Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello
julio 2012 - diciembre 2012

 

 

ISSN 2075-6038   RNPS 2222
   
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Nociones conceptuales que ordenan y ubican la cultura popular tradicional en la sociología  
Nelson Jaime Santana

Introducción

Las maneras de expresión, vestuarios, juegos, refranes, comidas, arquitectura, modos de producción conforman, entre otros elementos, la cultura de una nación. Contribuir mediante las investigaciones científicas a que se expresen y revaloricen estos rasgos formativos es reforzar su identidad. La identidad cultural de un pueblo es el ámbito en el que la cultura se vive con subjetividad, en el que la colectividad se precisa como sujeto. Es así que frente a las presiones del exterior que sufren la colectividad, la identidad cultural, y en particular su cultura popular tradicional, termina siendo su principal incentivo para seguir fiel a sí misma. Esto propicia coyunturas culturales que median entre lo tradicional y lo popular, como la mezcla de lo autóctono y lo auténtico, en una constante comunicación, sustentada en la idea de que la cultura que no se comunica muere. Constituye, así, la transmisión generacional, uno de los rasgos cardinales de la cultura popular tradicional. Se encargan, pues, de esta transferencia, aquellos grupos e individuos denominados portadores, que conforman y enriquecen el patrimonio cultural.

En los últimos años una de las perspectivas más dinámicas de las Ciencias Sociales y Humanísticas es la que se ha desarrollado en el campo de la cultura. En tanto, la sociología, si quería hacer plausible su discurso en las sociedades contemporáneas, no podía seguir de espaldas a la cuestión cultural. Por ello, el análisis propuesto ha de erigirse, principalmente, sobre los postulados de la sociología de la cultura, herramienta epistemológica que observa el estudio del fenómeno desde una perspectiva crítica y multidimensional, soportada en la mediación de códigos culturales, explicativos de los símbolos que constituyen las redes de significados sobre los cuales nos movemos a diario. Tales ideas y enfoques son los que han primado, no así los autores clásicos de la sociología de la cultura, sino los representantes de la sociología en general.

Además, cabe señalar, como elemento importante a tener en cuenta, las insuficiencias existentes en la conceptualización, diseño y aplicabilidad de las políticas culturales, para con los aspectos referidos a la cultura popular tradicional. Máxime, cuando no se tiene en cuenta en estas el valor que para la salvaguarda de las tradiciones tienen los significados de las prácticas culturales de los sujetos y grupos portadores de cultura.

La cultura popular tradicional es importante no solo porque transmite en el tiempo un conocimiento cultural y patrimonial único, sino porque asienta la historia de un pueblo y una memoria que permiten su ubicación cronológica y espacial como seres históricos y con finalidades específicas. El valor que hoy en día se da a las tradiciones es grande, puesto que mantienen la identidad cultural de una nación, conservan la historia, las tradiciones orales (como el cuento, el relato, la leyenda, el mito), se relacionan con la cotidianidad y las costumbres asociadas a la comida, a lo que se habla o se dice popularmente, a las creencias, etcétera.

El presente artículo pretende ordenar a la luz de la sociología el concepto de cultura popular tradicional a través de un mapa conceptual que incluye los siguientes constructos: sujetos portadores de tradiciones, prácticas culturales, tradiciones culturales, patrimonio cultural inmaterial, símbolos significantes, universo simbólico, los cuales hilvanan el entramado epistemológico por el cual discurre nuestro concepto de cultura popular tradicional. En este sentido ofreceremos un breve paneo de autores que desde el ámbito internacional y cubano han trabajado temas referidos al fenómeno en cuestión, cuyos argumentos se convierten en corolarios para nuestros argumentos. Hacemos alusión a Pierre Bourdieu, Néstor García Canclini, Peter Berger, Thomas Lukhman, Joel James, Jesús Guanche, etc.; si bien todos los autores que veremos no son sociólogos, su pertinencia viene dada por la manera en que manejan las diferentes nociones que en sus lógicas responden coherentemente al pensamiento sociocultural.

