Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
22  agosto - diciembre 2017

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Álvaro Salvador: “El poema es como una bofetada que te dan las palabras”  
María Carla Gárciga

Álvaro Salvador: la indagación poética de otra sentimentalidad

 

“La poesía es una especie de necesidad. Cuando te acostumbras a escribir no puedes prescindir de hacerlo. Tiene algo de terapia la literatura en general; ayuda mucho al desahogo, a echar fuera tus fantasmas, a ordenar tus ideas… Llega un momento en que es como hacer ejercicios: además de una necesidad se convierte en placer, en diversión, lo cual no quiere decir que no te cueste trabajo algunas veces, pero eso es lo bonito, es como un juego que tiene su dificultad, y luego llega la recompensa y satisfacción cuando logras vencerlo”.

Estas palabras definen para el poeta y ensayista español Álvaro Salvador lo que significa en su vida esa amante adorada por pocos, incomprendida por algunos e ignorada por muchos. Y como no irrumpe en todos de la misma forma, indago: ¿qué debe tener una poesía para que, a nivel estético y emotivo, también le llegue a usted?

“Un poema debe tocar eso que llamamos sensibilidad o sentimentalidad. El poema es como un golpe, una bofetada que te dan las palabras, cuando sientes algo en él que te está conmoviendo. Lo interesante es que tienes que indagar en ti mismo por qué el poema te ha producido ese efecto, y eso ya te lleva a otras cosas, a la reflexión… Por ejemplo, en algunos poemas de Lorca no entiendes lo que dice de primera, pero te emociona, al igual que Lezama Lima. Los que somos poetas y profesores nos damos cuenta por qué nos ha provocado ese efecto: porque está bien estructurado, con una adecuada utilización de los recursos, el juego de ambigüedad que debe tener… Lo más importante es que el poema sea vivo, que las palabras no te digan solo una cosa, sino varias a la vez”.

El también narrador y catedrático de Literatura Hispanoamericana confiesa que el mundo de las letras estuvo siempre presente en su hogar desde la infancia. “Mi padre era muy aficionado a la lectura, era un poeta amateur y le gustaba recitar poemas en alto, se sabía muchos de Darío y de Lorca, y eso me fue educando la sensibilidad desde pequeñito. En la adolescencia hice mis primeros poemas y la hora de elegir la carrera coincidió con un momento en que la Filología se veía con cierta perspectiva de futuro en el país. También se produjo un cambio económico y social en España, donde las clases medias empezaron a acceder a los estudios”.

El primer vínculo que estableció con Cuba, afirma, llegó precisamente a través de la literatura en los años sesenta, cuando descubrió a Carpentier, Lezama Lima, Eliseo Diego… Luego consolidó una relación directa a través de la Universidad de La Habana y la Casa de las Américas, que en 1986 organizó un evento sobre José Martí del cual Salvador fue participante. Sería el inicio de grandes amistades con miembros de la intelectualidad cubana, como Guillermo Rodríguez Rivera, Waldo Leyva, Virgilio López Lemus y Pablo Armando Fernández. Posteriormente, asistió a las ediciones de 2008 y 2016 del Festival Internacional de Poesía, efectuado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).

Con el intelectual granadino, considerado uno de los poetas más influyentes de la literatura contemporánea española, dialoga esta vez Perfiles...

 

Uno de los hitos que ha marcado su recorrido en las letras hispanas fue la fundación, a inicios de los años ochenta, junto a Luis García Montero y Javier Egea, de la tendencia poética conocida como la otra sentimentalidad, la cual posteriormente se denominó poesía de la experiencia y que hacía énfasis no solo en la reflexión moral y de búsqueda del poeta, sino también en las mediaciones del contexto histórico determinado en el cual escribe. ¿Podría ahondar acerca de sus principios y las motivaciones para lanzar dicho manifiesto en aquel entonces?

