Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
22  agosto - diciembre 2017

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
MATERIAS 
   
AUTOR  
Normas para la aceptación de originales  
Contáctenos  
Representaciones e imaginarios musicales: una metamorfosis de los gustos musicales  
Rosilín Bayona Mojena

Representations and Musical Imaginaries: a Metamorphosis of Musical Tastes

 

Resumen: Se pretende exponer algunas representaciones que, en cierto modo, se producen en torno a la práctica cultural musical, así como evidenciar la dimensión social que los sujetos le confieren. Es decir, se hará referencia a los diferentes discursos que se instauran, (re)configuran, crean y recrean los actores en los espacios de presentación musical, intentando reflejar cómo la práctica sociomusical permite describir personas y grupos de personas, asociados por un gusto musical.

 

Abstract: It is intended to present some representations that, in a certain way, are produced around the musical cultural practice, as well as to demonstrate the social dimension that the subjects confer. That is, reference will be made to the different discourses that are established, (re) configure, create and recreate the actors in the spaces of musical presentation, trying to reflect how the sociomusical practice allows to describe people and groups of people, associated by a musical taste.

 

Palabras claves: Imaginarios, consumo, gustos, espacios musicales, grupos sociales, contexto social.

 

Key words: Imaginaries, consumption, tastes, musical spaces, social groups, social context.

 

La música representa al mundo como un mundo hecho por el hombre.

Agnes Heller

La necesidad de crear y escuchar música es el rasgo más misterioso y admirable de la humanidad.

Es la forma de poner en contacto el mundo real con el mundo de los recuerdos, con la magia, las emociones y los sueños.

Jaime Hormigos Ruiz

 

En las lecturas realizadas a trabajos de diversos investigadores, he podido observar con reiteración la presencia de muchos textos considerados clásicos. Se repiten a menudo autores como Max y Alfred Weber, Émile Durkheim, Georg Simmel, Max Sheller, Karl Mannheim…, los cuales ofrecen en su literatura un panorama de orientación en las diferentes áreas de estudio. Otros como Talcott Parsons, Jeffrey C. Alexander, Norbert Elías, Jean Baudrillard, Pierre Bourdieu, Raymond Williams y Walter Benjamin nos remiten al significado e importancia que tiene la cultura para interpretar muchos de los fenómenos modernos que giran en su entorno. Todo eso me resulta curioso y, a la vez, alentador luego de conocer que durante muchos años se dejó a la cultura en manos de la antropología y se le confirió a la sociología el papel de ocuparse solamente de la estructura social. La contemporaneidad nos demuestra que la cultura y los fenómenos que de ella emergen se abalanzan sobre nosotros con gran intensidad.

 nos muestra que la cultura tiene que ver con un orden de significados completamente distinto, en el fondo, está relacionada con la capacidad colectiva de producir sentidos, afirmar valores, compartir prácticas e innovar.

La mirada a la sociedad de los sociólogos e investigadores sociales hace evidente la importancia y significado que adquiere la cultura para el entendimiento y comprensión de muchos de los procesos y fenómenos que vivimos en estos días. En el criterio de Barbero, por mencionar un ejemplo, encontramos que las investigaciones llevadas a cabo en estas áreas de trabajo constituyen un acercamiento interdisciplinario encaminado a “comprender los cambios en el sistema comunicativo-cultural y rebasar ese paradigma”.1 Estos cambios imposibilitan el acceso a determinados bienes simbólicos y conspiran contra el establecimiento de formas culturales.

La música siempre llega al ser humano, en cualquier momento, en el medio individual o en grupo. Es consumida por un gran número de personas y es quizás la práctica cultural más significativa o una de las prácticas culturales más significativas que existen. Incide en la conformación de las relaciones sociales y modos de vida de las personas. Sus admiradores se inscriben a la vez como participantes de esta.

Esta, como manifestación artística, contribuye a la satisfacción y el consumo espiritual de los sujetos, y se encuentra estrechamente vinculada con los sentidos interiores de los actores, tanto de quien las crea e interpreta como de quien la consume. De un modo u otro, está presente en el desarrollo y formación de los sujetos, además de contribuir a su formación social. El valor social que se le confiere y el resultado que produce se corresponde, intrínsecamente, con el contexto social. De ahí que la moción que hace posible la conexión de sujetos a su alrededor, contenga o posea un carácter extramusical.2

En la actualidad se ignora por muchas de las personas la importancia que tiene la música para el desarrollo y evolución, no solo de las sociedades, sino de los propios seres humanos. Se olvida, en muchos de los casos, que la música le concede y le confiere un gran poder emocional y sentimental a los sujetos, es decir, que se minimiza la importancia de su función dentro de la vida social, obviando que muchos de los valores sociales se manifiestan y expresan mediante esta.

Su estudio únicamente se ha llevado a cabo por la musicología y se ha remitido solo a algunos tipos de música. El análisis de su dimensión cultural constituye uno de los conexos más importantes, para el examen e interpretación de muchos de los comportamientos que las personas adquieren junto a esta, ya sea mediante la participación en sus escenarios o por el consumo que de la misma realizan; todo eso unido a los cambios supeditados por la influencia de los diferentes procesos que inciden en las sociedades actuales.

El trabajo que aquí se presenta constituye un resultado de la investigación La vida social del jazz: público y presentaciones de jazz en vivo. Un estudio de caso en Ciudad de La Habana. Se pretende exponer algunas representaciones que, en cierto modo, se producen en torno a la práctica cultural musical, así como evidenciar la dimensión social que los sujetos le confieren. Es decir, se hará referencia a los diferentes discursos que se instauran, (re)configuran, crean y recrean los actores en los espacios de presentación musical, intentando reflejar cómo la práctica sociomusical permite describir personas y grupos de personas, asociados por un gusto musical.

