intereses profesionales, estos(as) adolescentes manifiestan que su filiación racial no ha sido una variable influyente ni en positivo ni en negativo (“…porque en la escuela porque sea blanca o negra no me van a dar la nota…).

Esto estaría actuando como un reflejo de los procesos sociales acontecidos en el país y de sus consecuencias positivas en el espacio de las relaciones raciales; de ahí que exista un sentido compartido, en el que se perciba el tema “raza” como algo solucionado y, por tanto, de lo que no hay que hablar.

Respecto a su relación con sus docentes identifican con gran facilidad cuáles serían las características que debería poseer un(a) maestro(a) buenos(as) y un(a) malo(a), no así cuando deben hablar sobre el término medio -lo que responde a un pensamiento dicotómico, propio de la etapa. Las expectativas respecto al ideal de maestro se orientan a que estos(as) posean una adecuada preparación académica, que incluye destrezas cognoscitivas y habilidades comunicativas, las cuales le permitan enseñar de forma satisfactoria. Para uno de ellos(as), sus docentes cumplen en su totalidad con este ideal, tres de los(as) restantes manifiestan que la mayoría de sus docentes cumplen con estas exigencias, y las otras dos sujetos, consideran que solo algunos(as).

En contrapartida en la familia, y especialmente en la interacción con la madre y el padre, se constó que la totalidad de la muestra está satisfecha con las funciones de estos(as) como agentes socializadores. Aunque al parecer en las relaciones parentales los(as) adolescentes pueden satisfacer necesidades de seguridad, de filiación, no todos los estilos educativos están permitiendo que las relaciones de comunicación se desarrollen de manera bidireccional.

Una mitad de la muestra identifica que en situaciones de discrepancia entre ellos(as) y sus progenitores(as) la solución es a partir del diálogo consensuado, mientras que la otra parte señala que —en igual situación— prima la opinión de los(as) adultos(as), realidad que si bien no les complace tienden a aceptarla, porque está en coherencia con su ideal de madre/padre.

Hasta este punto podríamos decir que tanto la familia como la escuela cumplen de forma efectiva su rol de agentes educativos, ya que todos(as) manifiestan saberse adolescentes, y haber tenido un conocimiento previo de la etapa, gracias a lo aprendido principalmente en estos espacios. Ahora cabe cuestionarnos: ¿Qué aprendizajes brindan ambas instituciones respecto a las relaciones raciales?

La muestra coincide en que en la escuela aprenden que todos somos iguales. Mientras que respecto al ámbito familiar de los seis sujetos estudiados dos pertenecen a familias homogéneas (blancos); dos, sus familias son parcialmente homogéneas: “(…) son negros, aunque hay algunos medios mulaticos (…)”, y los restantes son miembros de familias con una marcada heterogeneidad, las cuales mantienen relaciones interraciales armónicas a lo interno y externo.

Sin embargo, existe una doble polaridad en los aprendizajes familiares, que los/las adolescentes están reproduciendo en sus discurso, de manera acrítica. Si bien la familia, en coherencia con lo pautado socialmente, respeta y acepta a aquellos que no comparten su filiación racial, la relación con estos está mediada por estereotipos. Estos estereotipos, valoramos, están hablando del lugar que ocupan estos dos grupos en la jerarquía social, y ponen sobre el tapete la cuestión de: ¿somos iguales?, ¿qué ocurre en la relación con los coetáneos?

Según la literatura consultada, la relación con los coetáneos en esta etapa también se torna diferente. Como antes dijimos, estas personas adolescentes son más intencionales en sus acciones, pero también están en la búsqueda de una posición en la sociedad, y aun cuando la relación adulto-adolescente pueda ser efectiva, esta no satisface del todo las necesidades de autonomía y autoafirmación propia de la etapa. Por lo que el grupo de pares, ya sean formales o informales, tiene una relevancia en el bienestar emocional del adolescente. El grupo será fuente de vivencias positivas o negativas, en función de si el adolescente logra o no ocupar en este el lugar que aspira (Domínguez, 2003).

Los sujetos de la muestra, a excepción de una, manifiestan ser parte de una grupalidad al menos. Para cuatro de ellos(as) estos grupos están insertos dentro del espacio escolar; uno de estos cuatro, además, señala ser miembro del grupo de su cuadra y otro de los dos adolescentes que restan, se ubica solo miembro del grupo del barrio. Como generalidad apreciamos que la membrecía a los grupos se sustenta en la existencia de vínculos de simpatía, que están en relación con que compartan actividades curriculares y de esparcimiento. Todos(as) perciben que en este espacio satisfacen necesidades de comunicación, de filiación, de autonomía, de seguridad. En general, los(as) adolescentes manifiestan un fuerte vínculo afectivo al referirse a las relaciones que establecen con sus amigos(as).

