Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
20  agosto - diciembre 2016

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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"La Habana de la Ilustración": una historia diferente Comentarios a "La Habana de la Ilustración", de Carlos Venegas, ICIC Juan Marinello, 2016 
Ana Vera Estrada

Quiero comenzar hablando de autores y de lectores. Organizar el material y estructurar las ideas hasta encontrar la mejor manera de comunicarse con los lectores es quizás el trabajo más angustioso para un escritor. Y los libros sobre el mundo cotidiano pueden ser particularmente desconcertantes, sobre todo para lectores no avisados, que pueden no entender, a primera vista, por qué al saltar de un siglo al siguiente los historiadores se empeñan en retomar los mismos asuntos. Pero quien así razone no tiene mucha experiencia en descubrir las sutilezas características de la labor de los historiadores de lo cotidiano, motivados por acceder al complicado y a veces no preparado universo imaginario de sus lectores.

Un libro como La Habana de la Ilustración puede ser una reconfortante lectura para cualquier lector que logre entender sus retos. En él se retoma el relato de la historia de La Habana de donde lo dejó Ciudad del nuevo mundo, el volumen multipremiado de Carlos Venegas, editado en 2012. En La Habana de la Ilustración se representa la historia de la capital cubana entre 1762 y 1790, en plena “centuria fundacional”, como le llaman al siglo XVIII, y se cuenta cómo se instala cómodamente la etapa sobre la maqueta trazada por la obra precedente, sin perder para nada la magia de lo nuevo.

Es preciso identificar continuidades entre la historia de los primeros siglos coloniales y la llamada época del despotismo ilustrado en asuntos tales como la visualidad del relato histórico, la explotación de fuentes documentales cubanas, el estilo desenfadado del excelente narrador, el elaborado empeño de insertar y dimensionar el mundo cotidiano habanero en el entorno continental, o el peso dominante de las fortificaciones en el panorama urbano…, y recalcar que se trata de una especie de historia “habitada”, muy diferente a la mayoría de los relatos a los que nos tiene acostumbrada la historiografía, en la cual se materializa la sociedad que ocupa esas calles y plazas coloridas, que vamos construyendo durante la lectura.

Quiero detenerme en los aspectos donde el historiador deja constancia escritural y gráfica del decursar del tiempo. Llama la atención la presencia de una organización social, como un escalón por encima de la pléyade de grupos descoyuntados, propios de la sociedad que se formaba por sumatoria de etnias y oficios durante los primeros siglos. Ahora se puede hablar de un nuevo etnónimo para designar al cubano pícaro y pregonero que ya se diferencia del “grave” sector español. Ya no observamos la estructuración de una sociedad heterogénea cuyos disímiles componentes pugnan por autoidentificarse; estamos en presencia de un verdadero cuerpo social constituido, que pugna también, pero no por quedarse, ni por empoderarse, pues ya está empoderado, sino por escalar las diversas posiciones que el control de los recursos le permiten, y que expresa sus diferencias a través de recursos como el traje, un componente cromático significativo, propio de una sociedad que poco a poco se “impone por la imagen”, como sabiamente sugiere el autor.

Otro aspecto del cambio histórico se refiere al ámbito de la defensa de la ciudad. Destaca en la obra el cambio de concepto para unas fortificaciones concebidas inicialmente como fortalezas inexpugnables destinadas a proteger una plaza fuerte, la cual, sin embargo, frustró todas las expectativas de resistencia cuando cayó en poder de las tropas inglesas en 1762; esas fortificaciones ahora miran hacia el interior del territorio, hacia el hinterland, en un esfuerzo por apropiarse de él y convertirlo en respaldo complementario para las grandes crisis que debería enfrentar La Habana del futuro, que militarizaba entonces todo lo posible a su población para reforzar, con fuerzas del país, los ejércitos peninsulares destinados a su defensa, en una maniobra propia de una verdadera “criollización”. Según el nuevo concepto de defensa, ya La Habana misma no era un fin en sí, sino un medio para garantizar la explotación de un territorio que había demostrado ser indispensable para el abastecimiento de las tropas de tránsito por ella, y para mantener la integridad de las fronteras del extenso imperio.