De igual modo, se abordarán las características que definen a la música y su consumo como formas de participación presentes en la sociedad cubana, así como el significado que se le atribuye al gusto por esta. Procesos estos considerados hechos sociales —como dijera el sociólogo Émile Durkheim en su libro Las reglas del método sociológico—, siendo preciso para su conocimiento la interpretación de sus usos y funciones. Por tanto, se pretende patentar aquí el carácter social de la música, sin obviar remitirse al análisis del contexto social y cultural en que surge.

Articular el análisis de la música con el imaginario y la representación que se (re)crea respecto a la construcción social del gusto es otra de las intenciones de este artículo. Con esto ponemos en relación el comportamiento de los individuos que la consumen en nuestros días, con el universo simbólico que a su alrededor construyen. En el estudio de las relaciones entre la música, el consumo, sus formas de participación y construcción social del gusto en espacios sociales, es válido recordar que los conceptos de música y de sociedad responden a realidades empíricas heterogéneas. Es decir, el uso social simbólico de la música mediado por el género, la herencia cultural, el color de la piel, la edad y, el gusto que se tiene por esta.

Uno de los pioneros de la etnomusicología, John Blacking, hizo referencia a la música como la organización humana del sonido. Y consideró que al ser el sonido un elemento tan propagado y dinámico en la vida de los humanos, esta representaba una de las formas fundamentales, a través de la cual los sujetos sociales exteriorizarían su analogía con el mundo y sus relaciones con el resto de los miembros del grupo del que forman parte. Mientras que Bourdieu se refiere a la música como un “reflejo de reproducción de la posición ocupada en la estructura social al que le corresponde su respectivo equipamiento de capital cultural”.3 Esta idea nos denota que es imposible encontrar una sociedad sin música. Se evidencia entonces, cómo en los últimos siglos ella ha adquirido mayor auge, específicamente en el ámbito de su consumo, pasando a otra arista la diversión y el entretenimiento, expresando de esta manera nuevas visiones sociales que abarcan diversas esferas de la vida.

Para Simon Frith la música influye de manera esencial en los posicionamientos individuales, así, la relación entre los gustos culturales y la condición social de la persona que manifiesta esos gustos, será un proceso socialmente condicionado.4

Desde la mirada de Bourdieu, no solo constituye una de las formas de consumo o representación, sino también se haya en correspondencia con el género, el origen cultural, la generación, la edad, la sexualidad, y otros elementos estructurales. Lo que significa que existe una estructuración social del gusto musical mediada por el capital cultural, el capital escolar y la herencia familiar. Es decir, que existe una relación directa entre las diversas variables socioestructurales y los diferentes gustos musicales.5

El análisis de estos fenómenos se encuentra presente en la relación que se establece entre el hecho musical, las características de la sociedad que lo genera y de los sujetos que la interpretan, así como el condicionamiento que propicia el gusto por esta. Es decir, su carácter y dinamismo social se debe también al hecho de producir y escuchar música como una de las formas de interacción y de socialización de los sujetos, de estos con el músico, con el espacio social y con otros sujetos que participan de los escenarios.

Expresar nuestro sentir sobre la música constituye vivenciarla y experimentarla desde lo interior, tanto para quien la hace como para quien la consume. Su composición y lenguaje posibilitan representarse en el contexto en el cual vive; así como sentirse identificado en esta. De la misma forma que le permite trasmitir sus sentimientos y vivencias que, en ocasiones, no le es posible manifestar mediante su propio lenguaje. Por la forma en que es recepcionada o asimilada hace diferente su acogida en las personas y nos permite proyectar lo que somos, además de compartir muchas de nuestras facetas.

Por tanto, se establece como un complejo entramado de sentidos, contribuyendo al reconocimiento y legitimación en algunos casos de prácticas culturales; actuando de ese modo como un elemento socializador y de intercambio, estrechamente vinculada al mundo de la comunicación y el consumo cultural. Por tanto, es considerada el fenómeno de sociabilidad por excelencia.6

Esta forma de sociabilidad que se manifiesta en torno a la música se refleja o se expresa mediante la conformación de grupos que se articulan en torno a esta, incluyendo allí el hecho de oír música, algo tan simple y cotidiano que constituye en sí un fenómeno social, aunque solo se ponga en práctica el vínculo entre el músico y el oyente.

Los estudios asociados al consumo de la música forman, en la actualidad, un área de estudio y trabajo interdisciplinar constituida por enfoques concernientes a las distintas ciencias sociales. La antropología ha contribuido significativamente en el desarrollo de esta temática. Sin embargo, la investigación musical en nuestro país ha estado a cargo principalmente de la Musicología y se considera que, desde la perspectiva sociológica existe la necesidad de realizar estudios del hecho musical que profundicen en su carácter social, cultural, político y económico. Para estos, es importante prestar interés al contexto en relación con el desarrollo social.

La música da vida a las cosas. Como medio o vehículo de consumo, de diversión y disfrute hace de sus escenarios un espacio ideal para la conformación de relaciones sociales, para el establecimiento de grupos y para la manifestación del poder económico que se posea. En un inicio el consumo por esta manifestación cultural fue trabajado por la economía, ciencia que nos ha proporcionado herramientas que han permitido analizar y valorar la demanda que este genera en la cultura. Mientras que otros autores le han otorgado un matiz cultural.