Iniciando el debate con un pequeño paréntesis…

Los estudios culturales en Cuba, puede decirse, tienen una amplia tradición, aun cuando el intelectual cubano no es propicio a hacer teorías, pero sí teorizaciones acerca de fenómenos disímiles que le atañen, las cuales se encuentran diseminadas en una amplia literatura que viene gestándose desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Las más diversas profesiones han servido de plataforma para indagar las particularidades del cubano, cítese por solo mencionar algunos: José Agustín y Caballero con su obra Génesis del discurso pluralista de la cultura cubana; Félix Valera y Morales con sus famosas Cartas a Elpidio; José Antonio Saco con Memorias de la vagancia en Cuba; José Martí en ensayos como Nuestra América; Enrique José Varona con Los cubanos en Cuba, El bandolerismo. Ya en la república aparecen Jorge Mañach Robato con Crisis de la alta cultura y su magistral estudio Indagación al choteo; Fernando Ortiz con su concepto de transculturación, llave maestra para interpretar la cultura cubana y obras como Las cuatro culturas indias de Cuba; Francisco López Segrera, quien escribe Los orígenes de la cultura cubana y Cuba. Cultura y sociedad, entre otras. Además de estos iniciáticos, podemos listar una pléyade de investigadores encausados en estos rumbos como: Argeliers León, María Teresa Linares, Rogelio Martínez Furé, Lidia Cabrera, Lázara Menéndez, Desiderio Navarro, Jesús Guanche Pérez, Joel James y Julio César Guanche, entre muchos otros que dan cuenta de la existencia de una teoría cultural cubana.

En vista al análisis y a la profundización, estos investigadores, y otros, han colocado en sus agendas aspectos como la identidad, la raza, las tradiciones, las prácticas religiosas, por solo citar algunos temas. Las teorizaciones hechas han servido para explicar y valorar los caminos por los que la cultura cubana transita y así evaluar las disímiles contradicciones internas y externas que permean los fenómenos culturales. Esto no quiere decir que sus investigaciones han sido del todo las más acabadas o eficaces para incursionar en los campos culturales; en ocasiones quedan muy por debajo las relaciones entre la dimensión cultural y material, los análisis de hegemonía y relaciones de poder, los de las representaciones sociales como reveladoras de prácticas culturales, el papel de los imaginarios sociales en la transmisión oral, entre otros indicadores. Por lo que sugerimos que estos tomen relevancia en las proyecciones y planes de investigación de las instituciones culturales que se dedican a seguir las pistas de estos temas.

Cuando nos detenemos a leer un artículo teórico, como el presente, lo primero que pretendemos encontrar es un recorrido de lo general a lo particular —y en este también está—, pero esta vez, iniciamos con un pequeño paréntesis haciendo alusión al estado del arte en nuestro país sobre los estudios culturales, que a juicio es necesario para declarar la pertinencia de este apartado.

Después del paréntesis…

En concordancia con los estudios culturales, nos resulta congruente hablar de la categoría cultura como noción génesis del fenómeno que venimos tratando y como elemento que articula los procesos de aprensión de símbolos, códigos y representaciones que regulan y orientan nuestra identidad. En este sentido constituye una práctica social simbólica y significativa que crea y recrea la realidad social y cobra vida en las propias relaciones sociales. Implica una visión histórica y un acercamiento real y concreto a los hábitos, costumbres y rituales que ideológicamente expresan contenidos actuantes. Tal como lo emplean los sociólogos, incluye las actividades relativas a la cultura artística, pero también las formas de vida de los miembros de una sociedad o de sus grupos, como la moda, las costumbres, la vida familiar, las pautas laborales, las ceremonias religiosas, las formas de emplear el ocio, y un sinnúmero de acciones de índole social.

Originalmente la cultura fue entendida y explicada como un conjunto de constricciones, presiones y acondicionamientos externos al ser humano —ejemplo: las formas de comportamiento y otros aprendizajes durante la socialización del niño, que fijaban o determinaban sus pautas de conductas como adulto—, donde se destacaban las costumbres como el concepto amplio que representaba casi todo lo que el hombre hacía, es decir, la cultura era vista “como un determinante del comportamiento” (Buxó, 1984:13). Según esta forma de ver la cultura, el control social se ejercía a través de las normas, y estas servirían como medios de presión y obligación, impuestos a los hombres para adaptarse a las costumbres y tradiciones sin resistir ni darse cuenta, mientras que los mitos y las creencias representaban esas mismas imposiciones desde la religión, a las que los seres humanos se sometían dócilmente; las acusaciones de brujería estarían entre las presiones más subjetivas[1]. A lo anterior se le agrega que el paso del tiempo, convertido en tradiciones y, a veces, en historia, explicaba el origen de estas formas de costumbres e imposiciones culturales en tiempos pasados y remotos. La universalidad de estos fenómenos era estudiada comparando culturas de diversas partes del mundo, por lo que también algunos antropólogos la llaman la tradición o paradigma comparativo o comparativista de la antropología sociocultural[2].