Exhaustivamente se analiza la función y el procedimiento de publicación y difusión de los bandos de gobierno. Estos evidenciaban no solo una estrategia de reconstrucción y saneamiento urbanos, sino también una política laica destinada a regular la formación de nuevos sectores productivos y comerciales, como un artesanado blanco europeo que luego servirá de modelo a procesos similares en el continente, cuando La Habana crecía y se ordenaba como gran capital destinada a remedar, en pleno espacio antillano, el ambiente europeo de la época. Para entonces, La Habana llegó a ser una de las ciudades más pobladas del continente, donde surgieron, entre otras obras, un Paseo del Prado contemporáneo de La Ramblas barcelonesas y antecesor del Paseo de la Reforma en México.

Resaltan en este momento el racionalismo de las construcciones y el cientificismo que guía toda la política de reorganización de una vida urbana (y rural), caracterizada por la excesiva militarización y el matiz cívico de los actos públicos frente al oscurantismo religioso de los años precedentes. La reconstrucción de un acontecimiento festivo como la parada militar del 12 de abril de 1773, que involucró a 2 500 soldados en el área de extramuros, para escenificar la toma del Castillo de Atarés, puede dar idea de la magnificencia de actos diseñados para entretener a los habaneros y demostrarles la invencibilidad de un ejército cada vez más copioso y cuyas actuaciones públicas dentro del programa recreativo buscaba, como sugiere el autor, “borrar de la memoria” el aún reciente fracaso ante las tropas inglesas.

La forma amena y sutil en que se intercala información económica sobre el costo de obras y gastos suntuarios, es otro de los logros de este libro. Saber que el banquete ofrecido al príncipe heredero Guillermo de Lancaster en su visita de 1783 tuvo un costo de 4 000 pesos, y compartir el boato de las fiestas organizadas en su honor pueden darnos una idea de la rapidez con que se reformuló la estrategia defensiva y utilitaria de la Isla, una vez recuperada de las fuerzas de ocupación, como una manera también de demostrar a quien “aún lo dudare”, que el Gobierno había aprendido la lección.

Una vez más Carlos Venegas nos entrega una historia “habitada” e interpretada, poblada de figuras reales en su propio escenario. Lo hace desde un conocimiento erudito de los más nimios detalles, sin perder de vista el contexto insular, continental y mundial en que las vidas de los actores se desenvuelven. Destaca en ella el papel de la incipiente y aún artesanal producción azucarera como fuente de recursos económicos para el propio desarrollo de la colonia. En el relato sobre lugares urbanos ya entonces desaparecidos, como el poético “Mentidero” o el primer teatro, se constata también el paso del tiempo. Ya La Habana no es un lugar cualquiera ni una escala obligada y tediosa para continuar el viaje al continente; es, por el contrario, un asentamiento reconocido, una ciudad próspera con historia propia en círculos superpuestos, suma de varias historias con ritmos y anchuras diferentes.

Es una historia también de la sentimentalidad, donde se describe, en sus rasgos personales, a ingenieros militares y funcionarios civiles y religiosos. Resaltan en ella, más que los notables de la época, personajes menos conocidos, como el arquitecto Pedro Medina, a quien tanto deben las construcciones fastuosas y el ambiente que se fue configurando en la ciudad; o el rumboso obispo Echevarría, que murió “de nostalgia” en 1788 tras haber sido sustituido de su puesto en La Habana. Con estos detalles de interpretación, el autor agrega una nota de humanidad y simpatía a personajes que se recuerdan principalmente por su participación en obras de gobierno.

La Habana de la Ilustración es una historia de la vida material y espiritual escrita con maestría, acerca de una época sobre la cual apenas se mencionan los tópicos habituales. Tenemos ante nosotros un libro donde sobre todo resalta lo que no aparece en otros, o los episodios menos conocidos. Para terminar, quiero decir que entre las cosas que más me han gustado de esta Habana de la Ilustración están la habilidad para identificar el detalle que da sustancia al conjunto, y las densas alusiones puntuales a fenómenos como el reformismo, por ejemplo, tan atendidos por los historiadores precedentes, de las cuales se vale el autor para evadir el camino trillado por la historia ideologizada de nuestros fundadores.

 
 
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