Georg Simmel sitúa el hecho musical en el universo de las relaciones sociales, integrándola al proceso de comunicación. Si añadimos a esto el criterio de Canclini, con el cual aborda el consumo cultural como el “conjunto de procesos de apropiación y uso de bienes y servicios en los que el valor simbólico prevalece sobre los valores de uso y cambio”,7 se podrá precisar la importancia de la música como actividad social, en la cual se encuentran grupos sociales que se agrupan en torno a una forma musical específica.

Otras disciplinas han enfocado el fenómeno de otra manera tomando como referencia los trabajos de diversos autores (Adorno, Max Weber, A. Silbermann, G. Gurvitch y Canclini, ya citado) lo que permite establecer nuevas formas de percepción de este hecho; tal es el caso de la sociología del consumo, la sociología de las artes, la sociología de la música y especialmente la sociología de la cultura, por mencionar solo algunas ramas. Debo aclarar que muchas de estas ramas especiales que acá se mencionan, aún no han sido desarrolladas ni abordadas en nuestro país, poseyendo entonces un carácter incipiente en algunos trabajos de investigadores cubanos.

La sociología de la cultura, por ejemplo, en los estudios de Bourdieu,8 quien dio sus primeros pasos en esta materia, nos ha dejado entrever que el consumo de la cultura se encuentra estratificado haciendo visible una organización jerárquica de la sociedad, resaltando de esa forma el carácter simbólico del consumo y de la propia cultura. En esta misma línea, Jeffrey Alexander desde la sociología cultural hizo alusión a la música considerándola más que una tarea de la cultura manifiesta como objeto de una actividad profesional y semiprofesional. Se instituye, de esta manera, como un elemento de la dimensión simbólica de la sociedad en la que se produce, transmite y transforma justificando en esta muchas de las acciones sociales.

De ahí la importancia de valorar el significado social de la música asociado a los patrones de consumo, teniendo en cuenta el hábito y las preferencias de las personas por los géneros musicales, el acceso a ellos y la construcción social del gusto que se hacen de esta. La interrelación de la música con el consumo se asocia o se vincula estrechamente a las prácticas culturales que pone en boga el sujeto. En la obra de Bourdieu de 1998, se hace patente dicha cuestión cuando hace referencia a la forma de vida de los sujetos y sus hábitos, los cuales les ofrecen a las personas una experiencia que refuerza su forma de ver el mundo y un esquema para interpretarlo.

Las capitales cultural, social y económica9 se hallan presente en la elección y el gusto por la música. El social y cultural le permiten al individuo escoger o elegir sus preferencias musicales, y en estos prima el gusto por un estilo en específico, mientras que el económico facilita su consumo en espacios determinados. Desde esta mirada y luego de una perspectiva, esta idea nos demuestra que analizando desde una perspectiva integral a estos capitales se hace posible establecer un balance en los consumidores en cuanto a gustos y oportunidades de consumo musical.

Siguiendo a Bourdieu, Gil Calvo hace referencia a la música como un reflejo “reproductor de la posición ocupada. A cada posición ocupada en la estructura social le corresponde su respectivo equipamiento de capital o gusto cultural. Así, en función de cuáles sean los gustos de alguien —revelados por su comportamiento cultural—, se puede deducir cuál es la posición que se tiene en el sistema de estratificación. Y viceversa: según cuál sea el sexo, la edad, la clase social y los demás criterios de estratificación, así serán en consecuencia los gustos culturales”.10

Vale la pena aclarar que este planteamiento no es absoluto y que la música constituye y representa un medio de relación de las personas, reflejado entre la realidad que se construye y el reflejo cultural; interconexión que, a pesar de poseer un carácter recíproco, se establece de manera muy compleja en el tejido social. De modo que la posición social también se simboliza mostrando un amplio conocimiento cultural, manifestado en el consumo de géneros variados.11

Por ende, el capital cultural hace frente al económico y, en ocasiones, al social. El capital cultural permite realizar una valoración de las prácticas culturales, manifestadas por los sujetos y con esto de la propia música que consumen, lo que le posibilita tomar ventaja frente al capital económico y social, aunque el escenario cotidiano que vivimos nos hace percibir su disminución con respecto a ellos; a pesar de incidir en este el nivel educativo, lugar de procedencia, la herencia familiar, el contexto social del cual forma parte, la acumulación de conocimientos y la edad, por mencionar algunos de los elementos asociados al consumo cultural y que tributan en cierto modo a los capitales defendidos por Bourdieu en su obra.

Por otra parte, el hecho sociomusical como manifestación cultural desempeña un rol muy importante en nuestra sociedad. Su incidencia en las personas se haya mediada por la comunicación, la construcción social del gusto y las formas de participación que se establecen entre los individuos cuando la consumen. Consumir música no tributa solamente a su escucha, sino que este acto incide en la manera en que (de)construimos y (re)construimos nuestro universo, digamos nuestra vida cotidiana y nuestro entorno, de ese modo, también nos integramos en nuestra sociedad.

La música permite reconocer el diálogo que se establece entre los sujetos consumidores de ella, ya sea, en el medio privado, con amigos o en los sitios de presentación masiva. Así como evidencia las prácticas culturales que se puedan conformar en su entorno, estableciendo o legitimando transformaciones en sujetos y grupos de sujetos que disfrutan de ella y la consumen en ciertos lugares. Esta posee una gran carga de sociabilidad y exige, por parte de quienes la escuchan, receptividad y conocimiento en correspondencia con el género que se escuche. Es decir, es un hecho social, “presenta mil engranajes de carácter social, se inserta profundamente en la colectividad humana, recibe múltiples estímulos ambientales y crea, a su vez, nuevas relaciones entre los hombres”.