Teniendo en cuenta lo antes analizado podemos decir que la cultura es entendida como un proceso (red, malla o entramado) que se gesta en un acto de comunicación entre significados (la cultura en el interior de la mente) y el entorno o contexto significativo (el ambiente cultural exterior a la mente, que se convierte en indicador para la cultura interior) constituyendo la trama de sentidos con la que dotamos de un significado a los fenómenos o eventos de la vida cotidiana. Lo importante es comprender la cultura como producción de sentidos, de manera que también podemos entenderla como el sentido que tienen los fenómenos y eventos de la vida cotidiana para un grupo humano determinado. Su espectro incluye costumbres, prácticas, códigos, reglas, normas de comportamiento y sistemas de creencias.

Ante estos argumentos, los análisis que se abordan se articulan sobre el concepto sociosemiótico de los procesos culturales[3]. Este concepto basa sus pautas en la teoría de Max Weber y es suscrito por Néstor García Canclini “como el ámbito de producción, circulación y consumo de significaciones” (Canclini, en Basail y Álvarez, 2004:233), en el cual “la cultura designa […] la dimensión simbólica presente en todas las practicas del hombre” (Canclini, en Basail y Álvarez, 2004:233). Siguiendo esta misma vertiente Clifford Geertz asume la cultura como una “urdimbre de significaciones” (Ayús, 2007:12), asumiendo que el análisis cultural “consiste en desentrañar las estructuras de significación” (Ayús,2007:13), a través de una “descripción densa que implica [...] preocuparse menos por un enfoque casualista y legal de la cultura y más por su condición de redes, de sentido y significación: la cultura como cruces de lenguajes, la lengua y los lenguajes como códigos culturales que determinan (estructuran prácticas y decisiones)” (Ayús, 2007:13)[4]. Es este “sin lugar a dudas” el enfoque pertinente para los estudios que a continuación se proponen, pues las relaciones que se establecen entre las manifestaciones de la cultura popular tradicional se gestan en el ámbito de lo subjetivo fundamentalmente, por tanto tienen una fuerte carga simbólica; además el concepto de marras sintetiza las visiones antropológica y semiológica del fenómeno cultural, las cuales, junto a la sociológica, abren un abanico de posibilidades epistemológicas para facilitar nuestro objeto de estudio.

Partiendo de este análisis, entramos entonces en el mundo de la cultura popular, dándole preeminencia a los aspectos aprendidos por las sociedades humanas y a los heredados. Elementos culturales que comparten los miembros de una sociedad y que fraguan la cooperación y la comunicación entre ellos. Conformándose de esta manera un contexto común en el que los sujetos entretejen las redes simbólicas de su propio hábitat.

Según Stavenhagen, la cultura popular se refiere a los procesos de creación cultural emanados directamente de las clases populares, de sus tradiciones propias y locales, de su genio creador cotidiano:

En gran medida —dice— la cultura popular es cultura de clase, es la cultura de las clases subalternas; es con frecuencia la raíz en la que se inspira el nacionalismo cultural, es la expresión de los grupos étnicos minoritarios. [...] La cultura popular incluye aspectos tan diversos como las lenguas minoritarias en sociedades nacionales en que la lengua oficial es otra; como las artesanías de uso doméstico y decorativo; como el folclor en su acepción más rigurosa y más amplia; así como formas de organización social paralelas a las instituciones sociales formales que caracterizan a una sociedad civil y política dada, y el cúmulo de conocimientos empíricos no considerados como científicos, etc. (Stavenhagen, 1997:31).

