Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
  enero - julio 2016

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Jóvenes, prácticas de consumo e integración social. Apuntes desde la experiencia de un estudio en la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana  
MsC. Yeisa Sarduy Herrera

Resumen: Indagar en las realidades juveniles constituye un campo prolífico de investigación que demanda la interpelación de disímiles saberes para pensar a las juventudes como un constructo sociocultural. Bajo esta premisa, el artículo comparte aquellos elementos que un grupo de jóvenes universitarios identificó como expresión de desigualdad social en sus prácticas de consumo en el vestir, así como las principales ideas que denotan la influencia de estas en el proceso de integración social del grupo en el ámbito estudiantil.

Palabras clave: jóvenes universitarios, integración social, desigualdad social, construcción sociocultural de la juventud, prácticas de consumo.

Young, practical of consumption and social integration. Sharing notes from the experience of a study in the faculty of Economy of the University of Havana.

Abstract: Investigate the realities youth is a prolific research field that demands knowledge interpellation dissimilar to think youths as a sociocultural construct. Under this premise, the article shares those elements that a group of university students identified as an expression of social inequality in their consumption practices in dress, and the main ideas that show the influence of these in the process of social integration of the group student level.

Key-words: university students, social inequality, social integration, sociocultural construction of fashion, consumption practices.

A modo de preámbulo

Indagar en la(s) realidad(es) juvenil(es) en los tiempos actuales constituye un campo prolífico de investigación que demanda la interpelación de disímiles saberes para pensar a la juventud como un constructo sociocultural, y, a su vez, comprender a los jóvenes(1) en la configuración de prácticas culturales propias y distintivas. La etiqueta de “lo juvenil”, y el universo cultural juvenil, aparecen como dimensiones de análisis en la vida social, no solo por la diversidad de sus expresiones sino por los múltiples procesos de significación que se articulan alrededor de sus prácticas.

En tal sentido, la juventud no es una esencia ni una condición estructurada por su situación etaria sino «una posición desde y a través de la cual se experimenta el cambio cultural y social » (Urteaga, 2011: 9). Dicha noción remite a la heterogeneidad que signa a este grupo poblacional y cuya visibilidad (mediante comportamientos, gustos, intereses, ideologías y prácticas) lo situa como actor social que produce culturas distintivas a nivel inter e intrageneracional. Precisamente, procesos de vital importancia como el consumo cultural en esta etapa de la vida dan cuenta de las variadas expresiones juveniles que se (re)configuran en los espacios sociales. Ellas adquieren gran connotación para comprender y/o interpretar hechos que se suceden de manera continua en nuestras sociedades.

El contexto cubano actual no queda exento de tales acontecimientos, y es a través de la cuestión estética que se ha hecho marcadamente visible la diversidad juvenil, ya que denota las diferentes redes de relaciones sociales que se establecen alrededor del elemento estético (la vestimenta como su máxima expresión) y cuyas lecturas, desde la arista sociológica, nos acerca a procesos como la desigualdad social, la configuración de subjetividades y la conformación/ expresión de identidades, notables en diversos espacios públicos, formales o no.

Dicha situación responde al fenómeno de las culturas juveniles -a mi juicio, llave de entrada a la heterogeneidad cultural de los jóvenes y, sobre todo, a su agencia cultural en la construcción y consolidación de espacios en interacción constante con los ámbitos hegemónicos parentales y, principalmente, generacionales. De esta manera, el amplio espectro que conforma la diversidad juvenil acoge a estudiantes, adolescentes, grupos informales, jóvenes rurales; en fin, a las juventudes cubanas en su conjunto.

Así, los jóvenes universitarios también encuentran un lugar para exteriorizar sus prácticas, costumbres, ideas y preocupaciones latentes en el espacio estudiantil, al tiempo que (re)construyen nuevas realidades con matices y códigos propios que utilizan para articular las fronteras de sus diferencias con la cultura adultocéntrica, pero esencialmente, entre ellos mismos. Sobresale pues, la significación y usos sociales que les otorgan a las nuevas tecnologías, los grafitis y al elemento estético (como parte del consumo cultural) para hacerse reconocer desde la alteridad.

