Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
21  enero - julio 2017

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
MATERIAS 
   
AUTOR  
Normas para la aceptación de originales  
Contáctenos  
Naipes y juegos de azar en la formación de la sociedad colonial cubana  
Laritza Simeón Armada

Playing Cards and Games of Chace in the Formation of the Cuban Colonial Society

 

Resumen: Los juegos de azar como forma de entretenimiento durante la etapa colonial contribuyeron a la formación de rasgos psicosociales presentes en la identidad del cubano. Caracterizar la dicotomía del naipe como objeto de recreo e instrumento económico; conocer rasgos del espectro lúdico cubano de los siglos XVIII y XIX constituyen los objetivos del presente artículo.

Abstract: The games of chanceas and entertaiment at the colonial times, contributed to shape the psychological and social feature observed in the identity of the Cuban people. Revealing the dicotomy of cards as recreation mens and at the same time as and economical instruments, also revealing the ludic spectrum of cuban in the XVIIIth and XIXth century constitute the objectives of the present article.

Palabras claves: Entretenimiento, naipes, juegos, sociedad colonial.

Key words: Entertaiment, cards, games, colonial society.

 

Introducción

Entretener el tiempo libre con actividades que propicien placer y relajación es costumbre cotidiana entre los hombres, quienes han convertido el juego en su expresión más recurrente en tanto puede ser disfrutado de manera pasiva o activa, de acuerdo con la disposición, capacidad e interés de cada individuo.

En principio son los propios padres quienes se encargan de iniciar al recién nacido en los juegos, caracterizados durante esa etapa por los intercambios dirigidos a fomentar e incentivar la relación del niño con la familia y el entorno, al tiempo que se activan sus capacidades motoras y cognitivas. De ahí que no resulta errado afirmar que, unido a la actividad popular, el interés por los juegos es algo que se trasmite de padres a hijos en calidad de herencia, sin aportar detalles sobre orígenes, simplemente como suerte de legado identitario que brota de manera espontánea.

Herencia que a través de los años tiende a ramificar y echar raíces en correspondencia con el espacio donde se desenvuelve la persona, los tipos de relaciones interpersonales, así como los rasgos e intereses que le llevan, en determinado momento, a optar por una u otra modalidad lúdica individual, colectiva, competitiva, deportiva o vinculada a los juegos de azar.

En relación con la última de estas modalidades, podemos afirmar que se ha escrito poco; es posible encontrar de manera aislada referencias históricas sobre el origen de algún juego, o también en libros y folletos que contienen las reglas a aplicar en las distintas modalidades. Ahora bien, de lo que sí no carecen los juegos de azar es de publicaciones críticas, en las cuales de manera enfática se les señala como elemento catalizador de los males y lacras de la sociedad, pues nadie duda que su presencia se vincula a desórdenes sociales y económicos, individuales o colectivos acaecidos en casi todas las épocas.

Mirada censora que en Cuba se ha patentizado fundamentalmente a través del testimonio, que permite refrendar el análisis de momentos y períodos de la historia. Textos brotados del pensamiento y la pluma de grandes maestros, escritores, cronistas e investigadores de las ciencias sociales como José Antonio Saco, Francisco González del Valle, José María de la Torre, Ramiro Guerra, Ena Mouriño y Pablo Riaño, quienes se inspiraron en su propia realidad y cristalizaron en los libros de viajeros y en las obras de la narrativa y la poesía cubana de la colonia las informaciones recogidas.

No obstante, consideramos que aún quedan por responder algunas interrogantes: ¿cuándo y cómo llegaron los juegos de azar a Cuba?, ¿qué significado tuvieron los naipes dentro del panorama social de la Isla?, ¿cuáles fueron las preferencias del cubano para su entretenimiento?… Y aunque en realidad sean mínimos los testimonios en relación con el tema, una vez más volveremos a los documentos originales y revisaremos nuestras fuentes, en pos de aportar nuevos datos sobre los juegos de azar durante el período colonial en los siglos XVIII-XIX y su impacto en la formación de nuestra identidad.

