Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
julio 2012 - diciembre 2012

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Los usos de los escenarios musicales y sus funciones de sociabilidad  
Rosilín Bayona Mojena

[...] la relevancia de la música radica en que ofrece,

con mucha intensidad,

no solo una percepción del yo

sino también de los otros,

contribuyendo de ese modo

al proceso de construcción de identidad.

Simon Frith

[...] la pertenencia a una nueva comunidad

de valores culturales pasa necesariamente

por la posesión, conocimiento y dominio de

bienes simbólicos específicos, uno de los cuales

gira alrededor de la música y sus productos, los discos.

Adrian de Garay (1999)

La música es considerada una de las variantes de la creación artística y es igualmente un elemento formativo de la identidad sociocultural de las sociedades, sujetos y grupos de individuos. Posibilita la conformación de las relaciones sociales y los modos de vida de las personas y se ha constituido en un canal importante de la cultura, aunque sus productos, sus usos y sus lugares de consumo e interacción se presentan de forma diferenciada. Como manifestación artística, su estructura y reconocimiento contribuyen con la satisfacción y el consumo espiritual de las personas, encontrándose estrechamente relacionada a los sentidos interiores de los actores que participan de ella, es decir, tanto de quien la crea como de quien la consume y disfruta.

Como hecho social y cultural se constituye en un fenómeno complejo. En sus lugares de presentación se observa la variedad de vivencias que exteriorizan las personas mediante la interacción social que desarrollan en sus encuentros e intercambios. Esto posibilita que cada tipo de música tribute no solo a la representación o identificación de necesidades, sino al intercambio, la comunicación y la participación de los sujetos y los grupos sociales. Sin pasar por alto que la música también responde a una necesidad global si la miramos desde la óptica representativa que en ocasiones le dan los músicos, cuando hacen referencia a los países, a las sociedades en específico o a las cuestiones que discute el mundo en nuestros días.

En Cuba, la expansión de nuevos géneros musicales, además de propiciar la apropiación de espacios, conductas y comportamientos, involucra, a su vez, actos de consumo cultural y simbólico de los sujetos. Esto ha permitido la aparición de espacios que se han convertido en sitios de producción y reproducción de sentido por individuos y grupos, estableciendo, entonces, nuevas oportunidades de relación, construyendo nuevas maneras de ser, de constatar y percibir la realidad que circunda a cada individuo.

La música representa un objeto de consumo simbólico. En el sector juvenil favorece la adscripción de estos a espacios de socialización, del mismo modo en que esta constituye un soporte de comunicación, sobre la base de códigos y referentes con los cuales participan en el consumo de estilos, marcas, valores, artistas, identidades y diferencias, así como diversas formas de ser joven. Formas que se exponen a través de la exhibición de ropas, accesorios, pelados, peinados, que continuamente nos muestran el universo de las culturas juveniles que son ambientadas y animadas en estos escenarios.

Las actividades musicales constituyen un punto cardinal, en torno a las cuales se desarrollan relaciones sociales. Su consumo involucra la participación de un cierto número de sujetos sociales, ya sea directamente implicados en una actividad musical concreta, o no. En estas los grupos se conforman en relación con sus experiencias culturales, las que les permiten establecer mecanismos de identificación y diferenciación a partir de las prácticas musicales que asumen frecuentemente. Por consiguiente, los individuos y grupos sociales en torno a géneros específicos establecen pautas de interpretación, normas estéticas, y se conforman en correspondencia al gusto que le confieren, exhibiendo funciones comparables a las de otros grupos en su ámbito social.

La construcción de espacios, tanto sociales como culturales, ha ido en incremento, convirtiéndose en lugares favoritos de muchos sujetos. Algunos de estos sitios son visitados todos los días, pero la afluencia de público prima, fundamentalmente, los fines de semana, observándose una presencia significativa de jóvenes. Sería pertinente aproximarnos a la forma tan compleja en que las personas y, en especial, los jóvenes establecen sus relaciones a través del consumo cultural, en este caso el musical, y la apropiación y uso de estos espacios considerados de intercambio simbólico.