El consumo y las formas de participación a su alrededor se encuentran mediados por un conjunto o entramado de relaciones que le confiere sentido al gusto que manifiestan por ella. La comprensión de los procesos sociales que intervienen en la construcción del gusto musical,12 (E. Fubini: Estética de la música, Antonio Machado Libros, Madrid, 2001, p. 164) es importante y los grupos que se constituyen en su entorno se deben en cierto modo a los estilos musicales existentes.

Alphons Silbermann, se refiere a “el gusto en su aparición, como fenómeno social de actitud, nace por un proceso social, el de la función interaccional (…). Son fuerzas externas, como los contactos de grupos, por ejemplo, que consolidan la socialización del gusto y conducen a normas de representación socializadas (…). Es un error persistir en una concepción según la cual la música vive en un mundo de lo absoluto, y por ello el gusto musical es independiente de las fuerzas sociales. No, el gusto musical es un fenómeno social, está condicionado socialmente, nace, vive y muere dentro de la vida social a la que pertenece, y no es (…) ni personal ni particular ni subjetivo”.12

En este planteamiento se observa la conformación de los gustos musicales como una de las formas de tratar determinados procesos que manifiestan la importancia de los mecanismos de interacción social y socialización en espacios musicales. Sin olvidar que el gusto se construye por cada persona de manera individual, y este se constituye en un referente que le posibilita a cada sujeto insertarse en los diversos escenarios de relaciones musicales tras determinadas expectativas y referentes en relación con el contexto social en el que tiene lugar. Muestra, de ese modo, una forma exclusiva de interrelación con el entorno y de posición ante el resto de las personas que forman el tejido de relaciones a que se adscribe.

La composición de la música, el volumen ensordecedor que emana de esta en su producción, el resultado de su producto son casi imposibles de desligar del hecho de estar rodeadas de personas que sienten, experimentan y viven una experiencia similar a la de sus productores. Como diría Grossberg, “cuando escuchas, estás viendo también a los que actúan y a los otros fans. Estás viendo estilos de vestir, maquillajes y peinados, imágenes del cuerpo sexual y del cuerpo que baila. Estas viendo, así como escuchando, fantasías y experiencias sociales, actitudes y emociones”.13

Las características que componen la música determina que en nuestras vidas sea utilizada de disímiles maneras y con variadas formas de participación en el entramado social. Encierra así la música un conjunto de funciones que posibilita que su uso satisfaga a las personas, no solo en el nivel individual, sino en el colectivo, proceso que no es nuevo. La incidencia de la globalización en nuestras sociedades ha conllevado a percibir o encontrar en el ámbito de la música elementos que renueven su carácter, proporcionado por el aumento del consumo y las demandas que este genera.

Considero entonces necesario no perder de vista lo que en este análisis suscitan los gustos personales como herramientas de acceso y elección de la música. Es decir, la manera en que cada actor social percibe y se acerca a la música, a través de la cual se construye un universo simbólico de interpretación y elabora formas de censura o de aceptación al modo en que los demás experimentan la música.

En el texto La distinción. Criterios y bases sociales del gusto, Bourdieu refiere que el gusto es una forma práctica que le posibilita al individuo percibirse o situarse en un lugar determinado en el mundo social. Del mismo modo, este relaciona, reúne y unifica a los que tienen preferencias similares y los distingue de los que no la tienen. Si tomamos como referente la idea de Bourdieu de que el gusto se limita a nuestras preferencias, actitudes, ideas, acciones y se corresponde con un medio abstracto que conforma nuestros criterios y disposiciones hacia las cosas, entonces es en ese orden donde se definen las relaciones diferentes e incluso antagónicas en la cultura, en las que priman y se tienen como base las condiciones en que ha sido adquirido el capital cultural y los mercados en los que se puede obtener un mayor provecho de este.14 Consumo, ocio, arte, o cualquier práctica cultural, son todos ellos niveles de interacción de la vida cotidiana y se explican, a saber, por el gusto, y en este sentido toma partido el aspecto musical.

La presencia del gusto por la música se inserta en las personas no solo por los géneros que escuchan y disfrutan, sino que de igual modo estará presente en aquellos que por alguna razón rechazan, en las motivaciones que crean, en los sentimientos, emociones que despiertan en unos y otros y, en lo referentes, en los hábitos musicales que desarrollan, en los espacios y escenarios que se escogen para su escucha, por mencionar algunos.

La representación de los imaginarios musicales está estrechamente vinculada a la significación que le otorgan los sujetos a sus comportamientos y al comportamiento de los demás. Es decir, dar sentido y significado a sus manifestaciones en los diversos contextos musicales. Es válido tener presente que gran parte de la cotidianidad y de las actividades sociales que realizan la mayoría de los sujetos se corresponden o se hayan mediadas por la música. Esta se encuentra estrechamente relacionada con la comunicación, la socialización y la participación, generando entonces nuevas formas y dinámicas de consumo. Es decir, un consumo asociado al carácter cultural y musical.

A pesar de que el interés de las personas por la música parece ser algo que se presupone, la presencia y la exigencia de las demandas sociales están fomentando nuevas formas de comportamientos y actitudes, estableciendo puntos de contacto identitarios sobre un gusto en específico, constituidos por intereses que van mucho más allá de lo económico, extendiéndose a otros ámbitos como el artístico. El entorno musical genera un imaginario social que se convierte o se representa en un espacio de intercambio, en ocasiones de forma improvisada, produciendo tipos de consumo y participación mediante el cual desempeña un papel significativo.