 

Orígenes y evolución del juego en la colonia

Recreaciones de todo tipo ocuparon un lugar preponderante en la sociedad española durante la Edad Media, al punto de incentivar al rey Alfonso X el Sabio la escritura de un libro sobre ajedrez, dados y tablas ―relativo a la tabla astronómica― fechado en Sevilla en el año 1283, en el cual declaraba que al ajedrez se dedicaban las clases más acomodadas, mientras que los dados y naipes servían para el disfrute de las grandes mayorías, las cuales se sentaban en torno a ellos durante largas horas de ocio.

Situación que llevó al propio Alfonso X a redactar el Ordenamiento de las Tafurerías ―así eran llamadas las casas públicas de juego―, que disponía castigar todo tipo de engaño y riña con multas, azotes y castigos, hasta el punto de mandar a cortar dos dedos de la lengua al que infringiera por tercera vez en alguno de los delitos.

Este documento dio paso a la posterior redacción de nuevas disposiciones dirigidas a controlar la actitud ciudadana de los aficionados al juego de manera desmedida; entre ellas puede citarse el Código de los Siete Partidos, que prohibía el juego a los clérigos, y la Pragmática de 1480 establecida por los Reyes Católicos, en Toledo, la cual dictaba severas medidas contra los señores que consentían el juego en sus señoríos.

Tal era el panorama lúdico peninsular en vísperas de la conquista, afán emprendido con individuos de las capas más bajas de la sociedad hispana del siglo XV, enrolados en las naves como resultado de la desmedida ambición y fiebre de oro que abrazaba a todos, desde el propio gestor hasta el más pícaro de los vagabundos arrastrado por el placer de gozar la aventura, aunque solo fuese por una mísera paga.

Sabido es que casi ninguna evidencia material queda de esa primera expedición, sin embargo, nos atrevemos a asegurar que con esos mismos hombres se empezó a forjar la simiente de nuestros futuros hábitos y caracteres, resultantes de la herencia romana y árabe que durante siglos de dominio moldeó la personalidad y el temperamento de los habitantes en los reinos de la Península.

Transcurrido ese primer contacto, comenzaron a arribar a la Isla nuevas expediciones en las que junto a los soldados de la Corona llegaban simples hombres y mujeres habituados a distraer sus ocios con el juego, costumbre que les conducía a perder toda la paga recibida, e incluso a la mujer, en tan solo una apuesta; suerte de actitud que fue permeando los distintos estratos sociales, en parte por el precario estado del ambiente y la inestabilidad de la vida insular.

En tal sentido, se dice que la instauración de una guarnición fija en La Habana en 1567 fue uno de los factores que ayudó a incentivar el interés por el juego. Argumento esgrimido por el gobernador Francisco Carreño, quien tras su llegada en 1577 cataloga a la villa como el sitio donde confluían “…todos los más delincuentes que vienen desterrados del Perú y de Nueva España(Mouriño, 1947, p. 60).

Sin embargo, no solo se puede culpar a la soldadesca, a los ciudadanos comunes y a los viajantes de entronizar en las villas el gusto por el juego pues, según recoge Jacobo de la Pezuela, el propio capitán general Gaspar Torres (1579-1581) jugaba sin medida a los naipes y dados con su contador Pedro de Arana, comportamiento idénticamente manifestado por sus sucesores Gabriel de Luján (1581-1589), Juan de Tejeda (1589-1594) y Juan Maldonado Barnuevo (1594-1602), tildados por todos como gobernantes corruptos y viciosos.

Claros vaivenes de una sociedad en ciernes, que al mismo tiempo intentaba alegrar a los pobladores con propuestas sanas e inclusivas encaminadas a ennoblecer el juego, como la aprobada el 10 de abril de 1573 en reunión del Cabildo para el Día del Corpus Cristi, que dejaba establecido:

…haya algunos regocijos y fiestas, mandaron que para lo susodicho todos los oficiales como son, sastres, carpinteros, zapateros, herreros y calafates saquen invenciones y juegos para aquel día (…) y ansí mismo acordaron disponía que los negros horros, se junten a ayudar la dicha fiesta… (Torre, 1857, p. 161)

Aunque no se conozcan detalles sobre los juegos disfrutados durante esos primeros años, se sabe que al no existir espectáculos públicos, ni teatros, ni bailes, ni mascaradas, la forma más socorrida para el divertimento hubo de ser la de los juegos de envite o azar, que trajo aparejada el nacimiento de un cuerpo legislativo en los albores del siglo XVII.