Al estudiar las culturas populares nos hemos percatado que se habla de aquellas expresiones que se originan del pueblo, manifestaciones que no nacen por sí solas, que surgen porque están en la conciencia de los individuos y estas se materializan gracias al proceso de socialización. Estos saberes han sido transmitidos de generación en generación por diferentes personas y marcan de cierta forma la identidad de una nación. Al constituirse un cuño identitario se convierte en cultura popular tradicional y por tanto la cultura popular adquiere otro significado, cuya dimensión se remarca en las relaciones de tradición, aupadas en la transmisión generacional y en el tiempo histórico incorporado a sus prácticas.

Una de las grandes diferencias entre las nociones de cultura popular y cultura popular tradicional es que a la primera le interesan más los aspectos aprendidos de las sociedades humanas que los heredados, por tanto las tradiciones pasan a otro plano que no resulta relevante para lo que el momento histórico demanda.

Es menester distinguir que la cultura popular asume elementos provenientes de la cotidianeidad y sobre todo del mercado y los medios de comunicación, por lo general en términos de consumo, al margen, como regla, de la creación y reproducción de una cotidianeidad arraigada en el tiempo. Siempre que los elementos provengan de la historia cultural de un grupo humano dado, por pequeño y singular que sea, estamos en presencia de cultura popular tradicional; en ella se hayan vestigios de grandes procesos de mezcla[5] y resistencias culturales al cambio. En ella se desecha la identificación de esta con los oprimidos y el enfoque clasista[6], ya que fuerzas como el mercado y los medios, en la contemporaneidad globalizada, suelen homogeneizar ciertos patrones de consumo y gustos en la población, con independencia de su estrato social. En particular en Cuba, la concepción clasista no es adecuada para el análisis, pues la impronta del triunfo revolucionario marcó una homogenización social en la estructura, y esta ausencia de relaciones antagónicas provocó una distinción en este fenómeno para el caso cubano. Independientemente de que estas relaciones clasistas no sean antagónicas, existe una segmentación internalizada, inducida de manera subliminal por el discurso oficial, que demarca las manifestaciones de la cultura popular tradicional hacia zonas o ambientes suburbanos, constriñéndolas a representaciones sociales erróneas, lo cual representa un peligro, por el hecho de que la cultura popular tradicional nos identifica, nos iguala y constituye un impulso de la solidaridad interna que se ha desarrollado a lo largo de siglos, conjuntamente con la constitución de la memoria común.

Estos comentarios son pertinentes para la edificación de un mapa conceptual que articule el funcionamiento interno de la cultura popular tradicional desde una visión sociológica y cultural. De forma sintética, la lógica interna del mapa conceptual propuesto expresa cómo los portadores de tradiciones llevan incorporados en su acción las tradiciones culturales, estas tradiciones son objetivadas en la escena social a través de las prácticas culturales, y estas prácticas culturales se organizan a través de los portadores estableciendo relaciones de símbolos significantes. Estas relaciones conforman un universo simbólico que reproduce las de tradiciones y prácticas culturales de los portadores para conformar la cultura popular tradicional. Esta a su vez se convierte en parte fundamental del patrimonio cultural inmaterial.

Mapa conceptual estructurador de la cultura popular tradicional (elaborado por el autor del presente artículo).

No hay sujeto oficial de la cultura popular tradicional. La cultura popular tradicional se hace a sí misma en virtud de los impulsos anónimos de los pueblos, de los hombres y mujeres. En estrictos términos eidéticos, esto constituye un milagro y al mismo tiempo constituye un misterio (James, 2000). Este misterio se expresa en aquellos que llamamos portadores de tradiciones, los cuales se conceptualizan según el Atlas Etnográfico y el Glosario de la UNESCO como:

Aquellos grupos e individuos cuyo condicionamiento cultural depende del proceso de formación histórico-social de que forman parte y ello les permite reflejar y transmitir los valores culturales de las generaciones que les antecedieron. Dentro de estos grupos e individuos estarán los practicantes y los informantes. Miembro de una comunidad que reconoce, reproduce, transmite, transforma, crea y forma una cierta cultura al interior de y para una comunidad. Un portador puede, por añadidura jugar uno o varios de los siguientes roles: practicante, creador y guardián[7].

