Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
10  enero 2013 - abril 2013

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Los judíos en el pensamiento moderno; impacto sobre el antisemitismo  
Adriana Hernández Gómez de Molina

Introducción

El pueblo judío, cuyos orígenes se remontan a la más remota antigüedad y se atribuyen a los patriarcas de la Biblia,1 ha atravesado a lo largo de la Historia una azarosa saga de oposición. El antisemitismo, término con el que generalmente se conoce a la predisposición negativa hacia los judíos como grupo social, es un aspecto consustancial de la historia judía y a la vez un fenómeno recurrente en la Historia.

Si bien sus primeras manifestaciones pueden ser rastreadas desde el mismo texto bíblico,2 ya en la Antigüedad históricamente documentada existen ejemplos concretos de antisemitismo, a partir de la intolerancia pagana frente al monoteísmo judío y a la presencia de comunidades judías económicamente prósperas, que se constituyeron en grupos socio religiosos separados.3

Sin embargo, el innegable rechazo y oposición que sufrieron los judíos en la Antigüedad fue superado con creces por el anti judaísmo de índole esencialmente teológico del Medioevo. Con el advenimiento del cristianismo, el antisemitismo echó raíces, se estableció y alcanzó una coherencia y fundamentación de las que carecieron sus primeras manifestaciones en el mundo antiguo. Un argumento nuevo y avasallador, Los judíos, un pueblo deicida, asesino de Dios en la persona de Jesucristo, avalará la maldición teológica que irá formando el mito cristiano del judío como la encarnación del Mal, hasta su total demonización.

¿Habría salvación? Pareciera que sí, puesto que en el horizonte se vislumbraba, desde el siglo XVII, el fin de los mitos y el desprecio, y el triunfo de la razón. El siglo de las Luces (XVIII) traería una atmósfera de racionalismo y enciclopedismo, en la que los librepensadores desechaban las supersticiones y postulaban una tercera vía que tomaba partido a favor de la confraternidad de todos los hombres, la religión de la razón, de los derechos y de la tolerancia. Así parecía desprenderse de la máxima del escritor naturalista de finales del siglo XIX, Emilio Zolá, cuando dijo: “los judíos, como están hoy, son la obra de nuestros mil ochocientos años de imbécil persecución” (Perednik, 1999: 104). El anti judaísmo era un problema que los gentiles (Perednik, 1999: 104; énfasis del original) podrían resolver con la Ilustración; sin embargo, los apóstoles de la razón y de la educación del pueblo no estuvieron exentos de ciertos prejuicios.

Un modesto intento de acercarnos al pensamiento -hacia los judíos y respecto al antisemitismo- de los más representativos filósofos de los albores de la Modernidad -los ilustrados Voltaire, Rousseau y Montesquieu, entre otros-, puede aportar elementos de por qué el pensamiento filosófico fue un ámbito al que acudió el antisemitismo moderno para su legitimación y cómo influyó el primero sobre el segundo. Para ello, partiremos de las peculiaridades del encuentro de los judíos con la Modernidad, que de alguna manera fue presentido por los filósofos ilustrados y los llevó a plantear una serie de consideraciones hacia este grupo social que pueden resultar contradictorias, si tenemos en cuenta que enarbolaban el estandarte moderno de la igualdad y la razón.


Los judíos en el pensamiento moderno; impacto sobre el antisemitismo.

El encuentro de los judíos con la Modernidad

El encuentro de los judíos con la Modernidad es harto contradictorio. Por una parte, el pensamiento universalista ilustrado, refractario a dar cuenta de la alteridad judía, y por otra, el historicismo romántico, que prefigura un Estado moderno como unidad casi orgánica, donde el judío tampoco halla cabida. Las pugnas entre ambos proyectos -la Ilustración y el historicismo romántico- son las que marcarán los avances y retrocesos de la incorporación de los judíos a la sociedad moderna.