Se legitiman estos ámbitos como lugares de sociabilidad, convirtiéndose para los sujetos en el sitio donde el valor simbólico actúa como código compartido que tiene como referente la (de)construcción de identidades y diferencias que continuamente son transformados (García Canclini, 1993; Martín Barbero, 1998). Es importante tener presente que estos lugares son el producto o el resultado de las formas de interacción, las experiencias y las vivencias de las personas que lo crean.

El consumo de estos espacios musicales de interacción social adquieren un rasgo cultural en la medida que los sujetos participantes en estos le atribuyen significaciones diferentes. De este modo, le confieren un valor simbólico en torno a las disímiles formas de comunicación que allí establecen, que en algunos momentos les facilita omitir el lenguaje oral para la búsqueda y aceptación por otros.

La pluralidad de espacios de socialización o de sociabilidad, fundamentalmente musicales, han favorecido el desarrollo del consumo de determinados bienes, en este caso el musical, como uno de los elementos significativos en los procesos de construcción simbólica de las identidades y diferencias de algunos grupos, posibilitando la constitución de un entramado complejo de sentidos, donde operan determinadas prácticas culturales de los agentes como elementos socializadores.

Los jóvenes, al igual que otros segmentos poblacionales, conforman sus espacios de relaciones y definen sus identidades a partir de las preferencias musicales (Feixa, 1998; Margulis y Urresti, 1998; Reguillo, 2000). Estas les posibilitan canalizar sus deseos, sus gustos, su forma de ser, buscando en estas el modo de satisfacer algunas de sus inquietudes. Se hace significativo valorar las formas de apropiación que el sector juvenil hace de los espacios que cotidianamente construye.

Los jóvenes construyen sus identidades y diferencias con el vestuario, los peinados, el lenguaje que aprenden, así como con la apropiación de determinados objetos emblemáticos. En el caso que nos atañe, los bienes musicales los convierte en sujetos culturales y les permite crearse una visión del mundo, una noción de cómo vivirlo, así como establecer y legitimar patrones de identificación y diferenciación.

El consumo cultural los ayuda a crear formas y estilos de identificación, les posibilita cohesionarse, además de instituirles esquemas de conducta, códigos, modos de aprendizaje e inclusive un lenguaje. En los grupos donde el componente de cohesión es la música, las formas de asociación y apropiación se generan a partir de ella. Esta, entonces, es la que determina la forma de vestirse, de moverse y de hablar, lo que facilita la conformación del grupo de pertenencia.

En Cuba los espacios de socialización musical se han convertido en nuevos territorios, representando una expresión de cómo las nuevas culturas juveniles crean nuevos escenarios de consumo simbólico, de interacción y sociabilidad, los que se manifiestan como enlaces entre las culturas emergentes de los jóvenes cubanos y las culturas de otras sociedades, no solo de Estados Unidos o Latinoamérica, sino también de otras partes del mundo. Esto puede observarse continuamente en las modas que los identifican, en el uso que hacen de las marcas en sus ropas y accesorios, en el conocimiento que adquieren de los diversos tipos de música que más se escuchan,  no solo en Cuba sino en otras partes del  mundo. La identificación de los músicos más escuchados y qué temas cantan, unido a los intereses individuales y grupales, a los asuntos sobre los que se discute, se han convertido en referentes significativos de socialización y de construcción de identidades y diferencias.

Dichos elementos les posibilitan a los jóvenes insertarse en un contexto sociocultural en el que algunos participan construyendo una imagen de ser iguales, mientras otros se crean una imagen de ser diferentes. Estas imágenes se convierten en estilos de vida y en formas de ser y querer ser, que en su juego de roles adquieren un carácter dominante para la aceptación grupal, además de constituir un elemento de las prácticas simbólicas mediante las cuales se representan.