Es válida en nuestro estudio esta conceptualización, pero queremos hacer alusión al comentario que realiza Orlando Vergés Martínez. En uno de sus artículos expresa:

No podrá llegarse a una definición de la cultura popular tradicional cubana si el estudio de sus expresiones no se vincula directamente con la interacción que tiene lugar entre los sujetos que las crean y las condiciones específicas en que tiene lugar. Estos dos elementos forman de conjunto un contexto particular en medio del cual se origina, fomenta y proyecta la tradición popular cubana; el modo de cómo interactúan caracteriza a una parte significativa de nuestra conciencia social. El factor más activo en este contexto ha sido en todo momento el sujeto, de ahí el esfuerzo de los investigadores se concentra regularmente en ponderar su valor en relación con espacios y tiempos (Vergés, 1998:30).

De igual manera Vergés publica en 1998 un artículo sobre los “Rasgos significativos de la cultura popular tradicional cubana”. El trabajo va precedido de una información cartográfica sobre 23 agrupaciones portadoras en estudio por la Casa del Caribe. En el texto el autor reflexiona sobre la dinámica en la identificación de personas, agrupaciones y comunidades portadoras de determinadas características culturales susceptibles de ser estudiadas en su contexto y hace notar algunos indicadores que facilitan el reconocimiento de las entidades portadoras en la dinámica de la cultura popular tradicional:

a) En la definición de entidades portadoras entran los individuos aislados, los grupos y hasta determinadas comunidades, siempre y cuando estas últimas muestren altos índices de integración en una conducta tradicional socialmente reconocida.

b) En las expresiones colectivas de la cultura popular tradicional cubana son perceptibles los siguientes rasgos:

·  Demarcación territorial relativa, vinculada a formas primarias de sobrevivencia económica y a modos particulares de poblamiento y asentamiento de las minorías o grupos, donde se fueron motivando y configurando las diversas expresiones que hoy se consideran propias de alguna región, territorio o comunidad.

·  Estructuras jerárquicas con altos niveles de definición y ejercicio del liderazgo, sobre todo entre las expresiones vinculadas con las prácticas de las religiones populares.

·  Presencia de fuertes lazos de consanguinidad y parentesco entre miembros de un mismo grupo, así como comunidad de rasgos etnos-culturales.

·   Comunidad de intereses en torno a una determinada práctica sociocultural tradicional que le confiere un significado representativo y un efectivo valor funcional (Vergés, 1998:32).

En lo visto hasta el momento se destacan los portadores de tradiciones, quienes no se expresan de manera aislada, son al propio tiempo resultado y transmisores de su universo de tradiciones, costumbres y modo de vida. El grupo portador, a su vez, es el efecto de la integración de acciones de portadores que se vinculan a través de diversos conductos sociales. La tradición no es entendida por sus portadores como apropiación de hechos y situaciones que se repitan, sino también —y es lo más importante— como comunicación de sentidos. De ahí la asombrosa capacidad que muestran para mantener en equilibrio lo heredado y la asimilación de elementos nuevos. Se puede asegurar que lo tradicional no es estático, sino dinámico, y que si no se regenera pierde su vitalidad social. Pero la colectivización de la práctica o la expresión cultural en sí misma no necesariamente llevan implícito el anonimato de la hechura. Los hechos y la cosmogonía del grupo se convierten, al paso del tiempo, en patrimonio de todos sus integrantes y adquieren carácter personal[8], refrendado por la colectividad.

Estas tradiciones culturales que portan los individuos señalados anteriormente, son objetivadas en la escena social a través de prácticas concretas. Estas prácticas son vistas por diferentes autores como prácticas culturales, destacándose Pierre Bourdieu, quien a través del habitus explica el comportamiento de los sujetos en la sociedad.

Para Bourdieu las prácticas culturales son el hacer cotidiano encaminado a difundir medios de defensa contra la dominación simbólica, y respecto a esto escribió:

Todos aquéllos que han empleado antes que yo, este antiguo concepto u otros similares como ethos o hexis, se inspiraban, en mi opinión, en una intención teórica próxima a la mía, es decir en el deseo de escapar tanto de la filosofía del sujeto, pero sin sacrificar al agente, como de la filosofía de la estructura, pero sin renunciar a tener en cuenta los efectos que ella ejerce sobre el agente y a través de él (Bourdieu, 1990).