El judaísmo ha implicado lazos de pertenencia y de identificación que incorporan y rebasan el horizonte religioso. Es un pueblo cuyo origen encuentra sus referentes en un pacto teológico y sociológico a la vez, constitutivo del judaísmo como religión y como colectivo humano, y se expresa en una existencia grupal de individuos con un bagaje étnico, cultural y fundacional común, valorado como fuente de identidad. De ahí que la propuesta de incorporación de los judíos a la Modernidad ilustrada, por medio de la igualdad jurídica y política, estuvo asociada a la expectativa de que el status de ciudadanía individual acabaría con todo rasgo de su existencia comunal distintiva, descalificada ahora desde una visión universalista de la naturaleza humana y desde las exigencias políticas del nuevo Estado moderno. Para la contra Ilustración romántica, por su parte, el judío no tenía lugar en el seno de una sociedad y de un Estado que se definía por la fe, los lazos sanguíneos, la historia y por un pasado excluyente como una entidad orgánica; los ideales universalistas fueron rechazados a nombre de una visión de la nación modelada por su historia, una lengua y una cultura específica, y regida por leyes propias de su naturaleza particular.

Así, opuesto a los resultados del proceso de la incorporación ciudadana de los judíos, iniciado con la Revolución francesa, emergió el movimiento antisemita moderno como rechazo a los avances de los nuevos ciudadanos, y frente a la persistencia de ciertos rasgos distintivos de su existencia grupal. A todo ello el antisemitismo atribuyó en términos seculares intenciones de dominación mundial, y un poderío que convertía a los judíos en una amenaza para toda la sociedad.

Y ciertamente, el pensamiento filosófico fue un ámbito al que acudió el antisemitismo moderno para su legitimación, recuperando viejos estereotipos y formulando nuevos que, por su carácter filosófico o científico le conferían una pretendida veracidad. Así, las más variadas corrientes del pensamiento moderno fueron fuentes de nuevas teorizaciones: inferioridad moral (Voltaire), religión estatuaria (Kant), pueblo sin historia (Hegel), o los judíos relacionados con el dinero (Marx).


Los filósofos ilustrados y los judíos.

Frank Marie de Voltaire

Si para los apóstoles de la razón universal la actitud crítica hacia el judaísmo era consecuente con sus postulados antirreligiosos (eran deístas), para Voltaire el asunto fue más allá. La fobia anti judía del jefe de la escuela filosófica del siglo XVIII no dejó de sorprender a sus contemporáneos y aun a la posteridad. ¿Fue Voltaire anti judío porque era anticlerical y antirreligioso, o porque algún trastorno de su personalidad lo llevara a la irracionalidad?

… el pueblo más imbécil de la faz de la tierra, enemigos de la humanidad, el más obtuso, cruel y absurdo… siempre fueron errantes y ladrones… son todavía vagabundos sobre la tierra, aborrecidos por todos los hombres. (…) Si preguntas cuál es la filosofía de los judíos, la respuesta es breve: no tienen ninguna (…) Los judíos nunca fueron filósofos, ni geómetras, ni astrónomos (Voltaire: Diccionario filosófico. Poliakov, 1987: 84).

La respuesta está en manos de sus biógrafos pero, de cualquier forma, no es posible que Voltaire ignorara quiénes habían sido Maimónides o Spinoza4, o que desconociera el aporte judío al alma española, pero el antisemitismo tiene la facultad de torcer el razonamiento al más razonable de los hombres. El que encarnó las ideas de la libertad, igualdad y fraternidad llegó hasta ratificar el libelo de sangre medieval5: “vuestros sacerdotes siempre han sacrificado vidas humanas con sus sacras manos” (Voltaire: Diccionario filosófico. Perednik, 1999: 85).

En la época de la Alemania hitleriana, el escritor Henri Labrouse no tuvo ninguna dificultad para compilar un libro de doscientas cincuenta páginas con escritos anti judíos de Voltaire. Así, en medio de la austeridad del Diccionario filosófico, se destacan definiciones como la de Judío (treinta páginas, artículo más largo de la obra), cuya primera parte, redactada en 1745, acaba así: “… no son más que un pueblo ignorante y bárbaro, en el que coinciden la avaricia más sórdida con la más detestable superstición y un odio insuperable hacia todos los pueblos que los toleran y les permiten enriquecerse (…) sin embargo, no hay que quemarlos” (Voltaire: Diccionario filosófico. Poliakov, 1989: 95). Finalmente concluye: “Sois animales calculadores, tratad de convertiros en animales pensantes” (Poliakov, 1989: 95). Esta comparación entre el cristianismo que piensa y el judío que calcula prefigura ya el antisemitismo racista moderno alemán, que decretó la superioridad de la inteligencia creativa de los cristianos convertidos en arios, sobre el estéril intelecto de los judíos semitas.