Las representaciones musicales en los diversos espacios poseen diferentes connotaciones para los individuos. Esto sucede, en parte, por la manera en que los bienes, tanto culturales como materiales, ubican a estos individuos en la sociedad de consumo en que se encuentran y a la cual intentan integrarse; tratando de superar las normas que impone, mediante las normas que “nos reproducimos a nosotros mismos y a nuestro mundo” (Heller, 1998:27).

Los sitios de participación musical se han convertido para los diversos segmentos poblacionales en un espacio-lugar de comunicación e interacción. Los jóvenes encuentran en estos un lugar de incorporación e intercambio social, representando para ellos la música, un modo de evidenciar su sentido de lo social, estableciendo en cierto modo su propio lenguaje y forma de comunicación, permitiéndoles expresar y exteriorizar las valoraciones que tienen de sí mismos y de los otros. Es decir, la música es para los jóvenes el canal o la vía que les permite compartir no solo con sus grupos de iguales, sino con otras personas aunque no sean afines, un músico, un grupo musical en particular, por mencionar algunos ejemplos.

Los contextos musicales expresan diversas realidades a las cuales se integran los sujetos jóvenes y los menos jóvenes también, es decir, cualquier persona. Se legitima de este modo vínculos tanto formales como informales en los que a veces la apropiación, la (re)producción cultural y la (re)presentación se producen de manera explícita, y estas a su vez se manifiestan de manera implícita mediante la propia dinámica relacional que se pone en práctica.

Por consiguiente, la pertenencia a grupos y la conformación de espacios de intercambio posibilitan que la práctica musical para los jóvenes estimule en cierto modo la construcción y (de)construcción de relaciones sociales, favoreciendo el desarrollo del hecho musical en sí mismo y animando la participación de nuevos sujetos jóvenes o no, en espacios de presentación de música. Dicho proceso se representa en un entramado de dinámicas musicales, resultado de la propia interacción, las cuales son moldeadas por las condiciones de su contexto inmediato y los gustos por las preferencias musicales (Megías y Rodríguez, 2002:25). Ello nos lleva a pensar que en algunos de los casos los escenarios musicales se han convertido para el sector juvenil en sus lugares favoritos para legitimar y poner en práctica modos de sociabilidad, transformándolos en sus sitios escogidos para establecer relaciones de intercambio e interacción, unido a formas y manifestaciones de apropiación y consumo simbólico.

El consumo de la música y la participación que en su entorno se crea genera toda una red social en donde se forman grupos y estos a su vez elaboran normas del grupo, o, lo que es lo mismo, patrones que les permitan percibir la realidad, pensarla a su manera, sentirla y actuar en concordancia con sus expectativas. O sea, que el consumo de determinados tipos de música se corresponde con la manera de vivir, con la manera de organizar la cotidianidad, de percibirnos y de percibir a las personas, así como pensar y analizar los acontecimientos que continuamente se dan en el mundo que nos rodea.

Es decir, estos contextos musicales se encuentran cargados de rutinas y símbolos, construidos mediante interacciones grupales que continuamente se ponen de manifiesto en ellos, que de igual modo se esgrimen como base de la construcción de los saberes de quienes llevan a cabo una vida social y cultural en dichos lugares. Parafraseando a Berger y Luckmann, estos escenarios son concebidos como sitios de prácticas donde los sujetos realizan sus acciones.

Por tanto, los espacios de participación constituyen una oportunidad de encuentro y de (re)construcción de vínculos sociales. Estos factores evidencian una de las coordenadas fundamentales para la solidificación y la legitimación de estas relaciones: la búsqueda o el encuentro de nuevos amigos, teniendo supeditadas de cierto modo a las dinámicas que trae consigo el consumo.

