Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
21  enero - julio 2017

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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La ciudad de los ruidos inútiles  
Francois G. de Cisneros

En el transcurso de las dos primeras décadas del siglo pasado, La Habana contaminó su ambiente sonoro sumando a los antiguos ruidos de la sociedad colonial los más nuevos de la modernidad republicana. Con el aumento del precio del azúcar durante la primera guerra mundial ―las llamadas vacas gordas―, tuvo lugar una importación masiva de autos.

Los bocinazos de los Ford, las campanas de los tranvías, los escapes, los organillos musicales, la gritería callejera y otros ruidos urbanos espantaron a la recién llegada bailarina Isadora Duncan en 1916, que abandonó rápidamente la ciudad en busca de un destino más tranquilo en La Florida.También las voces locales se levantaron contra el desenfreno acústico e intentaron crear una Asociación para impedir los ruidos innecesarios, al estilo de las existentes por entonces en los Estados Unidos.

En medio de este rechazo a la bulla, la aristocrática revista CHIC, dirigida por Conrado Walter Massaguer, publicó en su número del 1o de febrero de 1918 una crónica titulada La Ciudad de los ruidos inútiles, del escritor cubano Francisco García Cisneros (Santiago de Cuba, 1877- ¿?)que reproducimos en esta sección de Perfiles de la Cultura Cubana.

García de Cisneros, que firmaba como François G. Cisneros, formó parte del círculo literario de Julián del Casal y de la familia Borrero, cultivadores del modernismo literario. Partidario de la independencia de Cuba, partió al exilio en Estados Unidos al comienzo de la Guerra del 95, donde contrajo matrimonio en 1901 con la cantante de ópera norteamericana Eleonor Broadfoot. Instalado allí, rescató un viejo título de nobleza de su familia y viajó en lo adelante con su esposa por las principales capitales del mundo y sus teatros convertidos en condes de Cisneros. Nunca dejó de visitar su país natal, donde mantuvo una colaboración asidua en revistas literarias como El Fígaro, con artículos de interés artístico.

La crónica seleccionada describe los sonidos cotidianos de la capital, en pleno dinamismo, siguiendo los ritmos del acontecer diario, con un tono de sátira condescendiente y fraternal, como correspondía al espíritu de un observador culto, amante de la música y del drama lírico, que va orquestando los ruidos urbanos en el tiempo como si se tratara de una suite habanera singular y de simpática percepción.

Mc Daniel, Shawn (2014): La Revista de Cayo Hueso como arbitraje del anticolonialismo en Cuba: intervenciones crítico-literarias entre Nueva York, La Florida y Perú. http://www.habanaelegante.com/Fall_Winter_2014/Invitation_McDaniel.html.

Rey Alfonso, Francisco(s/f): Isadora Duncan en La Habana, Ediciones Gran Teatro, La Habana.


La ciudad de los ruidos inútiles

Para el maestro Héctor de Saavedra

Por Francois G. de Cisneros

Albea. De muy lejos, en ese misterio de las sombras que se desvanecen, se alza una voz estridente e inoportuna que turba la eterna canción de La Mala Entraña, y el ridículo ritornelo de Torerito, torerazo, es pronto coreado por el clarín rojo de un gallo que, sin pedirle el bis, sopla ochenta himnos al sol atronando el aire con la bizarría de sus cuatro notas.

Un rumor de batir de olas se siente venir rodando, una mezcla de trotar de caballería, de chirriar de carretas y de barrocos sonidos de maquinaria y va aumentando en un crescendo y va filtrándose por las ventanas abiertas y por las hendijas, hasta que rompe en un gran trueno, en un tabletear espantoso de ruedas, chasquidos de látigos y gruñidos de carreteros: toda esa baraúnda infernal desfila sobre los adoquines y el asfalto como una apocalipsis del primer rayo de sol.

La ciudad se despierta, racimos de chicuelos de un vecino caserón que tiene mucho de cuartel y mucho de hospital salen llantos y carcajadas, trozos de canciones entre los enfados fingidos de las madres que para infundir respeto, hablan en do agudo, como si las gargantas no existiesen ni el resto de la humanidad tuviese derecho al reposo; intoxicados por esta alegría del trópico, este cielo azul Murillo y este aire voluptuoso que inclina al amor, al ocio y a la movilidad.