Para Bourdieu la realidad social existe en las mentes, en los campos y en las prácticas, dentro y fuera de los agentes, por eso toda expresión que enriquezca el medio en el cual el individuo se desenvuelve y defiende sus tradiciones constituye práctica cultural. Es en esta realidad social donde se construyen las relaciones de símbolos significantes que son internalizadas por los individuos y exteriorizadas a través de las prácticas culturales. En este sentido las ideas bordieusianas comulgan con las de George Herbert Mead, el cual implementa el concepto de símbolos significantes asociado a las prácticas culturales. Siguiendo esta misma lógica de pensamiento tenemos el concepto de universo simbólico ubicado por Peter Berger y Thomas Luckman, el cual se construye, precisamente, sobre la base de esos símbolos significantes que se asocian con prácticas culturales determinadas.

A raíz de todo lo analizado podemos conceptualizar las prácticas culturales como aquellas que se gestan, hacen y reproducen fundamentalmente en contextos cotidianos más allá de las normas institucionales. Esta contextualización nos permite ubicar a las prácticas culturales en determinados espacios que son habituales y usuales por los individuos, por tanto esta práctica surge y nace en la espontaneidad de los sujetos recreando y enriqueciendo su realidad social.

La interpretación y asimilación de las prácticas culturales en la cultura popular tradicional debe ser vista a través de los sujetos portadores, quienes establecen relaciones de símbolos significantes a nivel cognitivo, las cuales permiten la reciprocidad y comunicación entre ellos, de ahí que nos afiliemos a la definición que brinda George Herbert Mead:

Símbolo significante es una suerte de gesto que solo los humanos son capaces de realizar. Los gestos se convierten en símbolos significantes cuando surgen de un individuo para el que constituyen el mismo tipo de respuesta que se supone provocarán en aquellos a quien se dirigen. Los símbolos significantes hacen posible los procesos mentales, espirituales, etc. (Mead, 1972:127).

El pensamiento humano solo es posible a través de los símbolos significantes, especialmente el lenguaje. De igual manera permiten la interacción simbólica, es decir, las personas interactúan con otras no solo con gestos, sino también con los símbolos significantes. Esto, por supuesto, marca una diferencia y facilita el desarrollo de pautas y formas de interacción mucho más complejas de organización social. Como bien explicábamos anteriormente los símbolos significantes permiten a las personas ser los estimuladores de sus acciones, permitiendo la adaptación, en el sistema social, con el resto de los individuos que les rodea y ordena su pensamiento a la hora de accionar frente a una situación determinada.

Estas relaciones de símbolos significantes conforman un universo simbólico propio de la cultura popular tradicional, entendido como: “Cuerpos de tradición teórica que integran zonas de significados diferentes […] en una totalidad simbólica” (Berger y Luckman, 1993:60), en donde la cultura popular tradicional es una franja sui géneris de significados que se adscribe a una totalidad simbólica que la permea, en este caso la cultura en su sentido más amplio.

Los universos simbólicos tienen la particularidad de incluir y reproducir las tradiciones y prácticas culturales de los portadores, por tanto, el universo simbólico es la piedra angular que conforma la cultura popular tradicional, en tanto sintetiza todos los otros elementos que la conforman. “Los universos simbólicos se conciben como la matriz de todos los significados objetivados socialmente y subjetivamente reales; toda la sociedad histórica y la biografía de un individuo se ven como hechos que ocurren en ese universo” (Berger y Luckman, 1993:60). De modo que podemos decir que el universo simbólico es el campo de acción significante donde se gesta la cultura popular tradicional.

Los universos simbólicos, según lo definen Peter Berger y Thomas Luckman, pueden dirimir de alguna manera el estigma de la marginalización al que son sometidos los aspectos relativos a la manifestación analizada, ya sea a nivel del discurso institucional, o a nivel de las representaciones sociales, pues ellos integran la generalidad de los procesos sociales: “[…] Lo que tiene particular importancia es que las situaciones marginales de la vida del individuo [marginales porque no se incluyen en la realidad de la existencia cotidiana en la sociedad] también entran dentro del universo simbólico” (Berger y Luckman, 1993:60). El análisis que se realiza en la “construcción social de la realidad” acerca de las situaciones marginales pudiera aplicarse al concepto de cultura popular tradicional dándole un sentido no peyorativo, pues no se trata de ver sus manifestaciones desde una visión oscura de la marginalidad, sino demostrar que estas se ven al “margen” de los procesos sociales de la cotidianeidad, por su propio carácter no institucionalizable.