Puede, entonces, afirmarse que estos contextos están cargados de particularidades e individualidades, que son trascendentes aunque, a simple vista, no se perciba. Dichos sitios están marcados por hechos y acontecimientos que subrayan la actuación asumida individualmente por las personas en estos, así como en los grupos que ellos conforman, a partir de la atribución de significados a sus acciones, mediante la cual interpretan la realidad que los rodea.

Lo reproducción de lo musical en los diferentes sitios obtiene un carácter simbólico a partir de la participación y el consumo realizados por los sujetos. Las relaciones creadas en este contexto refieren un sistema significante que da lugar a establecer relaciones sociogrupales alrededor de la música. Esto se verifica en el proceso comunicativo expresado a través de la socialización de las personas. En los escenarios de producción musical los grupos crean sistemas significantes, los cuales posibilitan la identificación de los individuos unos con otros, adoptando, entonces, características de pertenencia que los diferencian del resto de los grupos en los espacios sociales.

La representación del consumo en espacios socioculturales y musicales como actividad socializadora de los actores se debe, en parte, a las características que se desprenden del propio escenario en que interactúan, unido al carácter musical que poseen y al medio del cual provienen las personas que participan de este, lo que posibilita el desenvolvimiento de estos actores en espacios concretos. De ahí que el espacio social se visualizará como universo que conserva o transforma el comportamiento de los sujetos. También constituye un modo o forma a partir de la cual los sujetos dirigen sus miradas y el análisis sobre el mundo social. La música en ellos hace visible uno de los principios generadores de las prácticas de grupos e individuos y en ocasiones resulta ser un canal por el que distintos segmentos poblacionales organizan su percepción del entramado social, resultando para unos el medio o la vía que propicia el surgimiento y concreción de rasgos identitarios y diferenciadores en los grupos que se forman.

Alrededor del consumo de espacios musicales se generan procesos de hibridación. Aparecen nuevas conductas y comportamientos que se articulan y se estructuran vinculados a la música, la edad, el color de la piel, las modas y los modos a partir de los cuales cada uno, con un estilo propio de la apropiación de experiencias que brindan los distintos escenarios, se adecua o no a los patrones que se establecen como grupo. Los segmentos poblacionales aquí abordados se agrupan en función de aficiones musicales y de tendencias organizadas con respecto a la identidad. Muchas de estas agrupaciones se integran a través del conocimiento, reconocimiento y búsqueda de estatus a partir de un conglomerado de experiencias compartidas, donde la codificación y cosificación de las apariencias juega un rol determinante.

Por consiguiente, el uso y consumo de lugares, con las especificidades musicales como práctica social, favorecen la participación de individuos, grupos y poblaciones que construyen su identidad o (des)identidad a partir de los diferentes aportes que realizan como agrupación. Entre estos están la inteligencia para integrase al grupo, el conocimiento, la sensibilidad, la emoción, el sentido estético, la responsabilidad, además del sentimiento de grupo en los espacios de participación y fuera de estos. Ser parte de estos, entonces, constituye una práctica de reconocimiento, permite la construcción o no de sociabilidad o sociabilidades a partir de lo que se conoce y se sabe, y las habilidades de las que se disponga para formar nuevos conjuntos interrelacionares. Esto no concluye ni en la acción individual ni en la suma de identidades, sino en la conformación de un nuevo espacio de comunicación, que se funda en la identidad o no, el reconocimiento o no, en la distinción o no, que se haga del otro.

Esto posibilita que el consumo de escenarios musicales se haya mediado por la formación del gusto musical. El gusto, en algunos casos, constituye el resultado de un proceso de aprehensión e identificación con esta manifestación cultural mediante el proceso de socialización sobre el cual se establecen determinadas relaciones con respecto al género y sus escenarios de presentaciones.

Los espacios sociomusicales posibilitan formas de interacción, de convivencia y de conectividad. Al interior de estos se organizan ciertos grupos minoritarios, con formas y estilos de vida diferentes, lo que es observado y en ocasiones constatado desde los espacios más exclusivos. En este último caso los intercambios y las relaciones que se construyen se concretan en torno al gusto —por géneros musicales específicos— entre los sujetos que participan de estos o por la solvencia económica de la cual dispongan sus visitantes, que casi siempre responde, y a veces se va por encima, de las expectativas del lugar.