Específicamente, cuando el 4 de septiembre de 1604 expide una Real Cédula dirigida al gobernador Valdés prohibiendo el juego, que, según el mismo gobernador, solo había servido para acosar el juego inocente en las casas particulares. Dos años más tarde, convencida la Corona de su imposible control, revoca lo establecido con otra Real Cédula que permitía el juego dentro de los fuertes y cuarteles, lo que, al decir de Irene Wright, supuso un “…aprovechamiento de las tablas de juego de los presidios se contaban entre las honras, gracias y preeminencias del sargento mayor, quien contra toda intrusión defendía el monopolio del que gozaba”. (Riaño, 2016, “Redes sociales entorno al estanco”, párrafo 5)

Así el juego, unas veces tolerado y otras prohibido, según las conveniencias del capital o la casta social, se fue convirtiendo en modo predominante de distracción, que en condiciones económicas desfavorables se justificaba con la precariedad, y cuando los bolsillos andaban llenos, con la simple excusa del solaz.

En relación con esos años apuntaba el historiador Ramiro Guerra:

…los habaneros mantenían con las flotas otra forma particular de comercio. Vendían les frutas, carne, pescado, legumbres y otros efectos y proporcionaban a los pasajeros alojamiento en tierra, mientras los barcos permanecían en el puerto semanas y meses. El arribo de la flota convertía a La Habana en un enorme hospedaje y en una inmensa casa de juego, negocios ambos que rendían no poco provecho. (Guerra, 1962, p. 94)

Estos pormenores corroboran el descontrol y la ambición de los propios encargados del orden, quienes fomentaron la recién estrenada sociedad en medio de la violencia y la rapiña. Una sociedad donde la ley del más fuerte o el interés del más rico prevalecía sobre la comunidad, convirtiendo las costumbres públicas y privadas en objeto de innumerables escándalos vinculados al juego, en especial con naipes.

 

Naipes y colonia, una alianza de raíz

Ampliamente propagados y promovidos se encontraban los naipes en España, al punto de que ya en 1382 y 1388 habían incitado la emisión por el Consejo Municipal de Barcelona de dos órdenes prohibitivas, continuidad de las Ordenanzas de la Orden de la Banda de 1332, en las cuales se vetaba dicho juego para los caballeros.

Legislaciones que al parecer no frenaban las producciones, pues fue propiamente en el siglo XIV cuando más creció el número de fabricantes de naipes en la Península, al punto de provocar en el siguiente siglo la instauración de un organismo corporativo para los naiperos, supeditado al gremio de los Julianes Merceros,1 en el cual se destacaron, entre otros, el barcelonés Miguel Zapila, los sevillanos Diego Alfón y Juan Álvarez y el valenciano Juan Sent Climent, reconocidos como ilustres Maestros Naiperos.2

Tomando en cuenta lo anterior y comprendiendo que transportar una baraja es cosa fácil, no resulta errado pensar que los naipes llegaron a Cuba en los bolsillos de los primeros colonizadores, y que poco a poco se fueron entronizando en el gusto popular con las oleadas de inmigrantes y visitantes que se diseminaban por todo el territorio.

Así descritos en 1798 por Buenaventura Pascual Ferrer se sabe que “…la pasión más dominante en toda la Isla es la del juego de naipes, pues toda la vigilancia del Gobierno no basta á impedirlo. Los juegos de suerte son los que más gustan y entre ellos, el que llaman el monte…” (Pascual, 1877, p. 319), opinión que se reitera en los libros de viajeros y en importantes obras de la narrativa costumbrista del siglo XIX, como la novela Cecilia Valdés o la Loma del Ángel, de Cirilo Villaverde.

Pasión que, según Saco, comenzaba “…apenas empezamos a abrir los ojos, y a desenvolver nuestra razón, cuando ya no solo tenemos un conocimiento perfecto de los naipes, sino que también entendemos varios juegos” (Saco, 1960, p. 25), disfrutados por hombres y mujeres en lugares como la casa familiar, los bailes o las casas de recreo, donde se buscaba entretener el ocio unas veces de manera inocente y otras por dinero; pero… ¿quién se encargó de avivar tal expansión y arraigo?