De tal manera, la cuestión estética en este segmento de la población joven cobra especial connotación en el contexto de estudio (Universidad de La Habana) al apreciarse una gran variedad de estilos y disímiles preferencias en el entramado de relaciones que entablan alrededor de los modos de vestir asumidos. Se tornó pertinente, entonces, ahondar en esta temática a lo interno del contexto citado, pues si bien en Cuba el modelo de sociedad que se construye es incluyente e integrador, y el acceso a la Educación Superior es derecho y privilegio para la juventud, al interior de ese escenario se establecen sistemas de relaciones con matices, lógicas y dinámicas propias construidas por los estudiantes que muestran particularidades en el proceso de integración social en ese ámbito que bien merece la pena ser comprendido más allá del discurso oficial.

El interés de este artículo por leer y presentar la red de relaciones sociales latentes en el contexto de la Universidad de La Habana se concreta en una reflexión en torno a un grupo de estudiantes pertenecientes al escenario que constituye la Facultad de Economía dentro de esa importante Casa de altos estudios, como protagonistas para el análisis de la heterogeneidad social que tiene lugar, expresada desde la variante del consumo de sus prácticas de vestir. Es propósito del texto compartir aquellos elementos que el grupo de jóvenes que conformó la muestra identificó como expresión de desigualdad social en sus prácticas de consumo en el vestir, y comentar las principales ideas que denotan la influencia de estas prácticas en el proceso de integración social en el ámbito universitario.

El recorrido del texto consta de tres momentos: primeramente, se expone de manera sucinta una caracterización de la muestra de estudio, luego se presenta un apartado donde se refieren las principales nociones teóricas que articulan los ejes juventud-consumo- desigualdad social, así como las premisas en torno al proceso de integración social (análisis que trasciende la mirada macrosocial con que siempre se ha asumido, para posicionarnos en un nivel micro que articula dimensiones más próximas a la realidad cotidiana). Posteriormente, se comparten los resultados centrales correspondientes a los propósitos planteados y que destacan lo esencial del estudio: el (re)conocer, articular y respetar lo diverso dentro de lo social, y lo singular dentro de lo diverso, partiendo de las particularidades emergidas desde las propias voces juveniles; y finalmente, las ideas conclusivas.

¿Quiénes conformaron la muestra?

Un grupo de 30 estudiantes (integrado equitativamente por ambos sexos) pertenecientes al segundo año de la carrera de Economía, comprendidos entre los 19-22 años de edad, procedentes de las provincias La Habana, Artemisa y Mayabeque. Así, el grupo quedó conformado por 26 capitalinos y 4 becados (uno del sexo masculino y tres del femenino). Al interior del primer grupo se contó con residentes de los municipios: Plaza de la Revolución, Centro Habana, Regla, San Miguel del Padrón, Marianao, Arroyo Naranjo, Playa, Habana del Este, Cotorro y Diez de Octubre. Si bien la intencionalidad de constituir un grupo heterogéneo estuvo siempre presente, es de acotar que su conformación predominantemente de estudiantes capitalinos respondió al rasgo de esta facultad de contar con una matrícula mayoritaria de residentes en la capital. Los estudiantes becados provienen de las provincias: Isla de la Juventud, Artemisa y Mayabeque.(2)

A nivel metodológico, se sigue una postura fenomenológica, lo que se corresponde con la utilización del enfoque cualitativo en virtud de propiciar el acercamiento a los criterios de la muestra.

Juventud(es), consumo cultural y desigualdad social: algunas precisiones teóricas

Sin lugar a dudas, una definición conceptual de juventud resulta controvertida dado los diferentes enfoques de análisis existentes sobre este campo de estudio (Reguillo, 2003; Pérez Islas, 2006; Vommaro, 2010; Domínguez, Castilla y Rego, (2014). Si bien no se resta peso a los procesos de orden biológico y psicológico que tienen lugar en esta etapa de la vida, se ha asumido el referente sociocultural como posicionamiento central para la comprensión de la misma. Una revisión a los supuestos del sociólogo chileno Jorge Baeza Correa (2003) muestra un interesante análisis acerca de la conceptualización de la juventud como cultura. Para el autor, la misma se asocia a los modos de pensar, sentir y actuar que atraviesan las actividades de las personas jóvenes distinguiéndolos entre ellos, así como de otras generaciones, lo que nos permite hablar de culturas juveniles.

De tal manera, el constructo culturas juveniles se nos presenta como adujera la reconocida investigadora mexicana Rossana Reguillo: « como una realidad caracterizada por sus sentidos múltiples y móviles, que incorporan, desechan, mezclan e inventan símbolos y emblemas en continuo movimiento […]» (2003). Así, la denominación comprende la amplia diversidad que el rotulo acepta: estudiantes, bandas, punks, rivers, desempleados, pero todos hijos de la modernidad (Reguillo, 2003).