Fue una conjunción de cosas, como suele pasar. Coincidimos varios amigos de diferentes edades en una España que estaba cambiando por la democracia. Había mucha ilusión cultural, nosotros teníamos una formación marxista, del profesor Juan Carlos Rodríguez, que nos enseñó en la facultad a ver la literatura de una manera diferente. Entonces nos dimos cuenta de que en aquel momento se necesitaba un discurso distinto. Hubo novelistas que hicieron algo parecido a lo que nosotros hicimos en poesía, como Antonio Muñoz Molina, Justo Navarro, Cristina Fernández Cuba… era una sensibilidad nueva que se estaba creando gracias a las nuevas condiciones de vida, a la nueva sociedad y las posibilidades que antes no existían. De esta forma, ideamos ese cuño de la otra sentimentalidad, pensando en que los sentimientos eran históricos y a medida que la historia cambiaba ?y estaba cambiando mucho? los sentimientos iban a cambiar también, entonces quisimos hacer un discurso que se adaptara a esas nuevas sensaciones.

 

Dentro de su obra poética, ¿cuáles han sido las principales inquietudes que ha desarrollado y “qué fantasmas ha echado fuera” a través de ella?

Uno puede ser original en la forma, pero las temáticas casi siempre son las mismas: la amorosa, que es la primera que te preocupa cuando eres joven; la idea de la muerte, que es muy diferente a la que tenías en la juventud cuando resultaba más turbulenta, romántica y heroica, y luego el paso del tiempo, la amistad, la fraternidad, el compromiso social y político… son temas eternos que uno los trata de un modo u otro según las circunstancias y el momento histórico, pero creo que básicamente son los mismos de la modernidad para acá. También en mi poesía he introducido mucho lo que han llamado después estética pop, influenciado por la musicalidad y el discurso del rock de esos años y los poetas de la big generation norteamericana.

 

Usted también ha incursionado en la novela y en la escritura dramática, con obras galardonadas, como Don Fernando de Córdoba y Valor, Abén Humeya, que recibió los premios Ciudad de Granada (1980) y Hermanos Machado, de Sevilla (1981), así como la pieza El día en que mataron a Lennon, que ganó el premio internacional Castellón a Escena (1996). Esta última, sobre todo, fue muy representativa de la generación de los sesenta, cuya beatlemanía perdura aún hoy en muchos que veneran a los cuatro de Liverpool, y toda la revolución cultural y social que se produjo en aquel entonces.

Efectivamente, la obra de teatro El día en que mataron a Lennon es muy generacional, constituye un homenaje a nuestra adolescencia, a la influencia de The Beatles y la revolución cultural que hubo detrás. Por otra parte, hace una crítica del primer desencanto de las aspiraciones que teníamos la gente de izquierda, cuando se produce el cambio en los años noventa y te das cuenta de que las cosas al final no fueron como pensabas que iban a ser.

De cierto modo, he planteado estas problemáticas también en las novelas. La primera, Un hombre suave (Madrid, 2000), habla igual de este primer desengaño y, además, tiene una intriga policial de trasfondo, algo que siempre me ha gustado. Fue una línea que se cultivó en España en aquella etapa y que ahora se está haciendo más que antes. El tema principal de la novela es muy español y quise tratarlo de un modo posmoderno: se trata del donjuanismo, el protagonista es un chico de treinta y tantos años que se dedica a la prostitución por necesidades de tipo económico, ya que suele tener mucho éxito con las mujeres. Toda la intriga se desarrolla a partir de ahí, se hace una crítica del fracaso y se va exponiendo todo lo que pasaba en el país.

 

Su obra ensayística también es bastante amplia y precisamente en Cuba, en el año 2002, recibió el Premio Casa de las Américas de Ensayo por su investigación El impuro amor de las ciudades

Sí, para mí el Premio Casa era un mito. Como tenía una formación marxista, veía a Cuba como referente y Casa de las Américas especialmente, por eso siempre significó algo importante. La idea de este estudio me llegó también a partir de una inspiración cubana: Julián del Casal. Yo conocía su poesía, pero no la prosa, entonces cayó en mis manos la edición que se hizo del centenario, me leí toda su prosa y me pareció extraordinaria y muy ilustrativa de lo que significó el modernismo en Latinoamérica, era un auténtico cronista.