La actitud declaradamente anti judía de Voltaire fue confirmada por un escritor de la posteridad, Louis de Bonald (1807), quien expresó: “… los judíos gozan de la benevolencia de los filósofos, pero debo señalar una excepción importante: el señor Voltaire, jefe de la escuela filosófica del siglo XVIII, que a lo largo de toda su vida mostró una aversión empecinada hacia ese pueblo desafortunado” (Poliakov, 1987: 101).

Con todo, los judíos posteriormente emancipados solo vieron en Frank Marie Voltaire el campeón de la democracia burguesa, porque “…los judíos deben el relativo descanso del que gozan hace algunos años, al progreso de las luces, al que Voltaire con sus obras contra el fanatismo, ha contribuido más que cualquier otro escritor”.6

Diderot y la Enciclopedia

Del enciclopedismo podía haberse concluido que el modo de superar taras medievales como el antisemitismo era la educación. Sin embargo, los responsables de educar e iluminar al pueblo mantenían ciertos prejuicios. El principal de los autores de la famosa Enciclopédie (1765), Dennis Diderot, señaló como principal virtud de los judíos que son el pueblo más antiguo y que nunca fueron politeístas, pero al mismo tiempo -y siguiendo el espíritu ilustrado de la época- los consideró ignorantes y supersticiosos (Poliakov, 1987: 98; énfasis en el original).

En El paseante escéptico (1747), un escrito de su juventud, este paladín de la lucha contra la religión revelada ajustó las cuentas tanto al judaísmo como al cristianismo: “(…) las dos supersticiones enemigas igualmente absurdas y nocivas” (Duvnov, 1951, Tomo VI: 83). Sin embargo, no dejó de hacer gala de su réplica razonada en el Examen del prosélito que se contesta a mismo (1763):

La razón demuestra que la nación judía debía haberse extinguido por sí sola. Y al contrario, la razón demuestra que si los judíos se casan y procrean, la nación judía debe subsistir, pero… ¿cómo es posible que ya no hayan cartaginenses y macedonios? La explicación es sencilla: estos pueblos se incorporaron a otros, mientras que la religión judía y sus supersticiones les impiden mezclarse… tienen que constituir una nación aparte (Poliakov, 1987: 104).

Diderot es La Enciclopedia, pero La Enciclopedia no fue solo Diderot. En este singular compendio del saber colaboraron más de doscientos autores con puntos de vistas diferentes. De ella, en sentido general, puede decirse que se menciona a los judíos, venga a cuenta o no, para demostrar determinadas tesis, pero casi siempre las necesidades de estas argumentaciones conducen a juicios negativos.

Paul D´Hollbach y los ateos fueron más lejos. En los denodados ataques antirreligiosos proclamados por el rico barón francés entre 1750 y 1775, en cuyas cenas filosóficas -que ofrecía tres veces por semana- Diderot era uno de sus más asiduos comensales, se dictaban juicios contra todo espiritualismo, bajo la consigna de un materialismo radical, avalado por una ciencia en ascenso que no pretendía más que una materia tangible. En su obra El Espíritu del judaísmo (1770), expresa que este es malo por naturaleza y constituye el origen corrupto del cristianismo:

Es evidente que el cristianismo no es más que el judaísmo reformado. La revelación hecha a Moisés sirve de fundamento a la de Jesucristo…. En una palabra, está claro que el judaísmo constituye la verdadera base de la religión cristiana” -en consecuencia expresa-: “¡Atrévete, oh, Europa a despojarte del insoportable yugo que te infligen tus prejuicios! Deja que esos estúpidos hebreos, fanáticos e imbéciles, asiáticos y degradados…veneren supersticiones tan envilecedoras como insensatas, no están aptas para los habitantes de tu tierra (…)” (Poliakov, 1987: 127).


Montesquieu y Rousseau

No faltaron las excepciones en los filósofos del siglo XVIII que dieron en sus escritos un trato más benevolente a los judíos: Montesquieu y Rousseau.