Necesidades, intereses, creencias, valores y prácticas culturales pueden ser abordadas desde esta postura teórica. Un fiel ejemplo lo constituye, sin dudas, el fenómeno del consumo cultural, muy incorporado a la cotidianidad juvenil y que resalta las diferentes maneras en que las juventudes demuestran su manera de ser joven. El consumo cultural, y la variante aquí presentada: prácticas de consumo en el vestir, se convierte, en gran medida, en un criterio que refleja cómo somos, cómo queremos ser, a qué tenemos acceso y a qué no, a decir de Néstor Gracia Canclini. Se trata de comprender, a partir de la arista donde nos posicionamos, las configuraciones simbólicas que encierra para los jóvenes vestir de una u otra forma, a través de las decodificaciones que realizan en torno al vestuario desde las múltiples lecturas. Ello demuestra: « […] que en el consumo se construye parte de la racionalidad integrativa y comunicativa […]» (Canclini, 1992:3), lo que determina y tributa a la construcción de las relaciones sociales, de las identidades, y es, a la vez, un medio de distinción, estratificación y desigualdad social.

El proceso de desigualdad se interrelación con el proceso del consumo cultural, en tanto mecanismo de expresión de la posición que los individuos ocupan en la escala social. Se puede asumir, entonces, la definición planteada por la prestigiosa socióloga cubana Mayra Espina y otros colegas del ámbito académico cubano, de que supone: « […] una jerarquía, pues define la magnitud en que grupos disímiles están divididos estratificadamente, de manera tal que unos están en una posición más ventajosa que otros en cuanto al acceso y al poder, así como a los bienes materiales y espirituales. […]». (Espina et al, 2003, citado por Rivero Baxter, 2002: 206).

Para la temática que nos ocupa, la desigualdad en la sociedad cubana se hace marcadamente visible en la década del 90, donde el modo de vida estructurado sobre una redistribución equitativa de la riqueza social y la atenuación de las diversidades sociales, fundamentalmente la de clases, se vio lacerado; cuestión que, vinculada al consumo cultural y, específicamente, al consumo en el vestir en la población joven cubana, denota en palabras de la psicóloga Maricela Perera: « [u]n proceso que cobra sentido en relación con las desproporciones en las oportunidades de acceso al consumo » (1998: 24).

Gana connotación en este terreno la postura de Pierre Bourdieu, de comprender al consumo como un conjunto de prácticas culturales que sirve para establecer distinciones sociales y no simplemente para expresar las diferencias, puesto que es el espacio donde se construyen esas diferencias. Lo cual significa que reconoce, en el acto de consumir, un proceso que comporta símbolos, ideas, signos, valores; y es que ellas -las prácticas de consumo- son el producto tanto de los condicionamientos de clase como del habitus(3).

Refleja, así, el vital significado que adquiere la categoría distinción social. Para el autor, el consumidor que distingue, también se distingue, y no deja de ser excluido o incluido según sus propias distinciones. Por tanto, el consumo se convierte en el modo en que los sujetos o grupos de individuos se apropian de ciertos elementos materiales que les posibilita distinguirse del resto de las personas en el espacio social, lo que convierte a las prácticas de consumo en prácticas distintivas de la posición que se ocupa o quiere ocuparse en la red de relaciones sociales que se establecen.

Un ejemplo de ello, lo constituye el consumo de ropa o consumo en el vestir, proceso que, en los jóvenes, alcanza un sentido relevante -tanto en sus relaciones interpersonales con sus coetáneos, como en aquellas que entablan con los adultos. En la medida que en el proceso de consumo ellos se apropian del valor simbólico de la indumentaria, este objeto se constituye en elemento de código que les permite la conformación y diferenciación de su identidad.

De esa manera, el consumo en el vestir, cuya expresión se visualiza en el fenómeno de la moda, « […] no sólo sirve para su función más evidente: la ropa para abrigar o cubrir; sino que hay que considerar también, y en muchos casos fundamentalmente, la función signo de ese consumo (…). Los jóvenes que orientan sus consumos en función de las modas, buscan pertenencia, reconocimiento, legitimidad. Para ello deberán adecuar su indumentaria, su vocabulario, preferencia musical y su lenguaje corporal a las exigencias del medio al que aspiran a incluirse […]» -afirman los sociólogos contemporáneos Mario Margulis y Marcelo Urresti (2005: 4).