En estos espacios se aglutinan conjuntos de personas que se identifican en dependencia de sus intereses —que ya no serían los habituales al interior de la población— y a partir de los cuales se distinguen de otros grupos o segmentos poblacionales. La existencia manifiesta por actores o grupos de actores con distinciones o diferenciaciones participativas y de consumo de distintos espacios se encuentra en correspondencia con el nivel adquisitivo y de vida que tengan los sujetos que disfrutan de estos.

Las relaciones sociogrupales o sociales que se establecen en los espacios de participación musical definen en su existencia diferentes concepciones que favorecen (o no) sus vínculos. Estos pueden estar dados por las motivaciones que se generan en dichos lugares, las expectativas que se crean entre los entes que se adhieren a sus mecanismos y la forma en que se las representan, teniendo gran importancia los gustos musicales. La posibilidad de acoplamiento en estos contextos es transversalizada por la participación en estos de diferentes grupos sociales, generacionales o franjas etarias que interactúan en los diferentes espacios.

La existencia de la diferenciación social en contextos musicales y la representación cultural y social que se hace de estos a través de su consumo nos muestran, aunque de manera minoritaria, la presencia de grupos con afán diferenciador. La diferenciación social —en este caso, estrechamente vinculada al consumo de los espacios y la participación de los actores en estos— se refleja como un elemento de identidad más, de grupos y sujetos, que se relacionan en dichos escenarios, conformando en muchos de ellos modos específicos de representarse.

Los comportamientos, actitudes y conductas que desarrollan o llevan a cabo en cada uno de los escenarios musicales, además de poseer un carácter propio según el género que se presente, constituyen un medio de participación y comunicación socioespacial entre las personas que los visitan. Dicha interacción funciona o bien dentro de un contexto de diversidad generacional donde se reelaboran las experiencias de la tradición cultural o en un contexto etario homogéneo, lo que favorece y dinamiza los modos de relación sociogrupal y cultural sumergidos en ámbitos musicales.

Los lugares de encuentro y participación favorecen muchos factores que tributan a la construcción y legitimación de relaciones. Este proceso puede estar mediado por diversos elementos, uno de ellos se corresponde con la coincidencia en el gusto musical o con la aceptación de ciertos estilos de vida y comportamientos, lo que facilitará el encuentro con personas con las que en ocasiones se llegará a entablar una amistad, e incluso una amistad que puede llegar a ser intensa y duradera. Para otros, compartir con amigos o hacer nuevos amigos en lugares donde se escucha determinada música facilitará la adhesión, el conocimiento y el gusto por determinados estilos, grupos o artistas, modos de vida y la adopción de nuevas conductas.

Estos elementos posibilitan que los espacios sean revigorizados por las personas que los frecuentan, desarrollando en ellos las relaciones de los individuos y las grupalidades. Estos, de acuerdo con las exigencias que enfrentan en su realidad, tratan de encontrar un lugar que puedan reconocer como propio y donde sean reconocidos, para desde allí estructurar y reestructurar sus conductas sociales, su visión del mundo y su relación con él a partir de los presupuestos sociales que incorpora o incorporan los individuos, como resultado del contenido social.

Por eso es que las personas, desde su posicionamiento individual, grupo al que pertenecen, relaciones que establecen, con quién o quiénes, buscan ubicarse dentro del lazo social en el que tienen lugar, donde interactúan. Es importante explicar que el estrechamiento que se deriva a partir del modo en el que se relacionan los géneros musicales con las formas de consumo y participación por las personas en los espacios sociales, trae como resultado elementos identificadores y diferenciadores al interior del público asistente en los distintos lugares.