Entre los sistemas de gobiernos descritos por el autor del Espíritu de las leyes (Montesquieu, 1767) no figura la teocracia, y en su obra maestra apenas existen referencias al Antiguo Testamento. Montesquieu se abstuvo de criticar o ridiculizar la ley de Moisés, y sin embargo esta ley tenía forzosamente que sorprender al campeón del derecho natural:

En el sistema de los judíos existe una gran aptitud para lo sublime, porque están acostumbrados a atribuir todos sus pensamientos y sus hechos a inspiraciones particulares de la Divinidad, que es un agente fundamental (…) Lo que a nosotros nos impide rozar lo sublime, golpear y ser golpeados, es esta nueva filosofía que solo nos habla de leyes generales y nos impide cualquier pensamiento particular sobre la Divinidad. Nuestra filosofía lo reduce todo a una relación de movimientos, y no nos habla más que de entendimiento puro, ideas claras, razón, principios y consecuencias (Poliakov, 1987: 125).

En términos generales, Montesquieu favoreció el otorgamiento de la igualdad de derechos a los judíos y se solidarizó con sus sufrimientos ancestrales. Asimismo, creyó que con el advenimiento de la razón los judíos estaban salvados y “… la superstición no resurgirá ya más, por lo que no volverán a ser eliminados por motivos de conciencia” (Poliakov, 1987: 104); pero en esto hubo de equivocarse el campeón ilustrado de la tolerancia.

Por su parte, Jean Jacques Rousseau tuvo también una actitud desprejuiciada hacia los judíos y adoptó consistentemente una postura favorable, no exenta de cierto misticismo. Sin embargo, en su mismo libro, Profesión de fe (1773), este representante de la religión del corazón se manifiesta como hombre de su tiempo al proclamar su horror hacia lo que consideraba el sectarismo judío: “diría a esos sectarios: vuestro Dios no es el nuestro. El que empieza por escoger un solo pueblo para proscribir al resto del género humano, no puede ser el padre de todos los hombres” (Poliakov, 1987: 125).

Reconocemos al autor del Contrato social cuando su intelecto se extasía ante “(…) la excelencia de la legislación con la que Moisés dotó a esa singular nación (Rousseau, énfasis en el original) y la intuición de que los judíos no son exactamente una raza:

(…) Pero ver a un pueblo expatriado, sin hogar y sin tierra… constituye un espectáculo sorprendente y único, un pueblo mezclado con extranjeros que tal vez ya no tiene un descendiente de las primeras razas; (…) disperso, perseguido (…) y que sin embargo conserva (…) sus costumbres, sus características, sus leyes y su amor patriótico hacia su primera unión social (…) Los judíos nos ofrecen un espectáculo asombroso: las leyes de Numa, de Licuro y de Solón ya no tienen vigencia; en cambio las leyes de Moisés (…), están aún vivas (…) (Poliakov, 1987: 109).


Impacto sobre el antisemitismo

En sentido general, las diferentes vertientes del pensamiento moderno tendieron a constituir un estereotipo negativo del judío, cuyas variantes tuvieron gran difusión en la mayoría de los países de Europa occidental: el judío visto como una raza inferior, su identificación con el capitalismo explotador por un lado, y con el socialismo revolucionario por otro, así como el judío como elemento propagador de una civilización artificial, materialista y sofisticada.

La primera identificación es característica del pensamiento racista que surgió en Francia en el siglo XVII, pero que alcanzó su clímax en la Alemania del siglo XIX, donde las luchas nacionalistas hasta su integración como nación en 1870 empujaron a los estudiosos a descubrir supuestas razas y subrazas; por demás, la mayoría de los monarcas europeos eran de ascendencia germánica.

En cuanto a la identificación de los judíos con el capitalismo, se produce, según uno de los más notables historiadores contemporáneos, el profesor Saulo Barón (Szekely, 1940: 104), porque toda su historia está relacionada con la forma más abstracta del capitalismo: el dinero. Su experiencia como prestamistas, las consecuencias psicológicas de su desvinculación con el suelo, el espíritu burgués de su vida urbana, el carácter artificial y temporal de toda la vida judía, el predominio del pensamiento especulativo como consecuencia de este estado de cosas, hacen que frecuentemente se asocie al judío con el espíritu mercantilista de la burguesía. Así, en su respuesta a Bruno Bauer, Carlos Marx señala en su trabajo La cuestión judía: “La nacionalidad quimérica del judío es la de comerciante (…) ¿cuál es su dios mundano? El dinero (…) la sociedad burguesa crea continuamente judíos” (Marx La cuestión judía, Marx y Engels (compilación), 1960: 81).