Se percibe, entonces, una significación y usos sociales del proceso de consumo, apelando a la significación de lo que se consume y al papel de los consumos, principalmente el que se aborda, para identificar, distinguir, conferir prestigio y ubicar al portador de la vestimenta (en este caso los jóvenes) en determinada posición social.

En este sentido, y de manera articulada, cabe parafrasear a Avello y Muñoz (2002) cuando afirman que «la palabra, ha sido desplazada por otras configuraciones, asociadas, entre otras cosas, a las físicas y de vestuario, y a través de éstas los jóvenes y las jóvenes construyen discursos en los que el cuerpo y su revestimiento remplazan la comunicación verbal, y en donde -como lo expresa Maffesoli (1996)- la estética pasa a tener un valor fundamental» (2002:34). De tal forma, la imagen o apariencia personal se vincula al consumo, donde el matiz simbólico del vestir en los jóvenes resulta estar en estrecha dependencia con los imaginarios del sí mismo que buscan proyectar en sus relaciones interpersonales y grupales.

Integración social: algunas pistas para su comprensión

La perspectiva de integración social que se propone trasciende la mirada macrosocial con que -mayoritariamente- tiende a ser concebido el proceso desde la arista de las ciencias sociales. Si bien se reconoce la centralidad de esta visión para entender la complejidad socio-estructural de las sociedades contemporáneas, en estas líneas se realza la vertiente micro-social como objeto o espacio de investigación.

Lo anterior responde al sentido que aquí interesa, en tanto se ahonda en otras vías de integración que se corresponden más con las esferas de la vida cotidiana; por ejemplo: relación de pares, familia, pareja, domicilio, etcétera (Bidart, 2002; Galland, 1991), resultante de la concepción en que se ha venido entendiendo la integración o inclusión: «grado en que el individuo al compartir con otros determinadas normas, valores y creencias, experimenta un sentimiento de pertenencia al grupo» (Giner et al, 1998: 386).

Pudiera parecer antagónico articular el proceso de desigualdad e integración social, si se tiene en cuenta que ambos tienden a reflejar una contraposición entre sí. No obstante, un posicionamiento analítico del proceso de integración permite dilucidar rasgos o elementos de desigualdad que tienen lugar en determinados grupos- como el de los universitarios objetos de atención- si asumimos el criterio de la investigadora española Ana María Manzanares, quien apunta que este fenómeno, en cualquier ámbito (escolar, laboral, familiar y a escala societal), sólo puede darse a partir del establecimiento de un lazo de identificación con otros en términos de igualdad, ya que si no partimos de esa base no parece haber ningún tipo de inclusión posible. En coincidencia con ella, en torno al eje identitario, para Joan Subirats (2004) a través de la articulación de los siguientes elementos: 1) presencia y tipo de participación en la producción, en la creación de valor y en el consumo; 2) acceso a los derechos sociales y de ciudadanía: reconocimiento y atención de la diferencia; 3) vínculo y participación en redes sociales de reciprocidad; se define también un mayor o menor grado de inclusión social en un individuo, grupo social, e incluso un territorio (Tomado de: Subirats et al, 2004: 3)

Por ello, es meritorio, en un acercamiento al enfoque al que responde el texto, mencionar que la inclusión e integración social pasan por la conexión y solidez de las redes de reciprocidad social (ya sean éstas de carácter afectivo, familiar, vecinal, comunitario o de otro tipo), las que en sí mismas forman dinámicas de inclusión o exclusión social. La falta de conexión con estas redes no sólo define la presencia de estos procesos, sino que también las características específicas y los sistemas de valores y sentidos que éstas tengan, serán extremadamente relevantes. En esta idea, tanto la Psicología Social como la Sociología coinciden al entender que « (…) los comportamientos se construyen en la interacción con los demás y, por lo tanto, que están fuertemente influenciados por las redes de relaciones directas en las que se mueven las personas», según criterios de Grossetti, Lemieux y Ouimet, y Salvador Giner (2002, 2004 y 1998, respectivamente).

En esta dirección, se aprecia el vínculo con los grupos sociales que los individuos desarrollan en el marco de las relaciones grupales y que tienen su propia estructura, dinámica y proceso. Con ello, la integración social pretende verse aquí desde un nivel grupal (micro-social) donde al presentarse como una vivencia cotidiana permite una adecuada comprensión de los procesos integrativos- incluyentes o de desintegración, más aún cuando se trata de grupos sociales como los juveniles, en los que éstos se dan de forma particularmente activa.