La estructuración de una política económica con los gobiernos de ultramar, enunciada en la Ley XV de 1572-1584 fue la encargada de sentar las bases para un comercio de naipes con las Indias, contenida en el libro Legislación ultramarina, de José María Zamora, editado por la Imprenta de J. Martín Alegría, en Madrid, 1845, en su tercer tomo.

Y aunque dicha ley no llegó a tener vigencia en Cuba hasta el siglo XVIII, lo cierto es que, ya desde antes, se habían desarrollado disputas relacionadas con el comercio de naipes, como demuestran las Actas del Cabildo Habanero fechadas el 28 de abril de 1690 y el 2 de marzo de 1696, las cuales dan cuenta de litigios y peticiones.

Pleitos nunca abandonados, aun cuando el 6 de julio de 1731 se aprobaba una política para el Estanco de Naipes, en correspondencia con Real Cédula del 5 de febrero de 1730 dispuesta en la Ley 15, libro 8º, tit. 33 de la Recopilación de Indias, seguida por la Real Orden del 3 de agosto de 1733 (ANC, GSC, Leg. 1 650) que consigna el primer remate de dicho estanco, “…en favor de D. Miguel de Tapia por el tiempo de dos años a razón de doscientos pesos cada uno y bajo condiciones referidas por ley”. (Mouriño, 1947, p. 84)

Política de estanco que, once años más tarde, en 1741, mostraba el ascenso de los remates por dos años en la cantidad de 1 800 pesos, porque otorgaba al asentista la prebenda de poseer, además, dos casas de juego.

Todo un mecanismo que incitó la elaboración de informes sobre remates, arribos de mercancías y detecciones de contrabandos, como el descubierto entre La Habana y San Juan de los Remedios en 1769 (Riaño, párrafo 8), o el denunciado en 1771 por el asentista Gervacio de Arango, quien ante la ocurrencia de un acto de violación que implicaba a varios oficiales de la marina, denunciaba al gobernador:

…el Sr. Joseph Díaz Polo ―comisionado para impedir la venta de barajas sin sello― encontró 8 barajas ilegales en la casa de Don Joseph Pluma, que estaban sirviendo para diversión y disfrute de varios oficiales (…) pudiendo observar para justificar de esta que allí estaba el Práctico del Puerto de Flores… (ANC, IGH, Leg. 535)

Interesada por controlar la situación, llegado el año 1776, la Corona decide aprobar la propuesta presentada por don José de Gálvez,3 quien junto a sus hermanos impulsaba el establecimiento de un monopolio fabril, mediante la creación de una Real Fábrica de Naipes destinada a las producciones para el consumo y venta en las Indias.

Esta instalación fue aprobada por el monarca Carlos III, el 21 de agosto, en el Palacio de San Ildefonso, que se enclavó en el pueblo natal de la familia Gálvez, Macharaviaya. Dirigida desde su fundación por el asentista de origen italiano don Félix Solesio,4 llegó a contar con un máximo de 189 operarios encargados de elaborar naipes de una, dos y tres hojas, según el grueso del papel; con reversos blancos o de pintas rojas, negras o azules en forma de “…dados, conchas, cuadros, mostachones, estrellas (…) y de los tipos revesino, cascarela y superfinas (las más caras)”. (Gámez, 1998, p. 31)

Naipes dibujados por maestros, que se estampaban y pintaban, cortaban, se clasificaban por mazos para después envolverlos con un papel sellado, no sin antes haber comprobado la presencia en ellos de las señales ocultas. Rúbricas que se informaban a cada destinatario a través de Reales Cédulas, como la fechada el 8 de marzo de 1783 que daba cuenta de

…que se han embarcado para la Havana en el navio Matamoros

Registro concedido a In Josef Rodríguez

1980 – Mazos superfinos de tinta embarcados en 33 caxones de a 60 marcado S. F.

P.