Los vínculos que se propician a través de la participación en los espacios musicales favorecen el carácter constructivo de los procesos sociales y culturales. Enmarcados en la acción y participación de los sujetos, a través de elementos constitutivos del consumo, se tejen maneras de relaciones en contextos de interacción, donde las representaciones sociales, la motivación, los vínculos entre lo individual y lo social, lo reflexivo y lo constructivo, constituyen pilares fundamentales en la creación de estos espacios..

También es importante considerar que alrededor del consumo de los espacios sociales y de comunicación el medio que se crea fundamenta diversos modos de subjetividades expresados a través de una compleja red de interacciones sociales. Estos son, en buena medida, el resultado de prácticas sociales derivadas de los vínculos y conexiones adquiridos mediante las experiencias concretas de las actividades que marcan en los sujetos sociales o grupos. De esta manera se forman una serie de satisfacciones, individuales o colectivas, que influirán de manera decisiva en el modo de interpretar el espacio musical, permitiéndole a cada sujeto ubicarse en el sitio correspondiente.

Las vivencias cotidianas se van conformando en los individuos y grupos sociales a partir de experiencias que se definen de manera particular para cada actor involucrado en estos contextos a través de los diferentes procesos de socialización y relaciones sociales a los que se enfrentan. Todo esto refleja una realidad concreta vivenciada por ellos mediante los vínculos que establecen, y que está directamente relacionada con aspectos económicos-sociales de pertenencia que significan estatus, reconocimiento y prestigio social, que vienen avalados por los antecedentes familiares, las relaciones de género, el nivel educacional, el color de la piel. Así llegamos a los capitales, a los que Bourdieu hace referencia, que se nombrarán recursos, ya sean culturales, sociales o económicos.

Las identidades sociales que se conforman y las subjetividades que se constituyen en los espacios de participación representan el hecho insoslayable de encontrarnos frente a diversas concepciones que los hacen formar parte de estos lugares y del cómo hacerlo, lo que trae como consecuencia la existencia de alteridades que ayudarán a los sujetos y grupos que se gestan, en la definición de lo que son —y lo que no son—; es decir, de la ubicación de unos frente a otros y la posibilidad de posicionarse dentro de la diversidad y heterogeneidad social. El reconocimiento que cada uno hace de sí mismo es vital para así poder reafirmar su identidad como sujeto y contribuir a legitimar la identidad que como grupo se crea.

En este sentido, al tener en cuenta la existencia de alteridades sociales quedan al margen las valorizaciones hacia ellas, que tengan su origen en el prestigio social y el reconocimiento que logren obtener a partir del estatus logrado, desde las cuales suelen calificarse aceptados o no en los grupos. Estas son fundamentadas y apoyadas en las diversas posiciones, prácticas, gustos y visiones del tejido social que posibilitan y componen la pluralidad sociocultural (Goffman, 1986).

La interacción social que entonces se lleva a cabo en estos escenarios de participación y consumo con un entorno musical asociado a gustos y preferencias, así como percepciones, conductas y actitudes, posibilita que este ambiente y el cómo se piense de él influyan significativamente en el modo en que se construyen y reconstruyen, se establezcan o no y se legitimen o no las distintas relaciones sociales que tienen lugar en los diferentes espacios. Por ende, no se considera posible concebir y comprender determinados comportamientos y actitudes fuera de estos contextos sociales. Pero, a la vez, estos comportamientos y actitudes, resultantes de los vínculos creados en dichos contextos, también inciden, influyen y modifican su entorno social, es decir, en algunos casos la realidad creada acorde a las formas de vida interiorizada en estos espacios se traslada al medio de procedencia de los sujetos reflejando una conducta social artificial para el contexto del cual forma parte.

Por ende, las relaciones sociogrupales resultantes de los procesos anteriormente descritos unidos a la socialización en los entornos musicales se fundamenta sobre la cohesión. Esto posibilita legitimar y relacionar de manera más íntima a los sujetos que se agrupan, en dependencia de sus intereses, lo que otorga significado a sus comportamientos y conductas, no solo en los espacios, sino en su vida social. El contexto particular de cada forma musical puede agrupar experiencias culturales y adoptar posturas y actitudes sobre tipos de relaciones que fuera de este escenario no se llevarían a cabo.