Así, este nivel de análisis no se presenta como mero capricho para aproximarse a la integración, pues la realidad social de los jóvenes encuentra un sentido importante de expresión en la red de relaciones sociales que entablan entre ellos y que son de especial connotación para el desarrollo social.

En Cuba, el modelo de sociedad que se construye desde el proyecto de la Revolución es incluyente o integrador, encaminado al logro de la igualdad y la justicia social como presupuestos de partida de la política del Estado y para lo cual se han diseñado e implementado las políticas sociales -« […] política social entendida como el conjunto de objetivos de desarrollo social, considerada como el proceso de transformación de la sociedad en tres planos: transformaciones materiales y espirituales de las condiciones de vida de la población, transformaciones de la estructura social y de la equidad, transformaciones de la conciencia, las formas de la actividad vital y las relaciones sociales» (Ferriol, 2003: 74).

En este aspecto, los jóvenes se encuentran incluidos, insertados o integrados socialmente, razón por la cual ahondar al interior de la integración en el espacio universitario -en tanto derecho y privilegio para ello- es comprender, más allá del discurso oficial, las relaciones que establecen como jóvenes en este ámbito, matizadas por sus gustos, códigos propios, visiones y/o pretensiones. A decir de la investigadora cubana María I. Domínguez:

« […] el sentido que los jóvenes atribuyen a sus acciones y a su entorno, las representaciones que tienen de ellos, remarca la complejidad de las relaciones sociales en esa etapa de la vida (…). Es importante conocer los procesos de socialidad que los/as jóvenes construyen por sí mismos y con sus pares en los intersticios de los espacios institucionales de la sociedad» (2008: 89).

De tal forma, en un contexto como el universitario, tener en cuenta la experiencia emocional, cognitiva, las expectativas y perspectivas asociadas a determinadas prácticas expresivas, es percibir el proceso de integración que subyace como grupo social con características propias. En palabras de Martín Hopenhay: « (…) la propia juventud está redefiniendo lo que se entiende por inclusión social. Para muchos jóvenes esta radica en participar en redes donde la expresividad y la estética constituyen los campos de reconocimiento recíproco, hacer parte de asociaciones de pares generacionales para los más diversos fines. Menos estable y más diversificada, la inclusión recrea entre jóvenes sus alfabetos. » (2011: 2).

¿Desigualdades en las prácticas de consumo o prácticas desiguales?

Cuando se alude a las prácticas de consumo en el vestir del grupo seleccionado se hace referencia, en primer lugar, a la manera de vestir que gustan asumir para asistir a la facultad; en segundo lugar, la dimensión concerniente al uso o no de ropa de marcas; los patrones de referencias utilizados y, por último, mas no menos importante, las vías de acceso a las indumentarias.

Durante la identificación de las prácticas de consumo por parte del grupo emergieron en sus discursos diversos elementos que expresan rasgos de desigualdades sociales, confiriéndole al eje del consumo una arista para ilustrar o esbozar matices de la realidad cubana actual. Cabe señalar como elementos sobresalientes en sus discursos y que catalizan tal diferenciación:

  1. La tenencia del capital económico y la procedencia social como factores interrelacionados.
  2. El gusto por determinadas prendas de vestir “a la moda”, el uso de letreros extranjeros y marcas reconocidas socialmente.
  3. El lugar de residencia, lo cual apunta a la desigualdad territorial.
  4. Los lugares donde efectúan sus compras.

Cada uno de estos elementos encierra consigo un sentido diferenciador que los estudiantes reconocen matizan el tejido de relaciones sociales que establecen. Tal situación, expresa y configura procesos de exclusión entre ellos que inciden en la conformación de sus identidades juveniles y llaman la atención de los docentes en el contexto educativo.

El primer elemento referido alude a la desigualdad económica que todos reconocieron. Resultado de un fenómeno complejo que vive actualmente la sociedad cubana debido a la circulación de dos monedas propias. El CUP (conocido popularmente como peso cubano convertible) y el CUC (denominado comúnmente divisa) reviste la preocupación latente en el segmento juvenil que marca distancias, comportamientos y actitudes en la red de relaciones que los estudiantes entablan. A tal idea, se llegó luego de un minucioso análisis, no sólo del discurso de la muestra, sino también de la forma en que plantearon sus criterios, pues si bien se manifestó un apego al discurso “correcto o socialmente esperado” en torno a valorar a las personas no sólo por su situación material, sus expresiones extraverbales en el momento de ofrecer sus opiniones no se correspondían con los criterios emitidos.