Escribí un primer artículo sobre él y eso me sirvió de incentivo para comenzar a investigar la importancia e influencia que tuvieron, en los escritores modernistas, las transformaciones de las ciudades: La Habana, Buenos Aires, Santiago, México D.F., ciudades extraordinarias y cosmopolitas. Reparé en Casal, Rubén Darío, José Asunción Silva y Manuel Gutiérrez Nájera. En todos trabajé no solo la poesía, sino además la narrativa. Al final se convirtió en un libro cuyo título es El impuro amor de las ciudades, haciendo referencia a un verso del poema de Casal “En el campo”. Esta poesía es estupenda, en ella refiere que el campo le aburre y lo que le gusta es respirar la atmósfera de lo urbano, justo esa fascinación que se produce por las grandes ciudades.

 

Sobre la narrativa y la poesía suele decirse que esta última queda un poco relegada en comparación con la primera respecto al índice de lecturas y el nivel de popularidad. ¿Qué opina acerca de ello?

Ahí intervienen criterios comerciales, pero que no son tan reales, creo yo. Se habla de que la novela interesa más a la gente porque se vende mejor, los premios de narrativa son más publicitados y tal, pero la poesía está en más lugares: en las canciones, en los anuncios y comerciales de la TV, en la red… Ahora mismo en la red hay una cantidad de blogs y revistas que los jóvenes leen mucho, entonces no creo que sea tan así, lo que sucede es que hay un tipo de poesía que ha tenido mucho predicamento en el siglo XX: es una poesía hermética y difícil que requiere de un esfuerzo que, muchas veces, el lector no está dispuesto a hacer ?a no ser que sea un lector especializado o que le guste mucho?, entonces eso puede producir un poco de rechazo; sin embargo, hubo novela experimental de esa manera. Fue una moda que pasó.

Pero la gente se olvida que hay una poesía directa y sencilla, como los poemas de Martí o los de Antonio Machado que se leen fácilmente y se entienden. Por eso creo que son más bien diferencias comerciales. Ahora en España hay un fenómeno de poetas que están surgiendo de los cantautores y cantautoras que publican sus letras en libros con gran éxito y se están vendiendo muchísimo. A lo mejor la calidad no es tan buena como se podría esperar, pero hay chicos y chicas que se encuentran con esos libros y luego van a ir a Neruda y a otros poetas más complejos.

 

Como catedrático de Literatura Hispanoamericana y Española, ¿qué opinión le merecen las letras contemporáneas en la región?

Hay un movimiento muy interesante de escritores de mediana edad que están ofreciendo muchas posibilidades, poetas como Eduardo Chichirino, Juan Manuel Roca, cubanos como Waldo Leyva, Alexis Díaz Pimienta, cada uno en un estilo distinto.

En la novela, por su parte, se está desarrollando la metaficción, que trata de contar cómo se hace una novela, el motivo de inspiración, cuáles son las novelas favoritas del autor… Esto lo ha hecho Leonardo Padura, Cesar Araira, el argentino, o Enrique Vila Mata, en España. Ese tipo de novelística, muy interesante, es más especializada, porque tiene muchas referencias culturales y abre vías para que el lector se acerque a otros libros y autores.

 

En el caso de la literatura cubana, ¿qué percepción tiene de su presencia en España?

Está bastante presente; ahora mismo poetas como Reina María Rodríguez y Waldo Leyva publican regularmente en España con éxito y aceptación, también Virgilio López Lemus; a los más jóvenes los conozco menos. Allá interesó la poesía durante mucho tiempo, y es verdad que hubo un ambiente, pero últimamente son más los novelistas, como Leonardo Padura, Reynaldo González, Zoe Valdés, pero, en sentido general, se suele valorar mucho la literatura cubana en España.

 
 
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