2029 – Idem cascanela de pinta en 27 caxones de a 79 marcados C.P

(ANC, RC, Leg 18)

Un detalle interesante relacionado con este comercio, apunta al interés demostrado por el Consejo de Dirección de la Real Fábrica de Macharaviaya en relación con el gusto estético de los consumidores en la Isla, patentizado en los archivos mediante documento como el fechado el 9 de mayo de 1780, en el cual don José Gálvez urgía de una respuesta arguyendo,

El Rey quiere saber el estado y progreso de la renta de Naypes en el distrito de esa Intendencia, si los que se han remitido de estos Reynos son adaptables al gusto de los consumidores y de que clases e pintas podrán tener mejor despacho para tomar en su virtud las providencias que convengan. (ANC, DRO, Leg. 27)

Hecho que no impide encontrar en los fondos del Archivo Nacional cartas redactadas por vecinos indignados por la mala calidad y los defectos de algunas barajas llegadas a puerto, e incluso por la escasez de naipes en la ciudad, situación esta que conllevó la existencia de un comercio ilegal con La Lousiana, lugar cercano geográficamente, en el que los naipes podían encontrarse de modo rápido y barato.

Controvertido paisaje que estuvo siempre matizado por leyes orientadas a tratar de frenar y controlar los problemas sociales que el uso de los naipes aparejaba; cuerpo legislativo encabezado por el mandato real expedido en San Idelfonso el 31 de julio de 1745, que ordenaba a los gobernadores, corregidores, alcaldes y demás ministros que administraran justicia y se mantuvieran

…vigilando con la mayor atención, y desvelo, en su más puntual,efectiva, y rigurosa observancia, y no permitiendo, ni tolerando, sino solo aquellos juegos ilícitos, y de pura diversión, y entretenimiento, que haga en las casas de personas principales, y con las limitaciones, y excepciones que señalan y determinan las leyes, sin que en ellos se pueda exceder de una pequeña, y prudente cantidad, arreglada la calidad y facultades de los que jugaren… (ANC, DRO, Leg. 2)

En medio de tanta contradicción, continuaba propagándose el interés por los naipes a lo largo de la Isla, llegando a alcanzar un clímax en 1815, cuando la Corona instruye por Real Orden el desestanco de los naipes, y tres años después decreta la libertad de comercio para Cuba, convirtiendo el puerto de Cádiz en principal centro de exportación.

Actos que unidos a la ambición de algunos gobernantes, como la del capitán general Jerónimo Valdés y Sierra, quien en 1845 promulgó el Reglamento de Esclavos otorgándoles el derecho de comprar su libertad, sirvieron para incentivar la celebración de un alto número de sumarias por concepto de juegos ilegales, como la efectuada contra dos hombres libres y el esclavo Gerónimo García, propiedad del señor Pedro Marty Ravell “…quienes fueron hallados jugando, según refieren, a la brisca (…) apuntando en tabacos en vez de dinero…” (ANC, GSC, Leg 1 232), aunque sabemos que los dineros se mantenían bien guardados.

Juicios oficiados por ilegalidades relacionadas con los juegos de monte, tresillo o brisca, entre los cuales puede encontrarse la súplica de una madre vieja pidiendo que su hijo fuera exonerado de multa, entremezclada con actas que disponen multas para blancos, libertos y castigos para negros esclavos, como el aplicado el 19 de agosto de 1850 en presencia de

…el Celador de la Comisaría pasó a la morada de D. Francisco Menocal dueño de José de la Trinidad Gelabert á quien se le hiso saber la pena que se le había impuesto por el Excmo Sr. Gobr y Capitán General á su esclavo a consecuencia de haberse aprendido jugando al prohibido del Monte y es aquella la de aplicarle veintecinco azotes por lo que estando presente Trinidad se le dierona quellos por las nargas, protro siervo del __ Menocal…(ANC, GSC, Leg 1233)

Y aunque hubo gobiernos corruptos como los de Francisco Dionisio Vives y su sucesor Mariano Ricafort Palacín y Abarca, que fomentaron la corrupción y dieron rienda suelta al libertinaje, no se deben obviar los ingentes esfuerzos de otros gobernantes por controlar y sanear la sociedad; tal es el caso del controvertido capitán general Miguel Tacón, quien nunca se cansó de emitir leyes y bandos ―1834 y 1835― para atacar el juego en casas públicas, villares y mesas, por considerarlo germen de desorden, ruina de familias, estafa, e incluso semilla de crímenes.