De interés resultó, además, la noción esgrimida en el discurso de articular la procedencia social con el capital económico. Tal planteamiento no fue de manera consensuada, puesto que solo tres estudiantes (de ambos sexos) apuntaron a ella. Los argumentos estuvieron signados por una crítica y giraban alrededor de plantear que los estudiantes cuyos padres ejercían el trabajo por cuenta propia son los que podían considerarse como fervientes seguidores y exponentes de la moda debido a que la fuente de ingresos es mucho más favorable respecto a otras profesiones u ocupaciones que, en términos de remuneración, “son menos privilegiadas”, como por ejemplo: los médicos, los obreros, etcétera, según refirió en la entrevista un estudiante. Se percibió, entonces, cierta insatisfacción hacia esta nueva fuente de empleo, no por la dinámica que ella encierra, sino por la no correspondencia existente entre profesión u ocupación, preparación calificada y salario retribuido en el sector estatal, lo cual hace que las personas migren hacia esa forma de empleo. Así lo demuestra el siguiente comentario:

“[…] con todo esto del cuentapropismo(4) la gente lo que está es agudizando más esa brecha económica que hay, porque aquí el que tenga un negocio, yo mismo, si quiero abrir una cafetería, los hijos, los muchachos, son hijos de capitalistas, ¿en qué sentido?, en el poder adquisitivo (…) porque el poder adquisitivo de esa persona es mayor que el de un obrero normal, que un médico, cosa que no tendría que ser así.” (Masculino, 21 años).

Otro punto que figuró como desigualdad al interior de las prácticas fue el gusto por las prendas de vestir que “estén a la moda”. Así, atavíos que exhiben letreros extranjeros y marcas reconocidas fueron los más aludidos por estudiantes de ambos sexos. Respecto a las ropas de marca, los comentarios -si bien fueron escuetos y poco elaborados- enfatizaron en que esas prendas denotan mayor calidad, elegancia y lujo. Esto puede entenderse como un elemento que destaca el sentido y/o significado de superioridad, status y posición económica que para este grupo de jóvenes representa mostrar una ropa de marca en el espacio estudiantil. Al mismo tiempo, le confieren “legitimidad” a las marcas extranjeras al sustentar el reconocimiento y la publicidad que adquieren en el mercado y que son transmitidos por los patrones de referencia mencionados en páginas anteriores. Como vemos, la lógica y dinámica del mercado están de manera implícita en los argumentos, al tiempo que se aprecia una de las aristas de la diversificación socioeconómica, « […] que colocan la subjetividad y el espacio simbólico como elementos de expresión y configuración de la desigualdad » (Zabala y Morales, 2002: 78).

El lugar de residencia también evidencia una desigualdad en la configuración de las prácticas de consumo en el vestir. Reconocieron que puede hablarse de municipios donde el nivel de vida es mayor respecto a aquellos que denominan “periféricos”. En este sentido, los jóvenes pertenecientes a esos suelen ser reconocidos por su forma de vestir, en correspondencia con el acceso que tienen a los patrones de referencia y fundamentalmente, por las posibilidades económicas favorables que les permiten comprar atuendos de difícil acceso. Esta diferencia fue marcada, básicamente, por estudiantes de municipios menos favorables como: San Miguel del Padrón, Centro Habana y Arroyo Naranjo, quienes afirmaron que su poder adquisitivo no siempre es alto. Empero, algunos estudiantes de los municipios de Playa y Plaza de la Revolución también remarcaron la misma idea.

“Creo que la pertenencia a estos grupos tiene que ver con el lugar de residencia. Por ejemplo: yo vivo en San Miguel. En San Miguel, casi todo el mundo es repa (…). Los de Playa, Plaza son muchachitos casi siempre diferentes. Nosotros le decimos bitonguitos, porque son de familias, no sé, diferentes, de otros recursos económicos; no sé, yo creo que es por eso.” (Femenino, 20 años)

“[…] sí asocio la pertenencia a estos grupos según el lugar de residencia de sus integrantes. O sea, los barrios donde la gente convive más, que tienen menos posibilidades económicas como la Lisa, Centro Habana y los más periféricos. […]” (Masculino, 21 años. Miramar, Playa).