La noción mencionada, en la síntesis de todos los conceptos anteriormente analizados, conforma y da sentido a la cultura popular tradicional, esta ha sido definida operacionalmente por el Consejo Nacional de Casas de Cultura, de Cuba, como:

Conjunto de expresiones y manifestaciones generadas, creadas y preservadas en una sociedad o grupo humano específico con un condicionamiento histórico particular; se transmite y difunde de una generación a otra fundamentalmente por vía oral y por imitación. Constituye un proceso dinámico y cambiante. Los aspectos esenciales que la caracterizan son: historicidad, transmisión, creatividad colectiva, continuidad intergeneracional, empirismo, habilidad, destreza, vigencia por extensos períodos de tiempo (Colectivo de autores, 2008).

No desdeñamos esta conceptualización, pero nos afiliamos a la enarbolación que realizan Jesús Guache Pérez y Joel James Figuerola, quienes presentan elementos sociológicos, históricos, antropológicos y etnodemográficos para un acertado análisis de la noción que hemos venido trabajando. Sus ideas sintetizo:

·  Resultado socialmente entendido por la acción humana.

·  Abarca la totalidad y diversidad de las relaciones sociales.

·  Sujeto creador y portador de los valores.

·  Transmisión generacional.

·  Participación activa.

·  Tiempo histórico incorporado.

·  Continuo proceso de asimilación, negación y renovación (dinámica).

·  Protagonismo de los sectores populares.

·  Espontaneidad del proceso.

·  Carácter tradicional.

Por tanto, una conceptualización propia de la cultura popular tradicional sería la siguiente: Toda creación humana, colectiva e individual, transmitida y sedimentada generacionalmente en un contexto determinado por portadores; mediante la cual se incorporan y estructuran las prácticas culturales a través del proceso socializador, y cuyas manifestaciones pueden identificarse (en contenido o forma) en la práctica con otras acepciones de la cultura (artística, de élite, de masas, oficial), y por definición forman parte de lo que denominamos cultura nacional.

La anterior definición nos lleva a la dimensión de que estamos inmersos en un proceso dinámico donde confluyen en armonía el legado cultural de un espacio geográfico determinado, con la marcada influencia de la realidad económica y de todos los aspectos societales; se enriquece por elementos de la producción espiritual de los individuos y es invariable en su esencia. Es bueno resaltar la ubicación del sujeto como creador y portador de los valores culturales, de manera que ellos son los protagonistas y directores de este fenómeno que trasciende de generación en generación.

A su vez la cultura popular tradicional está respaldada por un constructo que la asume e incorpora debido a que le son inherentes la identidad y la tradición. Nos referimos al concepto de patrimonio cultural inmaterial, término que por su vital importancia referenciamos en este epígrafe como:

Los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas —junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes— que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial, que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad y contribuyendo así a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana. A los efectos de la presente Convención, se tendrá en cuenta únicamente el patrimonio cultural inmaterial que sea compatible con los instrumentos internacionales de derechos humanos existentes y con los imperativos de respeto mutuo entre comunidades, grupos e individuos y de desarrollo sostenible[9].

Evidentemente, si se comparan los rasgos esbozados en el texto citado con las especificidades ofrecidas en la conceptualización de cultura popular tradicional podrá observarse más de un punto de contacto, pues existen cuestiones como la transmisión generacional, la colectividad, la creatividad, la funcionalidad, la regionalidad y la tradicionalidad, que se encuentran implícitas en estas dos conceptualizaciones. De manera que sin lugar a dudas es innegable la profunda relación simbiótica que existe entre ellas.

En resumen podemos añadir que el mapa conceptual ofrecido reviste una vital importancia epistemológica y su novedad radica en demostrar cómo la cultura popular tradicional también puede discurrir por los asideros teóricos de la sociología, lo cual queda demostrado y constituye uno de los principales aportes de la investigación que lo sustenta. Además, otro aporte sustancial es el hecho de que estas nociones explican, a nivel del individuo-portador, cómo funciona la estructura interna de la cultura popular tradicional, hecho sustancialmente novedoso si se tiene en cuenta que los estudios sobre este particular adolecen de este enfoque.