Las formas de participación alrededor del imaginario musical se realizan de diversas maneras, o bien desde la óptica de los creadores, como parte del producto que ofrecen las industrias culturales, como consumidores o público; conformando una estructura social que puede desarrollarse con otros tipos de relaciones, con grados y formas variables de trato. Este proceso ha establecido y legitimado nuevas formas de relación sobre la base simbólica que conforman los sujetos en su/con su sociedad.

En torno a la práctica cultural musical se desatan una gama de procesos que tienen una capacidad estructurante; que favorecen diversas formas de comportamientos, conductas y manifestaciones llevadas a cabo por los sujetos en contextos de interacción musical, y que, a su vez, especifica las preferencias musicales. Esto proporciona a los sujetos herramientas que les posibilitan otorgar nuevas sentidos y crear nuevas significaciones a sus prácticas culturales, expresándose entonces referentes simbólicos de identidad y de representaciones que muestran los rasgos de igualdad y diferencia que caracterizan a individuos y grupos participantes de estos procesos en los diversos escenarios musicales.

La música permite el encuentro de los individuos y constituye, a la vez, un medio social de interacción e intercambio que favorece y posibilita la construcción de espacios o lugares donde estas personas convergen, comparten experiencias y sentimientos de grupo. Estos sitios se convierten en ejes de comunicación social y productores de sentido, además de representar el canal mediante el cual las personas expresan los significados que elaboran en las interacciones que tienen en ellos. Les permite a los sujetos que participan su ubicación cultural dentro de lo social, así como representar y simbolizar sus formas de ser. De igual manera le permite a los sujetos autodenominarse por medio de sus gustos musicales. Por ejemplo, a los amantes de la salsa se les denomina salseros; a los del rock, rockeros; a los amantes del rap, raperos y así sucesivamente con otros géneros musicales.

Los contextos musicales encierran en su interior una función integradora. En estos se construyen y crean valores, se legitiman y establecen formas de socialización, se conforman grupos. Además de lugares físicos son espacios socialmente construidos, cargados y portadores de significados simbólicos, dando lugar a la formación de estilos propios, configuraciones de hábitos y actitudes que reflejan en estos los propios sujetos y que cambian en función de los intereses, necesidades y del gusto personal por un tipo de música en específico que agrupa a los actores que los frecuentan.

Es decir, los individuos o diferentes grupos sociales poseen distintos tipos de capital cultural, lo que conlleva a que se expresen musicalmente de manera diversa. Esto permite que la adscripción a determinados gustos musicales esté bien delineada. Por tanto, los estilos musicales específicos se conectarán, de manera específica, con actores sociales también específicos, y lo harán a través de una expresión musical.

La Habana, en sus escenarios musicales, muestra complejidades y contradicciones al interior de los grupos de sujetos que participan en estos. Dichos escenarios siempre están en constante cambio. Un lugar como la Tribuna Antimperialista, los clubes como el Amanecer, el Turf, o los clubes de jazz, por mencionar algunos ejemplos, pueden ayudarnos a observar cómo en su interior los grupos producen múltiples, diversas y complejas formas de manifestación y comportamientos. Estos lugares se presentan como espacios de producción simbólica espontánea de muchos grupos, donde reflejan sus comportamientos y expresiones en torno a la práctica musical. La apropiación subjetiva que se realiza en estos lugares por los sujetos se representa como espacios de producción alternativa cultural-simbólica. Por consiguiente, los sitios de presentación musical en La Habana posibilitan la identificación de los grupos no solo con el lugar, sino al interior de ellos mismos y con la música que escuchan.

La interacción de los sujetos alrededor de la música se compone de campos de producción de sentidos en las diversas sociedades. Estas dimensiones, resultado de este tejido social, son consideradas prácticas culturales situadas en diferentes períodos históricos, donde los sujetos desempeñan un papel significativo que beneficia la construcción de estilos y experiencias en el ámbito cultural.

Algunos conjuntos sociogrupales han organizado sus intereses, comportamientos y estilos alrededor de la música. Las manifestaciones de estos en torno a la música realizan o favorecen la construcción de sentidos que desarrollan los individuos en su correspondencia con el medio en el cual se desenvuelven. Sentidos que son importantes valorar y analizar en tanto proceso complejo que envuelve las disímiles maneras de resignificación simbólica en los contextos donde se desenvuelven. Por tanto, las prácticas musicales se caracterizan por ser un medio social a través del cual se identifican y distinguen simbólicamente los entes que participan de ellos a partir de elementos socializadores puestos en práctica por los consumidores. Estas constituyen un medio simbólico de comunicación, participación y disfrute.

Los procesos llevados a cabo por las personas en los diversos escenarios musicales están motivados en cierto modo por el interés de incentivar, reproducir y fortalecer de manera continua el entorno cultural, y en este caso musical, donde se desenvuelven. Estos procesos vistos desde el carácter que le otorgan los sujetos a las prácticas culturales otorgan significado a los comportamientos de ellos en los diversos sitios de consumo y disfrute musical.

Las representaciones en los imaginarios musicales favorecen la producción e intercambio de significados. Los espacios musicales, por consiguiente, contribuyen con el proceso socializador y son a su vez un importante proveedor de intercambio que sobre la base del sentido que le atribuyen los sujetos que participan de él, propician un ambiente que permite captar de otros sujetos.