Estudiantes residentes en la provincia La Habana, capital del país, señalaron las diferencias palpables con relación a la manera de vestir entre ellos y los becados(5). En sus discursos alegaron a que esta situación responde al reconocimiento de la capital como referente sustancial en lo que respecta a la cuestión de la moda debido al desarrollo económico y sociocultural característicos de la urbe. Puede corroborarse, entonces, la idea de zonas territoriales « […] donde contrastan la luminosidad y la oscuridad resaltando la heterogeneización territorial cubana» (Espina, 2010: 184). Pese a lo anterior, hubo consenso en plantear de que, en ocasiones, estudiantes provenientes de otras provincias visten mejor que los capitalinos, dado que cuentan con un poder adquisitivo que se lo permite.

La existencia de la dualidad monetaria marca desigualdad, no solo de lo que se consume sino también de dónde se consume. Tal situación trae aparejados efectos perniciosos en la vida social y de los cuales la población joven no escapa. El lugar de compras responde, esencialmente, al acceso económico que poseen, pero también refleja toda una gama de significados que crean alrededor de este espacio que incide en el acto de comprar o no en lugares determinados. Para los entrevistados, el acto de comprar al sector cuentapropista demuestra una buena solvencia económica, a la vez, que les permite obtener prendas de vestir que se corresponden con aquellos que usan sus pares, ganando en reconocimiento y aceptación social por parte del grupo de amigos de la facultad. Sin embargo, comprar en las tiendas de ropa reciclada apunta a una situación inferior en términos económicos, lo cual hizo que fuera señalada en último lugar.

Como se advierte, estas prácticas son medio y expresión de las desigualdades imperantes que este grupo de estudiantes (y jóvenes en general) reconocen y tienden a reproducir en sus relaciones interpersonales, lo que trae consigo la emergencia de rótulos o categorías existentes en el contexto de la Facultad de Economía que influye y conforma el proceso de integración a ella.

Integración social en el contexto universitario: una proximidad a su dinámica desde las prácticas de consumo

La importancia epistemológica que posee colocar el objeto de análisis en diálogo con la situación cubana trasciende el mero resultado empírico obtenido para ofrecer miradas a una realidad específica que se articula con acontecimientos socio-económicos y políticos que se suceden en los momentos actuales.(6)

Indagar en el proceso de integración social de los jóvenes de la muestra, en el espacio mencionado, hizo necesario aproximarse a la identificación o no de grupos juveniles urbanos por parte de este grupo de estudiantes, en tanto reflejo de la diversidad de manifestaciones y adscripciones identitarias (Pañellas, 2011) visibles en la sociedad cubana. De esta manera, sobresalieron las categorías de: los mikis, los repas o pro- reguetoneros (como también les denominan), el grupo de la farándula, los rockeros y, en último lugar, los llamados pijos.

La primera denominación emergió de forma natural, pues a lo interno del grupo, estudiantes de ambos sexos señalaron que uno de los elementos distintivos de la facultad donde estudian es, precisamente, la presencia de este grupo. En los argumentos manifiestos, se apreció un (auto) reconocimiento de identificar a los educandos de la especialidad bajo este rótulo, cuestión asumida con orgullo y conformidad. En el caso del grupo los pro-reguetoneros, es de acotar que primó una noción estigmatizadora -sustentada en una fuerte crítica hacia el gusto musical, estético, la forma de expresarse y de conducirse socialmente asumida por sus integrantes.

La constante alusión al grupo de la farándula(7) como asociación donde prima el elemento económico como mediador que evidencia las diferencias o desigualdades sociales, se comportó como indicador que refleja las vivencias sentidas a nivel macro-social que influyen en este contexto estudiantil, e incluso, a nivel individual. En esta lógica mereció especial atención la construcción social realizada en torno al grupo, la cual marca sentido de comparación, querer y “deber ser” demostrado por el grupo entrevistado.

No obstante, hubo reconocimiento de la centralidad que adquieren las relaciones interpersonales en el ámbito universitario. Si bien determinaron la existencia de variadas grupalidades, hubo consenso de catalogar las relaciones personales de buenas, pues como facultad se identifican como un “nosotros” que tiene implícito un sentido de superioridad que defienden fervientemente con respecto a otras carreras o facultades. Ser reconocidos por el resto de los universitarios como la facultad miki les otorga cierta posición de superioridad y hasta de jerarquía a nivel universitario que gustan de ostentar. Ello está condicionado, y responde al mismo tiempo, a los comportamientos y valoraciones que el estudiantado de la Facultad de Economía, de manera general, demuestra y gusta de manifestar, reproduciendo el sentido de distinción, diferenciación o desigualdad aludido anteriormente.