Las voces de La Habana saludan al nuevo sol con lánguidos llamamientos, trozos de harmonías, calderones eternos que un rapsodista podía parafrasear en una sinfonía de Cáncer: son los vendedores de legumbres, y de frutas; de alpiste para los tomeguines; de perfumes baratos, de mercancías averiadas, restos de naufragios comerciales, negros pintorescos en extrañas armonías decandantan (sic) la bondad de dulces de huevo y harina, o cargando rimeros de percheros los ofrece para pantalón y saco. Es la vanguardia inconsciente que debe hacer ruido para ser oída, uniendo al provecho de la ganancia el deseo de cantar a gran voz, pretexto para contrapuntar un monorrítmico grito abierto, largo, estruendoso.

Todo el mundo merca con exageradas gesticulaciones, como si fuesen epilépticos, los brazos forman raras figuras geométricas y de vez en cuando, para dar fuerza a los argumentos, los cuerpos casi caen en cuclillas para alzarse convincentes y seguros de sus oratorias, y esta fantástica cuadrilla no hace caso del continuo desfile de automóviles que van a velocidades antiurbanas, tocando sirenas monstruosas; roncos apelos de peligro, con los escapes de gas abiertos en un tremolo gigantesco, de órganos olímpicos; pretenciosos Cadillacs ―esos Fords con escudos de armas!― útiles máquinas americanas con la aristocracia del carro francés e italiano, reinando como un monarca del buen gusto, el británico Roll Royce!

La algazara es meridional, exuberante; algazaras que solo pueden oírse en Marsella, en Nápoles y en Algeria, y apenas si el cuadrante marca un grado en el firmamento! Para qué dormir en ese triunfo del ruido, en esa formidable apología del escándalo: de todas las esquinas corren, como si fueran a atacar una trinchera, racimos de ouistis descalzos voceando los diarios de la mañana, multiplicando las vocales y afirmando, aunque no los hayan leído, que vienen llenos de cosas buenas y asaltan tranvías, mesas de café, vestíbulos, con una indiscreción ingenua y complaciente; mientras silenciosos, tristes, compasivos se deslizan como reptiles, los billeteros que aparecen cerca de uno, como fantasmas, murmurando casi entre sollozos: ‟Señorito, cómpreme el premio gordo”.

Es una legión de barbudos, de señores bien vestidos, con el panamá bien apuesto y el Habano humeando bajo el bigote de viejo Guardia Civil; mujeres pálidas y con raros fuegos en los ojos y hasta acicaladas chicuelas con los hocicos untados de polvos blancos y fingiendo coqueterías que no convencen: son los que obligan a pagar el impuesto del idiota, sepultarnos bajo los azules carteles donde las cifras negras prometen, pero no cumplen.

El crescendo cunde sobre la blanca villa. Suenan los acordes de la eterna canción de moda, gime sus lamentos cursis al torerazo incapaz de amar, mientras en la calle grupos de paseantes cuentan con gestos amplios la conquista de la víspera. Tal parece una calle de Baldag o de Palermo en pleno sol; con sus rebaños de vacas que, cabeceando lentas, obedecen mecánicas la voz del arriero y sus carretillas hechas de una sola plancha lanzadas al galope por el brío de una mula pequeñita y gazmoña!

El mar bravío azota las rocas; es un mar de un azul casi negro, un mar voluble e iracundo y por toda la avenida vuelan lujosos automóviles en ronda eterna, y como la noche va cayendo, en algunas limousines se encienden lamparitas eléctricas, que al revelarnos las bellezas de sus ocupantes dan una idea de vanidad bien vasta y muy poco elegante.

***

¡De la luz a la sombra, como en un efecto de teatro apenas cinco minutos pasan y se abre la fantástica iluminación de la ciudad; al largo del Malecón y por todo el Prado las farolas a tres focos dan al clásico paseo una alegría de feria o de carnaval eterno: las lámparas horriblemente tatuadas de anuncios hablan muy mal de la cultura urbana de una población!

¡Qué crítica tan fuerte haría un cubano si en la Quinta Avenida de New York, en la Rue Royde en París o en el Strand de Londres apareciesen sobre los focos de luz, recomendaciones de telefonear a una agencia funeraria o elogiaran las drogas para curar un mal de estómago!

¡Ese tatuaje mercantil es como si en una cara muy bella se marcasen líneas concéntricas, como hacen los maorí de Samoa!

El ruido no cesa, aun en el misterio de la alta noche, entre los ruidos del encargado de la limpieza y el claxon de los automóviles, un grupo de parranderos cantan a voz en cuello una rumba de moda:

‟¡Si las viejas se murieran todas…!”

La Habana, enero de 1918

 
 
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