Las formas de intercambio y comunicación en los espacios musicales favorecen el surgimiento de un nuevo campo social donde los actores reconfiguran no solo aspectos materiales, sino también simbólicos. En este sentido, la construcción de un escenario alegórico y emblemático en contextos musicales concretos incluye la creación, la circulación de prácticas, los procesos individuales y colectivos, de intercambio, de comunicación y participación. Dichos términos se hayan entre las herramientas categóricas que tributan a la identidad y a la alteridad social. Por tanto, la participación en espacios musicales y la apropiación de estos no presupone un simple espectáculo de manifestaciones, sino que explica la necesidad de búsqueda de un sitio que permita más que intercambio, un reconocimiento.

Los sujetos en los espacios musicales suponen el desencadenamiento de nuevos procesos y formas de socialización e identificación individual y grupal. Las representaciones que ellos llevan a cabo en estos lugares, además de adquirir un carácter de referentes, se convierten en sitios de encuentro e intercambio donde conforman una geografía grupal, mediante la cual otorgan sentido a su espacio de participación.

Las personas en los espacios musicales suponen el desencadenamiento de nuevos procesos y formas de socialización e identificación individual y grupal. Las representaciones que ellos llevan a cabo en estos lugares, además de adquirir un carácter de referentes, se convierten en sitios de encuentro e intercambio donde conforman una geografía grupal mediante la cual otorgan sentido a su espacio de participación. Por tanto, en estos escenarios donde la participación musical toma un papel activo, el sujeto adquiere diferentes formas de apropiación de este hecho social, se conforman nuevas formas de intercambio, se consolida el gusto y el deseo de compartir con otros una música determinada.

Los contextos musicales se revelan como una parte importante del mundo simbólico de las personas. Representan y constituyen participación, comunicación, consumo e interacción. Aparejado a esto, el consumo de un tipo de música y la participación de las personas en los mismos propicia modos de socialización, construcción de identidades (es) y forman o retoman un imaginario que se construyen en este entorno. Los individuos conforman en estos sitios de encuentro un espacio social de interrelaciones. Es por eso que la interrelación de los individuos en la música hace que ella sea importante en la colocación cultural del individuo en la vida social. De esa forma puede representar, simbolizar y ofrecer la experiencia inmediata de conformación de grupo.

Gil Calvo, desde su perspectiva de análisis, propone “entender la música como esa línea fronteriza de separación, pero a la vez de vinculación, que hay entre la fachada que presentas en público ante los demás y reducto privado que protege a tu yo interior. Esa línea fronteriza es la música: la voz de la identidad. Esa voz, elevada para ti hacia el exterior, es una voz pública, pues te comunica con los demás y te sirve para participar en tu comunidad, expresando la identidad social por la que te reconocen los otros. Pero esa misma voz, escuchada dentro de ti, es también tu voz interior, tu voz privada que refleja tu identidad personal”.15

El gusto en el ambiente musical adquiere diversos matices, por tanto se asume indistintamente por los actores sociales. Puesto que su incidencia no solo versa en los géneros musicales que escogen las personas, sino en las expectativas que despiertan, en las sensaciones que causan, en los referentes y en los sentimientos que (de)construyen, en los hábitos musicales concretos que desarrollan en los individuos, tomando en consideración los contextos de escucha, de recepción y de consumo. Es decir, en correspondencia con los hábitos y actitudes ante la música con respecto al entorno.

El gusto musical, por consiguiente, favorece las interacciones que le confieren sentido a las sociedades. Muchas de las formas de aproximación a los escenarios musicales se hallan en correspondencia con determinados comportamientos individuales, digamos los sentimientos, las sensaciones y los recuerdos por mencionar algunos, los que favorecen el surgimiento de nuevas relaciones a partir de sus gustos musicales.

Alphons Silbermann plantea: “el gusto en su aparición, como fenómeno social de actitud, nace por un proceso social: el de la función interaccional, pues son fuerzas externas, como los contactos de los grupos, por ejemplo, que consolidan la socialización del gusto y conducen a normas de representación socializadas, es un error persistir en la concepción según la cual la música vive en un mundo de los absolutos, y por ello el mundo musical es independiente de las fuerzas sociales”.16

Actualmente, el intercambio de archivos, la confluencia de opiniones y las valoraciones que sobre la música se llevan a cabo, tanto por especialistas, músicos o por el público en particular, resalta e intensifica el rol que esta desempeña o puede desempeñar en el proceso de identificación o construcción del gusto de la persona. La acción de compartir o proponer música tiene como intención u objetivo hacer participantes a los otros de un acto agradable, satisfactorio, placentero y de ese modo establecer o legitimar una relación, fundamentada por el deseo de difundir el gusto individual por un género musical determinado, con una forma de participación y de comunicación forjadoras de una identidad o de la propia identidad.

El hecho de encontrar en la música elementos que permitan discernir lo que se relaciona con uno mismo, lo que dice de uno, significa percibir o reconocer el gusto que esta confiere. Representa la constitución de los vínculos; se expresan las propias características de las cuales forman parte los individuos y en las que se reflejan sus propios intereses y expectativas manifestadas en modos de apropiación y adopción de estilos de vida.

En cuanto a la música, parafraseando a Frith, se considera particularmente poderosa en su capacidad interpeladora, pues trabaja con experiencias emocionales especialmente intensas, mucho más potentes que las procesadas por otras vertientes culturales, debido a que permite apropiarse de ella para uso personal y disfrute en grupos. También este autor ha dedicado gran cantidad de páginas a recalcar la importancia de la manifestación de los gustos y el establecimiento que los juicios de valor tienen a la hora de conocer a la persona que los emite.