¿Cómo transcurre la problemática racial en este ámbito?

La membrecía de estas grupalidades es de carácter heterogéneo en cuanto a su filiación racial. Ante esta heterogeneidad la generalidad de la muestra asume una posición neutral, atribuyen que esto es una consecuencia de las características de la población cubana, y “(…) a que en el país todos tenemos las mismas oportunidades de ir a la escuela, de ir a un hospital y que te atiendan (…)”.

Los(as) adolescentes manifiestan que las relaciones interraciales en los grupos se desarrollan de manera armónica “(…) es que ningún tipo de problema que pueda existir tiene que ver con eso”. Estos sujetos no identifican que en sus grupos haya muestras de discriminación a causa de la raza, pues refieren que la raza no es una prerrogativa para las relaciones sociales. Al mismo tiempo, desde lo que comentan, dan cuenta de que la raza no es un tema del que conversen en el mismo. El grupo se reconoce como un espacio en el que los(as) adolescentes establecen una comunicación abierta que les permite separase de los criterios de los(as) adultos(as) y elaborar los propios.

Otra dimensión de relación con los coetáneos es la pareja. Domínguez (2003) manifiesta que la pareja constituye otro medio que tributa a la construcción de esta mismidad y, de manera específica, de la identidad sexual. Es una tendencia de la etapa que el/la adolescente explore su sexualidad en relación con la del “otro”. La pareja es la cristalización de nuestras expectativas en cuanto a atracción física y empatía emocional; poniéndose en juego aquí, el par “gustar-ser gustado”.

Se constató que, acorde a lo que manifiesta la literatura especializada, en la muestra de nuestro estudio, los ideales de pareja se orientan a la búsqueda de “la media naranja”, mientras en el plano real la mayoría prefiere, o suele mantener relaciones en las que el nivel de intimidad se resume al espacio sexual. De los(as) seis sujetos estudiados, solo dos manifiestan tener relaciones de pareja formales, del resto uno dice haber mantenido hasta hace poco tiempo una relación de este tipo, y los(as) demás dan cuenta de que las relaciones que sostienen son casuales (descarga).

Existe un sentido compartido entre ellos(as) respecto a que la pareja es un espacio en el que se satisfacen necesidades de diversión, pero que suele generar compromiso -esta última cuestión parecería tener una doble valencia, pues suelen visualizarlo como algo que se debe evitar, a la par que lo asocian con el punto más elevado que se debe alcanzar, en la relación de pareja.

Ante estos resultados hasta aquí descritos cabría preguntarse lo siguiente: ¿es la raza un tema que a los(as) adolescentes no les atrae? Veamos un par de ejemplos de las respuestas dadas ante la pregunta qué opinan tus amigos de ti (de raza negra en el primer caso y de raza blanca en el segundo):

(…) dan chucho por el pelo: que si me tengo que hacer el desriz, que si las bembas, pero como todo, el chucho y ya…; somos amigos (…), nunca hemos tenido problemas, a veces se pasan un poco y yo les digo, asere, ya deja la quemadera y ya paran (…).”

(…) que las rubias siempre son tontas y que siempre dicen lo mismo.”

Los ejemplos anteriores permiten traer a colación el cambio de escenario que sufrió la discriminación. En la década del 70 decrece la producción científica respecto a la raza como un problema, y desde el discurso de las principales figuras de la Revolución, se valida que el tema había sido solucionado, ya que el pueblo estaba siendo protagonista de la movilidad social ascendente de las mayorías, al garantizar el acceso a la educación, la salud y la seguridad social (Espina, M., 2008a, 2008b, 2008c, Zabala, 2008; Espina, R., 2009; Gómez, 2012; Espina, M., 2014).

Estos ejemplos de lo expresado por los adolescentes se refieren a que hay una aceptación del “otro” diferente, e incluso cierto nivel de inclusión, de ahí que se utiliza el chiste, el sarcasmo, que ellos denominan chucho para denotar que la diferencia está. Los ejemplos muestran dos modalidades del chucho. En el primer caso, busca hacer notar los rasgos fenotípicos desde su dimensión estética. Esto hablaría de cierta demanda social hacia modificar aquellos rasgos de la imagen corporal, que te alejan de los cánones de belleza. El segundo ejemplo da cuenta de cómo se puede establecer una correlación entre el fenotipo y las destrezas psicológicas para generar expectativas de las otras personas.