Los procesos de participación en los escenarios musicales marcan las relaciones entre los sujetos —jóvenes— con el espacio y el consumo de estos. La elección del espacio a consumir está mediada por el gusto musical y por la aceptación o no de ese medio social que se encarga de canalizar la creación de los vínculos entre amigos y conocidos. El consumidor accederá a dichos lugares con el fin de alimentar su sentido de pertenencia a estos. Estos factores favorecerán o no la homogenización o masificación del consumo y participación en estos sitios y contribuirán con la música y el músico que se presente. El consumo de la música o las músicas, y la participación en sus escenarios de comunicación, determinarán tendencias alternativas que fortalecerán los lazos de amistad o no en los consumidores que visitan estos sitios.

Los grupos construidos constituyen un recurso para los grupos que se forman. Tienen un propósito funcional e instrumental —intercambiar información, canalizar los intereses, buscar medios sociales donde satisfacer sus necesidades, donde exhibirse, sentirse realizado—, pero también tienen función lúdica, de interacción y relación social en espacios presumiblemente ostentosos. La constitución de grupos en espacios determinados es un referente importante en la legitimación de las relaciones sociales y como un modo más de establecimiento de participación social. Estas agrupaciones son resultado del proceso de socialización y consumo en espacios de propuesta musical, a través de los que han logrado y están logrando que determinados comportamientos y conductas sociales adquiridos en ellos puedan ser asumidos como algo natural y normal.

Los presupuestos antes expuestos reflejan de manera clara cómo los procesos de producción y reproducción de sentidos en dichos espacios de comunicación y participación otorgan significado, valor simbólico y humano a la construcción de relaciones sociogrupales que se establecen entre los jóvenes. Igualmente se evidencia cómo, en la socialización que se lleva a cabo en estos escenarios de consumo, los individuos jóvenes internalizan gustos, códigos, y establecen patrones de comunicación. Estas cuestiones vistas desde el proceso de socialización dejan entrever que adquieren valor y significado compartido por los sujetos que integran los grupos sociales que se conforman en estos lugares, partiendo entonces de los ejes sobre los que se sustentan y se legitiman las realidades simbólicas que involucra cada entidad grupal con sus modos de vida.

Los jóvenes se apropian de los espacios otorgándoles nuevos significados, sobre la base de establecer nuevas formas de sociabilidad y buscando nuevos motivos y pretextos para compartir experiencias, vivencias, sentimientos y hacer nuevas relaciones. Cada grupo social juvenil desde su identidad constituye en sí mismo un proceso de relaciones y vínculos que se generan desde diversas significaciones y representaciones, ya sean individuales o colectivas. De este modo se evidencian las formas o el modo en que un individuo puede comprenderse a sí mismo y al universo social que le rodea.

Por tanto, los espacios musicales se constituyen como uno de los objetos culturales determinantes en la construcción y (de)construcción de estas relaciones y significados. Es decir, de esta manera se socializan significados en estos contextos del mismo modo en que los sujetos involucrados en estos escenarios (re)elaboran y (re)contextualizan comportamientos y actitudes desde los referentes elaborados en los distintos lugares. Se manifiesta de esta forma la posibilidad de crear realidades y contextos de interacción a partir de las necesidades y representaciones de los sujetos que se involucran mediante los procesos de percepción y recepción generados de las especificidades de su contexto social, económico y cultural.

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Rosilín Bayona Mojena: Licenciada en Sociología, Universidad de La Habana, 2005 y Máster en Desarrollo Social, FLACSO - Cuba, Universidad de La Habana, 2010. Actualmente es investigadora Agregada del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello y profesora Asistente y adjunta de la Universidad de La Habana.

 
 
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