Postura contravenida por el gobernador interino don Narciso de Arrascat, quien tuvo la osadía de desobedecer a Tacón, según consta en queja presentada por el Alcalde de Cienfuegos el 30 de mayo de 1836, al permitir la introducción y uso de una Lotería de Barajas llegada meses antes a ese lugar; pues como afirmaba el cronista Samuel Hazard, el juego por interés era una “…especie de plaga nacional, no confinada a una sola clase…” (Hazard, 1928, p. 57)

Realidad testimoniada por Mercedes Santa Cruz y Montalvo en 1840 cuando anotaba uno de sus días de visita al campo:

Los grandes señores, los propietarios opulentos corrían a poner a una carta sus rentas de un año, la gente del campo el producto de sus labores, y los que por timidez vacilaban en acercarse a la mesa, se veían bien pronto arrastrados a ella por el ejemplo de sus mujeres (…)(Santa Cruz, 1974, p. 163)

 

Apuestas que no solo giraban alrededor del monte, ya que los libros mencionan el gusto en la población por los juegos nombrados: el burro, el tute, la malilla, la brisca, el 30 y 1, y en menor medida el tresillo, pues otros juegos matizaban el paisaje lúdico en la Isla.

 

Vallas, plazas, tabernas y casas

De esos otros, sin dudas el más popular entretenimiento, fundamentalmente para los hombres, fue el de gallos, juego también regido por Real de Estanco entre 1739 y 1812, que se anunciaba lo mismo en vallas de Regla y Guanabacoa que en los predios del Castillo de la Real Fuerza, donde el capitán general Dionisio Vives levantó su propia valla para abiertamente apostar a la fuerza, la destreza y las espuelas del gallo escogido.

Vallas que, según afirma el historiador Pablo Riaño, se diseminaron durante los siglos XIII y XIX por distintos lugares de La Habana, Casablanca, Santa María del Rosario, Santiago de las Vegas, San Antonio de los Baños, Bejucal, Güines, Río Blanco del Norte, San José de las Lajas, Los Palacios, San Diego de los Baños, sin que por ello dejaran de celebrarse peleas ilegales en sitios no autorizados por el estanquero de turno.

De igual manera, en 1759 se celebraba en La Habana la primera corrida de toros, convocada para la Plaza Vieja en festejo de la coronación en España de Carlos III; suerte de diversión que un año más tarde veía erigir una plaza propia en el área del Bosque Aserradero y Millo del Tío Blas, sitio ubicado entre las actuales Calzada de Jesús del Monte y la calle del Arsenal.

Sobre este lucrativo juego en el número seis del Papel Periódico de La Habana, correspondiente al domingo 18 de enero de 1795 se anunciaba:

Para el 30 de noviembre está dispuesta una famosa corrida de toros de muerte, las que se han escojido (sic) de las mejores castas, llevando cada uno una divisa, con la que se conozca el paraje de donde es. El objeto de esta función, es el de que su ingreso ayude á la formación de una fuente en el Paseo (Torre, 1857, p. 130).

No olvidemos que una de las estrategias utilizadas para evadir las prohibiciones de juego eran las contribuciones amparadas en fiestas populares o religiosas donde hombres, señoritas, matronas, jóvenes y ancianas hacían sus apuestas públicas en medio de cantos y música, matizando el sonido del ambiente con las monedas entregadas en favor de las arcas públicas o de algún santuario.

Estratagema generalmente empleada por la Lotería, establecida en 1812, que rápidamente convirtió en juego la fascinación de pobres y ricos; forma de entretenimiento que institucionalmente contó con una Real Renta de dieciséis sorteos ordinarios, los cuales llegaron a producir hasta 110 000 pesos cada uno. Un juego donde cada billete entero valía 17 pesos, “…monto al alcance de muchos bolsillos (…) que se ofrecían a cambio de premios por valor de cien mil y cincuenta mil pesos (…)” (Goodman, 1986, p. 50), de los cuales el Estado recibía el 25 % para “justificadamente” sostener la Beneficencia y el Fondo de Obras Públicas.

Lotería transformada en las zonas rurales por las mujeres, quienes se solazaban en las fiestas seleccionando a la encargada de extraer los números del saco y de cantar las fichas, quien haciendo uso de metáforas provocaba confusión y excitación entre las presentes cuando “El número 1 se transformaba en el «único», el dos era denominado ʻel par dichosoʼ, el tres ʻlas tres graciasʼ”(…) el quince ʻla niña bonitaʼ, el treinta y tres ʻla edad de Cristoʼ, y el sesenta y nueve ʻarriba para abajoʼ” (Goodman, 1986, p. 195).