Bibliografía

Ayús Reyes, Ranfis (2007): La aventura antropológica. Cultura, poder, economía y lenguaje, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.

Berger Peter, Luckman Thomas (1993): La construcción social de la realidad, Amorrortu Editores S.A, Buenos Aires.

Bourdieu, Pierre (1990): ¿Cómo liberar a los intelectuales libres? Sociología y cultura, Grijalbo, México.

Buxó Rey (1984): "La cultura en el ámbito de la cognición", en Mercedes Fernández M. (coord.): Sobre el concepto de Cultura, Editorial Mitre, Buenos Aires, Argentina.

Colectivo de autores: Atlas Etnográfico de Cuba, Consejo Nacional de Casa de Cultura, 2008. (Multimedia)

García Canclini, Néstor (2004): “Los estudios culturales de los 80 a los 90: perspectivas antropológicas y sociológicas en América Latina”, en Alaín Basail y Daniel Álvarez: Sociología de la Cultura, tomo II, Editorial Félix Varela, La Habana.

___________________ (1990): Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, Editorial Grijalbo, México.

Iznaga, Diana (1989): Transculturación en Fernando Ortiz, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.

Geertz, Clifford (2007): La aventura antropológica. Cultura, poder, economía y lenguaje, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.

James Figarola, Joel (2000): El Caribe entre el ser y el definir, Editora Tropical, Rep. Dominicana.

Lotman M, Iuri (2009): “La casa de brujas: semiótica del miedo”, en El pensamiento cultural ruso en Criterios, tomo I, La Habana.

Mead, George Herbert: (1972) “Espíritu, persona y sociedad”, Paidós, Buenos Aires.

Rosales, Héctor (s/f): “Cultura popular. Definiciones y acciones”, en Culturas populares e indígenas, DGPCI, México.

Stavenhagen, Rodolfo (1997): “La cultura popular y la creación intelectual”, en Adolfo Colombres (comp.) (s/f): La cultura popular, Premiá, México.

UNESCO (2003): Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, artículo 2,1: Definiciones.

Vergés Martínez, Orlando (1998): “Rasgos significativos de la cultura popular tradicional”, en Del Caribe, No.27.

 

[1] Para ilustrar esta idea es importante remitirse al análisis hecho por Lotman (2009).

[2] Esta forma de entender la cultura era la dominante hasta la década de los cincuenta en los centros de estudio de antropología, contribuyendo con un amplio entendimiento de lo que nos une y nos hace comunes como seres humanos, a la vez que proporcionando un gran caudal de información sobre las sociedades pequeñas y medianas del mundo, fundamentalmente comunidades humanas minoritarias.

[3] Es pertinente aclarar que la utilización de este concepto en el presente artículo es viable por el hecho de que los procesos relativos a la cultura popular tradicional presentan una fuerte connotación simbólica. Esto no quiere decir que este sea el único concepto de cultura a través del cual puedan estudiarse los fenómenos culturales, pues el estudio de los procesos culturales abarca diferentes aristas de la realidad social y no solamente la simbólica.

[4] En este sentido ver el concepto de densidad cultural ofrecido por Clifford Geertz (2007).

[5] Para mayor información sobre estos procesos de mezcla remitirse a Iznaga (1989), y a García Canclini (1990).

[6] Véase Rosales (s/f: 205-222). En este texto aparecen comentarios de R. Stavenhagen en esta misma dirección, quien se basa en la realidad mexicana de los sesenta (respecto a campesinos e indígenas) para defender sus ideas.

[7] Concepto operacional del Atlas Etnográfico de Cuba (Colectivo de autores, 2008) y Glosario UNESCO (s/f).

[8] En esta idea se suscriben en gran medida las consideraciones ofrecidas por Vergés (1998).

[9] Definición propuesta por la UNESCO (2003) en la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, Artículo 2,1: Definiciones.

 

Nelson Jaime Santana: Licenciado en Sociología (2010). Investigador del ICIC Juan Marinello, trabaja las líneas de la Cultura Popular y la Oralidad. Se encuentra cursando la Maestría en Sociología desarrollando su línea de investigación en estrecha relación con los enfoques de Desigualdad Social y Pobreza. Ha cursado diferentes posgrados en instituciones como CLACSO, ICIC, CIERIC, CENCREM, etc.

 
 
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