En cuanto al vínculo de pareja, una investigación realizada en 2012 por Elaine Morales hace alusión a que existe “(…) un predominio en la juventud cubana de la postura desprejuiciada, inclusiva, para la cual el color de la piel no se revela en tanto factor determinante para el establecimiento de relaciones interpersonales (…), mas los prejuicios suelen aparecer y acentuarse (…) en la medida en que las relaciones impliquen una mayor cercanía o intimidad (…)” (p. 80-91).

Del total de la muestra tres manifiestan que comparten con su pareja la filiación racial; dos han mantenido relaciones con personas mestizas y blancas, y la adolescente restante da cuenta de haber mantenido relaciones con personas de los tres grupos socialmente racializados. Apreciamos que la mitad de la muestra ha mantenido, y está en disposición de mantener relaciones con personas negras; estos son, el y la adolescente que se auto-categorizan como miembro de ese grupo racial y la adolescente mestiza. De los tres restantes, el adolescente de raza blanca solo ha tenido parejas de igual raza; el adolescente mestizo y la adolescente blanca han interactuado en este espacio, en ambos casos, con personas blancas y mestizas. Los pares de adolescentes de raza negra argumentan que su elección obedece a: “porque es el que me gusta y el que se fija en mí”. En el caso de los sujetos que no han mantenido relaciones con personas negras, solo el adolescente mestizo expresa: “porque a mí no me gustan las negras”. ¿Estaríamos hablando de una tendencia a la homogeneidad en las relaciones de pareja, solamente?

En el siglo XIX con la proscripción del matrimonio interracial, se desarrollan políticas de blanqueamiento que se reflejan en un “(…) deseo de adelanto social y cultural de los cubanos…. Muchas mujeres “no blancas” libres o esclavas, sostenían relaciones con hombres blancos para mejorar su situación económica y social y la de sus hijos –adelantando con ello, la raza.” (Nadine, 2012, p. 62). Esta “opción” de mejora para las personas de raza negra, especialmente las mujeres, parece que no ha desaparecido del imaginario social. En el test de completamiento de frases el adolescente de raza negra manifiesta: “Para las mujeres negras adelantar la raza es lo principal”. Según la adolescente de raza blanca, a “los niños desde pequeños los enseñan a ser ´machos, machos´ y a ´adelantar la raza´”. Estos planteamientos nos estarían remitiendo nuevamente al ordenamiento subjetivo de la raza a partir de una jerarquía, donde la raza blanca y la negra están en la cúspide y la superficie, respectivamente.

Consideraciones finales

Los resultados de nuestro estudio nos permitieron dar respuestas a algunas interrogantes, y a la vez generaron nuevos cuestionamientos, lo cuales abren la posibilidad para futuras investigaciones.

Considerando que son las necesidades de comunicación e independencia, así como de la búsqueda de una nueva posición en el espacio social, a partir de los cambios biológicos, las fuerzas dinamizadoras del comportamiento en esta etapa, y de que antes hablábamos de lo selectivo e intencionales que se tornan los procesos cognitivos, esto podría estar en la base de que el adolescente se cuestione lo dado y que los criterios morales comiencen a alejarse de lo pautado. Lo anterior aparece aparejado a la escasa consistencia en la toma de decisiones y expresión de criterios en la etapa; de ahí que en el espacio grupal se visualice la tendencia a que la moral se oriente por el deseo de estar en correspondencia con los “otros”, y que se cumplan las normas y reglas de forma acrítica, regularmente. Según L. Kohlberg (citado por Domínguez, 2003), esta característica corresponde al nivel de la moralidad convencional.

Hipotetizamos que esta tendencia subyace al posicionamiento de los adolescentes, respecto a las relaciones raciales. Desde sus discursos podemos apreciar dos polos en los que se evidencian los saberes y sentidos colectivos que respecto a las relaciones raciales se tejen en el imaginario de nuestra sociedad. Este posicionamiento ante las relaciones raciales les resulta funcional, ya que por una parte la reproducción del discurso de igualdad les exime de ser percibidos por la sociedad y por sí mismos(as) como racistas, mientras que, por otra, cuando utilizan estereotipos raciales suelen hacerlo desde un otro (la gente dice…). El chucho constituye una modalidad de juego, pero ¿será solo eso?

Así que, quedarían por indagar: ¿qué sentido psicológico tiene ser un adolescente negro(a), blanco(a), mestizo(a) en la Cuba de hoy?, ¿cómo influyen en este sentido un conjunto de factores socio-económicos y demográficos?, ¿qué otros métodos y técnicas de investigación nos podrán permitir profundizar en este estudio?, entre otras cuestiones.

Referencias bibliográficas

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