Un detalle inherente al juego de lotería fue el de su significación para los inmigrantes chinos, quienes debían pagar multas cuando eran sorprendidos cometiendo alguna infracción, por ejemplo, fumar opio; sin embargo, gracias a la lotería y al abono de esos pagos lograban comprar billetes que, de salir premiados, eran dedicados al beneficio general de sus operarios.

Se jugaba, al decir de Saco, desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio, resultando muy común la presencia de un billar en cualquier parte, incluso en la pequeña Isla de Pinos, territorio hasta donde llegó el cronista Samuel Hazard para alojarse en el hotel de Santa Fe donde precisaba, había

… una mesa que clamaba ya para el retiro, en la que mi amigo y yo pasábamos nuestras horas de recreo (…) donde de tarde entarde un grupo de ruidosos campesinos se entregaba al excitante juego de los palos (Hazard, 1928, p. 2)

Y es que cualquier ocasión resultaba válida para entretenerse con algún juego, así un viaje en barco suponía sumarse al desafío de lloto o la rifa de un reloj, lo mismo que disfrutar del carnaval desde los salones de la Sociedad Filarmónica en Santiago de Cuba equivalía a participar en el baile de máscaras; pero también jugar carambola en una esquina del billar, divertirse con juegos de participación o echar varias partidas con naipes.

La cinta, la ruleta, el chirimbolo, la prenda, el tutiflor fueron, entre otros, los juegos de azar que acompañaron la formación de la personalidad del cubano, contribuyendo en opinión de algunos críticos a la formación de su espíritu aventurero, postura arrogante, pereza laboral, superstición y vehemencia.

Criterio que consideramos parcializado, ya que excluye valores, también aportados por el juego, que identifican los rasgos del criollo ―más tarde cubano―, por ejemplo, su espíritu alegre, vigoroso, compartidor, de practicante sin cortapisa de las relaciones de género, su visión aguzada, la sagacidad en el momento de tomar decisiones rápidas y su amor a la vida, por la que siempre apuesta todas sus fichas para ganar.

 

Intento de decálogo

En Cuba, el gusto por los juegos de azar forma parte de la herencia hispana resultante del proceso de conquista y colonización, enriquecida a su vez por las oleadas de inmigrantes de diversas nacionalidades que fueron llegando a la Isla durante los cuatro siglos. Un legado que de manera uniforme logró permear a toda la sociedad sin distinción de raza, clase o credo.

Del total, naipes y gallos fueron los que gozaron de mayor preferencia y a su vez significaron para la Corona y los gobiernos sustanciales fuentes de abasto para las arcas privadas y públicas; al tiempo que los pobladores llegaron a arroparlos no solo como formas de entretenimiento, sino incluso como tradiciones que se han transmitido de generación en generación y han ayudado a cocinar eso que el sabio cubano Don Fernando Ortiz denominó como ajiaco cubano.

Retrotraer o intentar vetar el interés por los juegos de azar no significa necesariamente eliminar los males de una sociedad, ello puede incluso fomentar uno mayor: el de la ilegalidad y la doble moral. Solo al hombre compete la responsabilidad de educar desde la cuna, y a lo largo de toda su vida disciplinar el comportamiento ciudadano. Hagamos entonces una apuesta por el juego.

 

Agradecimientos

A Julio López, exreferencista del Archivo Nacional

A los colectivos del Archivo y la Biblioteca Histórica de la Oficina del Historiador

 

Notas

1 Gremio erigido por Ordenanza del rey D. Juan II el 28 de enero de 1478, también conocido como la Cofradía de San Julián. Sus figuras principales eran el Prohombre primero y el Prohombre segundo.

2 Título conferido a hombres que de forma independiente o en gremios ―Julianes Merceros o Pintores Naiperos de Sttugart― se les autorizaba para crear, imprimir y vender barajas en locales propios.

3 (Málaga, 1729-Madrid, 1787), político español, miembro del Consejo de Indias entre 1765-1771. Expulsó a los jesuitas y realizó una reorganización administrativa y fiscal. Fomentó el poblamiento en Sonora y California. Como secretario de Indias en 1776 abolió los repartimientos y creó las intendencias y el nuevo virreinato del Río de la Plata. En 1778 fue el inspirador del decreto del libre comercio.