La música, en tanto, tributa a la conformación de un gusto por ella mediante la legitimación de las formas de participación que legitimamos, de las relaciones de consumo que llevamos a cabo y en las relaciones sociales que ponemos en práctica en nuestra vida. Ya sea, experimentándola mediante su producción, mediante la escucha, intercambiándola o compartiéndola con sujetos afines, con nuestras parejas, nuestros amigos y otras personas cercanas. Su consumo nos posibilita expresar quiénes somos, qué queremos y cómo interactuamos con otros, conformando y legitimando constructos identitarios.

Por tanto, participar de la música y compartirla, así como establecer criterios sobre la música que se hace, se consume, se vive y experimenta constituyen formas de autorrepresentación social y de expresión de una identidad en específico o de la propia identidad, ofreciendo una especie de gusto musical relacionado con un tipo de uso de los productos culturales, a lo que Manuel Castells llamó mass self communication. Es decir, que el efecto que produce se encuentra en concordancia con el contexto social en que se realiza, el cual le atribuye un gran valor vinculándolo a las acciones sociales.

Los comportamientos musicales constituyen un indicador mediante el cual se observan elementos o condicionantes que demuestran o justifican, en cierto modo, la aproximación casi ineludible de los actores sociales a la música. Del mismo modo, se piensa la música como un factor consustancial al individuo, que forma parte de él y le sigue en todo momento de su vida, a lo largo de todo el proceso de socialización. De ahí que sea casi increíble no manifestar un determinado gusto por ella, aunque sea indirectamente.

Se instituye, asimismo, una correspondencia casi directa entre los diversos tipos de música y el gusto que le confieren los actores sociales, por muy diferentes que estos sean. Por ende, siempre existirá algún tipo de música que guste y que sea asimilado por cada sujeto, que tribute a su forma de ser, que satisfaga sus inquietudes y por tanto que sea consumida. Esto posibilita que la música represente a las personas y, en ocasiones, las dibuje, en otros casos o quizás en sentido inverso, las personas se sienten representadas y dibujadas en ella.

La interpretación de la música y su significado como arte, como medio de comunicación y como elemento de consumo es constitutiva de su función social. Su estrecha relación con el ámbito social, económico, político y cultural en que se produce contribuye a la comprensión y entendimiento de algunos comportamientos sociales que genera, así como a determinar el porqué del consumo de un tipo de música específica.

De este modo, condiciona el gusto en función del escenario social en el que tiene lugar, a partir de los procesos de interacción producidos en su seno y teniendo en cuenta los condicionantes sociales de cada uno de los actores que participan de estos intercambios.17 La relación música, público y cultura constituye un hecho social innegable, que tiene como finalidad la creación por y para grupos de personas que asumen distintos papeles sociales en su relación con esta.

Los públicos en muchos de los casos se hayan mediados por el gusto musical que se condiciona socialmente y, alrededor de este se forman frecuentemente grupos sociales definidos en torno a las características que los identifican. Parafraseando a Bourdieu se puede decir que la música actual es la manifestación de la extensión y la universalidad de la cultura.

Por consiguiente, el consumo cultural se aproxima con un número de indicadores al consumo de música, mostrando cómo las preferencias musicales contribuyen o conforman el gusto por ella, además de los mecanismos de distinción social que genera su consumo público, sin dejar de considerar al sujeto como ser social, hecho que lo obligará a estar condicionado por el contexto en que vive.

Los gustos de cada individuo se encontrarán socialmente condicionados. Estos alcanzarán un auténtico sentido en el contexto social donde se manifiestan, a través de los procesos de interacción que se producen en su interior y teniendo en cuenta los condicionantes sociales de cada uno de los entes que participan de esas interacciones.

A modo de consideraciones finales, podemos decir que la música es un hecho social productor de sentido, favorece la construcción de realidades sociales y es un elemento activo en la construcción social del gusto. Unida al consumo se transforma en componente del capital simbólico, y proporcionan a su vez la identificación con el sentido atribuido a ellos por los grupos que lo comparten. Es el medio por excelencia que, además de representar el nivel cultural, también lo produce.

Posee el carácter o la peculiaridad de constituir universos generacionales, por el tipo de música que se escucha y se consume, por los espacios que utilizan para compartirla, por las prácticas culturales que en torno a ella desarrollan y que les posibilitan identificarse o legitimarse como grupo sobre la base del gusto que sientan por ella y en estrecho vínculo. De igual modo, se presenta ante las personas como un mecanismo articulador, donde los sujetos manifiestan y expresan su conocimiento, además de incentivar el sentido y significado colectivo.

Se puede decir también que los espacios musicales constituyen un artefacto cultural que provee a las personas de diferentes elementos que facilitan la conformación de grupos. De esta manera, en dichos sitios el gusto por un tipo de música y la asociación en torno a este ofrece maneras de ser y de comportarse, además de formas de satisfacción.

Las formas de participación contribuyen con la producción de gustos por la música en entornos donde se haga presente o se disfrute. Así como favorece la conformación o constitución de espacios que pueden adquirir un espectro tanto físico como relacional. Ello demuestra que existen disímiles formas de interconexión entre personas y música.

Por consiguiente, la relación de los sujetos con el consumo de la música evoluciona continuamente, de forma independiente de quienes la producen; formando parte de su realidad y convirtiéndose en un medio de identificación. El entorno que genera posibilita que nosotros, individuos consumidores de ella, podamos establecer un ámbito relacional. Es decir, lograr un diálogo con ella que se corresponda con la manera que cada sujeto desee. De este modo, las personas adquieren un sentimiento más íntimo e individual con ella. Puede decirse que la música es un hecho social enlazado a la realidad de cada individuo, y que repercute significativamente en la vida social.

