Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
22  agosto - diciembre 2017

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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La Cueva de Taganana  
Carlos Venegas Fornias

Las grutas y cavernas siempre han despertado la imaginación de los seres humanos, y por tanto, han contribuido considerablemente al enriquecimiento de la tradición cultural de los pueblos. Cuba es un país que atesora muchas valiosas cuevas dentro de las formaciones de su patrimonio natural, y abundan las leyendas y relatos que la fantasía popular ha tejido en torno a ellas. La experiencia social las ha relacionado con lo oculto, con el refugio de los perseguidos, con los tesoros enterrados, los cultos secretos, y también con el refugio del delito y la muerte.

La Habana tuvo una de estas cuevas legendarias, situada en las laderas acantiladas de un peñón rocoso elevado junto al mar, al pie del cual abría su tenebrosa boca. Recibió el nombre de Cueva de Taganana, con seguridad atribuido por su semejanza con el sitio costero del mismo nombre ?también acantilado y rodeado de montañas? existente en la Isla de Tenerife del archipiélago canario.

La elevación que penetraba esta gruta adquirió un valor estratégico, pues desde ella se dominaba la vista de la fortaleza del Morro, de la ciudad y su bahía, y quedaba muy cerca de la caleta o desembarcadero del Hospital de San Lázaro. Las autoridades habían proyectado mudar el hospital hacia este sitio tan fresco y alto cuando las fuerzas inglesas invadieron y tomaron la ciudad en 1762 por breve tiempo. Las tropas de ocupación levantaron allí una trinchera y después de la recuperación de La Habana por los españoles, esta fortificación se convirtió en una obra militar definitiva con el nombre de Batería de Santa Clara.

Los ingleses dejaron las primeras imágenes del sitio y sus alrededores. El ingeniero militar Elías Durnford dibujó una vista panorámica de la ciudad tomada desde la loma, y el también ingeniero Archibald Robertson incluyó en su diario una vista del Morro en la lejanía desde la profunda abertura de la cueva, dibujada con un sentido sombrío y misterioso.

El escritor cubano Cirilo Villaverde recogió su descripción literaria en el relato romántico La Cueva de Taganana, publicado en 1837, una de las primeras narraciones fantásticas de nuestra literatura. El novelista situaba el crimen que desataba la trama en el año 1768, dentro del salón de forma circular de la caverna, que tenía capacidad para contener más de cuatrocientas personas y sus bóvedas sonoras repetían el eco de una voz por más de veinte segundos; además afirmaba que este no era el primer asesinato que se cometía en la cueva.1

En los años en que se escribió este relato, la cueva ya se encontraba en vías de desaparición debido a la explotación de sus paredes rocosas como cantera para la construcción urbana. La huella de la batería perduró más tiempo dentro del Hotel Nacional, que intenta perpetuar la memoria de esta hermosa formación natural en sus actuales jardines.

Notas

1 Cirilo Villaverde: “La Cueva de Taganana”, en: Miscelánea de útil y agradable recreo, t. 2, septiembre de 1837.

 
 
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