4 Finalé, 1739-Málaga, 1803), hombre acaudalado, casado con doña Nicolasa Miró de Ocampo con quien tuvo seis hijos; cuando asume la fábrica adquiere una finca en Arroyo de la Miel para el suministro de papel. Llegó a ser propietario de varias casas en Macharaviaya, lugar donde solo vivían 206 habitantes.

 

Bibliografía

Archivo Nacional de Cuba. Fondo Decretos y Reales Órdenes. Legajo 2. Expediente 88.

Archivo Nacional de Cuba. Fondo Decretos y Reales Órdenes. Legajo 27. No. 128.

Archivo Nacional de Cuba. Fondo Reales Cédulas. Legajo 18. Expediente 161.

Archivo Nacional de Cuba. Fondo Intendencia General de Hacienda. Leg 535. Expediente 4.

Archivo Nacional de Cuba. Fondo Gobierno Superior Civil. Legajo 1232. Expediente 48724.

Archivo Nacional de Cuba. Fondo Gobierno Superior Civil. Legajo 1233. Expediente 48761.

Hazard, Samuel (1928): Cuba a pluma y lápiz, t. 2, Impr. Cultural, La Habana.

Gámez Amián, A. (octubre, 1998). ‟La Real Fábrica de Naipes de Macharaviaya (1776-1815) para el consumo de América”, Revista La Sota, no. 19, pp. 27-44.

Goodman, Walter (1986): Un artista en Cuba 1873, Editorial Letras Cubanas, La Habana.

Guerra, Ramiro (1962): Manual de historia de Cuba (económica, social y política), Consejo Nacional de Cultura, La Habana.

Mouriño, Ena (1947): El juego en Cuba. Sus factores. Su desenvolvimiento histórico en la época colonial, Imprenta Ucar, García y Cía, La Habana.

Pascual Ferrer, Buenaventura (1877): “Cuba en 1798”, Revista de Cuba, 30 de abril de 1877, t. 1, año primero, no. 5, p. 312.

Riaño San Marful, Pablo (2016) “Redes sociales en torno al estanco de los juegos de azar en el occidente de Cuba, 1740-1860”, recuperado el 18 de abril del 2017 de https://nuevomundo.revues.org/67080.

Saco, José Antonio (1960): El juego y la vagancia en Cuba, Editorial Lex, La Habana.

Santa Cruz y Montalvo, Mercedes (1974): Viaje a La Habana, Editorial Arte y Literatura, La Habana.

Torre, José María de la (1857): Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna, Imprenta de Spencer, La Habana.

 

Laritza Simeón Armada. Nació en La Habana el 2 de octubre de 1963. Licenciada en Historia en la Universidad de La Habana en 1986. Su vida laboral la ha desarrollado dentro de la Dirección de Patrimonio de la Oficina del Historiador de la Ciudad, entidad donde cumple funciones de dirección en los centros Museo de Naipes y Cámara Oscura. Actualmente se encuentra concluyendo los estudios de la Maestría en Preservación y Gestión del Patrimonio Cultural, en el Colegio San Gerónimo de La Habana adscrito a la Facultad de Filosofía e Historia de la UH.

 
 
Cátedras
Oralidad
Gramsci
Juan Marinello
Premios
Memoria
Anual
Nacional
ALBA
Textos libres
Título
Autor
La Aldaba
Directorio
Lectores
Enlaces

 
Dirección:
Elena del Carmen Socarrás de la Fuente
Coordinadores del número:
Yisel Rivero Baxter y Elaine Morales
Coordinador del dossier:
Yeisa Beatriz Sarduy Herrera
Editora:
Mayda Argüelles Mauri
Diseño:
Alejandro de la Torre Chávez
Programador:
David Muñoz Compte
Consejo Editorial
Luis Álvarez Álvarez, Miguel Barnet, Roberto Fernández Retamar, Araceli García Carranza, Fina García Marruz, Eusebio Leal Spengler, María Teresa Linares, Rogelio Martínez Furé, Graziella Pogolotti, Olga Portuondo, Eduardo Torres Cuevas
Consejo de Redacción
Jorge Luis Acanda, Ana Cairo, Jorge Fornet, Reynaldo Funes, María M. García, Jesús Guanche, Elmo Hernández, Mario Masvidal, Yolanda Wood. Denise Ocampo Álvarez