Palabras finales

Los comportamientos, prácticas y valoraciones asumidas por el grupo de jóvenes como parte del proceso de consumo en lo que respecta a la esfera del vestir, reafirman las nociones teóricas identificadas por García Canclini (1995) y Martín Barbero (2002). La influencia de las prácticas de consumo en el vestir en el proceso de integración social se identificó como fundamental, en tanto contribuye a signar determinado estatus o no según la forma de vestir que los estudiantes exhiben.

El escenario de la facultad no solo es un ámbito para proyectar la imagen, sino que configura y/o (re)significa la imagen que brindan a “los otros”, tanto a su interior como a nivel de Universidad, resultado de la construcción social que se ha realizado en torno a la Facultad de Economía no solo por los estudiantes de otras carreras y/o especialidades sino también por los propios alumnos de la carrera que (re)construyen una imagen basada, en ocasiones, en “el aparentar” una situación económica elevada para reafirmar su sentido de pertenencia, distinción y reconocimiento que contrasta con el resto de los universitarios. Precisamente, la temática abordada reafirma la centralidad del fenómeno del consumo y las prácticas que este implica en el proceso de conformación y expresión de las identidades juveniles, al tiempo que visualiza la importancia que tiene desde el ámbito de las ciencias sociales escuchar a los otros, en este caso a los jóvenes como muestra de los disímiles lugares de enunciación, discursos que se configuran, maneras de sentir y hacer que están latentes en la realidad cubana actual.

Referencias bibliográficas

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Notas

1 El uso del masculino genérico alude a ambos sexos y no tiene una intención discriminatoria por parte de la autora.

2 El segundo año de la carrera de Economía cuenta con una matrícula de 132 estudiantes. De esta, solamente hay 16 becados pertenecientes a las provincias de Artemisa, Mayabeque, así como al municipio especial de Isla de la Juventud. Se incluyen en ellos 2 extranjeros y todos viven en la Residencia Estudiantil 12 y Malecón.

3 El habitus se define como un sistema de disposiciones durables y transferibles- estructuras estructuradas y predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes- que integran todas las experiencias pasadas y funciona en cada momento como matriz estructurante de las percepciones, las apreciaciones y las acciones de los agentes cara a una coyuntura o acontecimiento y que él contribuye a producir. (Bourdieu, P. Esquisse d’une theorie de la pratique, précédé de trois études d’ethnologie kabyle, Droz, Ginebre, 1972.p. 17). Es decir, se entiende como el conjunto de los esquemas de percepción, de apreciación y de acción inculcados por el medio social en un momento y en un lugar determinado, que tiene como mediador entre él y el mundo social a la práctica. Es reflejo de las divisiones objetivas en la estructura de clases, grupos por edad, género, raza, etc.; y es a la vez estructura estructuradora y estructura estructurada, en la dialéctica del proceso de internalización de la externalidad y externalización de la internalidad. (Espina, 2010: 144).

4 El término alude a una de las apuestas más notables de la actualización del modelo económico cubano. No puede considerarse un grupo social homogéneo ni estable; sino en conformación caracterizados por los factores coyunturales –y no pocas veces ambiguos- de las transformaciones actuales. (Véase: Torres Santana, Aylin y Ortega, Diosnara. Actores económicos y ¿sujetos de política? La reforma cubana y los trabajadores autónomos. En: Observatorio Social de América Latina. Miradas desde Cuba. CLACSO. Año XIV # 36/ publicación semestral/ diciembre 2014. p. 66; Pañella, Daybell. Impactos subjetivos de las reformas económicas: Grupos e identidades sociales en la estructura social cubana. En: Espina, Mayra y Dayma Echevarría (coords.) Cuba: los correlatos socioculturales del cambio económico. Ruth Casa Editorial, Ciencias Sociales, 2015.

5 Estudiantes pertenecientes a otras provincias que se encuentran realizando sus estudios en la Facultad de Economía.

6 Para profundizar en esta idea, véase: Espina, Mayra y Echavarría, Dayma (2015); Zabala, María del Carmen (2014); Everleny, Omar (2014).

7 Los entrevistados definieron al grupo de la farándula como aquel integrado por estudiantes de ambos sexos, becados o no. Consideran que son los dirigentes de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de la facultad, pertenecientes a los diferentes años de la carrera, que gustan de seguir fielmente la moda, visten bien y poseen un poder económico alto (elemento mediador que evidencia las desigualdades sociales en las relaciones interpersonales, lo cual les otorga estatus y reconocimiento social en el ámbito estudiantil.

 
 
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