La misma amalgama de mito y realidad aparece en relación con el rol de los judíos en los movimientos de reivindicación social. Los judíos asoman a finales del siglo XIX como los más relevantes teóricos del socialismo,7 entre otras cosas, por su vocación mesiánica, su espíritu universalista avalado por un sentimiento nacional menos arraigado que el de sus coterráneos -cosa que los condujo a una proyección internacionalista, materialista y artificial al decir de los antisemitas-, así como el resentimiento lógico hacia una sociedad que no los acepta en el plano de igualdad. En este sentido, vale señalar el comentario del destacado líder socialista de ascendencia judía Edward Berstein, uno de los principales organizadores de la Segunda Internacional: “Cuando el problema judío adquirió una forma aguda durante la guerra, vi en la Internacional socialista la fuerza liberadora que un día traería la solución” (Friedlander, 1972: 101).

En sentido general, el antisemitismo moderno se perfiló como una reacción al proceso de asimilación ciudadana de los judíos, y tuvo su desenlace en las fuertes manifestaciones antisemitas de finales del siglo XIX como los progromos8 de Europa oriental, que provocaron el éxodo de miles de judíos hacia América y Palestina. Pero para constatar sus efectos más nefastos hubo que esperar a la primera mitad del siglo XX, cuando el avance del racismo en Europa y su posicionamiento en el seno del nacionalsocialismo alemán condujo a jerarquizar la alteridad judía hasta deshumanizarla.


Conclusiones

El rechazo o predisposición negativa hacia los judíos, conocido generalmente como antisemitismo, es un aspecto consustancial de la historia judía y es un fenómeno recurrente a lo largo de la historia de la humanidad.

A pesar del proceso de emancipación ciudadana que se inició con la Revolución francesa, el encuentro de los judíos con la Modernidad fue contradictorio ya que las características particulares de este pueblo no cumplían las expectativas universalistas proclamadas por los ideólogos modernos. Desde los mismos albores de la Modernidad, el pensamiento ilustrado se mostró refractario a dar cuentas de la alteridad judía, cosa que se mantuvo como tendencia en todo el pensamiento filosófico posterior. Tampoco hallaron los judíos cabida dentro del moderno Estado–nación, constituyéndose en el otro por antonomasia.

La confluencia de la tradición anti judía, heredada del Medioevo y los nuevos argumentos del pensamiento moderno, conformaron estereotipos negativos de los judíos que sirvieron de asidero teórico al movimiento antisemita moderno.

 

Bibliografía

-Arendt, Hannah (1981): Los orígenes del totalitarismo, Alianza Editorial. Madrid, 282 pp.

-Bush Sánchez, Rita María (2011): Aprehensión de la historia de la filosofía con sentido ético cultural, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 232 pp.

-Crouzet, Maurice (1961): Historia general de las civilizaciones, Ediciones Revolucionarias, La Habana, Tomo 4, 1452 pp.

-Dubnov Markovich, Simeón (1951): Historia del pueblo judío desde sus orígenes hasta la actualidad, Editorial Paidós, España, Tomo VI, 352 pp.

-Enciclopedia de la Historia y la cultura del pueblo judío (1996), ED2 Nativ. Ediciones, Jerusalén, 1520 pp.

-Flannery, Edward (1946): Veintitrés siglos de antisemitismo, Editorial Paidós, Buenos Aires, 325 pp.

-Friedlander, Saúl (1972): Una psicosis colectiva: el antisemitismo nazi, Gránica Editor, Buenos Aires, 357 pp.

-Le Goff, Jacques (1964): La civilization de loccident medieval, S.e. Paris, 413 pp.

-Marx, Karl (1960): “La cuestión judía”, en: Marx Karl y Engels, Federico (compilación) (1960): La sagrada familia y otros escritos filosóficos de la primera época, Editorial Grijalbo, México, 252 pp.

-Poliakov, León (1987): Historia del antisemitismo, Ediciones Mila, Buenos Aires, Argentina, Tomo 3, 252 pp.

Perednik, Gustavo Daniel (1999): Judeofobia, Colección de la Facultad de Humanidades, Panamá, 152 pp.

-Santa Biblia: Antiguo y Nuevo Testamento, Versión Reina–Valera 1960 (1997), Sociedades Bíblicas Unidas, Ginebra, Suiza, 1441 pp.