 

Notas

1 Pierre Bourdieu: La distinción: criterio y bases sociales del gusto, Editorial Taurus, Madrid, 1998, p. 8.

2 Jaime Hormigos Ruiz: Música y sociedad. Análisis sociológico de la cultura musical de la posmodernidad, Ediciones y Publicaciones Autor S.R.L., 2010, p. 20.

3 Pierre Bourdieu: Ob. cit., pp. 25-32.

4 Simon Frith: Cambios en el sonido: El pensamiento social a través de la tecnología y la política de la música, Amorrortu, Buenos Aires, pp. 3-10.

5 Ibídem, p. 32.

6 Ibídem.

7 N. García Canclini: El consumo cultural en México, Edición del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y Editorial Grijalbo, México, 1993, p. 37.

8 Es importante no olvidar que la teoría de Bourdieu no es totalmente aplicable a nuestra realidad pero que en cierto modo nos orienta y guía, así como nos ayuda a establecer pautas de entendimiento.

9 Trabajados en la obra de Bourdieu.

10 E. Gil Calvo: “La voz de la identidad. Música, estrategia y reflexivilidad”, en Música e ideologies. Mentre la guitarra parla..., Secretaria General de Joventut, Universida de Lleida, 2001.

11 Jaime Hormigos Ruiz: Nuevas formas de distribución de la cultura en la sociedad de consumo. El caso de la música. Versión digital, http://docs.google.com/viewer?-

12 Alphonse Silbermann: Estructura social de la música, Editorial Taurus, España, 1961, pp. 206-208.

13 Lawrence Grossberg: “The media economy of rock culture: cinema, postmodernity and authenticity”, en S. Frith; A. Goodwn y L. Grossberg (eds.): Sound and Vision. The Music Video Reader, Routledge, London, 1993, p. 188.

14 Rosilín Bayona Mojena: La vida social del jazz: público y presentaciones de jazz en vivo. Un estudio de caso en Ciudad de La Habana, tesis en opción al grado de Máster en Desarrollo Social, mayo de 2010.

15 E. Gil Calvo: Ob. cit.

16 Alphonse Silbermann: Ob. cit., p. 3.

17 Rodríguez Megías: Jóvenes entre sonidos: Hábitos, gustos y referentes musicales, Injuve, Madrid, 2002, p. 12.

 

Bibliografía

Bayona Mojena, Rosilín: La vida social del jazz: público y presentaciones de jazz en vivo. Un estudio de caso en Ciudad de La Habana, tesis en opción al grado de Máster en Desarrollo Social, mayo 2010.

Bourdieu, Pierre: La distinción: criterio y bases sociales del gusto, Taurus, Madrid, 1998.

Etzkorn, Peter K.: “Sociología de la práctica musical y de los grupos sociales”, en: “Los componentes de la música. La sociología, los contextos y los creadores”, Revista Internacional de Ciencias Sociales, revista trimestral publicada por la Unesco, vols. XX-XIV, no. 4, 1982, pp. 619-635.

Frith, Simon: Cambios en el sonido. El pensamiento social a través de la tecnología y la política de la música, Amorrortu, Buenos Aires.

Fubini, E.: Estética de la música, Antonio Machado Libros, Madrid, 2001.

García Canclini, N.: El consumo cultural en México, Edición del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y Editorial Grijalbo, México, 1993.

Gil Calvo, E.: “La voz de la identidad. Música, estrategia y reflexivilidad”, en: Música e ideologies. Mentre la guitarra parla..., Secretaria General de Joventut, Universidad de Lleida, Lleida, 2001.

Grossberg, Lawrence: “The Media Economy of Rock Culture: Cinema, Postmodernity and Authenticity”, en: S. Frith, A. Goodwn, L. Grossberg (eds.):

Sound and Vision. The Music Video Reader, Routledg, London, 1993.

Heller, Agnes: Sociología de la vida cotidiana, Península, Barcelona, 1977.

Hormigos Ruiz, Jaime: Nuevas formas de distribución de la cultura en la sociedad de consumo. El caso de la música, versión digital tomada de http:// docs.google.com/viewer? (consultada en octubre de 2011).

——: Música y sociedad. Análisis sociológico de la cultura musical de la posmodernidad, Ediciones y Publicaciones Autor S. R. L., 2010.

Rodríguez Megías, E.: Jóvenes entre sonidos: hábitos, gustos y referentes musicales, Injuve, Madrid, 2002.

Silbermann, A.: Estructura social de la música, Taurus, 1961.

 
 
Cátedras
Oralidad
Gramsci
Juan Marinello
Premios
Memoria
Anual
Nacional
ALBA
Textos libres
Título
Autor
La Aldaba
Directorio
Lectores
Enlaces

 
Dirección:
Elena del Carmen Socarrás de la Fuente
Coordinadores del número:
Yisel Rivero Baxter y Elaine Morales
Coordinador del dossier:
Editora:
Mayda Argüelles Mauri
Diseño:
Programador:
David Muñoz Compte
Consejo Editorial
Luis Álvarez Álvarez, Miguel Barnet, Roberto Fernández Retamar, Araceli García Carranza, Fina García Marruz, Eusebio Leal Spengler, María Teresa Linares, Rogelio Martínez Furé, Graziella Pogolotti, Olga Portuondo, Eduardo Torres Cuevas
Consejo de Redacción
Jorge Luis Acanda, Ana Cairo, Jorge Fornet, Reynaldo Funes, María M. García, Jesús Guanche, Elmo Hernández, Mario Masvidal, Yolanda Wood. Denise Ocampo Álvarez