-Sánchez Porro, Reinaldo (2004): Aproximación a la historia del Medio Oriente, Editorial Félix Varela, Ciudad de la Habana, Cuba, 213 pp.

-Szekely, Bela (1940): El antisemitismo; su historia, su sociología, su psicología, Ed Claridad, Buenos Aires, Argentina, 420 pp.

 

Notas

1El origen del pueblo hebreo está relacionado con el mítico patriarca Abraham quien, proveniente de Mesopotamia, entró en contacto con Canaán o Palestina alrededor del 1800 –1700 a.n.e. Sin embargo se atribuye a Moisés, el libertador del pueblo de Israel (doce tribus) de la esclavitud padecida en Egipto (hacia 1250 a.n.e), el haber conformado las bases religiosas y nacionales del pueblo judío. Ver: Reinaldo Sánchez Porro: Aproximación a la historia del Medio Oriente, Editorial Félix Varela, Ciudad de la Habana, Cuba, 2004, p. 24.

2 Los principales arquetipos del antisemitismo están prefigurados en el texto bíblico: la oposición religiosa (Dn 3:8); los judíos como quinta columna (Ex 1:9 y 10). También el relato bíblico hace referencia a lo que, quizás, sea el máximo arquetipo antisemita, una suerte de “solución final” antiguo testamentaria descrita en el libro de Ester cuando Hamán, principal dignatario del rey Asuero de Persia (identificado con Jerjes I) planea el genocidio de los judíos en todo el extendido imperio persa-sasánida: Hay un pueblo disperso en todas las provincias….cuyas leyes son distintas… y no observan las órdenes del rey…. Escríbase que sean destruidos”. (Ver Ester 3:8). Santa Biblia, (AT) (1997), Versión Reina Varela 1960, Sociedades Bíblicas Unidas. Ginebra, Suiza.

3 Alejandría, ciudad donde florecieron las ciencias y las artes en la antigüedad, fue también la cuna de la literatura antisemita. Toda una pléyade de cronistas del período helénico -Hecateo de Abdera, Lisímaco, Apolonio Molón y en especial Apión- lanzaron una suerte de acusaciones contra los judíos donde se plantean temas que después serán recurrentes en la evolución del antisemitismo: la expulsión de los judíos como grupo indeseable, su insociabilidad y misantropía, el insulto a sus símbolos, y por primera vez, el tema del asesinato ritual. Ver: Edward Flannery: Veintitrés siglos de antisemitismo, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1946, p. 32.

4 Moisés ibn Maymon (1138- 1204), filósofo, teólogo y médico hispanojudío. Su pensamiento influyó en la escolástica cristiana; Baruch Spinoza (1632- 1677): Filósofo holandés de origen marrano, autor de Tratado teológico- político (1670).

5 Libelo de sangre: Uno de los principales mitos anti judíos surgidos en la Edad Media, que culpa a los judíos de cometer asesinatos con fines rituales, generalmente contra víctimas cristianas, preferentemente niños. La difusión del famoso libelo de La Guardia precedió a la expulsión de los judíos de España en 1492.

6 Zalkid – Ourwitz, sabio alemán, a pesar de que considera a Voltaire el padre de los antisemitas del siglo XIX, hace este comentario citado por León Poliakov en: Historia del antisemitismo, Ediciones Mila, Buenos Aires, 1987, Tomo 3: El siglo de las luces, p. 104.

7 El sector judío europeo tuvo una destacada participación en el movimiento revolucionario de finales del siglo XIX, de hecho, muchos de sus líderes fueron destacados teóricos del socialismo; cabe recordar a Rosa Luxemburgo, Clara Zektkin y Paul Levi, entre otros. Tostky, Kamenev y Zinoviev -los más cercanos colaboradores de Lenin- también fueron judíos.

8 Progromos: embestidas, del original en ruso.


Adriana Hernández Gómez de Molina. Graduada de Licenciatura en historia en la Universidad de La Habana en el año 1987. En 2011 obtuvo el título de Máster en Historia Contemporánea y Relaciones Internacionales con la tesis: El antisemitismo en Europa contemporánea: 1948- 2010. Actualmente funge como profesora de Historia moderna y contemporánea en el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana, e imparte cursos de pregrado y posgrado en la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana. Sus trabajos han sido publicados tanto en medios nacionales como fuera de Cuba, generalmente referidos a la línea de investigación: la cuestión judía y su impacto en Cuba.

 
 
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